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Relatos Ardientes

Quería ser como ella desde que la vi en pantalla

Mis padres me despertaron a las nueve en punto de aquel sábado. Tenían planeado salir de viaje durante el fin de semana y, como era costumbre desde que tengo memoria, yo pasaría esos días en casa de mi tío Ramiro. Acababa de cumplir los diecinueve años y estaba convencido de que ya podía quedarme solo en mi propia casa, pero ellos opinaban distinto. El plan era el de siempre: salir, dejarme en el departamento de mi tío y seguir camino hacia su destino secreto.

Tomé el teléfono y releí la conversación que había tenido con Adrián la noche anterior. Mi culo todavía estaba resentido por la brusquedad con la que él había intentado metérmela, y solo con acordarme se me apretaba el estómago. Habíamos estado horas besándonos en el asiento trasero de su coche, con mi mano dentro de su pantalón, empuñándole esa polla gruesa y caliente que él me había puesto contra la palma sin decir palabra. Yo se la había masturbado despacio, sintiendo cómo latía, cómo goteaba en la punta, mientras él me mordía el cuello y me susurraba que iba a partirme en dos. Después me había bajado los shorts hasta las rodillas, me había puesto boca abajo sobre el asiento y había empezado a frotar el glande contra mi entrada sin lubricación, sin prisa, empujando cada vez más fuerte. Yo estaba tan apretado, tan seco, que la punta apenas conseguía abrirme; me ardía, me quemaba, y aun así separaba más las piernas y le suplicaba que siguiera. Dio dos empujones fuertes, muy fuertes, y en el segundo el glande me atravesó el anillo y sentí un dolor blanco que me subió hasta las costillas. Grité. Él se detuvo, sacó la verga y me pidió perdón, y yo me quedé llorando bajito con la cara hundida en el asiento, medio abierto, medio corrido, con su semen chorreando por mis muslos porque se le había escapado la corrida al rozarme.

Después de volver a casa habíamos seguido hablando un rato largo. «Casi lo logré», me había escrito. Yo le respondí que deseaba sentirlo dentro y le prometí que, en cuanto regresara, me entregaría a él sin reservas, que lo dejaría follarme el culo cuantas veces quisiera y en la postura que le diera la gana.

—Te amo —me dijo al despedirnos.

—Yo también —contesté, y apagué la pantalla con una frustración dulce en el pecho.

Había faltado tan poco para que hiciéramos el amor. Me reproché no haberme relajado lo suficiente como para dejarlo pasar, no haber empujado hacia atrás para tragármela entera. Esa misma madrugada, después de hablar con él, me había desnudado y recostado sobre la cama. Prendí la lámpara de la mesa de noche, saqué del cajón el bote de lubricante que llevaba meses escondiendo, y me eché un buen chorro en los dedos hasta que se me escurrió por la muñeca. Separé las piernas, levanté las rodillas contra el pecho y me exhibí ante nadie, con el culo alzado y palpitante, buscando el ángulo con el que Adrián me miraría cuando por fin me tuviera abierto para él. Empecé a masajearme el ojete despacio, con la yema del corazón, dando vueltas pequeñas alrededor del anillo, notando cómo se rendía. El primer dedo entró sin problema, resbaladizo, hasta el nudillo. Lo saqué y volví a meterlo, imaginando que era la polla de Adrián dándome el primer aviso. Luego el segundo, y sentí ese estirón caliente que me hacía morderme el labio para no gemir demasiado alto. Los curvé hacia adelante buscando el punto que había aprendido a encontrar solo, ese bultito que me hacía chorrear preseminal de mi propia verga sin necesidad de tocármela. Cuando lo apreté con la yema, la polla me dio un latigazo contra el vientre y solté un jadeo largo.

—Métemela, Adrián, métemela toda —susurraba a la almohada, moviendo la cadera contra mi propia mano.

Al rato entró el tercer dedo, y ese sí me costó. Me ardía el anillo pero era un ardor rico, un ardor que yo conocía y que había aprendido a desear. Llevaba meses preparándome para ese momento, porque él me lo había pedido, y ya sabía cuánto podía forzarme antes de romperme.

—Quiero que te prepares —me había dicho una tarde en la que hablábamos sobre el inicio de nuestra vida sexual—. Quiero meterte la polla entera desde la primera noche. No quiero que me dejes a medias.

