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Relatos Ardientes

Me vestí para la entrevista escondiendo un secreto

Nunca supe si me llamaron por el currículum o por la foto que adjunté sin pensarlo demasiado. Era una imagen que tenía guardada del verano: escote marcado, labios pintados de rojo oscuro y una media sonrisa que podía leerse de muchas maneras, casi ninguna inocente. La mandé igual. Quería ese puesto, y desde hacía tiempo había aprendido que mis armas no eran solo las que aparecían en un papel.

La empresa ocupaba tres plantas de una torre acristalada en el centro, una de esas donde los trajes caros caminan por los pasillos con la barbilla un poco más alta de lo necesario. Crucé el vestíbulo con paso lento, midiendo cada movimiento de cadera, sintiendo el repiqueteo de mis tacones contra el mármol como una cuenta atrás.

El recepcionista apenas me sostuvo la mirada. Bajó los ojos un segundo de más, los subió de golpe, se aclaró la garganta.

—Puede pasar. El señor Belmonte la está esperando —dijo, y noté el ligero temblor en su voz.

Empezamos bien, pensé.

El despacho estaba al fondo, con una pared entera de cristal que daba a media ciudad. Y tras el escritorio estaba él: camisa blanca arremangada hasta el codo, barba de dos o tres días, el cuello desabrochado lo justo. Levantó la vista de la pantalla y me repasó sin disimulo, de los tacones hacia arriba, deteniéndose donde a un hombre educado se le supone que no debería.

Cerré la puerta a mi espalda sin que me lo pidiera.

—¿Valeria, verdad? —preguntó, con una voz grave que sonaba a costumbre de mandar.

—Sí, aunque casi todos me dicen Vale —respondí, y me senté frente a él cruzando las piernas con calma.

—Bonito nombre.

—Eso me dicen.

Tomó la carpeta con mis datos, pasó un par de hojas sin leerlas de verdad. Sus ojos volvían una y otra vez al borde de mi falda, a la línea de mi blusa entallada, al collar fino que descansaba justo sobre el inicio del escote. Yo no hice nada por taparme. Para eso me había vestido así: blusa blanca ajustada, falda de tubo, tacones altos y, debajo de todo, mi pequeño secreto bien guardado contra la tela negra de la ropa interior.

—Veo que tiene experiencia en atención al cliente —murmuró, dejando la carpeta a un lado—. Dígame, ¿cómo de buena es tratando con la gente difícil?

Alcé una ceja, divertida.

—Depende mucho del cliente.

Se recostó en la silla, entrelazó los dedos sobre el abdomen. La luz de la tarde le daba en la cara, y vi cómo la comisura de su boca se curvaba apenas.

—Pongamos que yo fuera un cliente complicado. Uno de los que nunca está satisfecho. ¿Cómo me atendería?

El aire del despacho se había vuelto espeso. Lo sentía en la nuca, en la forma en que él respiraba un poco más despacio.

Me incliné hacia adelante, despacio, dejando que la postura hablara por mí.

—¿Quiere que se lo cuente —pregunté en voz baja— o prefiere una demostración?

No contestó. No hizo falta. Sus ojos lo dijeron todo: bajaron a mis labios, subieron a los míos, se quedaron ahí, atrapados.

***

Me levanté sin prisa y rodeé el escritorio. Él no me detuvo. Al contrario: separó un poco la silla, abrió ligeramente las piernas, como si su cuerpo decidiera por su cuenta antes que su cabeza. Bajo la tela del pantalón se marcaba ya un bulto evidente, gordo, latiendo contra la costura, dibujando la forma inequívoca de una polla que llevaba rato esperando salir.

Me arrodillé frente a él sobre la moqueta, con la falda tensándose en los muslos, y empecé a soltarle el cinturón sin apartar la mirada de la suya. Cada movimiento de mis dedos lo seguía con los ojos, hipnotizado, conteniendo el aire. Le tiré del cinturón, hice saltar el botón, y le bajé la cremallera diente a diente, rozándole el bulto con los nudillos a propósito.

