Mi instructora trans me citó en el baño del bar
Mateo caminaba por la ciudad con la tanga de Bianca pegada al cuerpo, apretándole todo, con restos secos en los muslos y la certeza ardiente de que ella lo estaba imaginando así, en ese mismo momento.
Y le encantaba.
Se le había parado en el subte. Dos veces. Una de pie, apretado entre cuerpos ajenos, con la mochila delante para tapar el bulto. Otra sentado, cuando recordó la forma en que ella lo había hecho mirarse al espejo mientras lo tomaba desde atrás.
La tela lo raspaba. El elástico le marcaba la piel. El olor todavía no se había ido, y él había empezado a amar esa incomodidad.
El mensaje de esa tarde fue un disparo directo a algo que ya no controlaba:
«Hoy no vengas al estudio. Te espero en el baño del bar donde trabajás. 22:30. Cerrás la puerta y te ponés en cuatro. Si hay clientes afuera… mejor.»
Mateo sintió que se endurecía con una violencia que le robó el aire.
***
El bar estaba en su hora muerta. Dos mesas ocupadas, música baja, la cocina ya cerrada. Eran las 22:27.
Cerró la puerta del baño. Se bajó el pantalón. Y se puso en cuatro sobre el piso frío, en silencio, con la tanga aún puesta y la respiración corta.
A los treinta segundos, la puerta se abrió. Bianca entró.
Vestía un vestido negro, ajustado, corto. Tacones. Labios rojos. Un perfume que llenó el cubículo entero. Lo vio arrodillado, no dijo nada, solo trabó el seguro y se paró detrás de él.
—Hoy no hay espejos —dijo en voz baja—. Hoy no necesitás verte. Solo necesitás sentirme.
Y sin sacarse el vestido, se subió la falda y lo penetró. Sin aviso, sin caricia, sin una palabra más. Mateo apretó los dientes hasta hacerse daño, ahogando el grito contra el dorso de la mano.
Bianca empezó a moverse ahí mismo, marcando un ritmo lento y preciso, mientras del otro lado de la puerta alguien pedía una cerveza y la música seguía sonando.
—Vos no podés hacer ruido —susurró ella, empujando cada vez más adentro—. Yo sí.
Él tenía la cara casi pegada al suelo, los dedos hundidos en las baldosas, el cuerpo entero tenso por la necesidad de gemir y la prohibición de hacerlo.
—Eso es —siguió ella—. Ahora estás entendiendo lo que sos. Una cosa silenciosa, bien usada, sin derecho a quejarte.
Las embestidas eran profundas, calculadas. Bianca jadeaba fuerte, se dejaba oír, una mano en su cadera y la otra apoyada en la pared.
—No te corro todavía —dijo, clavándole las uñas en la espalda—. Pero sí te lleno. Hoy no quiero testigos. Solo marcas.
Y terminó. Con una presión que lo dejó sin piso, quedándose hundida hasta el fondo, temblando dentro de él. Mateo gimió ahogado y las piernas le flaquearon.
Bianca no se retiró enseguida.
—Quedate así. Ahora levantate, despacio.
Salió de él con un sonido húmedo y vulgar. Le pasó una servilleta seca.
—Solo te limpiás la cara. Nada más. Quiero que vuelvas a las mesas con lo mío chorreándote por las piernas.
—¿Y si alguien me ve?
—Que mire. Capaz se calienta. Capaz me lo cojo después de vos.
Se acomodó el vestido, se retocó el maquillaje con la yema de los dedos y, antes de salir, le dijo:
—Volvé a trabajar. Y si te tocás esta noche sin permiso, la próxima te lo hago lamer del piso delante de un cliente.
Abrió la puerta y se fue.
Mateo se subió el pantalón con los muslos mojados, el calor bajándole entre las piernas, y la certeza absoluta de que ya no tenía una vida normal. Tenía una dueña.
***
Esa noche no se masturbó. No podía. Tenía el cuerpo agotado, la piel roja de tanto roce, y aun así lo único que deseaba era más.