Aquel día estábamos en un parque. Yo llevaba una playera de algodón muy fina y unos shorts de mezclilla tan cortos que dejaban mis muslos casi por completo a la vista. Adrián ya había sugerido antes que, en nuestra relación, yo sería «la mujer», pero esa tarde fue la primera vez que habló sin rodeos de meterme su verga. Estábamos sentados muy juntos en una banca, las piernas rozándose, y yo me sentía como una jovencita a la que su novio intenta convencer de su primera vez. La gente pasaba y nos miraba, y yo fantaseaba con que todos adivinaban lo que se cocía entre nosotros.

—¿Quieres sentirme dentro de ti? —me preguntó en voz baja.

—Sí… —respondí, bajando la vista, ardiendo de vergüenza y de ganas a partes iguales.

—Dilo bien. Dime qué es lo que quieres que te haga.

—Quiero que me la metas —murmuré, mirándome las rodillas—. Quiero que me folles.

—¿Dónde?

—En el culo. Quiero tu polla en mi culo.

Él se rio bajito y me apretó el muslo por debajo del short. Sentí su mano subir por dentro, rozarme la ingle, y bajo la tela del short se me marcó una erección que no pude disimular. Adrián me miró la entrepierna sin ninguna vergüenza, complacido, y siguió hablándome al oído.

—Te la voy a meter tan adentro que la vas a sentir en la garganta. Te voy a follar hasta que se te caiga la baba. Quiero que estés bien preparado, con el culo abierto de esperarme, para que pueda enterrártela hasta los huevos sin cortarte.

—Sí… —fue todo lo que pude contestar, con la boca seca.

Me masturbé recordando aquella tarde. Me penetraba con los dedos de una mano mientras con la otra me hacía una paja lenta, apretándome el glande cada vez que subía, torciendo la muñeca en la punta como me gustaba. «Faltó tan poco», me repetía. «Esta noche pude haber tenido su polla entera dentro de mí, gozándome como una zorra». Bombeaba los tres dedos con fuerza, entrando y saliendo hasta el nudillo, imitando el ritmo con el que soñaba que él me follaría. Podía escuchar el chapoteo del lubricante, obsceno, en la habitación silenciosa. Me imaginé a cuatro patas sobre la cama, con Adrián detrás, agarrándome de las caderas, hundiéndomela hasta los cojones mientras me llamaba puta al oído. Me imaginé sus huevos golpeándome el perineo, el olor a sudor, la corrida caliente disparándose dentro de mí, chorreándome por los muslos cuando saliera. Unos minutos después llegué a un orgasmo que me arqueó la espalda y me hizo temblar de la punta de los pies. Me corrí sobre mi propio vientre, un chorro largo que me llegó al pecho, y me quedé tendido en la cama con los dedos aún metidos hasta el fondo, vacío y satisfecho, sintiendo cómo se me contraía el ano alrededor de ellos hasta que el sueño me venció.

***

Una hora después de que mis padres me despertaran ya estábamos listos para partir. En ese tiempo me había duchado con cuidado, incluso me había vuelto a meter un dedo bajo el chorro de agua caliente para asegurarme de estar limpio por dentro, había armado una mochila con una muda de ropa y había desayunado ligero: café y pan tostado con mermelada. Mi madre estaba guapísima. Llevaba un vestido verde estampado de flores, escotado, que le quedaba unos diez centímetros por encima de la rodilla. Sentí envidia. Yo quería caminar por la calle vestido así, y me prometí que algún día le pediría prestado ese vestido. Me pregunté qué diría Adrián si me viera con él puesto, si me lo levantaría hasta la cintura y me follaría contra la pared sin quitármelo.

Toda la familia repetía, desde que era niño, que yo era idéntico a mi madre. De pequeño no me importaba; sabía de quién era hijo y punto. Pero con los años empecé a sentir orgullo de parecerme a ella. Mi madre siempre ha sido una mujer muy atractiva, y quizá eso explicara por qué los hombres habían empezado a buscarme con intenciones románticas desde muy joven. Por un instante me pregunté, incómodo, si Adrián no estaría en realidad enamorado de ella, y si no sería esa la razón por la que me había convertido en su pareja.

