La soprano trans que cantaba solo para él
El teatro todavía vibraba con los aplausos cuando Damián la sacó del escenario tirando de su muñeca. Selena apenas había alcanzado a hacer la última reverencia, con el ramo de rosas aún tibio entre los brazos, y ya iba arrastrada por el pasillo en penumbra que conducía a los camerinos privados. El eco del público quedaba atrás, amortiguado por las paredes, como un mar que se retira.
—Esa nota final —dijo él sin mirarla, abriendo la puerta de un empujón—. La sostuviste tres segundos más que en el ensayo.
—¿Estuvo mal? —preguntó ella, todavía con la respiración alta por el esfuerzo.
Damián cerró la puerta. Giró la llave. El chasquido del cerrojo sonó más fuerte de lo que debería en un cuarto tan pequeño.
—Estuvo perfecta —respondió—. Y eso es lo que me molesta. Que seas capaz de algo tan perfecto y que solo yo lo sepa.
Selena dejó el ramo sobre el tocador. Se vio reflejada en el espejo rodeado de bombillas: el vestido negro largo, ceñido, los hombros desnudos, el maquillaje todavía intacto pese al sudor. Detrás de su reflejo apareció el de él, alto, con el esmoquin a medio abrir y la corbata floja colgando.
—Date la vuelta —dijo Damián.
Ella obedeció despacio. Lo hacía siempre. Desde la primera audición, cuando él se había quedado solo con ella en la sala vacía y le había dicho que tenía la voz más extraña y más hermosa que había escuchado en veinte años de carrera, Selena había aprendido que la obediencia era el precio del escenario. Y nunca le había parecido un precio injusto.
—¿Sabes cuánta gente daría lo que fuera por escucharte? —murmuró él, acercándose—. Y tú cantas para mí en un camerino. Solo para mí.
Le puso una mano en la nuca. Con la otra le bajó el tirante del vestido por el hombro, despacio, observando cómo la tela cedía. Selena cerró los ojos.
—Damián…
—Calla. Esta parte la dirijo yo.
El vestido se deslizó hasta su cintura. Él la giró de nuevo hacia el espejo y se quedó detrás, mirándola por encima del hombro mientras le terminaba de bajar la tela. Selena quedó de pie con los tacones puestos y poco más, el pecho pequeño y firme, la piel erizada por el aire fresco del camerino. Entre sus piernas, su sexo respondía ya a la mano que él deslizaba por su vientre.
—Mírate —dijo Damián contra su oído—. Esto no lo ve el público. Esto es mío.
Le mordió el cuello, justo donde el pulso latía rápido. Selena dejó escapar un sonido grave, un quejido que nacía del mismo lugar que sus notas más bajas, y él sonrió contra su piel.
—Ahí está —susurró—. Ese registro. Hazlo otra vez.
—No es algo que pueda hacer a propósito —protestó ella, con la voz quebrada.
—Entonces te lo voy a sacar yo.
***
La empujó con suavidad contra el tocador. Las bombillas se reflejaban en el espejo, multiplicando la escena, y Selena se sostuvo con ambas manos en la madera mientras él se desabrochaba el cinturón a su espalda. Oyó el roce de la tela, el tintineo de la hebilla, y luego el calor de él pegándose a su cuerpo.
Damián no tenía prisa. Eso era lo peor, y lo mejor. Le recorrió la espalda con la boca, vértebra a vértebra, y le habló bajo, en ese tono de director que usaba para corregir un compás.
—Separa las piernas. Un poco más. Así.
Ella obedeció. Él se humedeció los dedos y la tocó con cuidado, abriéndose paso despacio, y Selena soltó un suspiro largo que se transformó, sin que pudiera evitarlo, en una nota tenue y temblorosa.
—Eso —dijo Damián—. Quiero oír eso cuando entre.
—Despacio —pidió ella—. Por favor.
—Siempre despacio contigo —respondió él, y por una vez no había crueldad en su voz, solo una especie de devoción oscura—. No quiero romper el instrumento.
Lo sintió empujar, la presión firme y paciente, y su cuerpo se abrió alrededor de él con una lentitud que la hizo morderse el labio. La nota que escapó de su garganta esta vez no fue grave: subió, fina y aguda, hasta colgar de un hilo de aire que ella no sabía que aún tenía.
—Dios —gimió Damián, deteniéndose a medio camino—. Cántame eso. No pares.
Selena cantó. No una canción, nada con letra; solo el sonido puro saliendo de ella mientras él avanzaba, una vocalización que se rompía y se rehacía con cada centímetro. El camerino, tan pequeño, devolvía su voz amplificada, como si las paredes también la quisieran escuchar.
Cuando él estuvo del todo dentro, se quedó quieto. Apoyó la frente entre sus omóplatos y respiró.
—¿Sientes eso? —preguntó—. Así de cerca está siempre. Cada vez que subes a ese escenario, yo estoy a esta distancia de ti, aunque no me veas.
