Salí de hombre y entré al hotel hecha mujer
Aquel 14 de febrero no tenía planes de pareja, ni cena romántica, ni nada que se le pareciera. Tenía algo mejor entre manos: ganas. Llevaba semanas conectándome a uno de esos chats donde una se busca lo que el día a día no le da, y esa tarde, entre decenas de mensajes vacíos, apareció él. Se presentó como activo, directo, sin rodeos ni poesía barata. Me gustó eso. No estaba para que me cortejaran, estaba para que me desearan.
Cruzamos un par de frases y enseguida quedamos en vernos esa misma noche. No había foto de por medio, ni promesas de amor eterno, solo dos personas con hambre y una dirección. A veces eso es todo lo que hace falta. Le di mi dirección y acordamos que pasaría por mí cerca de las once y media.
Las horas previas se me hicieron eternas. Me di un baño largo, perfumándome cada rincón, y después me dediqué a prepararme con la paciencia de un ritual. Me pinté las uñas de un rojo oscuro, elegí la ropa interior con cuidado, esa que me hace sentir poderosa, y me miré largo rato en el espejo. Esta noche soy quien quiero ser, pensé, pasándome las manos por las caderas. La piel me hormigueaba de pura anticipación, y entre las piernas ya empezaba a sentir ese cosquilleo que anuncia una buena noche.
Hubo un detalle que le aclaré antes de cortar el chat, porque no quería sorpresas para ninguno de los dos. Le escribí que saldría de mi casa vestida de hombre, discreta, para no llamar la atención de los vecinos, pero que en cuanto cruzáramos la puerta del hotel me transformaría en toda una mujer. Él respondió con un simple «me encanta», y esas dos palabras me dejaron temblando de impaciencia.
Puntual, su auto apareció en la esquina pasadas las once y media. Bajé sin apuro, con el corazón galopándome en el pecho. Pero apenas me acerqué, algo me frenó. El coche tenía la insignia de una dependencia oficial pintada en la puerta, de esas que una no espera ver en una cita clandestina. Me subí con un nudo en el estómago, repasando todas las advertencias que una mujer como yo escucha desde siempre.
—Tranquila, no muerdo —dijo él al notar mi rigidez.
Se llamaba Andrés, o al menos eso me dijo, y tenía una voz grave que contrastaba con sus manos, que apretaban el volante con nerviosismo. No soy la única asustada aquí, me di cuenta, y esa idea, curiosamente, me calmó. Lo miré de reojo: rondaría los cuarenta, vestía sencillo, con una camisa que olía a recién planchada, como si se hubiera arreglado para la ocasión. Ese pequeño gesto me enterneció más de lo que esperaba.
Empezamos a platicar de tonterías para romper el hielo: cuánto tiempo llevábamos en el chat, qué buscábamos, las citas que habían salido bien y las que habían sido un desastre. Él hablaba poco, contestaba justo y volvía a callarse, pero cuando lo hacía me miraba de una manera que decía mucho más que sus palabras. Poco a poco, el nudo de mi estómago se fue aflojando y dejé que la curiosidad le ganara al miedo.
—¿Compramos unas cervezas para el cuarto? —propuso, y a mí me pareció una idea estupenda para soltarnos del todo.
Paramos en una tienda de la avenida y volvió con un six de latas frías. Mientras manejaba rumbo al centro, lo noté cada vez más callado, con la mirada clavada en el asfalto. Para aflojar la tensión, decidí jugar un poco. Bajé la voz hasta volverla un murmullo y le pregunté, con toda la naturalidad del mundo, de qué tamaño la tenía.
Soltó una risa nerviosa y, para mi sorpresa, fue completamente sincero.
—No es grande —admitió, encogiéndose de hombros—. Nunca he sido de presumir eso.
Su honestidad me gustó más que cualquier fanfarronería. Estaba harta de hombres que prometían un mundo y entregaban menos que nada. Que un desconocido me dijera la verdad antes siquiera de tocarme me pareció, en su rareza, algo muy excitante.
***
Llegamos a un hotel de paso cerca del centro, de esos discretos donde nadie pregunta nada. Subimos al cuarto y, en cuanto la puerta se cerró a nuestras espaldas, dejé atrás al hombre con el que había salido de casa. Me solté el cabello, me retoqué los labios y dejé que la mujer que llevaba dentro tomara por completo el control de la escena.
Me tomé mi tiempo para la transformación, consciente de que él no me quitaba los ojos de encima. Saqué del bolso el labial, el rímel, los aretes que había elegido esa tarde, y fui armando frente al espejo a la mujer que de día tengo que esconder. Cada gesto era una pequeña declaración. Mírame bien, pensé, así soy cuando nadie me obliga a fingir. Sentí su mirada recorrerme las piernas, la curva de la espalda, y supe que ya lo tenía rendido antes siquiera de tocarlo.