El departamento de mi tío Ramiro quedaba al otro lado de la ciudad, y tras una hora de camino llegamos. Tomé la mochila y bajé del coche. Saludamos a mi tío y luego me despedí de mis padres. Al asomarme a la ventanilla del copiloto no pude evitar mirarle de nuevo las piernas a mi madre; sus muslos lucían preciosos bajo el dobladillo del vestido. Que se diviertan, pensé con una sonrisa pícara. Después de agradecerle a Ramiro que me cuidara, mis padres retomaron su viaje y nos quedamos los dos solos.

Al entrar, mi tío me preguntó si quería hacer algo esa tarde. Le dije que cualquier cosa me parecía bien. La mente la tenía en otro sitio, repasando una y otra vez lo de la noche anterior. Lo que de verdad me hubiera gustado era bajarme el pantalón y pasar la tarde entera en la cama, los dedos hundidos en mi culo, la otra mano en la polla, imaginando a Adrián descargándose dentro de mí. Pero como eso no era una opción, me daba igual lo que hiciéramos.

—Ven, vamos a que te instales —dijo.

Nos dirigimos al cuarto de invitados. El departamento era pequeño pero elegante: además de la sala, tenía cocina, un baño y dos habitaciones, la suya y la de huéspedes, que sería mi guarida esos días.

—Hay que ventilar esto —comentó, y abrió la ventana de par en par—. Tengo que cerrar unos asuntos de trabajo, pero termino en un par de horas. ¿Qué te parece si después vamos al cine?

—Me parece bien —respondí fingiendo entusiasmo.

—De acuerdo. Pues bienvenido, ponte cómodo.

—¡Gracias!

¿Ir al cine? Al parecer mi tío seguía creyendo que yo tenía diez años. Mis padres hacían ese viaje misterioso cada dos o tres años, y siempre me dejaban con Ramiro. Él lo intentaba, pobre, pero su idea de entretenerme casi siempre se reducía a una película y un puñado de caramelos. Me tumbé en la cama y cerré los ojos. Falta tantísimo para volver a casa. Me pregunté qué estaría haciendo Adrián. ¿Estaría tocándose la polla pensando en mí, imaginándome de rodillas, con la boca abierta? No tenía sentido especular, mejor preguntárselo. Le escribí: «¿Estás pensando en mí?». Pasaron diez minutos sin respuesta. Solté el teléfono sobre la cama, cerré los ojos otra vez y esta vez me quedé dormido de verdad.

—Despierta, ¿no querías ir al cine? —escuché.

Me incorporé. Habían pasado varias horas y mi tío ya había terminado con sus pendientes.

—Sí, claro. ¿Cuál vamos a ver?

Al llegar a la sala revisamos la cartelera. Ramiro me preguntó si ya estaba preparado para ver películas que no fueran para niños.

—Por supuesto, ya no soy un crío —respondí con orgullo.

—De acuerdo. Hay una que tengo muchas ganas de ver…

Me explicó de qué iba, pero no le presté atención; estaba en piloto automático. Lo único que quería era volver a mi vida, y me daba igual la trama de su película. Aun así contesté alegre.

—¡Sí, vamos a verla!

***

Compramos un cubo grande de palomitas y dos refrescos y entramos a la sala. La película era una especie de thriller de espionaje. Un detective investigaba un caso de corrupción y tenía que enfrentarse a las mentiras de un puñado de funcionarios vendidos. Me habría aburrido desde el primer minuto si no hubiera sido por un detalle: el actor que interpretaba al detective se parecía muchísimo a mi futuro novio. Era casi Adrián.

El detective Lenoir era alto, fuerte y varonil, llevaba barba de varios días y tenía los ojos de un azul tan profundo que me enamoré de él en el acto. Cabello negro, piel blanca, hombros anchos: igual que mi amigo. Y por si su belleza no hubiera bastado para captar mi atención, la escena de sexo terminó de atraparme por completo. Sucedía casi al final, y la protagonizaban el detective y la secretaria de uno de los villanos: la hermosa Vera.

En su primera aparición, Vera llevaba un vestido tan escotado que parecía que las tetas se le iban a escapar en cualquier momento. Vaya zorra, pensé al verla, y tomé nota mental: «Tengo que comprarme un vestido así». En cada escena, Vera desfilaba por la pantalla luciendo un cuerpo atlético y deslumbrante. Las faldas siempre cortas, entalladas; los tacones, altísimos. «Yo voy a ser como ella», me decía cada vez que aparecía.