—Lo sé —murmuró ella—. Siempre lo sé.
***
Empezó a moverse. Al principio apenas, un balanceo suave que hacía rozar los tacones de Selena contra el suelo. Le sujetaba las caderas con las dos manos, marcando el ritmo, igual que marcaba el tempo de una orquesta, y ella lo seguía con la voz, las notas alargándose y acortándose según él aceleraba o se contenía.
—Más alto —ordenó Damián, embistiendo un poco más hondo.
—Ahh… —La voz de Selena trepó una octava entera, brillante y cristalina, y se rompió en un gemido que no tenía nada de musical.
—Eso no estaba en la partitura —dijo él, con una sonrisa que ella adivinó sin verla—. Improvisa para mí.
La tomó del pelo, no con violencia, pero sí con firmeza, y le hizo levantar la cabeza para que se viera en el espejo. Selena se encontró con su propio rostro encendido, los labios entreabiertos, los ojos vidriosos, y detrás el de Damián, concentrado, hambriento, mirándola a ella mirarse.
—Mira lo que eres cuando nadie aplaude —dijo—. Esto también eres tú.
Aceleró. El sonido de sus cuerpos llenó el camerino, ese chasquido húmedo y rítmico, y Selena lo acompañó con una línea melódica que subía y bajaba al compás de él, su garganta convertida en un instrumento que ya no controlaba. Sentía la tensión acumularse en su vientre, baja y eléctrica, su propio sexo duro y palpitante rozando el borde del tocador con cada empujón.
—Damián… —jadeó—. Me vas a hacer terminar… así, sin tocarme…
—Entonces termina —respondió él, sin frenar—. Quiero oír cómo suena tu voz cuando te corres. Esa nota no la conoce nadie. Va a ser mía.
La rodeó con un brazo, sosteniéndola contra su pecho, y la embistió más profundo, dando con ese punto que la hacía temblar de las rodillas a la nuca. Selena se aferró al borde del tocador. Sintió que algo se le desbordaba por dentro, una ola que subía desde la base de la columna y le llenaba el pecho como el aire antes de una nota imposible.
—Ya… —alcanzó a decir—. Ya, ya…
Y entonces cantó. No hubo palabra. Su voz estalló en un agudo larguísimo, puro y vibrante, una nota que ningún director habría podido pedirle y que ningún público escucharía jamás, mientras su cuerpo se contraía y se vaciaba en sacudidas que la dejaron sin aire. Las bombillas del espejo se le nublaron. Las piernas le fallaron, y solo el brazo de Damián la mantuvo en pie.
—Joder, Selena —gruñó él, con la voz rota por primera vez en toda la noche—. Joder.
La sostuvo mientras la embestía dos, tres veces más, hasta que él mismo se quedó sin control. Lo sintió tensarse a su espalda, enterrarse hasta el fondo y soltar un gemido largo contra su hombro, derramándose dentro de ella en oleadas cálidas que la hicieron estremecer otra vez, demasiado sensible, demasiado abierta.
Se quedaron así, encajados, respirando. En el espejo, sus dos reflejos eran una sola figura encorvada bajo la luz amarilla.
***
Damián salió despacio. La giró hacia él y la besó, esta vez sin órdenes ni teatro, un beso lento que sabía a sudor y a alivio. Selena se dejó caer sobre la silla del tocador, las piernas todavía temblando, y se rió bajito, una risa cansada y feliz.
—Vas a matarme una de estas noches —dijo.
—No —respondió él, recogiendo su corbata del suelo—. Te necesito viva. Y cantando.
Le pasó el pulgar por la mejilla, retirando una lágrima que ella ni había notado que se le había escapado durante el clímax. La miró un largo rato, como si calculara algo.
—Tengo la suite del hotel de enfrente reservada hasta el lunes —dijo al fin—. Después de la gala benéfica de mañana, quiero que vengas. Sin vestido. Sin maquillaje. Solo tú y esa voz.
Selena lo miró por el espejo, las mejillas todavía encendidas.
—¿Es una orden, director?
Damián se ajustó el cuello de la camisa, recuperando poco a poco la compostura de hombre que dirige teatros llenos.
—De la única clase que tú obedeces —dijo—. Vístete. Te espera la prensa en el vestíbulo, y no quiero que sepan por qué la diva tardó tanto en salir.
Ella se levantó, recogió el vestido del suelo y empezó a subírselo despacio, observándolo a él en el reflejo. Antes de cerrar la cremallera, Damián se acercó por detrás, le apartó el pelo de la nuca y le habló al oído por última vez esa noche.
—Y mañana —murmuró—, cuando cantes para todos ellos, quiero que pienses en esto. En que la mejor nota que has dado en tu vida la diste aquí. Para nadie. Para mí.
Selena cerró los ojos. Asintió. Cuando volvió a abrirlos, ya estaba retocándose el carmín frente al espejo, lista para volver a ser la sirena que el mundo creía conocer.