Andrés me miraba desde el borde de la cama como si no terminara de creer lo que veía. Empezó a desvestirse despacio, prenda por prenda, y cuando se bajó la ropa interior confirmé lo que me había advertido en el auto: la tenía pequeña, modesta, nada que ver con las exageraciones del chat. No me importó en absoluto. Lo que iba a hacer con ella dependía mucho más de sus ganas que de su tamaño.
Me recosté en la cama, lo atraje hacia mí y empecé a recorrerlo con la boca. Lo hice con calma, saboreando cada reacción, sintiendo cómo su nerviosismo del auto se derretía bajo mi lengua. No tenía prisa. Quería que perdiera la cabeza, que se olvidara de la insignia del coche, de la hora, de todo lo que no fuera mi boca trabajándolo despacio. Respondió enseguida, arqueándose, soltando suspiros que me decían que iba por buen camino. Así me gusta, que tiemble por mí, pensé mientras lo sentía endurecerse entre mis labios.
Mientras seguía, levanté la vista para verle la cara. Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta, las manos crispadas sobre las sábanas. Verlo así, entregado y vulnerable, me encendía tanto como cualquier caricia. Hay un poder enorme en sostener a un hombre en ese filo, y yo lo estaba disfrutando cada segundo, alargando el momento todo lo que podía.
—Déjame a mí —murmuró con la respiración entrecortada.
Me pidió permiso para probar otra cosa, y cuando se lo concedí, separó mis piernas y bajó hasta mi entrada con la lengua. Lo hizo con una dedicación que no esperaba de alguien tan tímido al volante. Una corriente me subió por la espalda y se me escapó un jadeo largo, hondo, de esos que una no finge. Aquel hombre callado y nervioso resultó tener una boca generosa.
De ahí pasamos a un sesenta y nueve que nos dejó a los dos jadeando. Nos entregamos al mismo tiempo, dándonos placer sin tregua, las manos buscando, las bocas ocupadas. Sentir su lengua mientras yo lo tenía en la mía creaba un círculo de placer que se retroalimentaba, cada gemido suyo me arrancaba uno a mí, y los dos perdíamos el control a la par. La habitación se llenó de un calor pegajoso y del sonido de nuestras respiraciones. Estábamos los dos al rojo vivo, y yo sentía que la noche por fin empezaba a darme lo que había salido a buscar.
***
Cuando ya no aguantábamos más, me pidió algo que no pude darle. Quería que yo lo penetrara a él. Negué con la cabeza, casi con ternura, y le expliqué que soy pasiva, que mi lugar en la cama es otro. Lo intentamos un instante, sin éxito; apenas entró un poco y los dos entendimos que por ahí no íbamos a ningún lado.
—Entonces déjame a mí —dije, y me acomodé boca arriba, abriéndome para él.
Le sugerí que usara lubricante, porque la prisa nunca es buena consejera, y él obedeció con cuidado. Se colocó entre mis piernas y empujó despacio. Lo sentí entrar, modesto pero firme, y por un momento creí que aquella noche llegaría exactamente adonde yo quería. Cerré los ojos, me aferré a sus hombros y me preparé para el viaje.
El viaje, sin embargo, fue cortísimo. A los pocos embates, Andrés se tensó, gimió contra mi cuello y se vino con una rapidez que me dejó a mitad de camino. Se desplomó sobre mí, agitado, mientras yo me quedaba con el cuerpo encendido y el deseo todavía latiéndome entre las piernas. No, así no, pensé, con una frustración que intenté disimular.
No le reproché nada. No tenía sentido. Le acaricié la espalda mientras recuperaba el aliento y dejé que el silencio hiciera su trabajo. Por dentro, eso sí, seguía insatisfecha, con esa sensación amarga de quedarse a las puertas de algo que prometía mucho más.
***
En el trayecto de regreso, Andrés volvió a ser el hombre nervioso del principio. Cada pocas cuadras me preguntaba, casi con culpa, si lo había disfrutado, si había quedado satisfecha, si todo había estado bien. Le mentí, claro. Le dije que sí, que había sido delicioso, porque a veces la verdad sobra y un poco de amabilidad no le hace daño a nadie.
—¿Nos vemos otra vez? —preguntó al detener el auto frente a mi casa.
Acepté. Quedamos para el viernes siguiente, y mientras bajaba del coche y lo veía alejarse con la insignia oficial brillando bajo las luces de la calle, una parte de mí guardó una pequeña esperanza. Tal vez con menos nervios, con más confianza, esa segunda cita sí me daría lo que esta noche me había negado.
Subí a mi casa, me desmaquillé despacio frente al espejo y volví a ser, poco a poco, la persona discreta que mis vecinos conocen. Pero por dentro seguía vibrando esa otra mujer, la del hotel, la que se atreve. El viernes, me prometí mientras apagaba la luz, el viernes será distinto. Y me dormí con esa promesa entre los labios, deseando ya que llegara.