Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que la transexual me hizo en aquel hotel

Después de aquel primer encuentro no podía pensar en otra cosa. Había contratado a Mariela un par de meses antes, y aunque entonces ella vino acompañada de otro hombre y nunca llegó a haber nada explícito entre nosotros, algo me quedó dando vueltas durante semanas. Lo que más recordaba era la forma en que sus dedos me habían explorado el culo, esa estimulación que yo jamás me había permitido y que terminó por descolocarme por completo. Cada vez que me la pajeaba en la ducha volvía a esa imagen: ella metiéndome un dedo hasta los nudillos mientras el otro tipo me la chupaba, y yo corriéndome como nunca en mi vida sobre las tetas de los dos.

Llené el vacío de esas semanas con curiosidad y un poco de vergüenza. Cada vez que cerraba los ojos volvía a la misma imagen, así que una tarde, casi sin pensarlo, le escribí. Le dije que quería repetir, pero esta vez los dos solos. Y le pedí que trajera todo lo que tuviera: juguetes, cuerdas, consoladores, lo que fuera. Le confesé que me había gustado demasiado que me metiera los dedos por el culo y que quería ir mucho más lejos, que quería que me abriera de verdad.

—¿Estás seguro de hasta dónde quieres llegar? —me preguntó por mensaje—. Porque si me das carta libre, te voy a destrozar el culo.

—No tengo idea —respondí con sinceridad—. Quiero que decidas tú. Hacé conmigo lo que quieras.

Hubo una pausa larga antes de que contestara con la dirección de un hotel y una hora.

***

El cuarto era de esos sin personalidad: cortinas gruesas, una cama demasiado grande, el zumbido constante del aire acondicionado. Llegué antes y esperé sentado en el borde del colchón con las manos sudadas y la polla ya media dura contra el pantalón, como un adolescente. Cuando Mariela tocó la puerta, mi corazón ya estaba acelerado.

Entró con una cartera pequeña y un bolso negro de tela que dejó sobre la cama sin decir mucho. Era todavía más imponente de lo que recordaba: alta, segura de cada movimiento, con unas tetas grandes que se le adivinaban bajo el vestido y una sonrisa que parecía saber de antemano todo lo que iba a pasar.

—Voy a ducharme —dijo, y desapareció en el baño.

Me quedé mirando el bolso. La curiosidad me tiraba, pero no me atreví a abrirlo. Cuando salió, envuelta apenas en una toalla que dejaba ver el nacimiento de sus pechos y los muslos gruesos, se acercó y me sostuvo la mirada.

—¿Qué quieres exactamente hoy? —preguntó.

—Quiero que uses mi cuerpo como nadie lo ha hecho —dije, y la voz me salió más temblorosa de lo que esperaba—. Quiero que me abras el culo, que me hagas lo que se te antoje.

Sonrió de lado, como si esa frase le diera permiso para todo. Me pidió el pago por adelantado y se lo entregué sin discutir. Luego, con una calma que me ponía más nervioso que cualquier prisa, me indicó que me desnudara.

Lo hice. Ella dejó caer la toalla al mismo tiempo, y por un instante me quedé sin saber dónde mirar, atrapado entre la timidez y un deseo que ya no sabía disimular. Tenía unas tetas enormes con los pezones oscuros y erguidos, el coño depilado a los costados dejando una franja de vello prolijo, y una cadera ancha que le daba un aire imposible de ignorar. Mi polla se puso dura al instante, apuntándole directo.

—Ya veo que estás listo —dijo, mirándome la verga con una sonrisita—. Bueno, vamos a arreglar eso.

***

—Acuéstate —ordenó, dando una palmada suave sobre el colchón.

Obedecí. Del bolso sacó dos cuerdas de algodón, gruesas y suaves al tacto. Me ató las muñecas a los barrotes de la cabecera, una a cada lado, probando los nudos con cuidado para asegurarse de que no me lastimaran pero tampoco cedieran. Después colocó una almohada bajo mi espalda baja, me hizo levantar las piernas y, con otra cuerda, sujetó cada tobillo a la muñeca del mismo lado.

Quedé completamente expuesto. Boca arriba, las piernas abiertas y elevadas, el culo levantado y ofrecido, la polla dura contra el vientre y los huevos colgando a la vista. Sin más margen de movimiento que doblar apenas las rodillas. Tirar de las cuerdas no servía de nada, y esa sensación de no poder hacer nada me recorrió la espalda como una corriente.

