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Relatos Ardientes

La chica trans del muelle y el capitán del bote

Bahía Norte olía a brea, a algas secas y a sudor de hombres que llevaban meses sin pisar tierra firme. A finales de julio el calor pegaba la sal a la piel, y por el muelle desfilaban redes, cajas de hielo y miradas duras. Entonces apareció Vera.

Llevaba un vestido rosa chicle que se le ajustaba como una segunda piel, los labios pintados del mismo tono y un bolso de diseño carísimo que parecía gritar que venía de muy lejos, de alguna ciudad donde el dinero y el deseo se daban la mano. Debajo del vestido no llevaba nada más que unas braguitas de encaje blanco y un secreto que había cuidado toda su vida adulta.

Entre sus piernas escondía algo pequeño y delicado, apenas unos centímetros incluso cuando se endurecía, depilado y suave, con una punta que se teñía de violeta cuando el deseo la encendía. Ocho años de hormonas habían hecho el resto: pechos llenos y naturales, cintura estrecha, unas caderas que tensaban cualquier tela y una voz tan suave que dejaba mudos hasta a los pescadores más curtidos del puerto.

Tomás la vio desde la cubierta del Santa Brisa y sintió que le faltaba el aire. Tenía las manos manchadas de grasa del motor y la camiseta pegada a la espalda, pero se quedó quieto, observándola caminar entre los amarres como si el muelle entero hubiera dejado de existir. Nunca había deseado a nadie tan rápido ni de una forma tan sucia.

Ella notó la mirada. La sostuvo un segundo de más, lo justo para que él entendiera que no había sido casualidad, y siguió caminando con una sonrisa que prometía problemas.

***

El primer beso llegó esa misma noche, en el almacén del bar El Farol Ciego, entre cajas de cerveza tibia y olor a humo viejo. Vera lo había provocado durante horas: cruzando las piernas en el taburete, lamiéndose despacio el borde del vaso, dejando que el vestido trepara apenas lo suficiente para que él adivinara el filo del encaje.

Cuando la puerta del almacén se cerró tras ellos, Tomás la empujó contra la pared y la besó como si llevara toda la vida hambriento.

—Dime que pare si no quieres esto —murmuró contra su boca, con la voz ronca.

Vera le mordió el labio inferior, despacio, hasta que él gruñó.

—Quiero todo lo que tengas, capitán. Incluido eso que llevas apretando contra mí desde que entré por la puerta.

Se besaron como si se odiaran, con los dientes y la lengua, sin tregua. Las manos de él subieron por sus muslos, encontraron la tela húmeda del encaje y se detuvieron de golpe.

—Vera… —empezó él, dudando.

—Calla. Tócame. Soy una chica, Tomás —susurró ella contra su oreja—. Pero tengo una sorpresa. Y es toda tuya, si te atreves.

Él bajó la mano, palpó la pequeña dureza bajo el encaje y soltó un sonido grave que le vibró en el pecho a ella. Perfecta, pensó, sin atreverse a decirlo todavía. La tomó de la muñeca y la sacó del almacén casi a rastras, directo al barco.

***

En la cabina del Santa Brisa la luz de la luna entraba por la escotilla abierta y lo pintaba todo de plata fría. El agua golpeaba el casco con un ritmo lento, hipnótico, y la madera crujía bajo sus pasos.

Vera se quitó el vestido despacio, como quien descubre algo que ha guardado mucho tiempo. Quedó solo con el encaje blanco, los pezones tan duros que casi dolían. Tomás se quedó sin respiración, sentado al borde de la litera, incapaz de moverse.

—Quítame las bragas con la boca —ordenó ella, y la voz le temblaba de deseo.

Él obedeció sin rechistar. Se arrodilló en el suelo estrecho de la cabina, le besó el ombligo, recorrió con los labios la línea de la cadera, atrapó el encaje con los dientes y tiró hacia abajo. Lo que escondía saltó libre, pequeño, firme, ya goteando. Tomás lo miró como si fuera la cosa más hermosa que hubiera visto nunca.

—Tan chiquita, tan bonita —dijo en voz baja, y sin pedir permiso se la metió entera en la boca.

Vera gritó. Las rodillas le fallaron y tuvo que agarrarse a los hombros de él. Nadie la había tocado así, con esa hambre, con esa devoción torpe y sincera: la lengua jugando con la punta, la succión suave, la boca cerrándose entera sobre ella hasta hacerla lloriquear. Lo que tenía debajo cabía perfecto en la palma de la mano de él, y Tomás lo acariciaba como si temiera romperla.

—Para… para o termino ya —jadeó ella, tirándole del pelo.

Él se apartó con un sonido húmedo y se levantó, arrancándose la ropa a tirones. Cuando se desnudó, Vera se quedó boquiabierta. Era todo lo contrario a ella: gruesa, larga, con una curva que prometía rozar justo donde más lo necesitaba.

