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Relatos Ardientes

Quería ser como ella desde que la vi en pantalla

Mis padres me despertaron a las nueve en punto de aquel sábado. Tenían planeado salir de viaje durante el fin de semana y, como era costumbre desde que tengo memoria, yo pasaría esos días en casa de mi tío Ramiro. Acababa de cumplir los diecinueve años y estaba convencido de que ya podía quedarme solo en mi propia casa, pero ellos opinaban distinto. El plan era el de siempre: salir, dejarme en el departamento de mi tío y seguir camino hacia su destino secreto.

Tomé el teléfono y releí la conversación que había tenido con Adrián la noche anterior. Mi cuerpo todavía estaba resentido por la brusquedad con la que él había intentado entrar en mí, pero el corazón me latía feliz. Lo amaba. Después de volver a casa habíamos seguido hablando un rato largo. «Casi lo logré», me había escrito. Yo le respondí que deseaba sentirlo dentro y le prometí que, en cuanto regresara, me entregaría a él sin reservas.

—Te amo —me dijo al despedirnos.

—Yo también —contesté, y apagué la pantalla con una frustración dulce en el pecho.

Había faltado tan poco para que hiciéramos el amor. Me reproché no haberme relajado lo suficiente como para dejarlo pasar. Esa misma madrugada, después de hablar con él, me había desnudado y recostado sobre la cama. Separé las piernas y empecé a masajearme despacio. El primer dedo entró sin problema. Luego el segundo, y al rato el tercero. Llevaba meses preparándome para ese momento, porque él me lo había pedido.

—Quiero que te prepares —me había dicho una tarde en la que hablábamos sobre el inicio de nuestra vida sexual.

Aquel día estábamos en un parque. Yo llevaba una playera de algodón muy fina y unos shorts de mezclilla tan cortos que dejaban mis muslos casi por completo a la vista. Adrián ya había sugerido antes que, en nuestra relación, yo sería «la mujer», pero esa tarde fue la primera vez que habló sin rodeos de meterme su pene. Estábamos sentados muy juntos en una banca, las piernas rozándose, y yo me sentía como una jovencita a la que su novio intenta convencer de su primera vez. La gente pasaba y nos miraba, y yo fantaseaba con que todos adivinaban lo que se cocía entre nosotros.

—¿Quieres sentirme dentro de ti? —me preguntó en voz baja.

—Sí… —respondí, bajando la vista, ardiendo de vergüenza y de ganas a partes iguales.

Me masturbé recordando aquella tarde. Me penetraba con los dedos de una mano mientras con la otra me acariciaba sin prisa. «Faltó tan poco», me repetía. «Esta noche pude haber tenido su pene dentro de mí». Unos minutos después llegué a un orgasmo que me arqueó la espalda, y me quedé tendido en la cama, vacío y satisfecho, hasta que el sueño me venció.

***

Una hora después de que mis padres me despertaran ya estábamos listos para partir. En ese tiempo me había duchado, había armado una mochila con una muda de ropa y había desayunado ligero: café y pan tostado con mermelada. Mi madre estaba guapísima. Llevaba un vestido verde estampado de flores, escotado, que le quedaba unos diez centímetros por encima de la rodilla. Sentí envidia. Yo quería caminar por la calle vestido así, y me prometí que algún día le pediría prestado ese vestido. Me pregunté qué diría Adrián si me viera con él puesto.

Toda la familia repetía, desde que era niño, que yo era idéntico a mi madre. De pequeño no me importaba; sabía de quién era hijo y punto. Pero con los años empecé a sentir orgullo de parecerme a ella. Mi madre siempre ha sido una mujer muy atractiva, y quizá eso explicara por qué los hombres habían empezado a buscarme con intenciones románticas desde muy joven. Por un instante me pregunté, incómodo, si Adrián no estaría en realidad enamorado de ella, y si no sería esa la razón por la que me había convertido en su pareja.

El departamento de mi tío Ramiro quedaba al otro lado de la ciudad, y tras una hora de camino llegamos. Tomé la mochila y bajé del coche. Saludamos a mi tío y luego me despedí de mis padres. Al asomarme a la ventanilla del copiloto no pude evitar mirarle de nuevo las piernas a mi madre; sus muslos lucían preciosos bajo el dobladillo del vestido. Que se diviertan, pensé con una sonrisa pícara. Después de agradecerle a Ramiro que me cuidara, mis padres retomaron su viaje y nos quedamos los dos solos.

Al entrar, mi tío me preguntó si quería hacer algo esa tarde. Le dije que cualquier cosa me parecía bien. La mente la tenía en otro sitio, repasando una y otra vez lo de la noche anterior. Lo que de verdad me hubiera gustado era bajarme el pantalón y pasar la tarde entera en la cama, los dedos hundidos en mí, imaginando a Adrián. Pero como eso no era una opción, me daba igual lo que hiciéramos.