—Mírate —murmuró, paseándose alrededor de la cama—. Con el culito bien abierto para mí. Qué puta que sos, tan dispuesto.

Empezó a hablarme bajito, al oído, diciéndome cosas que me hacían arder la cara. Me describía con detalle todo lo que pensaba meterme por el culo, cómo me iba a dilatar hasta que le rogara que parara, cómo me iba a usar la boca como si fuera un coño más, y me prometía, con una crueldad juguetona, que cuando terminara me iba a dejar así, atado y con el ojete abierto de par en par, para que el personal de limpieza me encontrara. No supe si lo decía en serio, y precisamente esa duda me encendía más. Mi verga latía contra el vientre, chorreando ya una gotita transparente por la punta.

Ella lo notó al instante.

—Así no —dijo, negando con la cabeza—. Con la polla parada no vamos a empezar. Hoy no te vas a correr como se te canta.

Tuve que pensar en cualquier otra cosa, mirar el techo, contar las grietas del cielorraso, hasta que poco a poco mi cuerpo volvió a la calma y la verga se me fue bajando, quedando blanda contra los muslos. Solo entonces sacó del bolso una pieza de plástico rígido, una especie de jaula con un candado pequeño. La reconocí por internet, aunque nunca había usado una. Con una delicadeza que contrastaba con todo lo demás, me la colocó, encerrando mi polla flácida dentro del plástico transparente, y cerró el candado con un clic seco.

Ahora sí que no hay vuelta atrás, pensé, sintiendo el peso frío del metal y la pérdida total de control sobre mi propia verga.

***

El juego empezó despacio. Se subió a la cama y me besó, primero la boca, con la lengua entrando profundo y jugando con la mía, después el cuello, mordiendo apenas, dejando marcas rojizas que sabía que iban a durar días. Bajó por el pecho, atrapó uno de mis pezones entre los dientes y tiró hasta que me arqueé contra las cuerdas. Luego se acomodó sobre mí en una posición invertida, en un sesenta y nueve al revés, de modo que su coño quedaba a centímetros de mi cara mientras su boca rozaba la jaula que me aprisionaba la polla.

Podía olerla desde ahí, ese aroma cálido y húmedo, y ver cómo los labios de su coño se le abrían un poco por el peso de la postura, brillantes ya de excitación. Quise sacar la lengua para alcanzarla, pero ella se corrió apenas, dejándome a la vista y sin acceso.

—Ni se te ocurra —murmuró—. Esa boca la voy a usar yo cuando quiera.

Pasó la lengua por encima del plástico de la jaula, sabiendo que no podía sentir casi nada, que ese era justo el punto. Mi verga trataba de crecer dentro del cascarón y no podía, apretándose contra las paredes rígidas hasta doler. Al mismo tiempo, uno de sus dedos, mojado con su propia saliva, comenzó a trazar círculos lentos alrededor de mi ojete, sin presionar, solo insinuándose. La frustración y el placer se mezclaban de una forma que no había experimentado nunca.

Cambió de posición. Se arrodilló entre mis piernas abiertas y bajó la cabeza. Su lengua reemplazó al dedo, húmeda y caliente, y yo solté un gemido que no pude contener. Sentí su lengua puntiaguda dando vueltas alrededor de mi agujero, mojándomelo entero, y después empujando contra el centro, entrando apenas, saliéndose, volviendo a entrar. Tiré de las cuerdas por puro instinto. Nadie me había comido el culo antes y la sensación era mil veces más intensa de lo que me había imaginado en las pajas mentales. Ella se tomó su tiempo, alternando la lengua con la presión suave de la yema del dedo, ensalivándome todo, hasta que noté cómo, muy de a poco, el dedo empezaba a entrar en mí, deslizándose por la primera falange, después la segunda, hundiéndose entero.

—Relajate —me dijo, moviéndolo en círculos por dentro—. Lo estás haciendo bien, puto. Abrí bien ese culito para mí.

