El elixir que lo transformó en la chica de la fiesta
El cuarto olía a pizza fría y a derrota. Lucas y Bruno, los dos parias del primer año, se hundían en el silencio espeso de su propia insignificancia. Eran amigos desde niños, unidos por la misma invisibilidad y por el mismo verdugo: Rodrigo.
Rodrigo no era solo un tipo popular. Era un cataclismo con camiseta de fraternidad. Desde el colegio había hecho de sus vidas un infierno discreto. Lucas todavía recordaba el día que le destrozó la maqueta de ciencias delante de toda la clase, sonriendo mientras los pedazos caían al suelo. Rodrigo despreciaba la debilidad, y para él ellos eran la definición exacta de la palabra.
Pero mientras Lucas se resignaba, Bruno ardía por dentro. No con rabia caliente, sino con una ambición fría y calculadora.
—Tenemos que hacer algo —dijo una noche, apagando la consola de un golpe—. No se trata de ser populares. Se trata de poder.
—¿Y cómo? —Lucas casi se rió—. ¿Con nuestro encanto de perdedores?
—No con encanto. Con un arma. —Una sonrisa casi predatoria se le dibujó en la cara—. Estuve buscando en ciertos foros. Hay gente que vende cosas imposibles. Encontré un nombre: Madame Lúa.
El plan que explicó no era de ascenso social. Era una guerra.
—Conseguiremos un elixir —dijo, los ojos brillando con una luz febril—. Te convertirá en una chica. Espectacular. No para ir de fiesta, tonto, sino para acercarte a Rodrigo. Para entrar en su círculo, ganarte su confianza y destruirlo desde dentro. Y yo, como tu «novio», recogeré los pedazos. El nuevo alfa.
Lucas se quedó helado.
—¿Yo? Ni en broma. Hazlo tú.
—Tú tienes el aspecto. Delgado, de facciones finas. Encajarás. —Bruno se inclinó, y su voz bajó a un susurro venenoso—. Y además… ¿recuerdas aquel vídeo del campamento? El que juraste haber borrado. Lo tengo en un disco externo. Y ese disco podría terminar en el servidor de la universidad si no cooperas.
El color abandonó el rostro de Lucas. El chantaje era perfecto, brutal. Su único secreto vergonzoso en las manos de su único amigo.
***
Madame Lúa los recibió en un salón impecable, una mujer de control absoluto que los evaluó con una sonrisa que no llegó a sus ojos. No le importaba el plan; solo le interesaba el caos.
—El poder exige un sacrificio —dijo, entregándoles un frasco de cristal violeta—. Uno de ustedes será la llave. La llave abre cualquier puerta. Pero la cerradura seguirá siendo la misma por dentro. Por una noche.
De vuelta en su guarida, el frasco brillaba sobre la mesa como una sentencia.
—Bébelo —ordenó Bruno, con una frialdad que Lucas nunca le había conocido.
Con lágrimas de humillación rodando por las mejillas, Lucas se bebió el líquido. Sabía a fresas y a traición.
El cambio fue una rebelión de su propia carne. Sus huesos crujieron y se reacomodaron, su piel se estiró y se suavizó. El pecho se le hinchó en dos curvas pesadas que tiraban de su espalda hacia delante, y sintió cómo los pezones se le endurecían por la fricción de la tela, punzantes, sensibles, transmitiendo un cosquilleo eléctrico que le bajaba directo al vientre. La cintura se estrechó, las caderas se ensancharon, y un pelo castaño y lacio le cayó sobre los hombros. Entre las piernas, el peso familiar de su polla se desvaneció con un tirón húmedo, y en su lugar sintió una hendidura tibia, palpitante, un coño nuevo que se abría con cada latido. En el espejo, donde había un chico desgarbado, ahora había una mujer hecha para ser mirada.
—Joder… —susurró Bruno, boquiabierto. El resultado superaba lo que había imaginado. Los ojos se le fueron directos a las tetas, dos globos pesados coronados por pezones rosados que asomaban bajo la camiseta prestada, y Lucas vio con horror cómo el pantalón de su mejor amigo empezaba a abultarse.
