Mi profesor y la hipótesis que probamos de madrugada
Nadie sabía lo nuestro. Esa era la primera regla, y la única que de verdad importaba. Yo era Nora Belmonte, veintidós años, una beca de doctorado en biología molecular y un cuerpo que había construido a lo largo de seis años de tratamiento, de paciencia y de espejos en los que aprendí a reconocerme. Adrián Vela era mi director de tesis. Y a las dos de la madrugada, cuando el campus se quedaba en silencio, era otra cosa completamente distinta: era el hombre que me follaba contra las mesas de acero del laboratorio siete hasta dejarme sin voz.
Crucé el patio descalza, con las sandalias en la mano para no hacer ruido sobre la grava. Llevaba la bata de laboratorio abrochada solo por un botón, y debajo, nada. Ni bragas, ni sujetador, nada que se interpusiera entre su boca y mi piel cuando llegara. El aire de junio me rozaba los muslos y los pezones se me endurecían contra la tela áspera. No era el frío. Era saber que en cinco minutos iba a tener la polla de Adrián dentro.
Subí hasta el tercer piso. El laboratorio siete tenía la luz baja, solo la de las vitrinas, ese resplandor azulado que volvía todo irreal. Adrián estaba de espaldas, apoyado en la mesa de acero, repasando algo en su tableta como si fuera una noche cualquiera. Cerré con el pestillo. El chasquido del cerrojo sonó como un disparo en aquel silencio.
—Llegas tarde —dijo sin volverse.
—Tenía que esperar a que se fuera el de seguridad.
Dejó la tableta. Se giró despacio, y sus ojos hicieron el recorrido de siempre: de mis pies descalzos a la abertura de la bata, ahí donde la tela se separaba sobre mis muslos. Una mirada que me recorría como si me estuviera midiendo. Como si fuera un dato más que comprobar.
—¿Y bien? —pregunté, porque el silencio me estaba matando—. ¿Vamos a hablar de la tesis o…?
—La tesis puede esperar. —Se acercó. Olía a café y a algo más oscuro, más suyo—. Tengo una hipótesis nueva sobre ti, Belmonte. Y esta noche pienso comprobarla.
Me apoyó dos dedos en el esternón y empujó, suave pero firme, hasta que mi espalda chocó contra la fría superficie de la mesa central. El acero me arrancó un jadeo. Él aprovechó ese segundo de descuido para desabrochar el único botón de la bata y abrirla de par en par. Me quedé completamente desnuda bajo la luz azul, con los pezones ya duros, los muslos separándose solos.
—Mírate —murmuró, deslizándome la palma por el vientre hasta rozarme el pubis—. Estás empapada. Llevas todo el día pensando en esto.
Hundió dos dedos entre mis labios y los sacó brillantes, mostrándomelos como si fueran una muestra de laboratorio. Después se los llevó a la boca y los chupó despacio, sin dejar de mirarme.
—Sabes exactamente igual que la última vez —dijo—. Adictiva.
No lo negué. No habría podido. Llevaba todo el día con el coño mojado, en clase, en la biblioteca, frente al microscopio, apretando los muslos bajo la mesa cada vez que pensaba en su boca. Y él lo sabía, porque me conocía mejor de lo que yo quería admitir.
—Manos arriba —ordenó.
Las levanté por encima de la cabeza. De un cajón sacó las correas acolchadas que guardábamos para esto, las que no dejaban marca, y me ató las muñecas a la barra metálica del extremo de la mesa. Tiró una vez para comprobar el nudo. El movimiento me estiró todo el torso, me subió los pechos y me abrió las piernas de par en par, expuesta bajo la luz azul con el coño brillándome ya de lo húmeda que estaba.
—¿Cómoda? —preguntó, con esa media sonrisa que me desarmaba.
—No —admití.
—Bien.
***
Se quitó la camisa sin prisa, botón a botón, mientras me miraba retorcerme contra las correas. Cuando se bajó los pantalones y los calzoncillos de un tirón, contuve el aliento. Lo conocía de memoria y aun así cada vez me impresionaba: la polla dura, pesada, marcada por las venas gruesas, la punta roja y brillante de una gota de líquido preseminal que colgaba amenazando con caer. No era un hombre que perdiera el control con facilidad. Eso era lo que hacía que verlo así, tenso, con la verga latiéndole contra el vientre, fuera tan adictivo.
Se acercó, se agarró la polla con la mano y me frotó la punta contra los labios de la boca. Yo saqué la lengua para lamerle esa gota salada, y él me dejó unos segundos, dejándome chupar apenas la punta antes de retirarse.