—¿Aquí mismo? —susurré, bajándole la cremallera—. ¿En su despachito, con la ciudad entera mirando?

Asintió apenas, incapaz de articular palabra.

Le tiré del pantalón y del calzoncillo de un solo movimiento, hasta las rodillas, y su polla saltó dura, hinchada, con la punta ya brillante de esa gota transparente que no sabe mentir. Grande, gruesa, con las venas marcadas por debajo de la piel tirante. La tomé con una mano, la sopesé, la apreté un poco en la base para que se le pusiera aún más morada la cabeza.

—Vaya, señor Belmonte —murmuré—. Yo diría que sí le he caído bien.

Acerqué la boca y le pasé la lengua despacio, plana, de abajo hasta arriba, siguiendo la vena gruesa que le recorría toda la cara interior, sintiendo cómo todo su cuerpo se estremecía bajo ese único contacto. Llegué a la punta, le lamí el glande en círculos, recogiendo con la lengua esa gotita salada, y le clavé los ojos mientras la saboreaba.

—Dios… —masculló entre dientes, agarrándose a los reposabrazos con los nudillos blancos.

Le escupí en la polla, un hilo espeso que le resbaló por toda la longitud, y usé la saliva para empezar a masturbársela con la mano mientras le chupaba los huevos, uno primero, luego el otro, metiéndomelos en la boca, tirando suavecito con los labios. Se le escapó un gruñido ronco, muy de fondo, como si le doliera lo bien que estaba.

Entonces lo tomé de verdad. Abrí la boca, relajé la garganta y me la fui metiendo entera, centímetro a centímetro, hasta que la nariz me chocó contra su pubis y sentí la punta rozándome el fondo. Me quedé ahí un instante, con los ojos empezando a llorarme, tragando en seco para apretársela con la garganta.

—Joder, joder, joder… —murmuró él, con la voz rota.

Empecé a chupársela con un ritmo lento y profundo, sacándola casi entera, jugándole con la lengua en el frenillo, y volviendo a tragármela hasta la base. Cada bajada era un gorgoteo húmedo, sucio, que llenaba el despacho como si no hubiera otra cosa en el mundo. Los hilos de saliva me caían por la barbilla, me manchaban el escote de la blusa blanca, y a mí me daba exactamente igual.

Él hundió los dedos en mi pelo, no para forzar todavía, sino para sujetarse a algo, como quien teme caerse. Su respiración se rompía en jadeos cada vez que yo subía y bajaba.

—Joder, qué bien mamas, joder… —murmuró, con la voz quebrada—. Qué boquita, hostia.

Le solté la polla con un pop húmedo, me la restregué por la mejilla, por los labios pintados que ya estaban corridos, y le lamí desde los huevos hasta la punta como si fuera un helado. Le sonreí con la boca abierta y la lengua fuera, dejándola descansar sobre el glande.

—¿Le gusta cómo atiendo, señor Belmonte?

—No pares, por favor, no pares —fue lo único que consiguió decir.

Volví a metérmela entera, esta vez más rápido, dejando que él me empujara la cabeza un poco, marcándole el ritmo con mi propia mano en la base. Notaba cómo se le tensaban los muslos, cómo se le contraían los huevos, y supe que estaba a un par de embestidas de correrse en mi boca. Pero yo ya había decidido que era el momento de subir la apuesta.

***

Me incorporé despacio, con la boca todavía brillante, y le di la espalda. Sentí su mirada clavada en mí, esperando. Llevé las manos al borde de la falda y la subí poco a poco, centímetro a centímetro, descubriendo primero los muslos, luego la tela negra ajustada y, marcándose por debajo, la forma inconfundible de lo que él no esperaba encontrar.

Oí cómo se le cortaba la respiración.

—¿Qué…? —empezó, sin terminar la frase.