De un escondite del armario sacó una bolsa: un vestido rojo ajustado, unos tacones imposibles, una tanga de encaje y una caja de maquillaje.
—¿Guardabas esto? —preguntó la nueva criatura, con la voz temblorosa de Lucas.
—Por si acaso. Póntelo.
Cuando se puso el vestido, el escote resultó insuficiente. Sus nuevos pechos se desbordaban por los lados, una avalancha de piel pálida que parecía a punto de romper la tela. En lugar de cubrirla, el vestido la exponía. La tanga de encaje se le hundía entre los labios del coño, y cada vez que se movía, la costura le rozaba el clítoris hinchado y arrancaba un latido caliente entre las piernas.
—Perfecto —dijo Bruno con satisfacción—. Rodrigo no podrá mirar a otro lado.
Lucas se tocó el cuerpo ajeno. El placer físico era abrumador, pero el pánico en su mente era un grito silencioso. No era un arma. Era un cordero.
***
El aire de la fiesta de la fraternidad Delta golpeó a Lucía como una pared de humo y testosterona. Para el plan, Bruno debía presentarla como su novia, así que la rodeó con un brazo torpe y rígido.
—Sonríe, cariño —murmuró entre dientes—. Actúa como si me quisieras.
La tanga se le clavaba en el cuerpo, un hilo de humillación. Bruno volvió de la barra con dos vasos; le ofreció uno de color rosa chillón, con sombrilla de papel.
¿Me tomas por idiota? ¿Por qué no me traes una cerveza como a una persona normal?
—¿Qué es eso? —dijo Lucía, con el desdén intacto de Lucas—. Quiero una cerveza.
Bruno parpadeó, confundido, y volvió con una lata fría y amarga. Lucas la bebió con ansias; el sabor metálico era un ancla a su realidad. Un pequeño triunfo.
—Tenemos que bailar —dijo Bruno más tarde, arrastrándola al centro de la pista.
Al principio fue un balanceo torpe. Pero entonces la canción cambió. Un bajo demencial vibró como un pulso carnal y entró en el cuerpo de Lucía como una droga. Una fuerza traicionera se apoderó de sus caderas, que encontraron el ritmo y se movieron contra Bruno, no como una amiga, sino como una presa que se ofrece. El culo redondo se restregó en círculos contra la entrepierna de su amigo, y las tetas, mal contenidas por el vestido, temblaban con cada movimiento.
¡Para! ¿Qué estás haciendo? ¡Es Bruno!, luchaba la mente de Lucas. Pero junto al pánico había algo nuevo: una calidez, un poder. El poder de provocar una reacción.
Y entonces lo sintió. La dureza urgente de su amigo contra el cuerpo. Bruno tenía una erección, una polla dura clavada justo en la raja del culo a través de las telas. El pánico de Lucas fue inmenso, pero el cuerpo de Lucía sintió una oleada de triunfo tan intoxicante como el alcohol. Las manos de Bruno se le fueron a las caderas, apretándolas, tirándola hacia atrás para que sintiera cada centímetro de esa verga temblorosa entre las nalgas. El coño de Lucía se empapó de golpe, la tanga volviéndose una raja mojada que se pegaba a la piel.
Lo hice yo. Provoqué esto. Soy deseable. El pensamiento era ajeno, pero la sensación era real.
Bruno, con un suspiro casi inaudible, dejó de resistir y acompañó el ritmo. Bajó el rostro hasta el cuello de Lucía y la respiración caliente le erizó la piel. Una mano subió despacio y le apretó una teta por debajo del brazo, escondida entre los cuerpos, un contacto furtivo pero descarado. El pezón se endureció bajo su palma, y Lucía dejó escapar un gemido bajo, ahogado, que la traicionó. Y el cuerpo de Lucía ardió. La canción terminó y el hechizo se rompió. Ella se apartó de golpe, como si la hubieran quemado.
—¿Qué te crees que estás haciendo? —siseó, con los ojos llenos de la furia de Lucas.