Cuando Vera y Lenoir por fin se entregaban, ella usaba una falda tan corta que no tenía el menor problema para abrir las piernas y sentarse a horcajadas sobre el guapo detective. La cámara la tomaba desde atrás, y se le veían las medias hasta el borde del liguero. Lenoir le arrancaba las bragas de un tirón y las tiraba al suelo; Vera echaba la cabeza hacia atrás con la boca abierta cuando él la empalaba de una sola embestida, y su gemido, largo y roto, retumbaba en la sala del cine y me atravesó. Yo apreté los muslos en la butaca. Me imaginé que era yo la que estaba encima de él, la que iba bajando despacio hasta clavarme entera, sintiendo cómo esa verga gruesa me abría por dentro centímetro a centímetro. La escena no era pornográfica, pero faltaba muy poco para mostrarlo todo. La cámara enfocaba las manos del detective agarrándole el culo, apretándoselo, guiando el vaivén; enfocaba la boca de Vera mordiéndose el labio, el sudor en el escote, un pezón que se le escapaba del vestido y que ella no se molestaba en tapar. Era intensa, cargada. Vera estaba enamorada de él. Lo había conocido cuando el detective empezó a investigar a su corrupto jefe; se había pasado a su bando al ayudarlo a conseguir la información que necesitaba, y lo había visto enfrentarse a los villanos a puños y a tiros. ¿Cómo no enamorarse de un hombre así? Vera se le entregaba con pasión, y en su rostro se leía todo lo que sentía. La cámara nos dejaba claro, sin decirlo, que el detective tenía una polla formidable, y que Vera estaba disfrutando cada centímetro.

Al terminar, Vera apenas alcanzaba a bajarse la falda cuando estallaba el tiroteo final. Lenoir protegía a su mujer, mataba a los malos y salían de la escena del crimen tomados de la mano. El jefe de la policía les preguntaba si había algo entre ellos, y el detective respondía que estaban en ello. Vera solo sonreía y se acomodaba el cabello mirándose los pies. Entonces empezaron los créditos.

Me quedé clavado en la butaca, atónito, con la polla dura marcándome el pantalón y las nalgas apretadas contra el asiento. No podía creer lo que acababa de ver. La película que no me importaba lo más mínimo me había dejado boquiabierto. Cuando por fin pude girarme hacia mi tío, descubrí que él estaba igual que yo: la mirada fija en la pantalla y cara de apuro.

—Discúlpame, no sabía que tenía una escena así —dijo cuando logró articular palabra.

—No te preocupes —respondí—. Ya no soy un niño.

Los dos nos reímos.

—¿Te gustó?

—¡Muchísimo! —contesté con sinceridad, aunque oculté los verdaderos motivos de mi emoción.

—Es una película que quería ver desde hace tiempo porque…

Mi tío me fue explicando aspectos técnicos y artísticos del filme mientras salíamos. Yo asentía a todo, pero, como se estaba volviendo costumbre, la mente la tenía en otra parte. No paraba de pensar en Adrián y en el momento en que por fin me follara. Pensaba también en Lenoir, pero sobre todo pensaba en Vera. Me identificaba con ella. Intentaba grabarme cada detalle del personaje para poder copiarlo cuando llegara mi turno. Quería vestirme como ella. Quería entregarme en la intimidad exactamente igual que ella lo hacía en la pantalla, cabalgar a un hombre así, dejarme partir en dos delante de una cámara.

Estaba emocionado pero, sobre todo, estaba caliente. Quería estar con Adrián, quería ser su novia, quería sentir su polla dentro de mí. La idea me palpitaba entre las piernas todo el camino de vuelta, y apretaba los muslos en el asiento del coche para contener el cosquilleo que me subía por el perineo y me hacía humedecerme el ojete solo con imaginarlo.

***

Cenamos algo sencillo en el departamento y la conversación derivó, no sé bien cómo, hacia la película. Ramiro insistía en lo bien rodada que estaba, pero yo notaba que evitaba mencionar la escena de Vera, como si le diera vergüenza. Y cada vez que él la rozaba sin querer, yo sentía un calor subirme por el cuello.

—Te has quedado muy callado —me dijo a media cena, observándome con una atención nueva—. Te pareces tanto a tu madre que a veces me cuesta creerlo.

