El stripper no imaginaba que yo era trans esa noche
Aquella noche de verano salí a la calle con una sola idea en la cabeza: divertirme y olvidarme de todo. Me sentía hermosa con el vestido negro ceñido al cuerpo y los tacones que me obligaban a caminar despacio, midiendo cada paso como una promesa. Hacía meses que no me permitía algo así, y el club de la avenida Belgrano era el lugar perfecto para desaparecer entre las luces.
El local estaba a reventar. La música golpeaba en el pecho y el aire olía a perfume y a sudor caliente. Me abrí paso entre la multitud hasta la barra, pedí un trago de color imposible y me apoyé contra el metal frío, dejando que la atmósfera me envolviera. No tardé en sentir las primeras miradas.
Un grupo de chicos se acercó y uno de ellos me tendió la mano para bailar. Acepté sin pensarlo, disfrutando de la atención, del modo en que sus ojos recorrían mi figura. Bailamos un rato largo, hasta que otro me tomó de la muñeca y me llevó a una mesa donde sus amigos brindaban y reían. Me senté con ellos, charlamos, me sentí parte de algo. Y entonces lo vi subir al escenario.
Era alto, de piel bronceada y músculos tallados como a cuchillo. Se movía con una seguridad que volvía el aire denso. No podía apartar los ojos de él mientras la luz lo recortaba contra el humo, y sentí esa oleada de calor familiar subirme desde el vientre. Quería ser la única persona en la sala. Quería que me mirara solo a mí.
Cuando terminó su número me acerqué al borde del escenario y le ofrecí dinero por un baile privado. Me guiñó un ojo, divertido, y aceptó. Me tomó de la mano y me condujo por un pasillo apenas iluminado hasta una salita con un sillón de cuero y una cortina pesada que apagaba la música del salón.
Bailó para mí un rato, cerca, rozándome sin tocarme del todo, hasta que se detuvo y se sentó frente a mí. Me miró a los ojos con una intensidad que no esperaba.
—¿Qué buscás esta noche? —preguntó.
Sin pensarlo, me incliné y le susurré al oído lo que quería. Él se echó hacia atrás, sorprendido.
—Lo siento, no me interesan las mujeres.
Respiré hondo. Estaba acostumbrada a ese momento, al instante exacto en que todo podía romperse.
—Soy transexual —dije, sosteniéndole la mirada.
Esperaba el desprecio. En cambio me observó con curiosidad, casi con ternura, recorriéndome despacio con los ojos.
—Sos hermosa —dijo al fin, y sonrió de un modo que me dejó sin aire.
Se llamaba Damián. Me lo dijo después, pero en ese momento no necesitaba su nombre. Sin previo aviso me pidió que abriera la boca, con una autoridad tranquila que me hizo obedecer antes de decidirlo. Me incliné hacia adelante y lo recibí, sintiendo el peso y la dureza contra mis labios. Lo lamí, lo besé, saboreando la sal de su piel mientras lo acariciaba con ambas manos y notaba cómo respondía a cada movimiento.
Al cabo de un rato me detuvo con suavidad y me hizo darme vuelta. Obedecí sin protestar, con una mezcla de excitación y nervios bajándome por la espalda. Me sujetó las caderas con fuerza y me penetró despacio al principio, dándome tiempo, y después con una decisión que me arrancó un gemido largo.
Me follaba con un ritmo profundo, hundiéndome contra el cuero del sillón, y yo me aferraba al respaldo sintiendo cómo cada embestida me llevaba más cerca del borde. Damián sabía exactamente lo que hacía. No había prisa torpe, solo control, y eso me volvía loca.
Terminó dentro de mí con un jadeo ronco y nos quedamos un momento quietos, recuperando el aliento. Se quitó el preservativo, me ayudó a incorporarme y me acomodó un mechón detrás de la oreja con una delicadeza que contrastaba con todo lo anterior.
—Pasame tu número —dijo.
Se lo di encantada y nos despedimos con un beso lento. Él desapareció tras la cortina y yo me dirigí al baño a retocarme el maquillaje, con las piernas todavía temblando.
***
Frente al espejo no podía creer lo que acababa de pasar. Me arreglé el pelo, me retoqué los labios y traté de calmarme, pero seguía encendida. Mi cuerpo no quería bajar de ese vértigo. Salí del baño y volví a la barra buscando otro trago, algo que me distrajera de las ganas que todavía me recorrían.
No alcancé a pedirlo. Una mano firme se posó en mi cintura y me giró con suavidad. Era Damián otra vez, con esa sonrisa ladeada.
—Tengo ganas de repetir —me dijo al oído—. Pero antes quiero presentarte a alguien.
El corazón me dio un salto. Lo seguí entre la gente hasta la parte de atrás del escenario, donde otro de los bailarines descansaba apoyado contra la pared. Lo reconocí: lo había visto actuar antes, más bajo que Damián pero igual de macizo, con los brazos cruzados y una mirada que evaluaba todo.
—Él es Tobías —dijo Damián—. Un amigo. Pensé que los tres podríamos pasarla bien.
Sentí la misma mezcla de siempre, el nervio y el deseo peleando, pero el deseo ganaba con holgura. Asentí.
Tobías me miró con desconfianza y fue directo.