Me giré para mirarlo de frente. Mi secreto ya no era ningún secreto: por el borde de la tela negra asomaba una polla firme, dura, apuntando hacia arriba, con la punta ya húmeda de aguante contenido.

—¿Sorpresa? —dije, con una sonrisa traviesa, mientras me bajaba del todo la ropa interior y dejaba que se me marcara todo a la vista.

Se quedó paralizado en la silla, los labios entreabiertos, los ojos yendo de mi cara a mi polla y de vuelta, intentando recolocar todo lo que creía saber. La suya, sin embargo, seguía dura como una piedra contra su vientre.

—No… no me lo esperaba —admitió por fin, con la voz ronca.

—¿Demasiado para usted? —pregunté, acercándome un paso, meneándome la mía con dos dedos sin cortarme un pelo.

—No lo sé. Me has dejado completamente descolocado.

Y entonces, en lugar de cerrarse, hizo lo contrario. Se levantó despacio, sin dejar de mirarme, y empezó a desabrocharse la camisa con dedos que le temblaban un poco. Cuando la dejó caer al suelo, su pecho subía y bajaba agitado. Se acercó y, sin avisar, me agarró la polla con la mano, la sopesó como yo había hecho con la suya, y me la pajeó dos, tres veces, con la palma seca, con curiosidad de recién llegado.

—Es que estás… joder —murmuró.

—Estoy dura, es lo que estoy —le corté—. Y tú también. Así que déjate de tonterías.

Se arrodilló él ahora, y me miró desde abajo con una mezcla rara de vergüenza y hambre. Sacó la lengua, tímido, y me lamió la punta. Un lametón corto, tanteando. Le supo. Volvió a hacerlo, más largo, y a la tercera ya me la tenía en la boca hasta la mitad, chupándomela con torpeza pero con ganas, ahogándose un poco cuando quería llegar más al fondo.

—Muy bien, jefe —le dije, agarrándole del pelo—. Aprendes rápido. Chúpamela como te chuparon a ti.

Le follé la boca despacio, marcándole yo el ritmo con la cadera, viéndole las mejillas hundirse cada vez que yo entraba. Se le caía la baba, se le llenaban los ojos de agua, y él me la seguía chupando como si estuviera descubriendo algo que llevaba escondido años.

—Nunca había estado con una mujer como tú —dijo, cuando le solté la cabeza y le dejé respirar.

—Pues prepárate —respondí, empujándolo con suavidad de vuelta hacia la silla—, porque esta entrevista no la vas a olvidar en la vida.

***

Me subí a horcajadas sobre él, una pierna a cada lado, y nos quedamos así un instante, las frentes casi rozándose, las dos pollas rozándose también entre nuestros vientres, mojadas de saliva. Le pasé una mano por la mandíbula, por la barba áspera, y él cerró los ojos como si esa caricia lo desarmara más que todo lo anterior. Bajé la mano, nos agarré las dos vergas juntas y las masturbé a la vez, con la palma bien cerrada, sintiendo cómo su glande palpitaba contra el mío.

Me agarró de la cintura, las manos firmes, decididas de pronto. Toda la duda de hacía un minuto se le había convertido en hambre.

—Vas a volverme adicto a esto, ¿lo sabes? —murmuró contra mi cuello, mordiéndomelo.

—De momento no puedes negar que estás más empalmado que en tu vida.

Saqué del bolso un pequeño bote de lubricante y un preservativo; siempre iba preparada para imprevistos que en realidad nunca eran imprevistos. Le puse el condón yo misma, desenrollándoselo por esa polla gorda con la boca, apretándoselo bien en la base. Después me eché una buena cantidad de lubricante en los dedos y me llevé la mano atrás, entre las nalgas, delante de él, sin cortarme.

Me metí un dedo primero, despacio, y solté un gemido bajo. Le clavé los ojos mientras me trabajaba yo sola, abriéndome, metiendo un segundo dedo, luego un tercero. Su mirada era pura electricidad. Tenía la boca abierta y se pasaba la lengua por los labios sin darse cuenta.

