La del vestido rojo me enseñó lo que me gustaba
Habían pasado unos tres meses desde aquella primera noche, la que conté hace poco, cuando contraté a una chica sin saber que era trans y descubrí que aquello me gustaba mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir. Tres meses dándole vueltas al recuerdo, repitiéndolo en la cabeza cada vez que estaba solo. Hasta que una noche cualquiera, cachondo y sin nada que hacer, decidí que tenía que volver.
Tomé el coche y conduje hasta la avenida donde sabía que se ponían. Era una calle larga, mal iluminada, con esquinas separadas por una o dos cuadras. En cada una había alguien apoyado contra una pared o caminando despacio para que se le viera bien. Bajé la velocidad y empecé a mirar.
El problema era que, en cuanto frenaba para preguntar, se acercaban dos o tres a la ventanilla al mismo tiempo, y entre los nervios y la presión yo no lograba decidirme. Arrancaba de nuevo con cualquier excusa y seguía hacia la siguiente esquina. No era que ninguna me gustara; era que yo todavía no sabía mirar sin sentir que me temblaban las manos.
Entonces la vi. Estaba sola, un poco más lejos que las demás, bajo la luz anaranjada de un farol. Llevaba un vestido rojo tan ajustado que parecía pintado, y tan corto que apenas le cubría las nalgas. Tenía una figura que me hizo aflojar el pie del acelerador sin pensarlo. Detuve el coche junto a ella.
—Hola —me dijo, asomándose a la ventanilla con una calma que las otras no tenían—. ¿Buscas compañía?
—Sí —contesté, y me sorprendió que la voz me saliera más firme de lo que esperaba.
Se llamaba Camila, o eso me dijo, y la verdad es que el nombre me daba igual. Nos pusimos de acuerdo en un par de frases y se subió al coche sin que yo terminara de creérmelo. Olía a un perfume dulce, demasiado, de esos que se quedan pegados a la tapicería durante días.
Conduje hacia el hotel de paso que ella me indicó, y lo hice fatal. Frenaba de golpe, me pasaba los semáforos sin darme cuenta, agarraba el volante como si fuera a salir volando. Camila me observaba de reojo.
—¿Por qué tan nervioso? —preguntó, divertida.
—No estoy nervioso —mentí, con las dos manos clavadas a las diez y diez.
Ella se rió bajito y no insistió. Apoyó la espalda en el asiento y dejó que el vestido se le subiera un poco más sobre los muslos. Yo intentaba mirar la carretera y no podía.
***
El cuarto era pequeño, con una cama que ocupaba casi todo el espacio, una lámpara de pie y un baño minúsculo al fondo, sin puerta del todo. Apenas entramos, yo ya no podía dejar de mirarle las nalgas mientras ella caminaba delante de mí. Se giró, me sorprendió mirándola y me sonrió como si lo supiera todo.
—Quítate la ropa —dijo.
Me la quité en dos segundos. Creo que ni me reí de lo torpe que debí verme, con la camisa colgando de un brazo y los zapatos puestos todavía. Ella, en cambio, se tomó su tiempo. Se bajó los tirantes del vestido despacio, lo dejó caer hasta el suelo y se quedó solo con el sostén y una tanga roja a juego. Cuando se soltó el sostén y aparecieron sus pechos, se me secó la boca.
Hice ademán de apagar la lámpara.
—No —le dije—. Déjala. Quiero verte entera.
—Me da vergüenza —contestó, y bajó un poco la mirada.
—Ya sé lo que tienes ahí —dije, y señalé con la barbilla—. Es justo lo que vine a ver.
Se mordió el labio y empezó a bajarse la tanga muy despacio, centímetro a centímetro. Pero lo hizo con maña: dejó la prenda enredada de tal modo que su miembro quedó escondido entre los muslos, y enseguida cruzó las piernas para que yo no pudiera ver nada. Era un juego, y lo estaba disfrutando.
—Anda, déjame verte bien —insistí, ya sin nervios—. Quiero verla.
—No es una verga —dijo ella, con una sonrisa traviesa—. Es mi clítoris.
Y entonces abrió las piernas. Su miembro, todavía dormido, quedó por fin a la vista.
No sé explicar lo que me pasó. Se me puso dura de una manera que casi me dolió, una reacción inmediata y descarada que no podía controlar ni quería. Camila se dio cuenta enseguida.
—Tócalo —me dijo.