Bianca no escribió. No llamó. No mandó audios. Nada. Ese silencio fue peor que cualquier castigo, y por eso, cuando cerró los ojos, su cuerpo hizo lo inevitable: empezó a soñar con ella.
Pero esta vez el sueño fue distinto. No estaban solos. Estaban en medio del estudio, en plena clase. Los demás alumnos formaban una fila, todos sudados, todos mirando. Y Bianca caminaba entre ellos como una reina, con una correa en la mano.
Al otro extremo de la correa estaba él. Desnudo, de rodillas, con un collar apretado al cuello.
Ella tiró. Él avanzó en cuatro patas y se detuvo a sus pies.
—Hoy vas a demostrar quién sos —dijo ella en el sueño, con esa voz tan real que lo hizo gemir incluso dormido—. Hoy te van a ver.
Que todos sepan lo que soy.
Mateo se despertó empapado, temblando. Por puro reflejo se llevó la mano y empezó a tocarse con violencia. Estaba a punto de terminar cuando el celular vibró.
Un mensaje de voz de Bianca:
«Si te tocás ahora, no me probás nunca más. Ni en la boca ni en ningún lado. Elegí.»
Soltó la mano de golpe. Se tiró al suelo y gimió. Sin alivio, con el cuerpo entero pidiendo ser castigado.
***
La orden siguiente llegó a las 8:43 de la mañana:
«Hoy desayunás conmigo. No te toques. No te limpies. Vení con mi ropa puesta. Si veo que no obedeciste, te hago arrastrarte debajo de la mesa.»
El café era chico, mesas de mármol y sillas de hierro pintado. Una pareja con laptops, dos hombres de traje, una señora leyendo el diario. Bianca estaba en la mesa del fondo: jeans ajustados, blusa blanca, escote profundo, uñas rojas y gafas oscuras.
Mateo se acercó. Ella no se levantó, solo lo midió de arriba abajo.
—Sentate.
Pidió café doble y medialunas. Para él, ni preguntó.
—Hoy no vas a usar la boca para comer —dijo apenas se alejó la camarera—. Hoy la vas a usar para limpiar.
—¿Limpiar qué?
Se quitó las gafas y lo miró fijo.
—Mis zapatillas. El polvo de la calle. El sudor del empeine. La mugre de mis pasos. Y vas a agradecer cada vez.
A él se le marcó el bulto debajo del jean. El cuerpo entero temblaba.
—Ahora —dijo ella, levantando apenas el pie derecho—. Abajo de la mesa.
Se deslizó sin dudar. Se arrodilló en el hueco, le levantó el borde del jean con dedos temblorosos. Bianca cruzó las piernas y siguió tomando su café como si nada.
Mateo, con la cara encendida, empezó a lamer. Primero el empeine por encima de la tela, después los costados, después entre los cordones. Cada roce sabía a calle, a ella, a poder.
Cuando terminó, ella ni bajó la mirada.
—Ahora salí. Sentate. Y hablame como si nada. Quiero que tengas cara de estudiante común y la lengua sucia de mis pasos.
Volvió a su silla, temblando. Bianca le acercó una medialuna y sonrió.
—Mordela. La próxima vez vas a tener algo mejor en la boca.
***
El mensaje de la tarde llegó a las 17:12:
«Entrá al shopping. Piso dos. Baño de varones, cubículo del fondo. Tenés diez minutos.»
Mateo cruzó la calle y subió las escaleras mecánicas con la tanga negra debajo del jean; hacía días que no usaba otra cosa. El baño estaba casi vacío. Se encerró, agitado, y el celular vibró de nuevo.
Un audio, casi dos minutos:
«Quiero que te toques ahora mismo. Te bajás el pantalón, dejás la tanga puesta y te sacás todo por el costado. Quiero que te corras encima de mi tela, que la empapes. Pero lo importante es que después no te limpies. Te la volvés a poner. Y te quedás así toda la tarde. Porque ese olor me pertenece.»