Su dedo avanzó más, buscando dentro hasta que dio con algo, un punto que me hizo pegar un respingo y ver estrellas. Empezó a masajearlo con la yema, y mi verga, atrapada en la jaula, se puso a chorrear líquido pre por sí sola, sin que yo pudiera hacer nada, un hilo transparente que goteaba entre las rejillas del plástico. Su boca subió hasta mis testículos, atrapándolos con una succión que era placentera y dolorosa a la vez, chupándolos, uno primero y después los dos juntos dentro de su boca caliente. Grité varias veces que se detuviera, no porque quisiera que parara de verdad, sino porque la intensidad me sobrepasaba. Ella se rió bajito contra mi piel, y la vibración de esa risa contra mis huevos me hizo estremecer entero.

—Apenas estamos empezando, mi amor. Te queda mucho por aguantar.

Metió un segundo dedo. Sentí el estiramiento, esa quemazón dulce, y me obligué a respirar hondo. Los dos dedos empezaron a moverse dentro de mí en tijera, abriéndome, y yo no podía dejar de gemir como una hembra, tirándole del culo a la cara del que me mira desde la posición atada. Mi ojete, que hasta esa tarde había sido un territorio virgen, se estaba entregando por completo.

***

Del bolso sacó un tapón de silicona, de tamaño mediano, nada exagerado pero con una base ancha y un cuerpo redondeado que a mí, desde donde estaba, me pareció enorme. Lo cubrió de lubricante con paciencia, chorreándole el gel encima hasta que quedó brillante y goteando, y lo presionó contra mí. La punta entró fácil, resbalosa, y después vino lo grueso: hubo un instante de resistencia, una punzada que me hizo apretar los dientes, y de pronto un plop húmedo cuando el aro de mi culo se cerró detrás de la base. Una plenitud extraña me hizo contener el aire. Lo tenía adentro, completo, llenándome de una manera que no sabía nombrar.

—Acostumbrate —dijo, y entonces hizo algo que no esperaba: se levantó, se sentó en la silla junto a la ventana, todavía desnuda, con las piernas cruzadas de una manera que me dejaba ver una franja de su coño, y sacó el teléfono.

La llamé en voz baja, pero ella me hizo un gesto con el dedo sobre los labios, pidiéndome silencio mientras hablaba con alguien de cosas triviales, como si yo no estuviera ahí, atado, con la polla enjaulada chorreando y un plug atravesándome el culo. La espera fue su propia tortura. Cada minuto se estiraba mientras mi cuerpo se amoldaba al tapón, mientras el ojete se acostumbraba a estar abierto, y mi mente se perdía entre la humillación y las ganas de más. Cada vez que me movía apenas, el plug se acomodaba dentro y me rozaba la próstata, mandándome descargas que me hacían gemir bajito, apretando los dientes para no interrumpirle la llamada.

Cuando colgó, se acercó de nuevo y agarró la base del plug, moviéndolo despacio, sacándomelo hasta la mitad y volviéndomelo a meter, follándome con él un rato hasta que yo estaba retorciéndome en las cuerdas. Después lo retiró con un movimiento lento, sacándomelo entero, y sentí cómo mi culo quedaba abierto por unos segundos antes de cerrarse otra vez, esta vez ya no tan apretado como antes.

—Ya casi —murmuró, más para sí misma que para mí—. Pero todavía le falta. Todavía tenés que abrirte más para mí.

No entendí a qué se refería hasta que la vi sacar otro objeto. Era un dilatador inflable, con una pera de goma como las de medir la presión. Lo lubricó bien y lo introdujo con cuidado. Al principio entró desinflado, casi sin resistencia después de lo anterior, y empezó a bombear.

Por el espejo del armario veía cómo se ensanchaba dentro de mí con cada apretón de la pera. Sentía cómo mis paredes internas cedían, cómo el aro de mi culo se estiraba centímetro a centímetro. No dolía, al menos no como yo temía, pero la presión crecía y crecía hasta volverse el centro absoluto de todas mis sensaciones. Un bombazo más, y otro, y otro. Ya no podía pensar en nada que no fuera esa dilatación imposible. Decidí soltar el cuerpo, respirar hondo y entregarme. Ella siguió hasta dejarlo inflado al máximo, un globo enorme dentro mío, abandonándome así, abierto y palpitante, mi ojete estirado alrededor del cuello del dilatador de una manera obscena.

***

Mientras yo trataba de procesar todo eso, se acomodó frente a mi cara, arrodillándose sobre mi pecho, con el coño mojado a milímetros de mi boca. Por fin. Me lo bajó encima de la cara sin pedir permiso, sentándomele en la boca con todo su peso.