—No —dijo, negando con la cabeza—. Esta noche empiezo yo por ti.
Se inclinó sobre mí. Su boca encontró mi cuello, mi clavícula, el hueco entre mis pechos. Se me cerró sobre un pezón, chupándome con fuerza, y yo arqueé la espalda tirando de las correas. Pasó al otro, mordiéndolo apenas, jugando con la lengua hasta que se me pusieron los dos rojos e hipersensibles. Después siguió bajando, arrastrando los labios por mi vientre, mordiéndome la cara interna de los muslos, dejándome marcas que al día siguiente iba a tener que esconder bajo pantalones largos.
Cuando llegó al coño, no fue delicado. Me abrió los labios con los pulgares y me lamió entera, de abajo arriba, larga, plana, hambrienta. Después se centró en el clítoris, chupándolo, presionándolo con la punta de la lengua, mientras dos dedos suyos entraban en mí y buscaban ese punto que solo él sabía encontrar.
—Joder —solté, tirando de las correas—. Joder, Adrián.
Él gruñó contra mi coño, un sonido vibrante que me subió por toda la columna. Sus dedos entraban y salían con un ruido húmedo y obsceno que retumbaba en el laboratorio vacío. Yo apretaba los dientes para no gritar, porque el laboratorio de al lado tenía las paredes finas y porque, en el fondo, me gustaba esa pelea conmigo misma.
—No te aguantes —dijo, levantando la cabeza un segundo, con la barbilla brillante de mí—. Quiero oírte cuando te corras en mi boca.
—Nos van a…
—No va a oírnos nadie. Apagué las cámaras y la puerta tiene cadena. Esta noche eres solo mía, Nora. Todo tu coño es mío.
Volvió a bajar, esta vez sin piedad. Los dedos entrando más rápido, la lengua martilleándome el clítoris, la nariz apretada contra mi pubis. Mía. Lo dijo con una posesión tan tranquila que me corrí casi sin avisar, un primer orgasmo rápido y brutal que me dobló sobre la mesa, que me hizo cerrar los muslos alrededor de su cabeza mientras gritaba su nombre sin poder callármelo. Él no paró. Siguió lamiendo entre las contracciones, terco, sostenido, hasta que el placer fue casi insoportable y le supliqué entre jadeos que me dejara respirar.
Solo entonces se levantó, con la boca y la barbilla empapadas, y se relamió con una lentitud obscena.
—Una —dijo, como si llevara la cuenta de un experimento—. Vamos a ver hasta dónde llegas esta noche.
***
Me soltó las muñecas solo para darme la vuelta. Me dejó boca abajo sobre el acero, con los pies todavía en el suelo, las piernas separadas y el pecho aplastado contra la mesa fría. Los pezones, todavía duros de sus mordiscos, se restregaron contra el metal helado y me arrancaron otro gemido. Me sujetó la nuca con una mano, sin apretar, solo recordándome quién mandaba. Con la otra me abrió las nalgas y se agachó a lamerme de nuevo desde atrás, la lengua paseándome por el coño y subiendo hasta el culo, dejándome ahí un beso húmedo que me hizo cerrar los ojos.
Después me penetró con tres dedos de golpe. Yo grité contra la mesa.
—Estás tan mojada que se me van solos —murmuró, moviéndomelos dentro con un ritmo lento y perverso—. Todo esto por mí.
Me preparó despacio, con una paciencia que contrastaba con la dureza de su voz, follándome con los dedos hasta que las piernas me temblaban y lo único que quería en el mundo era su polla dentro.
Le oí escupirse en la mano y frotársela por la verga. Después sentí la punta ahí, apoyada en mi entrada, empujando apenas, jugando.
—Pídemelo —dijo.
—Por favor.
—Por favor, ¿qué?
—Por favor, Adrián. Métemela. Ya.
—¿Dónde?
—En el coño, joder, dame ya.
Entró de una sola vez, hasta el fondo, y el grito que solté ni siquiera intenté contenerlo. Me llenó tanto que por un segundo no supe si respirar. Empezó a moverse fuerte, profundo, con un ritmo que hacía vibrar la mesa entera y temblar los frascos de las baldas. El sonido de sus caderas chocando contra mi culo era húmedo, carnoso, obsceno, y llenaba el laboratorio como si fuera lo único que existía en el mundo. Me agarraba las caderas con las dos manos, clavándome los dedos, marcándome. Yo me sostenía en el filo del acero y dejaba que me llevara, que me usara, que comprobara su hipótesis embestida a embestida.
—Esto es lo que querías —gruñó contra mi oreja, sin dejar de moverse—. Esta polla. Dilo.
—Sí.
