Eli se vistió de mujer y golpearon a su puerta
Era jueves y la residencia universitaria estaba casi vacía. Casi todos se habían ido a una fiesta en el centro y yo me quedé, como siempre, con la excusa de que el ruido me agobiaba. La verdad era otra. Esa tarde había llegado un paquete a mi nombre y llevaba horas pensando en él, escondido en el último cajón, debajo de los apuntes de diseño que nunca abría.
Un conjunto de lencería negro, satinado, talle S. Encaje francés en los bordes, una tanga de tiras finas que apenas cubría lo necesario. Lo había pedido tres semanas atrás y desde entonces no había dejado de imaginar este momento.
Cerré la puerta con llave. Bajé la luz hasta dejar solo la lámpara del escritorio y puse música suave, una lista de Lana del Rey en versión lenta. Después empecé el ritual de siempre, ese que solo me permitía cuando estaba completamente solo.
Primero la ducha caliente. El jabón de jazmín, el cuidado de afeitarme las piernas centímetro a centímetro hasta dejarlas lisas, y lo mismo entre los muslos. Me unté una crema con un brillo apenas perceptible, esa que vuelve la piel luminosa bajo la luz tenue. Luego me senté en la cama, todavía desnudo, y abrí el paquete con los dedos temblando.
El corpiño era precioso. Copas de encaje semitransparente, un lazo pequeño en el centro. Me lo puse y sentí cómo los pezones se endurecían al instante contra la tela. La tanga era ridículamente pequeña; tuve que acomodarme hacia abajo y hacia atrás para que entrara sin desbordar. Las tiras se clavaban un poco en las caderas y marcaban la carne suave. Después las medias de red hasta medio muslo y, por último, los tacos de charol negro, nueve centímetros, talle 38, justos pero perfectos.
Me paré frente al espejo de cuerpo entero que había comprado justamente para esto.
Y ahí estaba Eli. No Elián, el chico tímido de la carrera, el que se sentaba en la última fila y no levantaba la mano. Eli. Con la cintura marcada, las caderas suaves, las piernas largas para mi altura, la piel blanca brillando. Los dedos de los pies, pintados de rojo, asomaban por los zapatos abiertos.
Me giré de lado, arqueé la espalda, saqué el trasero y sonreí. Soy hermosa, pensé. Y nadie lo sabe.
Llevaba dos años haciendo esto a escondidas, siempre los jueves, siempre con la puerta trabada y el corazón en la garganta. Cada vez compraba algo nuevo: unas medias, un labial, un par de tacos que escondía dentro de una caja de zapatillas viejas. Y cada vez, después de mirarme en el espejo y reconocerme en esa imagen, volvía a guardarlo todo y a ser Elián, el de la última fila, el que nadie miraba dos veces. Esa doble vida me dejaba exhausta, pero también era lo único que sentía completamente mío.
Me acerqué al espejo y me retoqué el rubor con la punta de los dedos. La música seguía sonando, baja, y por un momento me permití imaginar que no estaba sola, que alguien tocaba a la puerta y me pedía entrar.
Entonces escuché tres golpes suaves en la puerta.
El corazón se me detuvo de golpe.
—¿Eli? —La voz era grave, conocida. Era Mateo, el chico de los últimos años que vivía al final del pasillo. El que siempre me saludaba con una sonrisa lenta y se quedaba mirándome un segundo más de lo necesario—. Sé que estás ahí. Veo la luz por debajo de la puerta.
Tragué saliva. No contesté. No respiré.
—Abrí, por favor. No le voy a contar nada a nadie.
El silencio se volvió pesado, eléctrico.
—Te vi salir del baño con las piernas brillosas —insistió, y la voz le bajó otro tono—. Y olías a jazmín en todo el pasillo. No me voy a asustar, te lo juro.
No sé qué me pasó. Quizá fue el calor que me subía por el cuello. Quizá fue que llevaba semanas fantaseando con que alguien me viera así, exactamente así, y no saliera corriendo. Abrí la puerta apenas una rendija, con el cuerpo escondido detrás de la madera.
Mateo empujó despacio y entró. Cerró con llave sin preguntar, como si ya supiera que íbamos a necesitar esa intimidad.
Me miró de arriba abajo. No dijo nada durante varios segundos. Solo respiraba un poco más rápido que antes.
—Dios… —murmuró al fin—. Sos preciosa.
Esa palabra, en femenino, me ardió en la cara y en el pecho. Bajé la mirada. Los pezones me dolían contra el encaje.
Se acercó despacio, como si yo fuera un animal asustado que podía huir. Me levantó la barbilla con dos dedos.
—¿Puedo tocarte?
Asentí. Apenas un movimiento.
