Saltar al contenido
Relatos Ardientes

En Lisboa, una travesti me enseñó quién era yo

Era el tercer día de un viaje a Lisboa que había planeado para una semana entera, y mi segunda noche durmiendo en casa de Renata. Cuando abrí los ojos esa mañana, con la luz entrando filtrada por las cortinas, tuve la sensación de haber dormido junto a una mujer. Su melena rubia, larga, le caía sobre la almohada y sobre mi brazo. Su cuerpo era liso, sin rastro de vello, apenas dos pechos incipientes que subían y bajaban con su respiración. Cualquiera que la hubiese visto así habría jurado lo mismo que yo sentía: que a su lado el mundo de fuera dejaba de existir.

No parecía tener doce años más que yo. Me apetecía, y me deslicé despacio entre sus piernas. Durante un largo cuarto de hora la fui saboreando, sintiéndola crecer y endurecerse entre mis labios, alternando con sus pezones hasta arrancarle un quejido contenido. Iba a continuar cuando me detuvo con una mano en el pelo.

—Hoy no —murmuró todavía medio dormida, con una sonrisa torcida—. Hoy te necesito entera para otra cosa.

La otra cosa, me explicó mientras desayunábamos, era un viaje corto a Sintra, un pueblo a media hora en coche, donde se reunía con un grupo de amigos. Quería que la acompañara. Era viernes; en principio volveríamos por la noche, aunque tampoco descartaba que nos quedáramos todo el fin de semana. No supo decirme cuántos seríamos, pero desde luego no menos de cinco o seis. Y me anticipó, con una naturalidad que me erizó la piel, que alguno de los anfitriones solía grabar algunos minutos de vídeo.

—Si en cualquier momento quieres irte, nos vamos —añadió—. Pero no vas a querer.

Salimos a la calle y, otra vez, volví a verme reflejada en los escaparates de la Baixa: maquillada, con una falda que me marcaba las caderas, los tacones repicando contra los adoquines. Volví a sentir esa corriente caliente subiéndome por dentro al reconocerme en el cristal. Llevaba dos semanas de vacaciones y mi plan era pasar solo una en Lisboa, pero lo que estaba empezando a vivir me enganchaba más con cada hora que pasaba.

Hasta esa semana yo había sido un hombre discreto en una ciudad gris, con una vida ordenada y una parte de mí guardada bajo llave desde la adolescencia. La sacaba a escondidas, de madrugada, frente a un espejo y con la puerta cerrada, y volvía a esconderla antes de que amaneciera. Renata, a quien había conocido por internet meses atrás, fue la primera persona que me miró sin pedirme que la guardara. Por eso había cruzado media Europa: para averiguar si esa mujer del espejo aguantaba a la luz del día.

Caminamos un rato sin rumbo por las calles estrechas de la Alfama, parando en una cafetería con azulejos antiguos, y por primera vez no me preocupó que alguien me mirara dos veces. Renata me enseñaba a moverme, a sentarme, a sostener la taza, todo con una paciencia que no era de profesora sino de cómplice. Podría quedarme aquí para siempre, pensé, y la idea, en lugar de asustarme, me calentó por dentro.

***

La casa de Sintra estaba al final de una calle empinada, escondida entre árboles, con las contraventanas pintadas de verde. Adentro ya había gente cuando llegamos. Fui contando a medida que avanzaba la tarde: dos matrimonios pasados los sesenta, dos hombres de unos cuarenta y tantos, nosotras dos y otra chica como Renata, amiga de uno de los matrimonios. Nueve personas en total. Había bebida, música baja, y sobre una mesa baja, popper y algún que otro estimulante para los que quisieran aguantar el ritmo.

Al principio fue todo conversación y miradas. Las miradas son lo primero. Sentía cómo se posaban en mí, cómo volvían, cómo se demoraban. Renata no se separaba de mi lado, pero me empujaba con suavidad hacia los demás, presentándome, dejando que una mano ajena me rozara la rodilla, la nuca, la cintura.

—Tranquila —me dijo al oído—. Déjate llevar. Aquí nadie pide nada que no quieras dar.

El primero fue uno de los hombres de cuarenta, el más callado de los dos. Se sentó a mi lado, me apartó el pelo de la nuca y me besó justo debajo de la oreja, sin prisa, esperando a que fuera yo la que girara la cabeza. Cuando lo hice, ya no hubo marcha atrás. Sus manos conocían bien el camino: la cintura, el muslo por debajo de la falda, el borde de la media. No dije nada. No hacía falta.

Lo que vino después se fue desordenando como se desordena el agua cuando rompe un dique. Una de las mujeres mayores se arrodilló frente a mí mientras él me sostenía por detrás. Renata me observaba desde el sofá con una media sonrisa, satisfecha, como quien ve por fin florecer algo que ayudó a plantar. En algún momento me ofrecieron el frasquito de popper y respiré hondo; el techo se volvió cálido y lejano, y mi propio cuerpo dejó de ponerme límites.