—Joder, cómo te abres para mí —murmuró, agarrándome un pecho por encima de la blusa.

—Es que me la vas a meter enterita —le dije al oído—. Y quiero disfrutarla, no dejármela.

Cuando estuve lista, me incorporé un poco, le agarré la polla con la mano, se la coloqué justo ahí y descendí despacio, sintiendo cómo la punta gorda me abría, cómo cedía el anillo primero con un pinchazo, luego con una oleada larga de calor. Fui bajando centímetro a centímetro, aguantando la respiración, hasta que se me hundió del todo y noté sus huevos contra mi culo.

—Joder… qué bien entras —jadeé, con los ojos cerrados—. Qué grande eres, joder.

—No te imaginas cómo estoy yo —respondió, agarrándome del culo con las dos manos—. Me estás apretando entera.

Apoyé las manos en su pecho y empecé a moverme. Al principio lento, marcando yo el ritmo, subiendo hasta casi soltársela y volviendo a tragármela entera, dejándolo sentir cada centímetro. Mi polla, entre nosotros, rebotaba con cada bajada, dura, marcándole un rastro de líquido preseminal en el abdomen.

Él intentaba seguirme, jadeando, los dedos clavados en mis nalgas, abriéndomelas para que se la tragara mejor. Me la metía entera, me la sacaba, me la volvía a hundir hasta el fondo con un ruido pegajoso y obsceno que rebotaba contra los cristales.

—Tienes que… —empezó, y no terminó. Le mordí la oreja, le lamí el cuello, y la frase se le perdió en un gemido.

—Fóllame como un jefe de verdad —le susurré al oído—. Como si me contrataras por horas. Rómpeme el culo, joder.

Eso lo encendió del todo. Me levantó de pronto, con una fuerza que no le había visto, sin sacarla, y me tumbó sobre el escritorio de un solo movimiento, boca abajo primero, con la mejilla aplastada contra la madera. Los papeles volaron, el portátil se tambaleó al borde de la mesa. Me arqueó el culo hacia arriba, me separó las nalgas con las dos manos, se colocó de pie y volvió a entrar, esta vez sin ninguna delicadeza, de una sola embestida hasta el fondo.

—Así —gemí, agarrándome al borde de la mesa—. Justo así, hostia, así.

Me empezó a follar duro, sin tregua, con embestidas largas y secas, sacándola casi entera y metiéndomela hasta los huevos. Cada golpe hacía chocar sus caderas contra mis nalgas con un plaf plaf plaf que llenaba el despacho entero, y cada golpe me arrancaba un gemido roto que ya no me molestaba en disimular.

—Menuda putita me has salido —jadeó él, agarrándome del pelo, tirándome la cabeza hacia atrás—. Con esa carita de niña buena y luego pidiendo que te la metan hasta dentro.

—Más, joder, más fuerte —le rogué—. Rómpeme.

Me soltó el pelo, me giró como si no pesara, y me tiró boca arriba sobre el escritorio, con las piernas abiertas colgando por el borde. Me agarró las corvas, me las levantó, me las abrió hasta que las rodillas me tocaban casi los hombros, y volvió a entrar. Desde ese ángulo la sentía todavía más, más profunda, tocándome ahí dentro justo en el punto que me hacía ver luces.

Me sujetaba de la cadera con una mano y del cuello con la otra, sin apretar, solo marcando que ahora mandaba él. Cada embestida hacía temblar todo lo que quedaba sobre el escritorio. La ciudad seguía ahí afuera, tras el cristal, indiferente, mientras dentro de aquel despacho el mundo entero se había reducido a nosotros dos y al ruido húmedo de una polla entrando y saliendo de un culo hambriento.

—Mírame —le pedí, buscándole los ojos—. No quiero que cierres los ojos. Quiero que veas cómo me corro con tu polla dentro.