—Ven, vamos a que te instales —dijo.

Nos dirigimos al cuarto de invitados. El departamento era pequeño pero elegante: además de la sala, tenía cocina, un baño y dos habitaciones, la suya y la de huéspedes, que sería mi guarida esos días.

—Hay que ventilar esto —comentó, y abrió la ventana de par en par—. Tengo que cerrar unos asuntos de trabajo, pero termino en un par de horas. ¿Qué te parece si después vamos al cine?

—Me parece bien —respondí fingiendo entusiasmo.

—De acuerdo. Pues bienvenido, ponte cómodo.

—¡Gracias!

¿Ir al cine? Al parecer mi tío seguía creyendo que yo tenía diez años. Mis padres hacían ese viaje misterioso cada dos o tres años, y siempre me dejaban con Ramiro. Él lo intentaba, pobre, pero su idea de entretenerme casi siempre se reducía a una película y un puñado de caramelos. Me tumbé en la cama y cerré los ojos. Falta tantísimo para volver a casa. Me pregunté qué estaría haciendo Adrián. ¿Estaría tocándose pensando en mí? No tenía sentido especular, mejor preguntárselo. Le escribí: «¿Estás pensando en mí?». Pasaron diez minutos sin respuesta. Solté el teléfono sobre la cama, cerré los ojos otra vez y esta vez me quedé dormido de verdad.

—Despierta, ¿no querías ir al cine? —escuché.

Me incorporé. Habían pasado varias horas y mi tío ya había terminado con sus pendientes.

—Sí, claro. ¿Cuál vamos a ver?

Al llegar a la sala revisamos la cartelera. Ramiro me preguntó si ya estaba preparado para ver películas que no fueran para niños.

—Por supuesto, ya no soy un crío —respondí con orgullo.

—De acuerdo. Hay una que tengo muchas ganas de ver…

Me explicó de qué iba, pero no le presté atención; estaba en piloto automático. Lo único que quería era volver a mi vida, y me daba igual la trama de su película. Aun así contesté alegre.

—¡Sí, vamos a verla!

***

Compramos un cubo grande de palomitas y dos refrescos y entramos a la sala. La película era una especie de thriller de espionaje. Un detective investigaba un caso de corrupción y tenía que enfrentarse a las mentiras de un puñado de funcionarios vendidos. Me habría aburrido desde el primer minuto si no hubiera sido por un detalle: el actor que interpretaba al detective se parecía muchísimo a mi futuro novio. Era casi Adrián.

El detective Lenoir era alto, fuerte y varonil, llevaba barba de varios días y tenía los ojos de un azul tan profundo que me enamoré de él en el acto. Cabello negro, piel blanca, hombros anchos: igual que mi amigo. Y por si su belleza no hubiera bastado para captar mi atención, la escena de sexo terminó de atraparme por completo. Sucedía casi al final, y la protagonizaban el detective y la secretaria de uno de los villanos: la hermosa Vera.

En su primera aparición, Vera llevaba un vestido tan escotado que parecía que los pechos se le iban a escapar en cualquier momento. Vaya zorra, pensé al verla, y tomé nota mental: «Tengo que comprarme un vestido así». En cada escena, Vera desfilaba por la pantalla luciendo un cuerpo atlético y deslumbrante. Las faldas siempre cortas, entalladas; los tacones, altísimos. «Yo voy a ser como ella», me decía cada vez que aparecía.

Cuando Vera y Lenoir por fin se entregaban, ella usaba una falda tan corta que no tenía el menor problema para abrir las piernas y sentarse sobre el guapo detective. La escena no era pornográfica, pero faltaba muy poco para mostrarlo todo. Era intensa, cargada. Vera estaba enamorada de él. Lo había conocido cuando el detective empezó a investigar a su corrupto jefe; se había pasado a su bando al ayudarlo a conseguir la información que necesitaba, y lo había visto enfrentarse a los villanos a puños y a tiros. ¿Cómo no enamorarse de un hombre así? Vera se le entregaba con pasión, y en su rostro se leía todo lo que sentía. La cámara nos dejaba claro, sin decirlo, que el detective tenía un pene formidable.

Al terminar, Vera apenas alcanzaba a bajarse la falda cuando estallaba el tiroteo final. Lenoir protegía a su mujer, mataba a los malos y salían de la escena del crimen tomados de la mano. El jefe de la policía les preguntaba si había algo entre ellos, y el detective respondía que estaban en ello. Vera solo sonreía y se acomodaba el cabello mirándose los pies. Entonces empezaron los créditos.

Me quedé clavado en la butaca, atónito. No podía creer lo que acababa de ver. La película que no me importaba lo más mínimo me había dejado boquiabierto. Cuando por fin pude girarme hacia mi tío, descubrí que él estaba igual que yo: la mirada fija en la pantalla y cara de apuro.