—¿De qué te quejas? —Bruno se encogió de hombros, sin un ápice de arrepentimiento, aunque el bulto en el pantalón era imposible de disimular—. Es lo que hacen las parejas. Estamos actuando, ¿no? Pues que lo parezca.
Las palabras golpearon como una puñalada. No era una disculpa. Era una justificación. A Bruno le había gustado, y le parecía normal.
—Necesito ir al baño —gimió ella, y huyó.
***
En el espejo del baño la golpeó su reflejo: una mujer increíblemente sexy, los labios brillantes, los ojos vidriosos. Pero el recuerdo de la presión de Bruno no se iba; la humillación se mezclaba con un calor residual que le latía entre las piernas. Sin querer, se metió la mano bajo el vestido y comprobó que la tanga estaba empapada, un charquito tibio de su propio jugo pegado al encaje. El clítoris le pulsaba, hinchado como un botón que pedía atención. Retiró la mano, asqueada, pero los dedos brillaban.
Una chica rubia se acercó.
—Oye, bailas genial. Tu novio tiene suerte. Pero cuidado con los tiburones de aquí, sobre todo con ese que acaba de entrar. Rodrigo. Qué hombre. No hay forma de hacerle frente.
Las palabras golpearon a Lucas, pero para el cuerpo de Lucía, ya intoxicado por lo de Bruno, fueron un hechizo. El instinto escuchaba, y la memoria de ese poder pequeño se conectó con la idea de uno mucho mayor. Una nueva humedad empezó a empapar la tanga.
Salió decidida a marcharse de ese infierno, pero fue Bruno quien la encontró. La agarró del brazo con una fuerza que la hizo gritar.
—¿Qué haces escondida como una rata? El objetivo está justo ahí. ¿Vas a arruinarlo todo?
—No puedo —murmuró Lucas, peleando por recuperar el control—. Tengo miedo.
—¿Te has olvidado del vídeo? Tú no tienes miedo. Tienes una misión. —Viéndola temblar, su voz se suavizó hacia algo más calculador—. Necesitas relajarte. Estás demasiado tensa.
Volvió de la barra con uno de los vasos rosados que ella había rechazado antes.
—Bébetelo. Te dará el valor que necesitas.
Esta vez Lucía no protestó. El miedo a Bruno, la vergüenza de la pista y el anhelo traicionero que las chicas habían despertado la hicieron obedecer. Se lo bebió de un solo sorbo. El dulzor explosivo la nubló de inmediato.
—Ahora ve —dijo Bruno—. Haz que te desee. Por el plan.
***
Empujada por la orden y por el veneno en la sangre, Lucía caminó hacia Rodrigo. Su cuerpo reaccionó con una ferocidad que la asustó: una atracción magnética hacia la fuente de poder masculino. La espalda se arqueó, las caderas se inclinaron, las tetas se le pusieron por delante como una ofrenda. Era una invitación abierta.
Rodrigo la vio y se abrió paso hacia ella con una sonrisa de depredador.
—Buenas noches, nena. Eres nueva.
¡Corre!, gritaba la mente de Lucas. Pero el cuerpo no se movió.
—No estoy interesada —logró farfullar, aunque la voz salió como un susurro sedoso.
—Todas lo están —rió él—. Solo tardan en darse cuenta.
Su olor a sudor y a dominio la envolvió. La tomó de la cintura y la besó, brutal, posesivo. Y para el horror absoluto de Lucas, el cuerpo de Lucía respondió: sus labios se abrieron, su lengua buscó la de él. La mano de Rodrigo bajó descaradamente hasta el culo, lo apretó, lo amasó, y luego subió hasta una teta y la sacó a medias del vestido, exponiendo un pezón duro delante de quien quisiera verlo. Le pellizcó el botoncito rosa entre dos dedos, y Lucía gimió dentro de su boca. La guió por un pasillo oscuro y la empujó contra la pared.
