El productor la reclamó en el camerino tras la gala
La tercera gala en vivo terminó con el estudio entero de pie. Selena había cantado como nunca: graves que retumbaban en el pecho de la primera fila y agudos que parecían querer reventar el cristal de los focos. Sentía la garganta caliente, viva, todavía vibrando por el último silbido sostenido que había arrancado del aire como si no le costara nada. El jurado se levantó. El público gritaba su nombre artístico una y otra vez.
Pero ella no miraba al público. Miraba hacia la boca oscura del pasillo, donde sabía que él estaría esperando.
Damián era el productor ejecutivo del programa. El hombre que decidía quién subía y quién caía, quién tenía minutos de cámara y quién se iba a casa el domingo. Lo había conocido en la primera audición y desde entonces había algo entre ellos que no se decía en voz alta, una corriente tensa que se cerraba cada vez que cruzaban una mirada. Esa noche, mientras bajaba los escalones laterales con el vestido negro pegado a las curvas por el sudor, Selena supo que la corriente se iba a cerrar del todo.
Estaba en las sombras, apoyado en la pared, con las manos en los bolsillos. No aplaudió. No sonrió. Solo la siguió con los ojos mientras ella avanzaba, todavía temblando por la adrenalina del directo.
—Has cantado bien —dijo, y su voz salió baja, ronca, como un cable a punto de saltar.
—¿Solo bien? —respondió ella, jugando, porque sabía que no había sido «bien». Había sido perfecto.
Él no contestó. La agarró del brazo, sin violencia pero sin permitir discusión, y la metió en el camerino principal. Cerró la puerta con doble vuelta de llave. El ruido del estudio se apagó de golpe, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo entero.
—Quítate eso —ordenó—. Rápido. No tengo paciencia hoy.
Selena tragó saliva. El espejo de tocador, rodeado de bombillas, le devolvía su propia imagen: el maquillaje corrido en los párpados, los labios todavía rojos, el pecho subiendo y bajando. Se bajó la cremallera lateral y dejó que el vestido cayera por encima de la cabeza. Sus pechos pequeños quedaron al aire, los pezones tensos por el frío del aire acondicionado. Se quitó la ropa interior y se quedó desnuda salvo por los tacones altos que ni siquiera se había soltado.
Él la miró de arriba abajo, despacio, como quien tasa algo que ya considera suyo.
—De rodillas —dijo, abriéndose el cinturón—. Quiero esa boca que canta tan bonito trabajando para mí.
Ella se arrodilló sobre la moqueta del camerino. Él se sacó el sexo, ya duro, grueso, y lo acercó a su cara sin prisa, casi con desprecio. Selena abrió la boca y lo tomó entero, hasta sentir la punta golpeándole el fondo de la garganta.
—Así —gruñó él, enredando los dedos en su pelo recogido—. Más hondo. Que se note que sabes usar esa garganta para algo más que las notas agudas.
Ella se movió sobre él, despacio primero, dejando que la saliva se acumulara y resbalara. Los sonidos húmedos llenaban el silencio del camerino, mezclándose con la respiración cada vez más pesada de Damián. Cuando intentó tomar aire, él le sujetó la cabeza y empujó, marcando el ritmo, sin dejarle el control.
—Esa voz tuya vale millones —murmuró—. Y ahora mismo la tengo entera en mi mano.
Lo sintió crecer todavía más entre sus labios, palpitando. Llevó una mano a su propio sexo, ya tenso y goteando contra su muslo, pero él le dio un manotazo seco.
—No. Eso no se toca hasta que yo lo diga.
***
La levantó de un tirón del brazo. A Selena le dolían las rodillas, le brillaba la barbilla de saliva, y él ni siquiera le dejó recuperar el aliento. La giró hacia el gran espejo del tocador y la empujó contra el borde frío de la mesa, obligándola a arquear la espalda.
—Mírate —dijo a su oído, con el pecho pegado a su espalda—. La estrella de la noche, la que hizo llorar al jurado, doblada sobre su propio camerino.
Ella se miró en el espejo. El maquillaje la hacía parecer otra, una versión más cruda y más honesta de sí misma. Vio sus pechos pequeños apretados contra el borde de la mesa, su sexo tenso colgando entre sus piernas, su cara encendida.
—Separa —ordenó él, dándole una palmada en una nalga.
Ella obedeció. Llevó las manos atrás y se abrió, ofreciéndose, sintiéndose más expuesta de lo que se había sentido nunca, ni siquiera bajo los focos del plató. Él escupió, frotó la punta contra su entrada y empujó con una presión lenta y constante que le cortó la respiración.
—Ahhh… —gimió ella, y el sonido salió grave, ronco, un registro de pecho que ningún profesor de canto le había enseñado—. Espera… espera…
—No —dijo él, y entró del todo.
El grito que soltó Selena fue agudo, puro, un do que en otra circunstancia habría hecho aplaudir a la sala entera. Aquí solo rebotó contra las paredes acolchadas del camerino. Le ardía y la llenaba al mismo tiempo, una mezcla de dolor y de un placer espeso que le subía por la columna.
—Joder —masculló él, quieto un segundo, dejándole sentir cada centímetro—. Aprietas como si tuvieras miedo de soltarme.
—Mghh… muévete… por favor… —pidió ella, y ni ella misma supo si era una súplica de que parara o de que siguiera.
Él empezó a moverse. Lento al principio, marcando cada embestida contra el fondo, observándolos a los dos en el espejo. El cuerpo de Selena se sacudía con cada empujón, los pechos rebotando, el aliento empañando el cristal frente a su cara.
