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Relatos Ardientes

La tarde que me arreglé para un desconocido

Me llamo Bianca cuando me visto así, aunque ese nombre no figure en ningún documento mío. Cada tantas semanas me vuelve la misma fiebre: se me sube lo descarado por dentro, una calentura que no se calla sola y que no se baja hasta que la dejo salir. No es algo que yo decida. Llega, me ocupa entera y exige ser atendida. Y esa tarde, cuando volví del trabajo con el cielo ya naranja, supe que tocaba rendirme otra vez.

Me encanta esta etapa secreta, la del clóset y el espejo, la de la mujer que nadie sospecha que vive en mí. Dejé el bolso tirado en la entrada, me desnudé sin prisa y me metí a la ducha con un plan claro en la cabeza. Me rasuré el cuerpo entero, centímetro a centímetro, con especial cuidado alrededor del culo por lo delicada que es esa zona y porque quería quedar perfectamente suave ahí, sin un pelo que le raspara la lengua o los dedos a nadie. Pasé la mano por mis piernas para comprobar que no quedara ni un solo vello, y la piel respondía lisa, lista. De paso me metí un dedo enjabonado en el ano, girándolo despacio, acostumbrándome a la intrusión, imaginando lo que le esperaba a ese agujero unas horas más tarde.

Salí del baño y me paseé desnuda por el departamento, dejando que el aire me secara mientras me untaba crema en todo el cuerpo. Olía a coco y a algo dulce. Cuando estuve seca del todo, empecé el ritual de verdad: una tanga negra ajustadísima que se me metía entre las nalgas, un sostén negro de encaje, media copa y broche al frente, que levantaba lo poco que tengo y lo hacía parecer mucho más. Un liguero violeta, todavía sin medias. Unas sandalias finas de tiritas que me estilizaban el tobillo.

Frente al espejo me pinté los labios de un rojo intenso, me delineé los ojos con mano firme y me acomodé una peluca de rizos largos que me caía hasta media espalda. Me miré. Ya no era yo. Era ella, era Bianca, y ella estaba lista para abrir la puerta y dejarse coger.

Tengo que confesar el porqué de tanto arreglo. Llevaba semanas chateando con un hombre. Mensajes largos, fotos a medias, promesas de la polla que tenía y de todo lo que me iba a hacer con ella. Esa misma mañana, por fin, los dos nos habíamos animado a algo más que palabras: vendría a mi casa. Lo había invitado yo, con un atrevimiento que ahora me parecía ajeno, y la hora se acercaba sin remedio.

Estaba nerviosa. No, estaba aterrada. No sabía qué esperar, no sabía qué iba a hacer cuando lo tuviera enfrente, si me iba a salir la voz o me iba a quedar muda como una tonta. Para calmarme decidí ponerme más guapa todavía. Saqué del clóset un mini vestido negro, abierto a los lados casi hasta la cintura, y me lo deslicé por encima de la lencería. El espejo me devolvió a una mujer que parecía saber exactamente lo que quería. Ojalá yo lo supiera.

Y entonces tocaron a la puerta.

Se me revolvió todo por dentro, una mezcla de miedo y de excitación adelantada que me dejó las piernas flojas y la tanga húmeda entre las nalgas. Por un segundo pensé en no abrir, en quedarme quieta y dejar que se cansara y se fuera. Pero el teléfono vibró: estoy afuera, ¿abrís? No había vuelta atrás. Respiré hondo, caminé hasta la puerta sintiendo cada paso, y la abrí.

Él me recorrió con la mirada de arriba abajo, despacio, sin disimular, y se detuvo un rato largo en mis tetas y en el contorno del liguero que se marcaba bajo el vestido.

—Hola, corazón. Qué hermosa estás —dijo, y la voz le salió ronca—. Me vas a hacer acabar antes de tocarte.

No pude responder nada. Solo sonreí y bajé la mirada con esa coquetería que se hace sola cuando una se siente deseada. Me hice a un lado para dejarlo pasar y lo invité a sentarse en el sofá. Tomé asiento a su lado, tan cerca que sentía el calor de su cuerpo, y él enseguida me puso la mano en la rodilla y empezó a acariciarme.