—Sabes lo que quieres —murmuró Rodrigo, con la mano ya metida bajo el vestido, palpando la humedad entre sus muslos. Sus dedos apartaron la tanga y se hundieron directamente en el coño empapado. Lucía sintió cómo dos dedos rugosos la abrían por dentro, curvándose contra un punto que la hizo ver estrellas—. Mira cómo chorreas, putita. Estás pidiéndolo a gritos.
—No… —jadeó ella, pero las caderas se movían solas contra los dedos que la penetraban.
No lo quiero… soy un hombre…, luchaba Lucas, pero la lucha era una formalidad. Las rodillas de Lucía se doblaron solas hasta que quedó arrodillada en el suelo mugriento del pasillo. Sus dedos desabrocharon el pantalón de él con voluntad propia, y de un tirón bajó la ropa interior. La polla de Rodrigo saltó frente a su cara, gruesa, dura, con la punta congestionada goteando una gotita transparente. Era enorme, mucho más grande de lo que Lucas había visto nunca en un vestuario. Un miedo primitivo la recorrió, pero también un hambre nueva, líquida, absoluta. Sacó la lengua y la punta rozó el glande, y el sabor salado le explotó en la boca como una promesa. Estaba lista para rendirse del todo, para tragarse esa verga entera hasta la garganta…
—¡Eh! ¿Qué se supone que pasa aquí?
Una linterna los cegó. Un guardia de seguridad. Rodrigo se rió, se acomodó la ropa y se fue. Lucía se escabulló, temblando. Pero el corazón no le latía por el susto, sino por el deseo insatisfecho. Tenía la boca vacía, los labios ardiendo por el contacto que se había quedado a milímetros. El coño le seguía chorreando por los muslos. La batalla había terminado, y ella, voluntariamente, casi se había rendido.
***
A la mañana siguiente, Bruno aporreó la puerta con la furia de un estratega cuyo activo principal había desaparecido del campo de batalla.
—¡Lucas! ¡Abre! ¡Necesito un informe!
La puerta estaba abierta. La habitación olía a perfume dulzón, a alcohol y a sexo. Y allí, en la cama, dormía la prueba de su fracaso: Lucas, todavía con el vestido rojo y la tanga puestos, el maquillaje corrido como una máscara de derrota.
Bruno lo sacudió con rudeza.
—¡Despierta! ¿Cumpliste tu parte o te escondiste como el cobarde que siempre fuiste?
—No… no pasó nada —farfulló Lucas—. Me sentí mal y vine a dormir.
—¿Con el vestido puesto? Mientes. Lo estropeaste todo. Eres un fracasado con o sin tetas.
La crueldad cayó como agua helada. Para Bruno él no era una persona, sino una herramienta rota. Y en ese vacío de utilidad, la voz de Lucía despertó, más clara que nunca.
¿Lo ves? No le importas tú, solo su plan. Pero yo sé lo que casi hiciste. Y sé lo que todavía quieres.
La imagen apareció con claridad brutal: él, de rodillas; Rodrigo, contra la pared; el calor de esa verga a milímetros de su lengua, la punta salada rozándole los labios.
No lo terminaste. Quedaste a punto. ¿Recuerdas el calor que desprendía? Él te llama fracasado, pero por un momento lo tuviste a tus pies. Lucas, él te desprecia. Pero Lucía sería adorada.
Lucas tragó saliva. Bajo el satén, su propia erección se levantó, un tributo traidor a la memoria. Bruno se giró para irse.
—Eres inútil. Lo arruinaré yo solo.
—No lo arruinaste —dijo Lucas, con un ronco susurro nuevo, decidido—. Yo lo haré.
***
La semana transcurrió en una pesadilla de luz diurna. Irónicamente, el plan funcionaba: Bruno, el «novio» de la chica que desapareció esa noche, se cultivaba un nuevo estatus, construyendo su trono con los escombros de la reputación de Rodrigo. Cada amigo suyo era un clavo más en el ataúd de Lucas.
Lucas, en cambio, se volvió un fantasma, encerrado en su cuarto. Pero no podía escapar de sí mismo. La voz de Lucía había vuelto, ya no como un murmullo, sino como una caricia mental que lo hacía estremecer.