—Date la vuelta, preciosa. Las manos en la pared.

***

Ella obedeció, temblando, apoyando las palmas contra la madera fría. Tomás se humedeció los dedos, los bajó despacio y la abrió con un cuidado que no encajaba con su tamaño ni con sus manos de marinero. Estaba depilada, suave, lista. Dos dedos entraron sin esfuerzo; se había preparado en el baño del bar, por si la noche acababa así.

—Estás lista —murmuró él, fascinado.

—Siempre estoy lista cuando pienso en ti —confesó ella, empujando las caderas hacia atrás, buscándolo.

Él se alineó y empujó. La primera embestida fue lenta, casi reverente, como si quisiera memorizar cada centímetro del camino. Vera soltó un gemido largo y grave mientras sentía cómo la abría, cómo la llenaba hasta un punto que nadie había alcanzado antes.

—Más… dame todo, Tomás.

Él la sujetó por las caderas y empezó a moverse con un ritmo firme y profundo. Cada golpe la hacía estremecerse de la cabeza a los pies, y lo pequeño que escondía entre las piernas se balanceaba contra su vientre, goteando sin parar. El barco se mecía con ellos, cómplice.

—Vas a terminar sin que te toque —gruñó él, acelerando—. Quiero verlo. Quiero verte llegar solo con esto.

Vera lloriqueaba, los pechos rebotando, el pelo pegado a la cara por el sudor. La cabina entera olía a sal y a sexo.

—No… no aguanto…

Y no aguantó.

El orgasmo la cruzó como una ola que rompe contra las rocas. Todo su cuerpo se cerró alrededor de él, su pequeña dureza se sacudió y dejó escapar unos chorros finos y translúcidos que salpicaron el suelo de madera. Gritó su nombre tan fuerte que medio puerto debió de oírlo.

Tomás la siguió casi al instante, hundiéndose hasta el fondo, vaciándose dentro de ella con un gruñido que le nació del pecho. Cuando se retiró, un hilo cálido resbaló por el muslo de Vera, mezclándose con lo que ella misma había derramado.

Se quedaron así un rato largo, jadeando, él todavía abrazándola por detrás, los dos resbaladizos de sudor.

—No te muevas —susurró él contra su nuca—. Déjame quedarme un poco más. Quiero que sigas sintiéndome.

Vera sonrió, todavía temblando.

—Puedes quedarte todas las noches que quieras, capitán.

***

Durante las semanas siguientes, el Santa Brisa se convirtió en su refugio. Se buscaron en cada rincón del barco como si tuvieran miedo de que el verano se acabara antes de tiempo.

Lo hicieron en la ducha diminuta, con el agua cayéndoles encima mientras él la sostenía contra la mampara empañada. Lo hicieron en la cocina, con Vera sentada en la encimera y las piernas abiertas, él arrodillado entre ellas hasta que la dejaba sin voz. Lo hicieron en cubierta, bajo un cielo lleno de estrellas, con ella encima moviéndose despacio, los pechos al aire y la brisa salada secándoles el sudor mientras llegaban juntos mirando el mar negro.

Una noche, después de una entrega especialmente intensa —Tomás le había atado las muñecas con un cabo de amarre y se había tomado su tiempo, mucho tiempo—, quedaron tumbados desnudos sobre las sábanas revueltas, con la escotilla abierta y la brisa entrando fresca.

—Sabes que me quedo, ¿verdad? —dijo ella, dibujando círculos lentos en el pecho de él.

Tomás le besó la frente.

—Lo supe el primer día, cuando te vi llegar con ese vestido rosa ridículo y esos tacones imposibles para un muelle lleno de redes.

Ella se rió bajito. Luego, más seria, levantó la vista.

—Nunca nadie me había querido así. Con todo incluido. Sin pedirme que escondiera nada.

Él la miró a los ojos, sin rastro de broma.

—Vera, tienes lo más bonito que he tenido nunca entre las manos. Y eres mía. Entera. Cada centímetro, cada secreto, cada gemido. Mía.

Ella se subió encima de él, ya encendida otra vez, y le mordió el cuello.

—Demuéstramelo otra vez, marinero.

Y Tomás, con esa sonrisa peligrosa que ella había aprendido a temer y a desear por igual, la giró boca abajo y cumplió su promesa hasta que el sol se levantó sobre Bahía Norte y los dos quedaron demasiado rotos para moverse.

No fue el final de aquel verano. Fue el principio de todos los veranos que vendrían después.

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Comentarios (5)

PlayeroNocturno

Tremendo relato, de lo mejor que lei en esta seccion. Bravo!!

Martincho87

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas jaja

Valentina_Sur

Me encanto el personaje principal, tiene mucha personalidad. Lo lei dos veces seguidas jeje

LeonelBA

Como siempre los relatos de esta categoria no defraudan. Mas asi!!

CristinaVR

Muy bien escrito, se nota que hay talento detras. Un abrazo

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