—Discúlpame, no sabía que tenía una escena así —dijo cuando logró articular palabra.

—No te preocupes —respondí—. Ya no soy un niño.

Los dos nos reímos.

—¿Te gustó?

—¡Muchísimo! —contesté con sinceridad, aunque oculté los verdaderos motivos de mi emoción.

—Es una película que quería ver desde hace tiempo porque…

Mi tío me fue explicando aspectos técnicos y artísticos del filme mientras salíamos. Yo asentía a todo, pero, como se estaba volviendo costumbre, la mente la tenía en otra parte. No paraba de pensar en Adrián y en el momento en que por fin tuviéramos relaciones. Pensaba también en Lenoir, pero sobre todo pensaba en Vera. Me identificaba con ella. Intentaba grabarme cada detalle del personaje para poder copiarlo cuando llegara mi turno. Quería vestirme como ella. Quería entregarme en la intimidad exactamente igual que ella lo hacía en la pantalla.

Estaba emocionado pero, sobre todo, estaba caliente. Quería estar con Adrián, quería ser su novia, quería sentirlo dentro de mí. La idea me palpitaba entre las piernas todo el camino de vuelta, y apretaba los muslos en el asiento del coche para contener el cosquilleo.

***

Cenamos algo sencillo en el departamento y la conversación derivó, no sé bien cómo, hacia la película. Ramiro insistía en lo bien rodada que estaba, pero yo notaba que evitaba mencionar la escena de Vera, como si le diera vergüenza. Y cada vez que él la rozaba sin querer, yo sentía un calor subirme por el cuello.

—Te has quedado muy callado —me dijo a media cena, observándome con una atención nueva—. Te pareces tanto a tu madre que a veces me cuesta creerlo.

Lo dijo en voz baja, casi para sí mismo, y algo en su tono me hizo levantar la vista. Me miraba distinto. No como se mira a un sobrino, sino como Lenoir miraba a Vera en la pantalla. Bajé los ojos al plato, el corazón disparado. Me está mirando como si yo fuera ella.

—Todos lo dicen —murmuré.

—Pues todos tienen razón.

El silencio que siguió fue distinto a cualquier silencio que hubiéramos compartido antes. Denso, eléctrico. Yo seguía pensando en Adrián, en la promesa que le había hecho, pero el cuerpo no entendía de promesas. El cuerpo solo sabía que llevaba meses preparándose para que un hombre lo abriera por primera vez, y que esa noche había un hombre frente a mí mirándome como nunca me habían mirado.

Me levanté para llevar los platos a la cocina, más por escapar de esa mirada que por otra cosa. Ramiro me siguió. Cuando dejé los platos en el fregadero y me giré, lo tenía a un palmo. Olía a colonia y a algo cálido. Me apoyé contra la encimera sin querer, y él no se apartó.

—Si quieres me voy a dormir —dije, y mi voz salió más fina de lo que pretendía, casi la voz de Vera.

—¿Eso es lo que quieres? —preguntó. Y la pregunta era la misma que Adrián me había hecho en el parque, palabra por palabra, como si el universo me estuviera tomando el pelo.

No respondí. O sí: respondí sin hablar, dejando que mi cuerpo se inclinara unos centímetros hacia el suyo, lo justo para que la distancia desapareciera. Su mano subió despacio por mi cintura, por encima de la playera, y yo cerré los ojos y me imaginé con el vestido escotado, los tacones altos, la falda corta. Me imaginé siendo ella.

—Eres igual de hermoso que tu madre —susurró contra mi oído.

Y yo, que llevaba meses preparándome para entregarme a Adrián, supe en ese instante que no sería él quien me enseñaría. Solo eran dos días, me había dicho esa mañana. No imaginaba que perdería la virginidad esa misma noche, ni que el hombre que caminaba a mi lado hablando con tanta alegría sobre cine sería el primero en penetrarme. Pero ahí estaba, con su aliento en mi cuello y su mano subiéndome despacio bajo la ropa, y yo dejé de pensar en promesas y empecé a ser, por fin, la mujer que tantas veces había imaginado.

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Comentarios (5)

Romina_pba

increible!!! me encanto

Tania_nocturna

Por favor mas!!! quede con ganas de saber como termino todo despues de esa noche

VentanaVerde

Me hizo acordar a una noche que yo tampoco tenia planeada y que termino siendo de las mas especiales. Muy bien contado.

ClaraX_noche

jaja al principio no sabia para donde iba el relato pero el final lo redimio todo, tremendo giro

NoraCf_07

Esa sensacion de prepararse para algo y que la vida te sorprenda con otra cosa completamente distinta... lo senti muy real, muy humano

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