Me corrí dentro de una de las mujeres aquella tarde. Y, salvo Renata, me penetraron todos los demás. Conté seis hombres distintos a lo largo de la noche y disfruté de cada uno de un modo diferente. Nunca había gozado tanto, nunca me había excitado tantas veces seguidas, nunca había tenido tantas bocas y manos sobre mí durante tanto tiempo. Dos de los hombres terminaron en mi boca y no dejé escapar nada.

Sin querer presumir, Renata y yo éramos, con diferencia, las dos que más atención atraíamos. Los demás procuraban en todo momento estar cerca de una de nosotras, y a mí esa certeza me encendía tanto como las propias caricias. Estuve excitada durante horas. En las casi ocho que pasamos en aquella casa me corrí tres veces, con una intensidad que no recordaba haber sentido nunca. Alguien me aseguró, riéndose, que era cosa del popper. Puede ser. Pero yo sé que también era otra cosa: era la primera vez que me dejaba mirar entera, sin esconder ninguna parte de mí.

Las tres mujeres se corrieron conmigo mientras les lamía el sexo, y casi siempre, mientras lo hacía, alguien estaba detrás de mí, con la lengua o con algo más. Volvimos a Lisboa poco antes de la una de la madrugada, en silencio, con las ventanillas bajadas y el aire tibio de la noche entrando en el coche.

***

En la casa nos habían dado, en un pequeño pen drive, una copia de lo que se había grabado. Lo pusimos nada más llegar. Me había vaciado hasta la extenuación, y aun así, ver aquellas imágenes —reconocerme en ellas, ver lo que había sido capaz de hacer y de sentir— me puso dura de una manera que no recordaba.

Renata decidió que merecía la pena vestirse para la ocasión. Las dos con medias sujetas por ligueros, sujetador y una tanga mínima que apenas escondía nada. Nos sentamos frente a la pantalla, muy juntas, y dejamos que el vídeo hiciera el resto.

A las dos, pero sobre todo a mí, nos costó una eternidad llegar al final. Nunca había estado tanto tiempo así, al borde, sin caer. Pocas veces he sentido algo tan hondo como aquella madrugada. Apenas expulsé unas gotas cuando por fin me dejé ir, y sin embargo el orgasmo me sacudió de arriba abajo, largo, casi doloroso de tan intenso.

Renata, en cambio, parecía no haber tenido contacto con nadie en días. Se corrió dentro de mí, sin nada de por medio, y la sentí llenarme con un calor que se quedó conmigo mucho después de que terminara. Fue entonces, todavía tumbada contra ella, con su pecho subiendo y bajando bajo mi mejilla, cuando lo decidí. Iba a llamar a mi madre por la mañana y a decirle que alargaba las vacaciones una semana más.

***

Aquella decisión —y las que vinieron en los días siguientes— le dieron un giro completo a mi vida. En buena parte se lo debo a Renata, que fue quien me ayudó a dar, poco a poco, los pasos que llevaba años posponiendo sin atreverme siquiera a nombrarlos. Me enseñó a caminar sin pedir perdón, a sostener la mirada en el cristal, a entender que el deseo no era una cárcel sino una puerta.

El único consejo suyo que no seguí, y no me arrepiento, fue el de tomar hormonas el tiempo suficiente para desarrollar el pecho. Preferí quedarme en ese punto intermedio que tanto me gusta de mí, ese cuerpo que es y no es lo que la gente espera. Han pasado catorce años desde aquel viaje y sigo disfrutando de mi estilo de vida con la misma intensidad de la primera noche en Sintra.

Sexualmente disfruto comportándome como hembra. Me gusta ser penetrada, muchísimo, y nunca he penetrado a un hombre; no me llama, no me entusiasma. Disfruto con cualquier persona de mi mismo género, con travestis y con mujeres por igual. Con un hombre, en cambio, todo es distinto: nunca dejo que entre en mí del todo, y sin embargo puedo llegar casi a correrme solo con jugar con su sexo en mi boca, sintiéndolo crecer, tragando lo que me ofrece.

Cosas mías, pienso a veces, mirándome al espejo antes de salir. Cosas de quien decidió, una madrugada en Lisboa, quedarse a vivir del lado correcto del cristal.

A Renata la veo todavía, dos o tres veces al año. Ya no nos acostamos como entonces; nos basta con sentarnos en una terraza, pedir vino blanco y recordar. Cada vez que lo hacemos, alguna de las dos termina diciendo lo mismo, casi en broma, casi en serio: que esa semana que iban a ser siete días nunca terminó del todo. Y es verdad. Hay viajes de los que uno no vuelve, no porque se pierda, sino porque por fin se encuentra.

Valora este relato

Comentarios (1)

ElenaViajera

Dios mio, que historia. Me quede con el corazon en la mano hasta el ultimo parrafo.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.