Primero pasó las yemas por mis clavículas. Bajó por el borde del corpiño, rozó el encaje sobre los pezones. Solté un sonido bajo que me avergonzó al instante. Él sonrió, pero no se burló. Ese detalle lo cambió todo: no había burla en sus ojos, solo deseo.
Bajó las manos hasta las caderas y apretó la carne suave por encima de la tanga. Después me hizo girar, me puso de espaldas al espejo y se pegó detrás de mí.
Sentí su erección dura contra mi trasero, separada apenas por la tela fina. Me mordí el labio para no gemir.
—¿Te gusta sentirme así? —susurró contra mi oreja, y su aliento me erizó toda la nuca.
—S-sí… —respondí en un hilo de voz.
Sus manos bajaron, se metieron por debajo de la tanga, me tomaron las nalgas y las separaron despacio. Sentí el aire fresco rozarme. Esta vez el gemido se me escapó entero.
—Estás temblando —dijo, y su voz sonaba casi enternecida—. ¿Es la primera vez que alguien te toca ahí?
Volví a asentir. Tenía los ojos húmedos, mezcla de vergüenza y de unas ganas que no sabía nombrar.
***
Me giró de nuevo y me besó. El primero. Su lengua era caliente, lenta, y llevaba el control sin esfuerzo. Yo solo sabía abrir la boca y dejarme llevar, aprender de él en tiempo real. Mientras me besaba, deslizó una mano entre mis piernas, apartó la tanga hacia un lado y encontró mi entrada con la yema del dedo. Presionó sin entrar, solo círculos suaves y húmedos que me hacían arquear contra su cuerpo.
—Te preparaste pensando en alguien —murmuró contra mis labios. No era una pregunta.
—En vos —admití, y la confesión me dejó desnuda más que la ropa.
Algo se rompió en él al escucharlo. Me levantó como si no pesara nada —yo soy pequeña, él es alto y fuerte— y me llevó a la cama. Me dejó boca abajo, con la cara hundida en la almohada. Me subió las caderas, me abrió las piernas con las rodillas. Sentí su aliento caliente antes de que su boca me tocara.
Grité contra la tela. Era demasiado, y al mismo tiempo no era suficiente. Lamía despacio, en círculos amplios, después la punta de la lengua entrando apenas, después succionando con paciencia de quien tiene toda la noche. Yo empujaba hacia atrás sin darme cuenta, buscando más. Las medias se rozaban contra las sábanas, los tacos colgaban en el aire, inútiles y perfectos.
Cuando ya estaba jadeando y diciendo cosas sin sentido, escuché el sonido del cinturón, del cierre, del envoltorio del preservativo rasgándose. Después, el frío del lubricante.
—Decime que pare si querés —susurró, y la oferta sincera me derritió.
—No pares. Por favor.
Entró despacio. Solo la cabeza al principio. Dolor y placer en la misma pulsación. Me sujetó las caderas con firmeza, me mantuvo quieta mientras avanzaba de a poco, dándome tiempo a abrirme para él. Cuando estuvo del todo dentro, se quedó inmóvil, respirando agitado contra mi espalda.
—Estás tan apretada… —gimió bajo—. Tan caliente.
Empezó a moverse. Primero suave, casi saliendo del todo y volviendo a entrar. Después más rápido. Más hondo. El sonido de la piel contra la piel, mis gemidos agudos, sus gruñidos roncos llenaron la habitación. Me tomó del pelo, me arqueó la espalda y, con la otra mano, me acariciaba por delante, apretándome por encima del satén húmedo de la tanga.
—Te voy a llenar, Eli —jadeó contra mi nuca—. Vas a sentirme toda la noche.
Me corrí primero, temblando, apretándolo dentro de mí, manchando la tela y las medias. Él empujó tres veces más, muy adentro, y terminó con un gemido ronco, quedándose enterrado hasta que dejó de palpitar. Sentí cada latido suyo desvanecerse despacio.
***
Cuando salió, me hizo girar con cuidado. Me besó la frente, la nariz, los labios. No había prisa en él, ni esa urgencia incómoda de querer irse que yo había imaginado tantas veces.
—Sos perfecta —susurró, apartándome un mechón de la cara—. Y esto no fue la última vez, ¿verdad?
Negué con la cabeza, todavía mareada, todavía sintiéndolo dentro de mí, todavía sin creer que esto estuviera pasando de verdad.
Sonrió y me abrazó por detrás, con su mano grande cubriéndome el pecho que seguía encerrado en el corpiño. El calor de su cuerpo me envolvió como una promesa.
—Entonces pintate las uñas de rojo otra vez el sábado —dijo, y sentí su sonrisa contra mi hombro—. Que voy a querer verte exactamente así.
Y por primera vez en toda mi vida, no bajé la mirada.
Sonreí.