—Más fuerte —pidió, ya sin vergüenza—. No me trates como a tus cantantes de relleno.
Eso le encendió algo. Le agarró las caderas con las dos manos y empezó a embestirla de verdad, con golpes profundos y secos que hacían sonar la piel contra la piel en el silencio del camerino. El espejo temblaba. Los frascos de maquillaje rodaban sobre la mesa.
—¿Te gusta así? —jadeó él—. ¿Te gusta que el que decide tu futuro te folle hasta dejarte sin voz?
—¡Sí! —gritó ella, y la palabra se rompió en un agudo tembloroso—. Más… mghh… más adentro…
Él le tiró del pelo con una mano, obligándola a levantar la cabeza, a mirarse a sí misma en el espejo mientras la destrozaba. Con la otra mano buscó su sexo y empezó a acariciarlo al mismo ritmo de las embestidas.
—Mira cómo gotea —murmuró con la boca pegada a su cuello—. Mira lo que provoco en ti sin apenas tocarte.
—Sí… sííí… no pares… —La voz de Selena subía y bajaba sola, graves de pecho y agudos cristalinos alternándose sin que pudiera controlarlos, como si el orgasmo la estuviera afinando por dentro.
***
Él cambió el ángulo. La inclinó un poco más sobre la mesa y la siguiente embestida le golpeó en un punto exacto que la hizo ver chispas. Soltó un gemido que no era humano, una nota larguísima, vibrada, que se le escapó del cuerpo entero.
—Ahí… ¡ahí! —suplicó—. No te muevas de ahí…
—Cántame —dijo él, agarrándola con más fuerza—. Quiero oír ese silbido imposible cuando te corras. Quiero ser el único que sepa cómo suena de verdad.
A Selena le temblaban las piernas. Los tacones apenas la sostenían. Sus pechos chocaban contra el cristal con cada golpe, y la mano de él se movía cada vez más rápido sobre ella, exprimiéndola.
—Damián… —jadeó, y por primera vez su nombre sonó como una rendición—. Me corro… me corro…
—Hazlo —ordenó él—. Con mi voz dentro de ti.
El placer la atravesó como una corriente y su voz subió, subió, hasta un sobreagudo puro y filoso que rasgó el aire del camerino. Se corrió entre los dedos de él, chorros tensos que salpicaron el espejo, la mesa, sus propios muslos, mientras su cuerpo se cerraba en espasmos a su alrededor.
—Joder, qué bien aprietas cuando te corres —gruñó él, perdiendo por fin el ritmo controlado.
Aceleró, ya sin estrategia, embistiéndola con la respiración entrecortada y los dedos clavados en sus caderas. La mesa golpeaba la pared. El nombre de ella se le escapó de los labios entre maldiciones.
—Toma… mghh… toma todo —masculló, y con un último empujón profundo se hundió hasta el final y explotó dentro de ella.
Selena lo sintió latir, derramarse en oleadas calientes, mientras él seguía moviéndose despacio para exprimir cada gota. Le mordió el hombro, no fuerte, solo lo suficiente para dejar una marca, una firma.
—Mmmh… sí… —gimió ella, ya con la voz baja y rota, todavía temblando del orgasmo que no terminaba de soltarla.
***
Él se quedó quieto un momento, su pecho contra la espalda de ella, los dos respirando como si hubieran corrido un maratón. Después salió despacio. Selena se apoyó contra el borde de la mesa, las piernas flojas, el cuerpo cubierto de sudor, mirándose en el espejo empañado: el maquillaje destruido, el pelo deshecho, la marca roja de los dientes de él en el hombro.
—Estoy destrozada —murmuró, medio en queja, medio en otra cosa—. Mañana tengo ensayo a primera hora.
Él le dio una palmada lenta en la nalga y se subió los pantalones, abrochándose el cinturón con una calma exasperante.
—Esto no se ha terminado —dijo, recogiendo su chaqueta—. Esta noche, en mi suite, otra vez. Y mañana, antes del ensayo. Y el domingo, después de la próxima gala, cuando vuelvas a hacer llorar al jurado.
Ella se giró para mirarlo. Tenía esa media sonrisa de quien siempre obtiene lo que quiere.
—¿Y si digo que no? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—No vas a decir que no —contestó él, acercándose y levantándole la barbilla con un dedo—. Esa voz tuya va a llevarte muy lejos. Y yo soy el que sostiene el mapa.
Tendría que haberse indignado. Tendría que haberle dicho que se fuera al infierno, que su talento no necesitaba su suite ni sus favores. Pero la verdad, la verdad incómoda que descubrió esa noche frente al espejo del camerino, era que estaba agotada, humillada y, por algún motivo que ella misma no terminaba de entender, más excitada que nunca.
—Como usted mande —dijo bajito, y odió lo bien que se sintió decirlo.
Él sonrió, satisfecho, abrió la puerta y se perdió en el pasillo iluminado, dejándola sola, desnuda sobre los tacones, con la voz rota y el cuerpo marcado. Afuera, lejos, todavía se oía al público desmontando las gradas. Domingo. Tendría que volver a subir a ese escenario, sonreír al jurado, cantar como un ángel.
Selena se miró por última vez en el espejo y sonrió. Sabía exactamente cómo iba a sonar su voz el domingo. Sabía quién iba a estar esperándola después, en las sombras del pasillo. Y, para su propia sorpresa, ya estaba contando las horas.