Un jueves por la tarde, decidido a exterminar el fantasma, empezó a vaciar el armario. Bajo una pila de sudaderas viejas, sus dedos tocaron el satén. El vestido rojo. Iba a quemarlo, a deshacerse de la maldición.
No, mi amor… no hagas eso.
La voz fue una caricia de miel caliente derramada en su cerebro. Tócalo. No lo sientas con asco. Es la piel de tu verdadero yo.
—Era una mentira —gruñó él.
La sensación fantasma lo invadió, abrumadoramente real: el peso de unos pechos perfectos, una tirantez deliciosa en los pezones bajo el satén, la humedad palpitando entre los muslos. Un gemido bajo escapó de su garganta y, sin darse cuenta, se llevó la mano al pantalón y empezó a apretarse la polla dura por encima de la tela.
No quieres ser un hombre, tonto. Quieres ser su mujer. La cosa más bonita de su mundo. Quieres sentir una verga de verdad, no la tuya, inútil y pequeña. Quieres que él te llene, te marque por dentro. Quieres tragarte su leche caliente hasta la última gota.
Busca el frasco. Todavía queda un poco. Pero esta vez, no por un plan. Hazlo por ti. Para ser Lucía. Para ir a buscar lo que es tuyo.
Sus ojos se desviaron hacia la tabla suelta bajo la cama, donde había escondido el frasco. La serpiente ya no le mostraba el camino: ahora la serpiente era él mismo.
Se miró en el espejo. Ya no vio a un chico asustado, sino a un creyente a punto de comulgar. Detrás de él, Lucía lo miraba con orgullo.
Levantó el frasco.
—Por mí —susurró, y sabía exactamente a quién se lo decía.
Se bebió el resto de un trago. El sabor a fresas ya no sabía a rendición. Sabía a verdad. El cambio comenzó, y esta vez Lucas no luchó. Se abrazó al placer de la destrucción, al éxtasis de volverse Lucía para siempre. Sintió con perfecta claridad cómo su polla se derretía y se hundía en su cuerpo, cómo en su lugar se abría un coño palpitante y vacío que ya lloraba por ser llenado. Las tetas volvieron a crecerle, más pesadas que antes, los pezones erectos rozando la sábana en una fricción que la hizo gemir. Se metió dos dedos entre las piernas y encontró su nueva humedad, resbaladiza, obscena, deliciosa. Se corrió allí mismo, mordiéndose el labio, y el orgasmo la sacudió con una intensidad que ninguna paja anterior había igualado.
***
La puerta del cuarto de Rodrigo se abrió antes de que ella tocara. Él la esperaba, medio desnudo, con una sonrisa de dueño del universo. No hizo preguntas. Solo la miró, y esa mirada se lo dijo todo: él la deseaba, él la poseía.
—Arrodíllate —ordenó, con un gruñido bajo que le hizo temblar las rodillas.
Ella obedeció. El movimiento fue natural, perfecto. Era su lugar. Con manos temblorosas de devoción, le bajó el pantalón y los calzoncillos de un tirón. La polla de Rodrigo saltó libre otra vez frente a su cara, gruesa, venosa, más grande que la primera vez porque ahora la miraba de cerca, sin miedo. El olor era abrumadoramente masculino, un perfume de dominio que la dejó sin aliento: sudor, almizcle, sexo.
—Lámela —dijo él.
Esta vez no hubo interrupción ni duda. Lucía se inclinó y, por primera vez, sintió el sabor: salado, un poco ácido, y la cosa más deliciosa que había probado en su vida. Sacó la lengua y la deslizó desde la base hasta la punta, saboreando cada vena, cada milímetro de esa verga que la hacía babear. Cuando llegó al glande, lamió la gota transparente que asomaba y gimió como si fuera miel.
¡No! ¡Por favor, no! ¡Soy un hombre!, gritaba la voz de Lucas en su cabeza, pero el grito ya sonaba lejano, como desde el fondo de un pozo.
—Abre la boca, putita —ordenó él.