—Todo el día. En clase. Mirándome desde la primera fila con esa cara de niña buena, apretando los muslos para no correrte solo de pensarlo. Y ahora mírate. Con mi verga hasta el fondo, empapándome los huevos.
Me metió una mano por debajo y me buscó el clítoris. Empezó a frotármelo en círculos rápidos, sin dejar de embestirme, y yo perdí la cabeza. Me corrí por segunda vez con su nombre en la boca, deshecha, apretándome sobre él con espasmos tan fuertes que sentí latir cada centímetro de su polla dentro de mí. Las piernas me temblaban tanto que solo su agarre me mantenía en pie. Él aflojó el ritmo apenas un instante, lo justo para no terminar, y volvió a empezar.
—Todavía no —susurró, respirando fuerte contra mi nuca—. Todavía no me voy a correr. Te queda mucho, Belmonte.
***
Salió de mí y me giró otra vez. Me cogió en brazos, con las piernas mías rodeándole la cintura, y me llevó así, ensartándome media penetración en cada paso, hasta la silla giratoria del rincón, la que él usaba en las tutorías, la misma en la que tantas mañanas me había sentado enfrente fingiendo que entre nosotros no había nada. Se dejó caer en ella conmigo encima. Yo me acomodé a horcajadas, sentí la punta de su polla buscándome sola, y descendí despacio hasta tenerlo entero dentro otra vez, hasta que me hundí en su regazo con un gemido largo.
Esta postura era distinta. Aquí no había nuca sujeta ni muñecas atadas. Aquí estábamos cara a cara, y eso lo volvía todo más íntimo, más peligroso. Me sostuvo la mandíbula con una mano y me besó hondo, sucio, metiéndome la lengua hasta que noté mi propio sabor mezclado con el suyo. Me llevé una de sus manos a los pechos y él entendió: empezó a apretármelos, a pellizcarme los pezones con la fuerza justa que a mí me gustaba, mientras yo me movía sobre él marcando mi propio ritmo, subiendo y bajando por su polla, sintiendo cómo me abría paso dentro cada vez.
—Así —jadeó, mirándome los pechos rebotar—. Fóllame tú a mí ahora. Enséñame cómo te gusta.
Me apoyé en sus hombros y aceleré. La silla giratoria crujía debajo de nosotros, giraba unos grados con cada embestida, y yo cabalgaba con las piernas ardiéndome de esfuerzo. Le mordí el labio inferior. Él me clavó los dedos en la cadera como represalia y me obligó a bajar más fuerte, a empalarme entera en cada golpe. Nuestros vientres chocaban con un ruido mojado. Sentía sus huevos golpeándome contra el culo cada vez que me sentaba a fondo.
—Mírame mientras te corres —dijo contra mi boca—. No cierres los ojos. Quiero ver cómo se te pone la cara.
Lo intenté. De verdad que lo intenté. Le sostuve la mirada mientras el tercer orgasmo empezaba a subirme desde la boca del estómago, mientras el coño se me contraía sobre su polla, mientras notaba cómo él también se apretaba contra mí para no dejarme escapar del placer. Pero cuando el orgasmo me atravesó de verdad, largo y eléctrico, los ojos se me cerraron solos y me derrumbé contra su pecho, jadeando, riendo y llorando a la vez sin saber muy bien por qué. Él me sostuvo. Me acarició la espalda con una ternura que no encajaba con la brutalidad de hacía un minuto, y ese contraste fue lo que más me desarmó de toda la noche.
—Tres —susurró en mi pelo, todavía duro dentro de mí, latiéndome dentro con paciencia de santo—. Eres increíble.
—Estás llevando la cuenta —dije, sin aliento.
—Soy científico. Registro mis resultados.
Me reí contra su cuello, agotada. Y entonces me moví apenas y sentí que él seguía duro, todavía dentro de mí, todavía sin correrse, la polla firme y palpitando de tanto aguantar.
—Te toca —murmuré, incorporándome un poco para bajarme por la punta y mirarlo—. Llevas toda la noche aguantando y ya no puede ser sano.
—Quería que tú llegaras primero. Las veces que hiciera falta. Ahora sí que voy a correrme, Belmonte. Y va a ser dentro de ti.
***
Nos bajamos al suelo, sobre la alfombra fina que cubría la zona de lectura. Me puso a cuatro patas y se colocó detrás. Me apartó la melena a un lado, me pasó una mano por la espalda arqueándome como quería tenerme, y volvió a metérmela hasta el fondo con un solo empujón que me hizo abrir la boca sin sonido.