Y me miró. Me miró mientras me follaba cada vez más rápido, con la mandíbula apretada y el sudor brillándole en la frente y bajándole por el pecho. Me llevé la mano a la polla, empapada ya de mi propio preseminal, y me la empecé a pajear al ritmo de sus embestidas, apretándomela fuerte, subiendo y bajando la piel con la palma.

Me bastaron unos segundos. Sentí la corriente subir de golpe, desde la próstata que él me estaba masajeando por dentro con cada golpe, hasta la punta. Solté un gemido largo, casi un grito, y me corrí a chorros sobre mi propia blusa blanca, largos hilos espesos de leche que me salpicaron el cuello, la barbilla, hasta el borde de los labios.

—Joder, joder, cómo te corres, joder —masculló él, sin dejar de embestir, mirando cómo mi polla seguía escupiendo entre sus dedos.

—Córrete dentro —le dije, con la voz rota, chupándome un dedo lleno de mi propio semen—. Quiero sentirlo. Lléname.

Él obedeció. Empujó dos, tres, cuatro veces más, cada vez más rápido, cada vez más profundo, y a la quinta se quedó clavado hasta el fondo, con los ojos cerrados y la boca abierta, y dejó escapar un gemido grave, salvaje, mientras todo su cuerpo se sacudía sobre el mío. Sentí su polla latir dentro, engordar todavía un poco más, y cómo se vaciaba en sacudidas contra el látex, con esos espasmos secos que le arrancaban un jadeo con cada uno.

Nos quedamos así, encajados, respirando agitados, con la luz de la tarde tiñendo de naranja la pared de cristal y una capa de sudor pegándonos las pieles.

***

Salió despacio y se tuvo que sentar, la polla todavía dura, el condón lleno colgando pesado. Tardó un buen rato en recuperar el habla. Yo me senté en el borde del escritorio, con la falda arrugada por la cintura, el semen mío secándoseme en la blusa, y me recoloqué el pelo con una calma deliberada, mientras él se dejaba caer en la silla con la camisa todavía en el suelo.

—No tengo ni idea de qué acaba de pasar —dijo al fin, pasándose una mano por el pelo.

—Ha pasado una entrevista —respondí, recogiendo mi bolso—. Tú dirás qué tal lo he hecho.

Soltó una carcajada incrédula, todavía sin aliento. Se levantó, se acercó y me dio un beso lento, distinto a todo lo anterior, casi tímido para lo que acabábamos de hacer. Se saboreó a sí mismo en mis labios, se saboreó a mí, y no le importó. Luego me sostuvo la mirada un segundo de más.

—¿Te llamo mañana para lo del contrato? —preguntó.

—Llámame cuando quieras —dije, ya en la puerta, con una última mirada por encima del hombro—. Pero que no sea solo por el contrato.

Salí del despacho con el mismo paso lento con el que había entrado, sintiendo aún su mirada clavada en mi espalda y el reguero de su corrida escurriéndoseme por dentro del muslo pese al condón. El recepcionista volvió a bajar los ojos cuando pasé. Esta vez le dediqué una sonrisa entera, con los labios pintados corridos y una mancha de leche seca en el escote que él fingió no ver.

Sabía que el teléfono iba a sonar. Y sabía, también, que aquella no iba a ser la última vez que cruzara esa puerta de cristal.

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Comentarios(6)

NataliaPBA

Dios mio que final!!! me quede con la boca abierta jajaja, muy original

Torino_lect

Buenisimo, por favor segui con la historia, quiero saber como termina todo eso

CuriosaK

Me encanto como esta narrado, se siente tan real... Una de las mejores cosas que lei esta semana. Segui escribiendo!

PampeanoK

Tremendo morbo toda la situacion de la entrevista jaja, el tipo no sospechaba nada

Skarlet

Me hizo acordar a ciertas situaciones que uno vive y no olvida tan facil. Bien escrito, sin vulgaridades innecesarias.

RosarioLeeds

Hay segunda parte? porque quede muy colgada al final jajaja

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