—Chupá —ordenó—. Chupame el coño como si fuera lo último que vas a hacer.

Y yo obedecí. Saqué la lengua y le lamí los labios, subiendo y bajando por la raja, buscándole el clítoris hinchado y chupándoselo con ganas. Ella empezó a moverse encima mío, cabalgándome la cara, restregándome el coño contra la boca y la nariz. Lo que vino después me robó el aliento de manera literal: usó mi cara con un ritmo brutal, moliéndomela contra su coño, apenas dejándome respirar entre embestida y embestida. Su sabor me llenó la boca, salado y ácido, y sentí cómo sus jugos me chorreaban por la barbilla y el cuello. Sentí náuseas cuando me apretó la nariz contra su pubis, los ojos se me llenaron de lágrimas, pero también un placer oscuro que no sabía que existía en mí. Aguanté, queriendo durar, queriendo demostrarle que podía servirle. Metí la lengua todo lo profundo que pude en su coño, follándoselo con ella, y ella gimió por primera vez de verdad, un gruñido gutural que me hizo entender que también estaba disfrutando.

Se corrió sobre mi cara. Sentí sus muslos apretándome la cabeza, un temblor recorriéndole todo el cuerpo, y una descarga de humedad tibia que me bañó la boca y la barbilla. Me hizo tragar todo, apretándome fuerte contra ella hasta que terminó los espasmos.

Se apartó justo a tiempo, jadeando, con el pelo pegado a la frente sudada. Bajó otra vez entre mis piernas. Desinfló y retiró el dilatador con un movimiento firme, y la sensación de vacío repentino me hizo gemir. Mi culo debía estar abierto como una flor. Entonces se puso un guante de látex, largo, que le llegaba hasta el codo.

—Esto es lo que necesitás —dijo, untándose la mano de aceite hasta que el guante le brillaba entero.

Empujó. Juntó los cinco dedos formando un cono y presionó contra mi ojete. Lo intentó varias veces, buscando entrar entera. Sentí cómo los nudillos empujaban contra el aro, cómo mi culo se estiraba de una manera que ya no era placentera sino salvaje. Un calambre me recorrió las piernas y grité de verdad, un grito ronco desde el fondo del pecho. No lo logró, mi cuerpo no daba para tanto, y ella, lejos de forzarlo, cambió de estrategia. Empezó a entrar y salir con tres o cuatro dedos, a un ritmo constante, follándome el culo con la mano, cada embestida más profunda que la anterior. Con la otra mano me acariciaba a través de la jaula, apretándome los huevos hinchados que colgaban debajo del plástico, tirándomelos apenas.

Era una crueldad perfectamente calculada: me estimulaba sin permitirme nada, mantenía mi cuerpo al borde sin dejarme cruzarlo. Sus dedos seguían moviéndose dentro de mí, encontrándome la próstata una y otra vez, masajeándomela con la yema del dedo mayor mientras los otros me abrían las paredes internas. Yo me retorcía contra las cuerdas, empujando el culo contra su mano, pidiéndole más, más profundo, más rápido, como una perra en celo. Hasta que, contra toda lógica, sentí que iba a terminar.

—Correte —me susurró—. Correte para mí sin tocarte la verga, como una hembra. Correte con mi mano en el culo.

El orgasmo llegó atrapado, a cuentagotas, sin la erección que la jaula impedía. Fue una descarga rara, un espasmo largo que me sacudió las caderas mientras el semen me salía en un chorro débil y torpe por la punta enjaulada, goteando entre las rejillas del plástico y cayéndome sobre los huevos y el vientre. Intenso y frustrado al mismo tiempo, acompañado de un dolor sordo en los testículos que me hizo apretar los dientes. Ella no paró de moverme los dedos por dentro durante todo el orgasmo, ordeñándome, extrayéndome hasta la última gota. Me quedé jadeando, temblando, con lágrimas en los ojos, sin saber si lo que acababa de sentir era placer o castigo. Un charquito blanco se me acumuló en el estómago, mezclado con lubricante y sudor.