Estaba jadeando antes de que terminara el audio. Se bajó el pantalón, se sacó todo por un costado, durísimo, y empezó a moverse con fuerza. La tela negra le rozaba la base y el aroma de ella lo envolvía como un mantra de obediencia.
—Mierda… profe… —susurró.
Terminó en segundos. Violento. Manchó toda la tanga, sintió cómo escurría tibio contra la piel. Se quedó temblando, tomó aire, y obedeció: se la volvió a poner. La sensación lo hizo gemir otra vez. Se subió el jean. No se limpió.
El celular vibró:
«¿Listo? Mandame una foto de tu cara. Quiero verte después de venirte en mi nombre.»
Abrió la cámara frontal: la cara roja, el cuello sudado, los labios entreabiertos, los ojos vidriosos. Y sonrió. Porque ya no quedaba nada del Mateo de antes. Solo quedaba lo que Bianca había hecho de él.
***
«Pasame a buscar. Vamos a tomar algo. No digas nada. No preguntes nada. Solo hacé lo que te diga.»
Bianca subió al auto sin saludar. Vestido corto y negro, piernas al descubierto, botas de cuero, maquillaje perfecto. Le indicó una dirección que no era ni el bar ni el estudio ni un motel. Un edificio viejo, discreto. Un departamento en el cuarto piso.
Abrió con sus llaves. Él entró. Y en el sillón había alguien más.
Un hombre de treinta y pico, remera negra ajustada, una cerveza en la mano. Los miró y sonrió. Bianca no dijo su nombre ni hizo presentaciones. Se sentó, abrió las piernas con naturalidad y lo miró a él.
—Sacate las zapatillas. Ahora las medias. Ahora ponete de rodillas frente a mí.
Mateo obedeció cada orden en silencio, con el otro hombre observándolo sin moverse.
—Sacame las botas.
Le desabrochó una, después la otra, las bajó despacio. El olor a cuero y a calle lo golpeó. Bianca apoyó un pie descalzo sobre su muslo.
—Lamelo.
Lo hizo. El arco, los dedos, como un perro. El hombre del sillón bebía sin hablar, pero miraba.
—¿Sabés por qué lo hago? —preguntó ella—. Porque puedo. Porque sos mío. Y porque quiero que él lo vea. —Giró hacia el otro—. ¿Ves esto? Ni siquiera necesito hablarle. Se le para solo si le levanto un pie.
—¿Y se corre así de fácil? —preguntó el hombre.
—Mucho más fácil —dijo Bianca. Y sin mirarlo a él, ordenó—: Tocate. Ahora.
Mateo se bajó el cierre y se tocó. Dos veces, tres, y ya gemía.
—Acabate en mis botas. Ahora.
Y terminó. Sobre el cuero negro, la punta, el talón, el empeine. Bianca sonrió. El otro también. Y nadie dijo nada más.
***
Esa noche no durmió. No por estar caliente, sino porque algo había cambiado. Bianca no lo había tomado, no lo había usado como otras veces. Solo lo había hecho correrse sobre sus botas, lamerle los pies y quedarse callado mientras otro miraba. Y eso fue todavía más poderoso.
Ya no necesitaba ser usado para sentirse poseído. Bastaba una orden. Una mirada. Una palabra.
Al día siguiente fue al estudio temprano, con la cabeza baja. Cuando ella entró, el aire cambió. Falda corta, camisa blanca, sin maquillaje, hermosa de una manera cruel. No le habló. No lo miró. Y eso lo dejó temblando toda la clase, empalmado sin que ella hiciera nada.
Al final, justo cuando todos salían, Bianca se le acercó por detrás y le dijo al oído, sin mirarlo:
—Hoy te portaste bien. Esta noche te vas a ganar la lengua.
Y se fue. Solo eso. Una frase que le quemó en el pecho toda la tarde.
***
Lo citó a las 21:15: «Vestuario. Solo. Duchas prendidas.»
Cuando llegó, ella ya estaba ahí, en bata corta de algodón blanco, el pelo suelto, la piel húmeda. El vapor cubría los espejos. Él cerró con llave y se acercó. Bianca se sentó en el banco de madera, se quitó la bata y quedó completamente desnuda frente a él.