Ella obedeció, y Rodrigo le metió la polla entera de una embestida, hasta el fondo de la garganta. Lucía se atragantó, los ojos se le llenaron de lágrimas, un hilo de baba le cayó por la barbilla hasta el escote del vestido. Pero no retrocedió. La sujetó del pelo con las dos manos y empezó a follarle la cara sin piedad, la punta chocando contra el fondo de la garganta con cada envión. La saliva chorreaba, sus tetas rebotaban dentro del vestido, y ella lo miraba desde abajo con adoración total.
—Sí… tan grande… —gemía Lucía cuando la sacaba un segundo para dejarla respirar—. Métemela toda, por favor…
—Eso es. Mírate. Nacida para chupar polla. —Le escupió en la cara y volvió a hundírsela hasta el fondo. Ella lloraba, babeaba y jadeaba, y el coño se le empapaba con cada humillación. Cuando la sacó, un hilo de saliva y presemen conectaba sus labios rojos con la punta brillante de la verga.
Rodrigo le enredó los dedos en el pelo y marcó el ritmo sin piedad. Las lágrimas le brotaban, pero no eran de dolor. Con una mano, él le arrancó el vestido de un tirón, dejando las tetas al aire, y le pellizcó los pezones hasta hacerla chillar contra su polla. La empujó sobre la cama, le arrancó lo que quedaba del vestido y la giró boca abajo. Le arrancó también la tanga empapada y la olió con una sonrisa depredadora antes de tirarla al suelo.
—Mira este culo… y este coñito. Ya está goteando por mí.
Le abrió las nalgas con las dos manos, y ella sintió cómo le miraba todo: el culo apretado, el coño palpitante, hinchado, mojado. Bajó la cara y le dio un lengüetazo largo desde el clítoris hasta el ano. Lucía gritó, hundiendo la cara en la almohada, mientras él la comía con una violencia gozosa, chupándole los labios del coño, metiéndole la lengua bien adentro, dejándola morada y dilatada. Cuando le clavó la lengua en el culo, ella se corrió por primera vez, sacudiéndose como una perra en celo, chorreando sobre las sábanas.
Un último vestigio de Lucas le recorrió la espalda como un escalofrío. Y entonces la penetración.
Rodrigo se colocó detrás, le agarró las caderas con las manos ásperas, y de una sola embestida brutal le clavó la polla entera hasta el fondo del coño. El grito de Lucas y el de Lucía fueron uno solo, una mezcla perfecta de dolor y placer salvaje. El dolor se transformó al instante en una ola de calor que la redefinía con cada embestida. Podía sentir cada centímetro de esa verga abriéndola por dentro, empujando contra un tope que ella no sabía que existía, un rinconcito profundo que solo él sabía encontrar.
—¡Más! ¡Fóllame, mi hombre! ¡Rómpeme! —gritaba Lucía, y la voz de Lucas se fundía con la suya en un coro de sumisión.
Rodrigo la montaba como a un animal, las manos apretándole las caderas hasta dejarle moretones, el sonido húmedo de los muslos chocando contra su culo llenando la habitación. Le agarró un puñado de pelo y tiró hacia atrás, obligándola a arquearse. Con la otra mano, le buscó una teta y la apretó, la amasó, le retorció el pezón.
—¿Te gusta, putita? Dime que te gusta —gruñó, sin dejar de embestir.
—¡Sí, me encanta! ¡Soy tu puta! ¡Tu putita! —chillaba ella, con la voz rota, la baba cayéndole sobre las sábanas.
La volteó boca arriba de un movimiento brusco, le abrió las piernas hasta los hombros y volvió a hundírsela. Ahora Lucía podía verlo: el rostro tenso, los músculos brillando de sudor, los ojos oscuros clavados en los suyos con una posesividad total. Las tetas le rebotaban con la fuerza de cada envión, los pezones apuntando al techo. Él bajó y le mordió uno hasta hacerla aullar, luego chupó fuerte, dejándolo hinchado y morado. Le agarró el clítoris entre dos dedos y lo frotó con círculos rápidos mientras la seguía follando.
