Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El elixir que lo transformó en la chica de la fiesta

El cuarto olía a pizza fría y a derrota. Lucas y Bruno, los dos parias del primer año, se hundían en el silencio espeso de su propia insignificancia. Eran amigos desde niños, unidos por la misma invisibilidad y por el mismo verdugo: Rodrigo.

Rodrigo no era solo un tipo popular. Era un cataclismo con camiseta de fraternidad. Desde el colegio había hecho de sus vidas un infierno discreto. Lucas todavía recordaba el día que le destrozó la maqueta de ciencias delante de toda la clase, sonriendo mientras los pedazos caían al suelo. Rodrigo despreciaba la debilidad, y para él ellos eran la definición exacta de la palabra.

Pero mientras Lucas se resignaba, Bruno ardía por dentro. No con rabia caliente, sino con una ambición fría y calculadora.

—Tenemos que hacer algo —dijo una noche, apagando la consola de un golpe—. No se trata de ser populares. Se trata de poder.

—¿Y cómo? —Lucas casi se rió—. ¿Con nuestro encanto de perdedores?

—No con encanto. Con un arma. —Una sonrisa casi predatoria se le dibujó en la cara—. Estuve buscando en ciertos foros. Hay gente que vende cosas imposibles. Encontré un nombre: Madame Lúa.

El plan que explicó no era de ascenso social. Era una guerra.

—Conseguiremos un elixir —dijo, los ojos brillando con una luz febril—. Te convertirá en una chica. Espectacular. No para ir de fiesta, tonto, sino para acercarte a Rodrigo. Para entrar en su círculo, ganarte su confianza y destruirlo desde dentro. Y yo, como tu «novio», recogeré los pedazos. El nuevo alfa.

Lucas se quedó helado.

—¿Yo? Ni en broma. Hazlo tú.

—Tú tienes el aspecto. Delgado, de facciones finas. Encajarás. —Bruno se inclinó, y su voz bajó a un susurro venenoso—. Y además… ¿recuerdas aquel vídeo del campamento? El que juraste haber borrado. Lo tengo en un disco externo. Y ese disco podría terminar en el servidor de la universidad si no cooperas.

El color abandonó el rostro de Lucas. El chantaje era perfecto, brutal. Su único secreto vergonzoso en las manos de su único amigo.

***

Madame Lúa los recibió en un salón impecable, una mujer de control absoluto que los evaluó con una sonrisa que no llegó a sus ojos. No le importaba el plan; solo le interesaba el caos.

—El poder exige un sacrificio —dijo, entregándoles un frasco de cristal violeta—. Uno de ustedes será la llave. La llave abre cualquier puerta. Pero la cerradura seguirá siendo la misma por dentro. Por una noche.

De vuelta en su guarida, el frasco brillaba sobre la mesa como una sentencia.

—Bébelo —ordenó Bruno, con una frialdad que Lucas nunca le había conocido.

Con lágrimas de humillación rodando por las mejillas, Lucas se bebió el líquido. Sabía a fresas y a traición.

El cambio fue una rebelión de su propia carne. Sus huesos crujieron y se reacomodaron, su piel se estiró y se suavizó. El pecho se le hinchó en dos curvas pesadas que tiraban de su espalda hacia delante. La cintura se estrechó, las caderas se ensancharon, y un pelo castaño y lacio le cayó sobre los hombros. En el espejo, donde había un chico desgarbado, ahora había una mujer hecha para ser mirada.

—Joder… —susurró Bruno, boquiabierto. El resultado superaba lo que había imaginado.

De un escondite del armario sacó una bolsa: un vestido rojo ajustado, unos tacones imposibles, una tanga de encaje y una caja de maquillaje.

—¿Guardabas esto? —preguntó la nueva criatura, con la voz temblorosa de Lucas.

—Por si acaso. Póntelo.

Cuando se puso el vestido, el escote resultó insuficiente. Sus nuevos pechos se desbordaban por los lados, una avalancha de piel pálida que parecía a punto de romper la tela. En lugar de cubrirla, el vestido la exponía.

—Perfecto —dijo Bruno con satisfacción—. Rodrigo no podrá mirar a otro lado.