Obedecí encantado. Estiré la mano y lo tomé entre los dedos, sintiendo cómo iba endureciéndose poco a poco con mi roce. Cuando quise darme cuenta, los dos estábamos de pie, uno frente al otro, tocándonos a la vez. El suyo no era demasiado grande; el mío, en cambio, parecía a punto de reventar.
***
Nos dejamos caer en la cama. Camila me empujó suavemente para que me tumbara de espaldas y bajó con la boca por mi pecho, por el vientre, hasta encontrarme. Me la chupó con una habilidad que me hizo arquear la espalda. Lo hacía despacio, jugando con la lengua, mirándome de vez en cuando para comprobar el efecto que tenía sobre mí.
Y entonces, con la misma maña de antes, se acomodó de manera que su propio miembro quedara cerca de mi cara, invitándome sin decir una palabra. Lo tenía a un palmo de los labios.
Dudé un segundo. Después la rodeé con un brazo y empecé a besarla ahí, torpe y ligero al principio, sin saber muy bien qué hacer. Era la primera vez que probaba algo así y me sentía como un adolescente descubriendo todo de golpe.
—Métetela toda —dijo ella, separando la boca de mí un momento—. Ya la pusiste bien grande.
—No sé cómo se hace —confesé, y me ardía la cara al decirlo.
—Mira cómo pongo la boca —respondió con paciencia—. Con una mano la sujetas, la masturbas un poco, y abres los labios para recibirla. No es difícil.
Me lo enseñó despacio, como quien explica algo por primera vez a alguien que de verdad quiere aprender. Y ahí estábamos los dos, en la cama, en pleno sesenta y nueve, cada uno entregado al otro. Con el ímpetu y la inexperiencia, en un momento le mordí un poco sin querer, y ella dio un respingo.
—Cuidado —dijo, riéndose—. Así no. Mira.
Y volvió a mostrarme, paciente, cómo usar los labios para cubrir los dientes. Lo intenté de nuevo, esta vez con más cuidado, y noté cómo se relajaba.
***
Al rato se puso a cuatro patas sobre la cama, mirándome por encima del hombro. La lámpara estaba justo en el ángulo perfecto. Me arrodillé detrás de ella, me coloqué el condón con dedos todavía un poco torpes y la fui penetrando despacio. Pude ver con todo detalle cómo entraba, cómo ella cerraba los ojos y soltaba el aire poco a poco.
El espectáculo me tenía hipnotizado. Empecé a moverme, primero con cuidado, después con más fuerza, agarrándola de las caderas, marcando un ritmo que iba subiendo solo. Camila acompañaba cada embestida con un movimiento de la espalda, y yo no apartaba la vista de lo que estaba pasando ahí mismo, bajo la luz.
No duré tanto como hubiera querido. Aguanté lo que pude, hasta que el ritmo se me desbordó y terminé apretando los dedos contra su piel, con la respiración hecha pedazos. Me quedé unos segundos así, quieto, recuperándome, sin entender del todo cómo había llegado hasta ahí.
***
Camila se levantó y fue al baño. Como no había puerta entera, oí el ruido del agua; no supe si orinó de pie o sentada, porque desde la cama no se alcanzaba a ver el inodoro, solo el lavabo. Luego, todavía desnuda, se puso a cepillarse los dientes frente al espejo.
Desde la cama le veía las nalgas, iluminadas por la luz del baño, y no pude contenerme. Me levanté, me acerqué descalzo y me puse de rodillas detrás de ella. Le tomé las nalgas con las dos manos y les di unos besos suaves, casi tiernos, sin la prisa de antes.
Ella detuvo el cepillo, sorprendida, y agradeció el gesto con una sonrisa en el espejo. Después se giró, me levantó del suelo tirándome del brazo y me besó en la boca con fuerza, sin importarle nada. Yo le acariciaba el miembro mientras nos besábamos, y por primera vez en toda la noche sentí que no había nervios, ni vergüenza, ni teatro: solo dos cuerpos que se habían gustado.
Nos vestimos sin hablar mucho. Ella se ajustó el vestido rojo, se pasó los dedos por el pelo y volvió a ser la chica de la esquina. Yo conduje de vuelta, esta vez sin frenazos ni nervios.
—Aquí está bien —dijo cuando llegamos.
La dejé en la misma esquina donde la había encontrado, bajo el mismo farol anaranjado. Antes de bajarse me miró un segundo de más.
—La próxima ya no vas a estar tan nervioso —dijo.
Cerró la puerta y se alejó con ese andar que me había detenido el coche un rato antes. Y mientras la veía perderse en la oscuridad de la avenida, supe que tenía razón: iba a volver. Y a partir de esa noche, supe exactamente lo que me gustaba.