Lucía se corrió otra vez, sacudida por espasmos que le apretaban la polla dentro. Los pensamientos de Lucas se disolvían. Ya no había conflicto ni miedo, solo placer flotando en un mar tibio.
Rodrigo la levantó como si no pesara nada y la sentó a horcajadas sobre él, sin sacársela nunca. Las manos en sus caderas la guiaban arriba y abajo, empalándola sobre esa verga imposible. Las tetas le quedaban a la altura de la boca, y él las devoraba, chupando, mordiendo, dejando marcas de saliva por todo el pecho. Lucía cabalgaba, sin pudor, moliendo el coño contra su vientre en cada bajada, sintiendo cómo se rozaba el clítoris con la base de esa polla que la había reclamado.
—Me voy a correr dentro tuyo —le anunció él, apretándola por la cintura—. Te voy a llenar de leche hasta que te salga por la boca.
—Sí, mi amor, córrete dentro, hazme tuya, márcame… —jadeaba ella, con los ojos vidriosos.
Rodrigo se inclinó sobre su oído.
—¿Lo sientes? Esto es lo que eres. Mía. A partir de ahora, mi mujer.
—Sí… tuya… siempre… —repitió Lucía, los ojos vidriosos, la mente una pizarra en blanco donde solo esa verdad estaba escrita.
Él la tumbó de nuevo, se puso sobre ella con las manos a los lados de sus hombros y aceleró las embestidas, brutales, salvajes, hasta que se corrió con un gruñido animal. Ella sintió los chorros calientes explotando dentro, un flujo interminable de semen que le llenaba las entrañas, y tembló con una fuerza que la partió en dos. Cuando él sacó la polla, un torrente blanco se le escapó del coño y le chorreó por el culo hasta las sábanas. Rodrigo le metió dos dedos, recogió la mezcla de leche y flujo y se la llevó a los labios.
—Trágatela. Trágate mi corrida.
Lucía abrió la boca y chupó los dedos con devoción, saboreando el sabor salado de él mezclado con el suyo. Lucas había muerto. En su lugar solo quedaba Lucía, completamente, absolutamente feliz, con la boca llena del semen del hombre que los había humillado durante años.
***
Los días siguientes fueron un infierno para Bruno. Lucas había desaparecido del campus, y para un estratega un fantasma es un arma sin munición. Su popularidad creciente se sentía hueca.
Una tarde, en el patio, la vio, y su mundo se detuvo. Era Lucía, más espectacular que nunca, embutida en un vestido negro de cuero que le marcaba las tetas y el culo como una segunda piel. Y a su lado, con una mano posesiva en su cadera, estaba Rodrigo. Sonreían. Eran el rey y su reina.
Bruno se plantó frente a ellos, la rabia fría recorriéndole las venas.
—¿Dónde está él? ¿Qué le hiciste?
Rodrigo solo se rió. Lucía se giró, y sus ojos grandes y vacíos se posaron en Bruno con una piedad condescendiente.
—Bruno, mi antiguo amigo. Siempre tan tenso. Ven a mi cuarto esta noche. Hablaremos.
No era una sugerencia. Era una sentencia.
***
Esa noche, Bruno entró dando un portazo. Ella lo esperaba con el vestido rojo y los tacones, como una invitación.
—¡Dime qué le hiciste a Lucas!
—Ay, Bruno, siempre tan dramático. —Lucía sonrió, dulce y estúpida—. Estoy mejor que nunca. Tómate esto, te ayudará a calmarte.
Le sirvió un vaso del mismo trago rosado. Vencido por la confusión, Bruno lo bebió de un sorbo.
—¿Sabes? —dijo ella, cruzando las piernas en la cama de manera que el vestido dejara ver un destello de encaje blanco entre sus muslos—. En una de las muchas veces que Rodrigo me dejó estúpida de placer, mientras me follaba tan rico que se me caían las lágrimas y le suplicaba más, le conté todo. El plan. Que yo era Lucas. Que la idea había sido tuya.
El vaso se le cayó de la mano. Un calor extraño empezó a extenderse por su pecho.