Lucas se tocó el cuerpo ajeno. El placer físico era abrumador, pero el pánico en su mente era un grito silencioso. No era un arma. Era un cordero.

***

El aire de la fiesta de la fraternidad Delta golpeó a Lucía como una pared de humo y testosterona. Para el plan, Bruno debía presentarla como su novia, así que la rodeó con un brazo torpe y rígido.

—Sonríe, cariño —murmuró entre dientes—. Actúa como si me quisieras.

La tanga se le clavaba en el cuerpo, un hilo de humillación. Bruno volvió de la barra con dos vasos; le ofreció uno de color rosa chillón, con sombrilla de papel.

¿Me tomas por idiota? ¿Por qué no me traes una cerveza como a una persona normal?

—¿Qué es eso? —dijo Lucía, con el desdén intacto de Lucas—. Quiero una cerveza.

Bruno parpadeó, confundido, y volvió con una lata fría y amarga. Lucas la bebió con ansias; el sabor metálico era un ancla a su realidad. Un pequeño triunfo.

—Tenemos que bailar —dijo Bruno más tarde, arrastrándola al centro de la pista.

Al principio fue un balanceo torpe. Pero entonces la canción cambió. Un bajo demencial vibró como un pulso carnal y entró en el cuerpo de Lucía como una droga. Una fuerza traicionera se apoderó de sus caderas, que encontraron el ritmo y se movieron contra Bruno, no como una amiga, sino como una presa que se ofrece.

¡Para! ¿Qué estás haciendo? ¡Es Bruno!, luchaba la mente de Lucas. Pero junto al pánico había algo nuevo: una calidez, un poder. El poder de provocar una reacción.

Y entonces lo sintió. La dureza urgente de su amigo contra el cuerpo. Bruno tenía una erección. El pánico de Lucas fue inmenso, pero el cuerpo de Lucía sintió una oleada de triunfo tan intoxicante como el alcohol.

Lo hice yo. Provoqué esto. Soy deseable. El pensamiento era ajeno, pero la sensación era real.

Bruno, con un suspiro casi inaudible, dejó de resistir y acompañó el ritmo. Y el cuerpo de Lucía ardió. La canción terminó y el hechizo se rompió. Ella se apartó de golpe, como si la hubieran quemado.

—¿Qué te crees que estás haciendo? —siseó, con los ojos llenos de la furia de Lucas.

—¿De qué te quejas? —Bruno se encogió de hombros, sin un ápice de arrepentimiento—. Es lo que hacen las parejas. Estamos actuando, ¿no? Pues que lo parezca.

Las palabras golpearon como una puñalada. No era una disculpa. Era una justificación. A Bruno le había gustado, y le parecía normal.

—Necesito ir al baño —gimió ella, y huyó.

***

En el espejo del baño la golpeó su reflejo: una mujer increíblemente sexy, los labios brillantes, los ojos vidriosos. Pero el recuerdo de la presión de Bruno no se iba; la humillación se mezclaba con un calor residual.

Una chica rubia se acercó.

—Oye, bailas genial. Tu novio tiene suerte. Pero cuidado con los tiburones de aquí, sobre todo con ese que acaba de entrar. Rodrigo. Qué hombre. No hay forma de hacerle frente.

Las palabras golpearon a Lucas, pero para el cuerpo de Lucía, ya intoxicado por lo de Bruno, fueron un hechizo. El instinto escuchaba, y la memoria de ese poder pequeño se conectó con la idea de uno mucho mayor. Una nueva humedad empezó a empapar la tanga.

Salió decidida a marcharse de ese infierno, pero fue Bruno quien la encontró. La agarró del brazo con una fuerza que la hizo gritar.

—¿Qué haces escondida como una rata? El objetivo está justo ahí. ¿Vas a arruinarlo todo?

—No puedo —murmuró Lucas, peleando por recuperar el control—. Tengo miedo.

—¿Te has olvidado del vídeo? Tú no tienes miedo. Tienes una misión. —Viéndola temblar, su voz se suavizó hacia algo más calculador—. Necesitas relajarte. Estás demasiado tensa.

Volvió de la barra con uno de los vasos rosados que ella había rechazado antes.

—Bébetelo. Te dará el valor que necesitas.