Esta vez no hubo juego ni cuenta atrás. Se movió con una intensidad nueva, más profunda, más animal, persiguiendo por fin su propio final. Me agarró del pelo, no fuerte, solo para tener las riendas, y empezó a follarme sin pausa. Los muslos suyos chocaban contra el reverso de los míos, sus huevos me golpeaban el clítoris en cada estocada, el ruido de nuestras pieles llenaba la sala. Yo empujé hacia atrás para encontrarlo en cada embestida, aprendiendo su ritmo, apretándome sobre él a propósito para llevarlo al borde.
—Joder —siseó—. Así no vas a dejarme durar.
—No quiero que dures. Quiero que te corras dentro de mí.
Le oía la respiración rota, los gemidos que se le escapaban entre dientes, el momento exacto en que dejó de tener control sobre sí mismo. Me clavó los dedos en las caderas, me embistió tres, cuatro veces más rápido, más profundo.
—Nora —dijo, y mi nombre sonó distinto, sin órdenes, casi como una confesión—. Joder, Nora, me corro.
—Termina —le pedí, apretándome sobre su polla con todo lo que me quedaba—. Dentro. Quiero sentirlo todo.
Lo hizo con un gemido ronco que le salió del fondo del pecho, abrazado a mi espalda, temblando contra mí. Sentí los latidos de su polla derramándose dentro, chorros calientes que me llenaban por completo, y esa sensación me arrancó un cuarto orgasmo pequeño, casi de sorpresa, que me hizo temblar y dejar caer la cabeza entre los brazos. Él siguió empujando despacio mientras se vaciaba, apretándome contra su pelvis para meterse hasta el último milímetro. Cuando por fin salió, sentí un hilo tibio bajarme por la cara interna del muslo.
Nos quedamos así un rato largo, derrumbados sobre la alfombra, su frente apoyada entre mis omóplatos, los dos respirando como si hubiéramos corrido kilómetros. Me pasó los dedos por el coño, recogiendo un poco de su propio semen mezclado con lo mío, y me lo untó por el vientre con una posesividad tranquila que me erizó la piel otra vez.
El reloj de la pared marcaba las cuatro y cuarto. Por la ventana empezaba a colarse la primera línea gris del amanecer.
***
Me dio la vuelta con cuidado y me recostó sobre su brazo. Tenía el pelo pegado a la frente, una marca roja en el hombro donde yo lo había mordido, y una sonrisa que no le había visto nunca en horario lectivo.
—¿Y tu hipótesis? —pregunté, pasándole un dedo por el pecho—. ¿Comprobada?
—Confirmada —dijo—. Con un nivel de confianza altísimo.
—Muy romántico, profesor.
Me besó la sien. Luego la mejilla. Luego la comisura de los labios, despacio, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo y no diez minutos antes de que el campus empezara a despertar.
—Esto no puede ser solo en laboratorios vacíos a las cuatro de la mañana —dijo de pronto, en serio—. No quiero que sea solo esto.
Me quedé muy quieta. Llevábamos meses sin nombrar lo que había debajo de toda esta tensión, y de repente él lo ponía sobre la mesa, igual que me había puesto a mí.
—No podemos —dije, aunque no quería decirlo—. Eres mi director. Si alguien se entera…
—Pediré que te reasignen a otro tutor. En septiembre. Y entonces no habrá nada que esconder. —Me sostuvo la cara entre las manos—. No te lo estoy preguntando como tu profesor, Nora. Te lo estoy preguntando como el imbécil que lleva medio año enamorado de ti.
Algo se me rompió por dentro, pero esta vez de la forma buena. Lo besé, y el beso lo dijo todo lo que yo no encontraba palabras para decir.
—Trato hecho —susurré contra su boca—. Pero te aviso de una cosa.
—¿De qué?
—De que pienso seguir llegando descalza a este laboratorio. Sin bragas. Aunque ya no haya nada que esconder.
Soltó esa risa grave, oscura, que se me metía siempre debajo de la piel. Me ayudó a levantarme, me colocó la bata sobre los hombros y me abrochó el único botón con una delicadeza absurda después de todo lo que acababa de pasar.
—Todas las noches que quieras, Belmonte —dijo—. Hasta que termines el doctorado. Y después también.
Salimos por separado, como siempre, con cinco minutos de diferencia. Yo crucé el patio con las sandalias en la mano otra vez, descalza sobre la grava húmeda, con el coño dolorido y todavía goteándome por dentro, y el pecho lleno de algo que no sabía nombrar.
El sol asomaba por encima del pabellón de Biociencias. Nunca había estado tan cansada. Y nunca, en seis años de construirme a mí misma a pulso, me había sentido tan completamente yo.