—¿Es verdad lo que dice Damián? ¿Que sos trans?
En lugar de responder con palabras, me levanté apenas el borde del vestido. Tobías se relamió los labios y soltó una risa baja, sorprendida.
—No puedo creer lo que estoy viendo —murmuró.
Damián asintió, satisfecho, y me ayudó a bajarme el vestido por encima de los hombros mientras me besaba el cuello. Las manos de los dos empezaron a recorrerme al mismo tiempo, una calidez que me hacía arquearme entre ellos. La música del salón quedaba lejos, amortiguada por la cortina y por el latido de mi propia sangre.
Me quedé de pie sobre los tacones mientras Tobías se arrodillaba frente a mí y empezaba a besarme desde los tobillos, subiendo despacio por las piernas. Cuando llegó a su destino me tomó en su boca sin dudar, y yo eché la cabeza hacia atrás, sosteniéndome de los hombros de Damián para no perder el equilibrio.
Damián se colocó detrás de mí, me sujetó por las caderas y me penetró otra vez, encontrando el ritmo enseguida. Gemí entre los dos, sintiendo cómo mi cuerpo entero empezaba a temblar. Era demasiado y no era suficiente.
—Vení —dijo Damián, sentándose en el sillón y atrayéndome hacia él.
Me subí encima, de frente, y descendí lentamente hasta tenerlo entero dentro. Empecé a moverme apoyada en su pecho, marcando el ritmo yo misma. Entonces Tobías se ubicó detrás de mí y, con un empujón firme, también me reclamó. Grité. El dolor me dejó inmóvil unos segundos, conteniendo el aire mientras mi cuerpo aprendía a recibir a los dos a la vez.
Era una sensación imposible, un dolor que se transformaba en placer puro a cada respiración. Me sentía llena hasta el límite, partida entre los dos, y les pedía entre jadeos que no se detuvieran. Damián me sostenía contra su torso mientras Tobías marcaba un compás más brusco desde atrás.
Empezaron a coordinarse, entrando y saliendo en turnos que me dejaban sin respiro. Yo me frotaba contra el cuerpo de Damián con cada movimiento, y el placer fue creciendo hasta volverse insoportable. Entre gemidos ahogados alcancé a avisar.
—Me corro —apenas pude decir.
El temblor me sacudió de pies a cabeza. Me derramé contra el vientre de Damián mientras un latigazo eléctrico me recorría entera, y por un instante el mundo se apagó. Me entregué del todo, sin fuerzas, con los músculos rendidos y la mente perdida en una nube de placer.
***
No me dieron tregua. Seguían moviéndose con desesperación, y yo, todavía sensible, sentía cada embestida amplificada. Damián me sujetaba con firmeza, Tobías me abría camino con las manos, y a pesar de todo yo no quería que parara.
—Date vuelta, quiero verte la cara —dijo Tobías, saliendo de mí.
Me incorporé y volví a sentarme sobre Damián, de frente, hundiéndome hasta el fondo. Tobías me levantó una pierna y se sumó de nuevo, y los dos retomaron el ritmo mientras él me pellizcaba con suavidad y me sostenía el mentón para que lo mirara.
Gemía sin parar, con un placer que me nublaba la vista. Tobías me tomó del cuello con cuidado y me besó con fuerza, mordiéndome el labio, mientras Damián marcaba el compás desde abajo.
—Esta mujer no tiene límites —dijo Tobías, riendo, y la frase me prendió todavía más.
Le exigí que fuera más intenso y obedeció. Estaba mareada de placer, suspendida entre los dos, y cada segundo me empujaba más lejos de cualquier pudor que me quedara.
—¿Dónde la querés? —preguntó Damián, agitado.
—Donde vos elijas —respondí, sin un gramo de vergüenza.
Tobías se apartó y me tomó del brazo, ayudándome a deslizarme al suelo alfombrado de la salita. Los dos se pusieron de pie frente a mí, se quitaron los preservativos y se terminaron sobre mi rostro, jadeando. Sentí el calor caer sobre mí, cerré los ojos y recibí cada gota como un trofeo, saboreando lo que alcanzaba a llegar a mis labios.
Cuando terminaron me quedé un momento en el piso, agitada, con el corazón galopando y una sonrisa que no podía contener. Tobías me tendió una toalla con una cortesía inesperada y se sentó a mi lado.
—Si querés, repetimos otro día —dijo, mientras se acomodaba la ropa—. Pero te aviso: la próxima no voy a ser tan delicado.
Lo miré desde abajo, todavía recuperando el aliento, y le sostuve la mirada con una sonrisa.
—Encantada —respondí.
Damián se reía mientras terminaba de vestirse.
—Esta mujer es de temer —dijo, y había admiración en su voz, no burla.
Me ayudaron a levantarme, me alcanzaron mi vestido y esperaron a que me arreglara. Volví al baño a retocarme por segunda vez esa noche, y mientras me miraba al espejo —los ojos brillantes, el carmín corrido, el cuerpo entero zumbando— supe que esa apenas había sido la primera de muchas noches. Guardé el número de Damián en el teléfono, agregué el de Tobías y salí de nuevo al ruido del club, sabiendo que todavía me quedaba muchísimo por descubrir.