Esta vez Lucía no protestó. El miedo a Bruno, la vergüenza de la pista y el anhelo traicionero que las chicas habían despertado la hicieron obedecer. Se lo bebió de un solo sorbo. El dulzor explosivo la nubló de inmediato.

—Ahora ve —dijo Bruno—. Haz que te desee. Por el plan.

***

Empujada por la orden y por el veneno en la sangre, Lucía caminó hacia Rodrigo. Su cuerpo reaccionó con una ferocidad que la asustó: una atracción magnética hacia la fuente de poder masculino. La espalda se arqueó, las caderas se inclinaron. Era una invitación abierta.

Rodrigo la vio y se abrió paso hacia ella con una sonrisa de depredador.

—Buenas noches, nena. Eres nueva.

¡Corre!, gritaba la mente de Lucas. Pero el cuerpo no se movió.

—No estoy interesada —logró farfullar, aunque la voz salió como un susurro sedoso.

—Todas lo están —rió él—. Solo tardan en darse cuenta.

Su olor a sudor y a dominio la envolvió. La tomó de la cintura y la besó, brutal, posesivo. Y para el horror absoluto de Lucas, el cuerpo de Lucía respondió: sus labios se abrieron, su lengua buscó la de él. La guió por un pasillo oscuro y la empujó contra la pared.

—Sabes lo que quieres —murmuró Rodrigo.

No lo quiero… soy un hombre…, luchaba Lucas, pero la lucha era una formalidad. Las rodillas de Lucía se doblaron solas. Sus dedos desabrocharon el pantalón de él con voluntad propia, lista para rendirse del todo…

—¡Eh! ¿Qué se supone que pasa aquí?

Una linterna los cegó. Un guardia de seguridad. Rodrigo se rió, se acomodó la ropa y se fue. Lucía se escabulló, temblando. Pero el corazón no le latía por el susto, sino por el deseo insatisfecho. La batalla había terminado, y ella, voluntariamente, casi se había rendido.

***

A la mañana siguiente, Bruno aporreó la puerta con la furia de un estratega cuyo activo principal había desaparecido del campo de batalla.

—¡Lucas! ¡Abre! ¡Necesito un informe!

La puerta estaba abierta. La habitación olía a perfume dulzón, a alcohol y a sexo. Y allí, en la cama, dormía la prueba de su fracaso: Lucas, todavía con el vestido rojo y la tanga puestos, el maquillaje corrido como una máscara de derrota.

Bruno lo sacudió con rudeza.

—¡Despierta! ¿Cumpliste tu parte o te escondiste como el cobarde que siempre fuiste?

—No… no pasó nada —farfulló Lucas—. Me sentí mal y vine a dormir.

—¿Con el vestido puesto? Mientes. Lo estropeaste todo. Eres un fracasado con o sin tetas.

La crueldad cayó como agua helada. Para Bruno él no era una persona, sino una herramienta rota. Y en ese vacío de utilidad, la voz de Lucía despertó, más clara que nunca.

¿Lo ves? No le importas tú, solo su plan. Pero yo sé lo que casi hiciste. Y sé lo que todavía quieres.

La imagen apareció con claridad brutal: él, de rodillas; Rodrigo, contra la pared; el calor de su piel a milímetros de su lengua.

No lo terminaste. Quedaste a punto. ¿Recuerdas el calor que desprendía? Él te llama fracasado, pero por un momento lo tuviste a tus pies. Lucas, él te desprecia. Pero Lucía sería adorada.

Lucas tragó saliva. Bajo el satén, su propia erección se levantó, un tributo traidor a la memoria. Bruno se giró para irse.

—Eres inútil. Lo arruinaré yo solo.

—No lo arruinaste —dijo Lucas, con un ronco susurro nuevo, decidido—. Yo lo haré.

***

La semana transcurrió en una pesadilla de luz diurna. Irónicamente, el plan funcionaba: Bruno, el «novio» de la chica que desapareció esa noche, se cultivaba un nuevo estatus, construyendo su trono con los escombros de la reputación de Rodrigo. Cada amigo suyo era un clavo más en el ataúd de Lucas.

Lucas, en cambio, se volvió un fantasma, encerrado en su cuarto. Pero no podía escapar de sí mismo. La voz de Lucía había vuelto, ya no como un murmullo, sino como una caricia mental que lo hacía estremecer.