Esa caricia me encendió de golpe. Su mano era grande y tibia, subía y bajaba por mi muslo desnudo con una calma que me desesperaba. Me quedé quieta, dejándome hacer, mordiéndome el labio para no soltar un gemido demasiado pronto. La mano trepó hasta el liguero, hasta el borde de la tanga, y con dos dedos me la corrió a un lado y me acarició el coño depilado. Estaba empapada. Se rió por lo bajo.

—Mirá cómo estás, puta. Ya chorreás sin haber hecho nada.

La palabra me sacudió entera. Metió un dedo, después dos, y me los empezó a bombear despacio mientras con el pulgar me apretaba el clítoris en círculos lentos. Yo abría más las piernas, buscándolo, moviendo la pelvis contra su mano, mordiéndome los nudillos para no gritar.

—Quiero verte caminar —murmuró de pronto, sacándome los dedos y llevándoselos a la boca para chuparlos—. Levantate. Caminá para mí.

La orden me prendió todavía más, si eso era posible. Me sentí una mujer de verdad, una hembra sexy con un público de uno solo. Me puse de pie y caminé lo más despacio y lo más provocativa que pude, exagerando el contoneo de las caderas, sintiendo su mirada clavada en mi trasero. Di un par de vueltas por el living, como una modelo en una pasarela privada, y finalmente me planté frente a él, abierta de piernas, en una invitación muda a que me tocara donde quisiera.

No se hizo de rogar. Me tomó de las nalgas con las dos manos y me atrajo hacia él.

—Me gustás mucho —dijo contra mi vientre, mientras me subía el vestido lentamente, descubriendo el liguero, la tanga, todo lo que había preparado para él—. Sentate enfrente. Quiero mostrarte lo que tengo para vos.

Me senté en el borde del sofá, frente a él, con el corazón a mil.

—¿Querés ver la verga que te va a partir esta noche? —preguntó, llevándose la mano al pantalón.

Estaba tan caliente que no pensaba en otra cosa. Asentí sin dudar. Él se bajó el cierre despacio, disfrutando mi impaciencia, se abrió el pantalón y sacó una polla enorme, mucho más grande de lo que yo había imaginado, gruesa, venosa, dura como un fierro y con la punta ya brillando de líquido. La miré y sentí una mezcla de respeto y de ganas locas de tenerla dentro. Más que miedo, lo que tuve fue una expectativa enorme, una urgencia por probarla entera, por sentir hasta dónde me podía llegar.

Bajé de a poco hasta arrodillarme entre sus piernas. Puse las dos manos sobre él y empecé a acariciarlo de arriba abajo, sintiendo cómo la polla le latía contra mis palmas y cómo se le tensaban los huevos pesados que le colgaban debajo. Me agaché y le lamí primero las bolas, una y otra, chupándoselas enteras dentro de la boca, tirando suave con los labios. Él me agarró la peluca por la nuca y me guió hacia arriba, hasta la punta.

—Abrí la boca, puta. Chupámela como sabés.

Acerqué la boca, pero no me cabía, todavía no. Empecé por la punta, besándola, lamiéndola alrededor del glande, hundiendo la lengua en la ranurita donde asomaba el pre‑semen. Después abrí la mandíbula todo lo que podía y me la metí de a poco, con la mano en la base para lo que me quedaba afuera. La subía y la bajaba, girándola despacio, chupando fuerte al salir, dejando que un hilo de saliva se me cayera hasta la barbilla.

Me la metí más de lo que aguantaba y sentí que la punta me golpeaba la garganta y me hacía ahogar, pero resistí unos segundos con los ojos llenos de lágrimas antes de sacármela tosiendo y volver a intentarlo. Una y otra vez, ganando un poco más cada vez. Él me sostenía la cabeza y empujaba las caderas hacia arriba, cogiéndome la boca a su ritmo, haciéndome tragar entera esa verga que me hinchaba los cachetes.

—Así, tragátela toda. Sos una mamona hermosa.

Seguí así un buen rato, con saliva y baba chorreándome por el mentón hasta las tetas, con el rímel corrido, con la mandíbula ardiéndome, hasta que casi entera empezó a entrar sin tanto esfuerzo. Le lamía las venas, le mamaba las bolas mientras se la masturbaba con las dos manos, se la volvía a meter hasta el fondo. Se le escapaban gruñidos cada vez más seguidos y yo sentía que se le hinchaba en la garganta, pero no quería que se corriera todavía, no ahí.

