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Relatos Ardientes

Una travesti me enseñó lo que me faltaba sentir

Esa noche salí a caminar sin rumbo por el centro de Monteverde, con la camisa pegada a la espalda por el calor y una inquietud que no se me iba con nada. Había bebido un par de cervezas solo, en una barra cualquiera, y todavía me quedaba esa energía rara que a veces te empuja a buscar algo sin saber bien qué.

Fue en la avenida vieja, cerca de los locales que cierran tarde, donde la vi por primera vez.

Estaba apoyada contra una pared, bajo la luz anaranjada de un farol, y por un segundo pensé que era la mujer más despampanante que había visto en mucho tiempo. Tenía la cintura estrecha, las piernas largas y torneadas, y un vestido corto que se le ajustaba a las caderas de una manera que me hizo girar la cabeza sin querer.

Nada en ella delataba que no fuera lo que aparentaba. Nada, salvo la seguridad con la que me sostuvo la mirada cuando pasé cerca.

—¿Buscas compañía? —preguntó, y su voz era suave, femenina, sin un solo quiebre que me hiciera dudar.

Me detuve. Sabía perfectamente lo que estaba ofreciendo, y supe en ese mismo instante que iba a aceptar.

—¿Cómo te llamas? —le dije, porque no se me ocurrió nada mejor.

—Salomé —respondió, y sonrió de lado—. ¿Y tú vas a quedarte ahí mirándome toda la noche?

No me importó cuánto me cobraría. No pregunté siquiera. Lo único que tenía claro era que la deseaba con una urgencia que hacía rato no sentía, y que no iba a dejar pasar esa cintura, esas piernas, esa boca que me hablaba como si ya supiera todo de mí.

***

El auto hotel quedaba a tres cuadras. Caminamos casi sin hablar, ella delante, yo detrás, observando el balanceo de sus caderas con cada paso. Cuando entramos a la habitación y se cerró la puerta, el mundo de afuera dejó de existir.

—Ponte cómodo —dijo Salomé, soltando el bolso sobre la mesa.

Todo estaba bien. Mejor que bien. Me senté en el borde de la cama y la miré moverse por el cuarto, encender la luz baja, quitarse los zapatos. Cada gesto suyo tenía algo estudiado y al mismo tiempo natural, como de alguien que conoce su propio cuerpo hasta el último centímetro.

Me acerqué a ella y le confesé lo evidente.

—Me gustás muchísimo —murmuré contra su cuello.

Empecé a besarle el escote, bajando despacio hasta el pecho, mientras ella deslizaba una mano por mi abdomen y seguía bajando sin prisa. Cuando me rozó por encima del pantalón solté el aire de golpe. Estaba durísimo desde la calle.

—Vaya —susurró ella, divertida—. Sí que tenías ganas.

Me desabrochó el cinturón con una soltura que me puso aún más caliente. Me la sacó y empezó a acariciarme despacio, mirándome a los ojos, sin apuro, midiendo cada reacción mía como si quisiera memorizarla.

Yo apenas podía contenerme. Le devolví las caricias, le subí el borde del vestido, y cuando mis dedos encontraron la tela tensa de la tanga entendí lo que escondía. Lejos de cortarme la calentura, me la disparó.

—Tranquilo —dijo, leyéndome la cara—. Vamos a hacer las cosas con calma.

Me desvistió con una facilidad que me dejó desarmado. En cuestión de minutos yo estaba completamente desnudo y ella todavía vestida, lo que de alguna forma me hacía sentir más expuesto, más entregado.

Me empujó con suavidad hasta que quedé acostado boca arriba sobre las sábanas frescas.

***

Lo que vino después me desordenó por dentro.

Salomé se arrodilló entre mis piernas y empezó a chupármela con una destreza que no había conocido antes. No tenía prisa. Subía y bajaba con la lengua, se detenía en la punta, me besaba más abajo, jugaba con cada parte de mí como quien explora un territorio que piensa conquistar entero.

Cerré los ojos para concentrarme solo en las sensaciones. El calor de su boca, el roce de su pelo contra mis muslos, el sonido húmedo que hacía cada vez que me tomaba entero.

Y entonces sentí algo nuevo.

Una lengua tibia, justo ahí, donde nunca nadie me había tocado. Un lengüetazo lento, casi una pregunta.

Me sobresalté. Una parte de mí quiso cerrarse, apartarse, decir que no. Pero otra parte, una que no sabía que tenía, se abrió de par en par con una corriente de placer que me recorrió la espalda entera.

—Me encanta lo apretado que lo tienes —dijo ella en voz baja, y volvió a hacerlo.

¿Qué me está pasando?, pensé, mientras me aferraba a las sábanas.

No tenía respuesta. Solo sabía que cada vez que su lengua volvía a ese punto, una oleada de calor me subía desde el centro del cuerpo y me nublaba la cabeza. Yo, que toda la vida me había creído de una sola manera, estaba ahí, abriéndome a algo completamente distinto.