Un jueves por la tarde, decidido a exterminar el fantasma, empezó a vaciar el armario. Bajo una pila de sudaderas viejas, sus dedos tocaron el satén. El vestido rojo. Iba a quemarlo, a deshacerse de la maldición.

No, mi amor… no hagas eso.

La voz fue una caricia de miel caliente derramada en su cerebro. Tócalo. No lo sientas con asco. Es la piel de tu verdadero yo.

—Era una mentira —gruñó él.

La sensación fantasma lo invadió, abrumadoramente real: el peso de unos pechos perfectos, una tirantez deliciosa en los pezones bajo el satén que sostenía. Un gemido bajo escapó de su garganta.

No quieres ser un hombre, tonto. Quieres ser su mujer. La cosa más bonita de su mundo. Quieres sentir una verga de verdad, no la tuya, inútil y pequeña. Quieres que él te llene, te marque por dentro.

Busca el frasco. Todavía queda un poco. Pero esta vez, no por un plan. Hazlo por ti. Para ser Lucía. Para ir a buscar lo que es tuyo.

Sus ojos se desviaron hacia la tabla suelta bajo la cama, donde había escondido el frasco. La serpiente ya no le mostraba el camino: ahora la serpiente era él mismo.

Se miró en el espejo. Ya no vio a un chico asustado, sino a un creyente a punto de comulgar. Detrás de él, Lucía lo miraba con orgullo.

Levantó el frasco.

—Por mí —susurró, y sabía exactamente a quién se lo decía.

Se bebió el resto de un trago. El sabor a fresas ya no sabía a rendición. Sabía a verdad. El cambio comenzó, y esta vez Lucas no luchó. Se abrazó al placer de la destrucción, al éxtasis de volverse Lucía para siempre.

***

La puerta del cuarto de Rodrigo se abrió antes de que ella tocara. Él la esperaba, medio desnudo, con una sonrisa de dueño del universo. No hizo preguntas. Solo la miró, y esa mirada se lo dijo todo: él la deseaba, él la poseía.

—Arrodíllate —ordenó, con un gruñido bajo que le hizo temblar las rodillas.

Ella obedeció. El movimiento fue natural, perfecto. Era su lugar. Con manos temblorosas de devoción, le bajó el pantalón. El olor era abrumadoramente masculino, un perfume de dominio que la dejó sin aliento.

—Lámela —dijo él.

Esta vez no hubo interrupción ni duda. Lucía se inclinó y, por primera vez, sintió el sabor: salado, un poco ácido, y la cosa más deliciosa que había probado en su vida.

¡No! ¡Por favor, no! ¡Soy un hombre!, gritaba la voz de Lucas en su cabeza, pero el grito ya sonaba lejano, como desde el fondo de un pozo.

—Sí… tan grande… —gemía Lucía.

Rodrigo le enredó los dedos en el pelo y marcó el ritmo sin piedad. Las lágrimas le brotaban, pero no eran de dolor. La empujó sobre la cama, le arrancó el vestido y la giró boca abajo. Un último vestigio de Lucas le recorrió la espalda como un escalofrío. Y entonces la penetración.

El grito de Lucas y el de Lucía fueron uno solo, una mezcla perfecta de dolor y placer salvaje. El dolor se transformó al instante en una ola de calor que la redefinía con cada embestida.

—¡Más! ¡Fóllame, mi hombre! —gritaba Lucía, y la voz de Lucas se fundía con la suya en un coro de sumisión.

Los pensamientos de Lucas se disolvían. Ya no había conflicto ni miedo, solo placer flotando en un mar tibio. Rodrigo se inclinó sobre su oído.

—¿Lo sientes? Esto es lo que eres. Mía. A partir de ahora, mi mujer.

—Sí… tuya… siempre… —repitió Lucía, los ojos vidriosos, la mente una pizarra en blanco donde solo esa verdad estaba escrita.

Él se corrió con un gruñido, y ella tembló con una fuerza que la partió en dos. Lucas había muerto. En su lugar solo quedaba Lucía, completamente, absolutamente feliz.