—Rodrigo, tan listo, volvió a ver a Madame Lúa. Consiguió dos elixires. Uno para mí, para ser Lucía por siempre. Y el segundo… para ti.
El pánico se apoderó de Bruno mientras sus huesos crujían y su piel se suavizaba. Dos pechos pequeños empezaron a formarse, tirándole de la camiseta, los pezones rosados endureciéndose contra la tela. Y su última prueba de masculinidad, la polla que había apretado contra el culo de Lucía en la pista, se encogía, se retiraba, hasta volverse un botón inútil, ridículo, casi invisible bajo el pantalón que ahora le quedaba enorme.
—No te preocupes —canturreó Lucía—. Necesitábamos un sirviente, alguien que nos atendiera y nos adorara en silencio. Y yo te extrañaba. Era la mejor forma de estar siempre juntas.
Cuando terminó, en el suelo temblaba una criatura andrógina, delgada, de pechos grandes y ojos llenos de terror. Lucía la ayudó a levantarse y le pasó los dedos por un pezón nuevo, riéndose cuando el cuerpo de Bruno se estremeció con una descarga eléctrica que no supo cómo procesar.
—No llores, cariño. Eres nuestra. Y ahora es hora de conocer a tu amo.
La guió de la mano, como a un perrito asustado, hasta la habitación de Rodrigo, que esperaba sentado en un sillón como en un trono, con la polla ya dura y afuera del pantalón, gruesa, brillante, palpitando de anticipación. La inspeccionó como a un ganado, le apretó los pechos, se los amasó, le pellizcó los pezones hasta hacerla chillar. Se rió cuando descubrió el bultito ridículo entre las piernas.
—Así que este era el otro perdedor. Menos impresionante. Pero servirá. Mírale la cara de miedo. Este me va a divertir. —La empujó al suelo de un tirón—. Arrodíllate. Primera lección: aprende a adorarla.
La nueva sumisa miró el mismo símbolo de poder que había destruido a Lucas. Pero en su nuevo cuerpo lo sentía distinto. Aterrador, pero correcto. El coño nuevo que se había formado entre sus piernas empezó a humedecerse contra su voluntad, mojando el pantalón que le quedaba grande. Abrió la boca y sacó la lengua. Rodrigo la agarró del pelo y le clavó la polla hasta la garganta de un envión, sin darle tiempo a acostumbrarse. La sumisa se atragantó, tosió, escupió, pero él no le soltó la cabeza. La usó como un juguete, follándole la boca sin piedad, hasta que la baba le chorreaba por la barbilla y le mojaba las tetas nuevas.
—Chupa, putita —le decía, mientras le apretaba la nariz para que abriera más la boca—. Chupa la polla que se folla a tu mejor amiga todas las noches. Ríndete a lo que siempre fuiste: una zorra debajo del cerebro.
Desde la cama, Lucía observaba con la mano entre las piernas, dos dedos hundidos en su propio coño, masturbándose sin pudor. Veía al cerebro del plan reducido a una sumisa, lamiendo la verga del hombre que los había destruido a ambos, con las tetas rebotando y los ojos llenos de lágrimas de sumisión. Rodrigo, cuando estuvo a punto, la sacó de la boca y le eyaculó en la cara, cubriéndole las mejillas, la frente, los labios, el pelo, con chorros gruesos de leche caliente. La sumisa se quedó allí, arrodillada, embadurnada, con la boca abierta como una muñeca rota.
—Ahora ven aquí, cariño —la llamó Lucía, palmeando la cama—. Límpiame con esa lengua tuya, que él te enseñó tan bien.
Bruno se arrastró hasta la cama, temblando, y hundió la cara entre los muslos de la que había sido su mejor amigo. Lamió, chupó, obedeció, mientras Rodrigo se acomodaba detrás, listo para follarse a Lucía otra vez sobre la cara de su nueva sirvienta. Para Lucía, que ya no era Lucas, era el espectáculo más hermoso del mundo. La venganza estaba completa. Y era deliciosa.