Y mientras se la mamaba, pensaba en lo que vendría después. Si mi boca había logrado domar esa polla, mi culo iba a tener que hacer lo mismo con todo ese animal. La sola idea me hacía apretar los muslos y sentir cómo se me contraía el ano en anticipación.

—Ponete en cuatro —ordenó, separándose y mirándome con una sonrisa torcida, con la verga apuntándome a la cara, chorreando saliva mía—. Te voy a enseñar lo que es que un macho de verdad te reviente el culo.

El ano se me estremeció solo de imaginarlo. Me subí al sofá, me puse en cuatro patas y me bajé la tanga hasta los muslos, ofreciéndole el culo levantado. Alcancé el lubricante que había dejado a mano, me eché un chorro generoso entre las nalgas y, con los dedos, me abrí yo misma para él, separándome los cachetes, mostrándole el agujerito apretado y brillante, sin pudor.

—Mirá cómo se te frunce, hija de puta. Se te está haciendo agua.

Él se acomodó detrás. Primero pasó la punta entre mis nalgas, deslizándola de arriba abajo con toda la baba mía y el lubricante, rozándome el ano sin entrar, y esos repegones me daban un placer eléctrico que me hacía arquear la espalda y morder el respaldo del sofá. Quería más. Empujé hacia atrás, buscándolo, pidiéndolo sin palabras.

—Tranquila —se rió, dándome una palmada seca en la nalga que me dejó la piel ardiendo—. Ya va. Te la voy a meter tan hondo que la vas a sentir en la panza.

Apoyó la cabeza de la verga contra mi entrada y empezó a presionar de a poco. Sentí cómo el glande me forzaba el aro, cómo el ano se resistía y después cedía con un ardor que me cortó el aire. Entró un par de centímetros y se detuvo, dejándome sentir el ardor y la dilatación, dándome tiempo. Después un poco más, y otra pausa. Yo respiraba hondo, relajándome, aceptando cada tramo de esa carne dura que me abría por dentro. Tardó, pero supo esperar. Y cuando mi cuerpo por fin cedió, me la metió entera, hasta el fondo, todo el largo y todo el grosor, hasta que sentí sus huevos golpeándome el coño y sus pelos raspándome las nalgas.

Solté un gemido largo, animal, que ni reconocí como mío.

—Ay, la puta madre… qué culo apretado tenés.

Empezó el vaivén, lento al principio, sacándomela casi entera y volviendo a hundírmela despacio, ganando ritmo de a poco. Me cogía riquísimo, con la seguridad de alguien muy hecho a esto, de un hombre que ya había roto muchos culos como el mío y sabía exactamente cómo. Cada embestida me sacudía entera y me arrancaba un gemido ronco. Yo apretaba el ano a propósito cada vez que él salía, para sentirlo mejor al volver a entrar, y él soltaba gruñidos de placer que me calentaban todavía más.

Me fue cambiando de posición sin sacármela del todo. Me puso una pierna sobre su hombro y entró más profundo, dándome estocadas largas que me llegaban al alma. Me giró de costado, con las piernas juntas para apretarlo más, y me embistió desde ese ángulo, mordiéndome el cuello y agarrándome las tetas por encima del sostén. Me dobló boca abajo contra el sofá, con el culo levantado y la cara aplastada contra el cojín, y me clavó sin tregua, con todo su peso encima, cogiéndome como se coge a una perra en celo. El sonido de sus caderas chocando contra mis nalgas llenaba todo el living, un chas chas obsceno que se mezclaba con mis gemidos ahogados.

—Decime que te encanta que te rompan el culo. Decilo.

—Me encanta… me encanta que me rompas el culo, dame más, más fuerte, papi, así…

Después me levantó del torso y me sentó sobre él, empalándome a horcajadas, dejando que su propio peso me hundiera hasta el fondo. Yo me agarraba del respaldo, montándolo, saltando sobre esa verga, sintiendo cómo me abría a cada bajada. Él me chupaba las tetas por encima del encaje, me mordía los pezones, me manoseaba el coño con dos dedos mientras me cogía el ano, dándome un doble placer que me hacía ver estrellas. Perdida por completo. Gritaba, gemía, decía cosas que no recordaría después, obscenidades que me salían solas: puta, cógeme, más, todo tuyo. Los ojos se me iban para atrás y la cabeza se me iba a otro mundo, a algún lugar que solo existe en esos minutos en que una deja de ser persona y es puro cuerpo y puro deseo, puro agujero abierto para el hombre.