—Ponete en cuatro.
Lo hizo. Ella no se movió.
—¿Sabés por qué no te vas a correr hoy? Porque miraste a esa alumna pelirroja cuando se agachó. Lo vi.
—No fue a propósito…
—¿Tus ojos hacen cosas sin tu permiso? No hablés. Lamé.
Y le levantó el pie derecho. Mateo lamió desde el talón hasta el empeine, después el otro, después subió por las piernas, besando, gimiendo.
—Tu castigo es usar la lengua para limpiar lo que no merecés saborear.
Lo llevó a las axilas, lo obligó a tragar su sudor, bajó al vientre, al ombligo. Y cuando él se acercó al centro:
—No. Hoy solo limpiás. Hoy adorás. Con la lengua afuera y sin tocarte.
Lamió cada rincón de ella, hasta el sudor detrás de las rodillas. Cuando terminó, Bianca lo miró desde arriba.
—Ahora sentate. Y mirame.
Se tocó frente a él, lenta, cruel. Cuando terminó, se llevó los dedos a la boca.
—Esto es lo que todavía no podés probar. Y si volvés a mirar a otra que no sea yo… —se inclinó, le escupió la cara y sonrió—, te pongo una correa y te llevo al parque.
***
—Mañana a las seis —le dijo al oído mientras se vestía—. Estudio cerrado. Vos solo. Desnudo. Y listo para sudar.
El reloj marcaba las 06:03. El piso brillaba, el sol todavía no salía del todo, y Mateo estaba ahí como ella había ordenado: completamente desnudo, la piel erizada, descalzo sobre el parquet.
Bianca entró en ropa deportiva negra, el pelo recogido, esa mirada de acero.
—Hoy entrenamos cuerpo y obediencia. Si no aguantás, no acabás.
Puso música, marcada, intensa.
—Brazos arriba. Cerrá los ojos. Ahora empezá a moverte. Como si bailaras para mí. Sin tocarte.
Mateo empezó. Pasos lentos, controlados, los músculos temblando al sostener el equilibrio. Bianca lo miraba sentada, con una botella de agua en la mano.
—No te detengas. Quiero que marques cada paso como una súplica muda.
El sudor le bajaba por el pecho, por la espalda, entre los glúteos. Ella se acercó, se mojó dos dedos en su propia boca y se los pasó por la punta. Él gimió.
—Seguí. Si te corrés, te dejo una semana sin tocarme.
Apretó los dientes y siguió bailando, la respiración entrecortada, el cuerpo brillando.
—Sos hermoso cuando sufrís por mí. ¿Querés ser mío?
—Sí, profe…
—Entonces aguantá.
Las piernas le flaqueaban, pero siguió. Por ella. Hasta que cayó de rodillas, el cuerpo entero temblando, sin haberse corrido.
Bianca se agachó frente a él.
—Lo hiciste bien. Ahora te voy a premiar. Pero no con la lengua ni con nada. Vas a acabar sin que te toque.
—Profe… no creo que pueda…
—Callate. Mirá mi boca.
No lo tocó. Solo abrió los labios y empezó a hablarle al oído.
—Te veo como estás. Roto. Temblando. Como si suplicaras por mí. Cada gota de sudor que te baja me excita. Sos mi propiedad. Mi bailarín. Y ahora te vas a venir, porque yo lo digo.
Se pasó una mano por el cuello, por los pechos, entre las piernas, sin quitarse la ropa. Mateo la miraba y gemía.
—No toques nada —dijo ella, firme—. Las manos atrás. Corréte como lo que sos.
Y se corrió. Sin tocarse, sin ayuda, solo con sus palabras. Cayó hacia adelante, jadeando.
—¿Qué… qué viene ahora?
Bianca se inclinó, le mordió el lóbulo de la oreja y susurró:
—Lo que soñaste. Lo que más temés. Lo que más deseás. Que todos te vean. Que sepan lo que sos. Y que no puedas esconderlo nunca más.