Lo dijo en voz baja, casi para sí mismo, y algo en su tono me hizo levantar la vista. Me miraba distinto. No como se mira a un sobrino, sino como Lenoir miraba a Vera en la pantalla, como se mira a una hembra a la que uno ya está desnudando con el pensamiento. Bajé los ojos al plato, el corazón disparado, y sentí que la polla se me endurecía otra vez debajo de la mesa. Me está mirando como si yo fuera ella. Me está mirando como se mira a una zorra que uno se quiere follar.

—Todos lo dicen —murmuré.

—Pues todos tienen razón.

El silencio que siguió fue distinto a cualquier silencio que hubiéramos compartido antes. Denso, eléctrico. Yo seguía pensando en Adrián, en la promesa que le había hecho, pero el cuerpo no entendía de promesas. El cuerpo solo sabía que llevaba meses preparándome para que un hombre me abriera el culo por primera vez, y que esa noche había un hombre frente a mí mirándome como nunca me habían mirado, con esa mezcla de deseo y determinación que dice sin decir «te la voy a meter».

Me levanté para llevar los platos a la cocina, más por escapar de esa mirada que por otra cosa. Ramiro me siguió. Cuando dejé los platos en el fregadero y me giré, lo tenía a un palmo. Olía a colonia y a algo cálido, a hombre. Me apoyé contra la encimera sin querer, y él no se apartó. Bajé la vista un segundo y le vi el bulto marcado bajo el pantalón, gordo, hinchado, tirándole de la tela hacia un lado. Se me secó la boca.

—Si quieres me voy a dormir —dije, y mi voz salió más fina de lo que pretendía, casi la voz de Vera.

—¿Eso es lo que quieres? —preguntó. Y la pregunta era la misma que Adrián me había hecho en el parque, palabra por palabra, como si el universo me estuviera tomando el pelo.

No respondí. O sí: respondí sin hablar, dejando que mi cuerpo se inclinara unos centímetros hacia el suyo, lo justo para que la distancia desapareciera y para que su erección me rozara la cadera a través de la ropa. Sentí el bulto pegado a mí, duro, buscando sitio, y se me escapó un jadeo que no pude tragarme. Su mano subió despacio por mi cintura, por encima de la playera, y luego se coló por debajo, contra la piel, subiendo hasta encontrarme un pezón que él pellizcó con dos dedos, sin brusquedad, con la seguridad del que sabe exactamente lo que hace. Yo cerré los ojos y me imaginé con el vestido escotado, los tacones altos, la falda corta, las bragas ya arrancadas. Me imaginé siendo ella. Me imaginé bajando la mano y sacándole la polla del pantalón allí mismo, en la cocina, empuñándosela como le había empuñado la suya a Adrián, escupiéndole en el glande para que me la metiera más fácil.

—Eres igual de hermoso que tu madre —susurró contra mi oído, y su otra mano bajó a apretarme una nalga por encima del pantalón, amasándomela como si ya fuera suya.

Y yo, que llevaba meses preparándome para entregarme a Adrián, supe en ese instante que no sería él quien me enseñaría. Solo eran dos días, me había dicho esa mañana. No imaginaba que perdería la virginidad esa misma noche, ni que el hombre que caminaba a mi lado hablando con tanta alegría sobre cine sería el primero en penetrarme. Pero ahí estaba, con su aliento en mi cuello y su mano subiéndome despacio bajo la ropa, y yo dejé de pensar en promesas y empecé a ser, por fin, la mujer que tantas veces había imaginado.

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Comentarios(8)

Romina_pba

increible!!! me encanto

Tania_nocturna

Por favor mas!!! quede con ganas de saber como termino todo despues de esa noche

VentanaVerde

Me hizo acordar a una noche que yo tampoco tenia planeada y que termino siendo de las mas especiales. Muy bien contado.

ClaraX_noche

jaja al principio no sabia para donde iba el relato pero el final lo redimio todo, tremendo giro

NoraCf_07

Esa sensacion de prepararse para algo y que la vida te sorprenda con otra cosa completamente distinta... lo senti muy real, muy humano

Marcos_viajero

Diferente a otros relatos de la categoria, hay algo emotivo que lo hace destacar. Bien escrito

LucianaYK

Hace tiempo que no leia algo tan bien narrado aqui. Ojala sigan subiendo mas asi

SoniaMdp

Corto pero intenso, sigue publicando!!!

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