***

Mariela sacó los dedos despacio, y sentí cómo mi culo dilatado tardaba en cerrarse, quedándome un rato entreabierto, latiendo. Se levantó sin prisa. Se quitó el guante, fue al baño y se duchó mientras yo seguía atado, recuperando el aliento, con el semen enfriándoseme sobre la piel. Cuando salió, me quitó la jaula, liberándome por fin la verga que quedó dolorida y roja, y empezó a recoger sus cosas, guardando cada juguete en el bolso negro con la misma calma con que los había sacado.

—Te regalo las cuerdas —dijo, divertida—. Y si querés repetir, ya sabés cómo encontrarme. La próxima te meto el puño entero, te lo prometo.

—Esperá —dije, todavía con las muñecas atadas—. Soltame.

Ella solo sonrió. Recogió la cartera, se colgó el bolso al hombro y caminó hacia la puerta.

—Mariela, en serio —insistí, ahora con un nudo de miedo en el estómago—. No me dejes así.

—Alguien va a venir —dijo desde el umbral, sin girarse del todo—. Confiá en mí.

Y se fue.

***

El silencio del cuarto se volvió enorme. Tiré de las cuerdas, pero los nudos aguantaron. Atado boca arriba, con el culo todavía dilatado y el semen medio seco pegado a la piel, sin poder pedir ayuda, no me quedó más que esperar y rezar para que ella no hubiera mentido con eso de que vendría alguien.

Unos quince minutos después escuché golpes en la puerta. Grité que pasaran, que la puerta estaba sin trabar. Supuse que Mariela había avisado al personal del hotel antes de marcharse, como una última jugada de su libreto.

Entraron dos empleadas de mantenimiento. Al verme en aquella escena —desnudo, atado, con las piernas abiertas y todavía brillante de aceite y semen entre los muslos— se quedaron paralizadas un segundo y después se rieron por lo bajo, tapándose la boca. Me ardía la cara de vergüenza, pero decidí tomármelo con humor y bromeé con ellas mientras se acercaban a soltarme.

—No es lo más raro que vemos en este trabajo —dijo una, deshaciendo los nudos sin mirarme demasiado abajo.

Cuando por fin tuve las manos libres, agradecí y les pedí disculpas mil veces. Saqué algo de dinero de la billetera para compensarlas por el mal momento y por su discreción. Se lo tomaron con naturalidad, desearon que tuviera mejor suerte la próxima y se marcharon entre risas contenidas.

***

Me senté en el borde de la cama, dolorido pero extrañamente satisfecho. El cuerpo entero me pedía descanso, y cada músculo me recordaba lo que acababa de vivir. El culo me latía, abierto y ardido, y cuando me pasé un dedo por ahí para chequear los daños lo sentí flojo, distinto, como si no fuera a volver a ser el mismo. Me quedé un rato así, mirando el bolso vacío que ya no estaba, las cuerdas todavía colgando de la cabecera, el regalo absurdo que ella me había dejado.

Me vestí despacio, todavía rojo de vergüenza, pero con una sonrisa idiota que no podía borrar. Había llegado a aquel hotel sin saber qué buscaba, y me iba con la certeza de que había cruzado una línea que no pensaba volver a desandar.

Guardé las cuerdas en el bolsillo del abrigo. Por las dudas. Algo me decía que esa no iba a ser la última vez que la llamara.

Ver todos los relatos de Trans

Valora este relato

Comentarios(10)

toni_mza

increible relato, de los mejores que leí en mucho tiempo!!!

DiegoCba

Por favor una segunda parte, el final me dejó con ganas de saber que pasó despues. Se hizo cortisimo

MarcoZeta

Que historia tan inesperada jaja, uno nunca sabe lo que puede pasar. Muy bien contado, se nota que hay suspenso real y no solo morbo

ElObservador77

¿Basado en algo real? porque lo contás con mucho detalle y conviccion jaja. Sea como sea, muy bueno

pepe_mdq

buenisimo!!

Silvana

Me encantó el suspenso desde el principio, no sabés qué esperar y eso lo hace muy adictivo. Ojalá hubiese mas relatos asi en esta categoria

NachoDRT

jaja tremendo, no me lo esperaba para nada. Gracias por compartirlo

VitorioNight

muy caliente y bien escrito sin ser burdo. se nota que hay trabajo detras, no es cualquier cosa

MatiasR_99

Esperando mas relatos del mismo estilo. Muy bueno!!

Lector_Furtivo

el excerpt ya engancha pero el relato supera las expectativas. seguí escribiendo porfavor

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.