Siguió un buen rato, alternando entre tomarme con la boca y volver atrás con la lengua, hasta que yo ya no distinguía dónde terminaba una caricia y empezaba la otra. Abrí los ojos en algún momento y la encontré incorporándose, dejando que su propio cuerpo saliera por fin de la tanga.

Era grande, dura, marcada por una vena que latía despacio. Y, para mi propia sorpresa, no aparté la vista.

***

Sin pensarlo demasiado, me acerqué.

La tomé con la mano primero, tanteando, y después me la llevé a la boca. La sentí palpitar contra mi lengua, caliente, viva, y entendí que ella estaba tan excitada como yo. Hice lo que pude por abarcarla, aunque era imposible tomarla entera. Me concentré en lo que sí podía, en el ritmo, en escuchar cómo respiraba cada vez más fuerte.

—Así, despacio —jadeó Salomé, con una mano enredada en mi pelo.

Oírla gemir con cada movimiento mío me prendía de una manera que no esperaba. Me gustaba darle placer. Me gustaba la idea de que yo, esa noche, fuera quien la hiciera perder el control aunque fuera un instante.

Pero ella tenía otros planes, y yo todavía no sabía hasta dónde me iba a llevar.

Me apartó con suavidad, me miró a los ojos un segundo largo, y me dijo lo que ya flotaba en el aire de la habitación.

—Date la vuelta.

***

Me puse en cuatro, al borde de la cama, con el corazón golpeándome el pecho. Una mezcla de nervios y deseo me tenía temblando antes de que ella siquiera me tocara.

Salomé se tomó su tiempo. Volvió con la lengua, después con un dedo, preparándome despacio, abriéndome de a poco mientras me acariciaba la espalda con la otra mano para que me relajara. Cada centímetro que avanzaba era una sensación nueva, una frontera que cruzaba sin haberlo planeado nunca.

—Vas a ser mía esta noche —murmuró, y había algo en cómo lo dijo que terminó de derretirme.

Cuando empezó a entrar, lo hizo con un cuidado que no esperaba de un encuentro pagado. Suave. Atento. Deteniéndose cada vez que me sentía tensar, esperando a que el cuerpo cediera por sí solo. Y cedió.

Para cuando la sentí entera dentro de mí, ya me había venido una vez, casi sin tocarme, solo del puro vértigo de lo que estaba viviendo.

—Tranquilo —dijo, inclinándose sobre mi espalda—. Disfrútalo.

Empezó a moverse despacio, con una mano sosteniéndome la cadera y la otra rodeándome por delante para acariciarme al mismo ritmo. Yo no podía creer lo que sentía. Pensé en todas las veces que había deseado algo y no había sabido qué era. Pensé en cuántas cosas me había negado por miedo a lo que significaban.

Y me dejé llevar.

Cada embestida me arrancaba un gemido que ya no me molestaba en disimular. Salomé sabía exactamente lo que hacía, cómo cambiar el ángulo, cuándo ir más lento, cuándo apretar el ritmo justo cuando yo creía que no aguantaba más.

—Eso es —susurró—. Suéltate.

Me solté. Por completo.

***

No sé cuánto duró. El tiempo se volvió elástico, hecho solo de su respiración contra mi nuca y del calor que me subía en oleadas cada vez más seguidas. Me corrí una segunda vez con ella todavía dentro, y la sentí a ella estremecerse poco después, clavándome los dedos en la cadera mientras dejaba escapar un gemido largo y ronco.

Después nos quedamos quietos un rato, recuperando el aire, su pecho subiendo y bajando contra mi espalda.

Cuando por fin me di la vuelta y la miré, sonreía con una mezcla de orgullo y ternura que me desarmó más que todo lo anterior.

—¿Y? —preguntó—. ¿Tan terrible fue?

Me reí, todavía agitado, sin encontrar las palabras justas.

—No me esperaba nada de esto —admití.

—Los que menos se lo esperan son los que más lo disfrutan —dijo ella, acomodándose un mechón detrás de la oreja.

Mientras me vestía, no podía sacarme de la cabeza una idea. Cuántas veces había insistido a alguna mujer, y cuántas me habían dicho que no a algo que, ahora lo entendía, podía ser tan intenso. Tan rico. Yo me había pasado años creyendo saber lo que me gustaba, y bastó una sola noche para descubrir todo lo que me había estado perdiendo.

Salomé me acompañó hasta la puerta y me dio un beso corto, casi dulce, antes de soltarme.

—Ya sabes dónde encontrarme —dijo.

Salí a la calle con el aire fresco golpeándome la cara y una certeza nueva instalada en el pecho. Caminé despacio de vuelta, repasando cada detalle, sabiendo que esa avenida, ese farol y esa cintura perfecta iban a seguir llamándome.

Y supe, sin la menor duda, que esta no iba a ser la última vez.

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Comentarios (1)

Manu1987

Increible, de los mejores que he leido en esta seccion. Gracias por compartirlo

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