—Así, así —jadeaba él, marcándome el ritmo con las manos en mis caderas, ayudándome a bajar de golpe—. No pares. Me vas a hacer acabar dentro de ese culo cochino.

No paré. No habría podido aunque hubiera querido. Sentía un orgasmo trepándome desde el coño hasta la garganta, el clítoris a punto de explotar entre sus dedos. De repente todo se me sacudió, apreté el culo alrededor de su polla y me corrí encima de él con un grito largo, temblando entera, chorreándole la mano de flujo.

Él me sostuvo contra su cuerpo y aceleró hasta lo imposible, embistiéndome de abajo hacia arriba cada vez más fuerte, hasta que lo sentí tensarse entero, agarrarme las caderas con fuerza y explotar dentro de mí en varios chorros tibios de semen. Fue la locura. Sentí su verga hincharse con cada descarga, latiendo dentro de mi ano, vaciándose una y otra vez, llenándome de leche. Perdí la cuenta de cuántas veces se derramó. Mi cuerpo lo recibió todo, agradecido, como si para eso me hubiera arreglado tanto.

Se quedó quieto unos segundos, respirando contra mi nuca, con la polla todavía enterrada en mí, todavía dura. Después se retiró despacio y sentí cómo un hilo de su corrida se me escapaba por el culo dilatado y me chorreaba hasta los muslos.

Me dio vuelta para que quedara mirándolo y, sin decir nada, se acercó a mi cara con la polla brillando de lubricante, de semen y de mí. Entendí la orden antes de que la dijera. Abrí la boca y lo recibí de nuevo, sin asco, limpiándola con la lengua, saboreando la mezcla, besándola, chupándola despacio, entera, de la base a la punta. Le lamí los huevos otra vez, le pasé la lengua por el tronco, le metí la punta en la boca y aflojé la garganta para que pudiera moverse. Él me agarró la peluca con las dos manos y me la empezó a coger de nuevo, ahora sin cuidado, embistiéndome la garganta hasta hacerme lagrimear.

—Voy de nuevo, puta. Sacala. Quiero mancharte la cara.

La saqué justo a tiempo y se la masturbé rápido, con la boca abierta y la lengua afuera, apuntándomela. Se corrió una segunda vez, esta vez en mi cara, en chorros calientes que me golpearon la frente, la mejilla, la lengua, los labios. Un poco cayó sobre mis tetas todavía apretadas en el encaje negro. Me lamí lo que me llegó a la boca y pasé el dedo por lo que me chorreaba del mentón para llevármelo también.

Me encantó sentirme así, marcada, manchada, con el rostro y la boca llenas de él, con el semen tibio resbalándome por el cuello. Me sentí mujer del todo, una mujer capaz de hacer acabar a un hombre de esa manera, dos veces, sin que él moviera apenas un dedo la segunda. Cerré los ojos y disfruté ese instante como un trofeo, con la polla suya todavía apoyada contra mis labios pintados de rojo corrido.

Terminamos y nos quedamos un rato tirados en el sofá, recuperando el aliento, con las piernas enredadas, con su mano perezosa acariciándome una nalga colorada por sus palmadas. No hablamos mucho. No hacía falta.

Cuando se vistió para irse, se inclinó y me dio un beso en una nalga, como una firma, como una promesa.

—Te llamo —dijo desde la puerta.

Y lo cumplió. Pero esa segunda vez, la de cuando me volvió a buscar y me volvió a coger igual o mejor que aquella tarde, es otra historia. Una que también vale la pena contar.

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Comentarios(7)

FlordeSal

tremendo!! me dejo sin aliento

MirandaGzz

Que nervios y que morbo al mismo tiempo. Lo contas muy bien, se siente real

Fabri_23

Por favor la continuacion!!! Quede con ganas de saber como termino todo

SilviaMza

me encanto como lo escribis, esa tension del principio es lo mejor. seguí publicando!

Marianela_1987

Me recordo a cuando yo tambien me prepare esperando a alguien, esa mezcla rara de nervios y ganas que no te deja quieta. Lo capturaste muy bien, espero mas relatos

el_pote33

corto pero que picante, muy bueno!

Sandrita_99

lo lei de noche y me quede pensando un rato. muy bueno

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