***

Los días siguientes fueron un infierno para Bruno. Lucas había desaparecido del campus, y para un estratega un fantasma es un arma sin munición. Su popularidad creciente se sentía hueca.

Una tarde, en el patio, la vio, y su mundo se detuvo. Era Lucía, más espectacular que nunca, embutida en un vestido negro de cuero. Y a su lado, con una mano posesiva en su cadera, estaba Rodrigo. Sonreían. Eran el rey y su reina.

Bruno se plantó frente a ellos, la rabia fría recorriéndole las venas.

—¿Dónde está él? ¿Qué le hiciste?

Rodrigo solo se rió. Lucía se giró, y sus ojos grandes y vacíos se posaron en Bruno con una piedad condescendiente.

—Bruno, mi antiguo amigo. Siempre tan tenso. Ven a mi cuarto esta noche. Hablaremos.

No era una sugerencia. Era una sentencia.

***

Esa noche, Bruno entró dando un portazo. Ella lo esperaba con el vestido rojo y los tacones, como una invitación.

—¡Dime qué le hiciste a Lucas!

—Ay, Bruno, siempre tan dramático. —Lucía sonrió, dulce y estúpida—. Estoy mejor que nunca. Tómate esto, te ayudará a calmarte.

Le sirvió un vaso del mismo trago rosado. Vencido por la confusión, Bruno lo bebió de un sorbo.

—¿Sabes? —dijo ella, cruzando las piernas en la cama—. En una de las muchas veces que Rodrigo me dejó estúpida de placer, le conté todo. El plan. Que yo era Lucas. Que la idea había sido tuya.

El vaso se le cayó de la mano. Un calor extraño empezó a extenderse por su pecho.

—Rodrigo, tan listo, volvió a ver a Madame Lúa. Consiguió dos elixires. Uno para mí, para ser Lucía por siempre. Y el segundo… para ti.

El pánico se apoderó de Bruno mientras sus huesos crujían y su piel se suavizaba. Dos pechos pequeños empezaron a formarse, y su última prueba de masculinidad se encogía hasta volverse casi inútil.

—No te preocupes —canturreó Lucía—. Necesitábamos un sirviente, alguien que nos atendiera y nos adorara en silencio. Y yo te extrañaba. Era la mejor forma de estar siempre juntas.

Cuando terminó, en el suelo temblaba una criatura andrógina, delgada, de pechos grandes y ojos llenos de terror. Lucía la ayudó a levantarse.

—No llores, cariño. Eres nuestra. Y ahora es hora de conocer a tu amo.

La guió de la mano, como a un perrito asustado, hasta la habitación de Rodrigo, que esperaba sentado en un sillón como en un trono. La inspeccionó como a un ganado, le apretó los pechos, se rió.

—Así que este era el otro perdedor. Menos impresionante. Pero servirá. —La empujó al suelo—. Arrodíllate. Primera lección: aprende a adorarla.

La nueva sumisa miró el mismo símbolo de poder que había destruido a Lucas. Pero en su nuevo cuerpo lo sentía distinto. Aterrador, pero correcto. Abrió la boca y sacó la lengua.

Desde la cama, Lucía observaba con la mano entre las piernas, fascinada. Veía al cerebro del plan reducido a una sumisa, lamiendo la verga del hombre que los había destruido a ambos. Para ella, que ya no era Lucas, era el espectáculo más hermoso del mundo. La venganza estaba completa. Y era deliciosa.

Ver todos los relatos de Trans

Valora este relato

Comentarios (5)

Gaston_MDQ

Tremendo relato!!! Me engancho desde el primer parrafo y no pude parar. Muy original la idea, no habia leido algo asi antes.

NadiaNoche

Me sorprendio mucho, no esperaba que fuera tan bueno. La forma en que lo contas se siente muy real y te mete de lleno en la historia.

recien_llegado

jajaj el titulo ya me vendio y el relato no decepciono para nada. Bien ahi!

ElTorrente_74

Por favor que haya segunda parte, no puede quedarse asi!! Me quede con muchisimas ganas de saber que paso despues de esa noche.

ManuelCortes

Muy bien escrito, se nota que hay trabajo detrás. Lo que mas me gusto fue como describis los sentimientos del personaje desde adentro, eso es lo dificil y aca esta muy logrado. Seguí así.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.