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Relatos Ardientes

Perdí una apuesta y mi amigo decidió feminizarme

Este es el primer relato que me animo a contar, y todavía me cuesta creer que sea mío. Me llamo Iván, tengo veintiún años y un cuerpo más bien delgado, casi flaco, salvo por las piernas, que siempre fueron un poco más gruesas de lo que me gustaría. Nunca le di importancia a eso hasta que alguien decidió dársela por mí.

Hace unos meses tuve una pelea fuerte con mi familia. No vale la pena entrar en detalles, pero terminó conmigo armando un bolso a las apuradas y saliendo por la puerta sin saber adónde iba. Fue entonces cuando Bruno, un amigo de toda la vida, me ofreció quedarme en su departamento hasta que encontrara mi propio lugar.

Bruno tiene veinticinco años y se independizó muy joven. Trabaja desde los veinte, tiene su sueldo, sus rutinas, sus reglas. Al principio convivir con él era cómodo. Me sentía en deuda, claro, pero también protegido, como si por una vez alguien se hiciera cargo de mí cuando todo lo demás se había caído.

Un viernes por la noche nos pusimos a tomar whisky en el living. La botella bajaba rápido y la conversación se fue poniendo seria entre risas.

—Mirá, no te lo tomes a mal —dijo mientras servía otro vaso—, pero vas a tener que conseguir trabajo pronto. Estoy bancando un montón de gastos y, por más amigos que seamos, deberías aportar algo.

—Bruno, busqué en serio. Mandé currículums a todos lados y nadie me llama. No es que no quiera.

—Sé que buscaste. Pero la realidad es que pagué muchas cosas este mes y necesito que me des una mano.

—Te juro que voy a hacer todo lo posible. Me ayudaste cuando no tenía a nadie, no me lo voy a olvidar.

Cuando ya íbamos por la mitad de la segunda botella, se levantó, revolvió un cajón y volvió con un mazo de cartas. Lo dejó caer sobre la mesa con una sonrisa torcida por el alcohol.

—Te propongo una apuesta. Sacamos una carta cada uno, el que tenga la más alta gana. Si ganás vos, te olvidás de buscar trabajo dos meses más, yo te banco. Pero si gano yo, esos dos meses vas a tener que hacer todo lo que yo te diga.

Me reí. Estaba borracho y la idea de pasar dos meses sin la presión de buscar empleo me sonó al mejor de los tratos. Ni siquiera me detuve a pensar en la otra mitad de la frase.

—Dale, juguemos —contesté.

Mezcló las cartas con torpeza y las desparramó boca abajo sobre la madera. Sacó la suya primero y la dio vuelta: un ocho de corazones. No era una carta alta. Sentí que tenía toda la posibilidad del mundo.

—Bueno, entonces ya está, dos meses sin buscar trab… —empecé a decir, confiado.

Elegí una carta del montón y la giré despacio. Un tres de diamantes. La sonrisa se me borró de golpe. Bruno soltó una carcajada y recogió las cartas con calma, como si todo hubiera estado escrito desde antes.

—Parece que gané yo, amigo. Así que durante dos meses vas a hacer lo que yo diga. Tranquilo, no voy a ser ningún tirano. Esperá un segundo, voy a buscar una cosa.

Mientras él se levantaba, me serví el último resto de whisky de un trago. Estaba atónito. La habitación giraba un poco y yo intentaba convencerme de que sería algo tonto, una broma de borrachos que mañana ninguno recordaría.

—Vamos a empezar hoy mismo —dijo al volver—. Acompañame al baño.

Llevaba algo en la mano que no alcancé a distinguir. Lo seguí, mareado, con esa mezcla de curiosidad y miedo que te paraliza justo cuando deberías frenar. Cerró la puerta del baño detrás de mí y me dejó un objeto en la mano.

Era una jaula de castidad. De plástico rosa, brillante, con una sola llave colgando de un cordón.

—Te vas a poner esto —dijo con una tranquilidad que me heló—. Cuando estés listo, salís y me mostrás que la pusiste donde va. Si no sabés cómo se usa, buscate un tutorial.

—Esperá. No, esto no lo hago. ¿Por qué tendría que ponerme esto?

—Porque perdiste una apuesta. Y porque si no lo hacés, agarrás tus cosas y te vas de acá esta misma noche. Te espero en la mesa.

Cerró la puerta y me dejó solo, temblando. Me miré en el espejo: la cara roja por el alcohol, los ojos abiertos de pánico, la jaula rosa en la palma de la mano como si fuera una sentencia. Pensé en mi bolso, en la calle vacía, en no tener absolutamente ningún otro lugar al que ir. Y esa idea pesó más que cualquier vergüenza.

Busqué en el teléfono cómo se colocaba esa cosa. Las manos me temblaban tanto que tardé el doble de lo normal. Cuando por fin lo logré, sentí el plástico frío encerrándome, ajustado, imposible de ignorar. Cada movimiento me lo recordaba.

Respiré hondo, me subí los pantalones y salí.

—Ya está —dije, sin atreverme a levantar la vista.

—Mostrame.

Lo miré, suplicando con los ojos que no me obligara. Pero su expresión no se movió. Bajé el cierre y le mostré la jaula encerrándome. Sentí que la cara me ardía como nunca.

—Te queda bien —dijo, y se rió—. Ahora dame la llave.

Se la entregué. La guardó en el bolsillo de su pantalón con una naturalidad que me dio escalofríos, como si guardara las llaves del auto. Después abrió otra botella y se sirvió, indicándome con un gesto que me sentara a su lado.

—¿Vas a contarme algo o vas a quedarte ahí mudo toda la noche? —preguntó, divertido.

El resto de la velada actuó como si nada hubiera pasado. Hablamos de fútbol, de una serie que estábamos viendo, de cualquier estupidez. Pero yo no podía concentrarme en nada. La jaula me presionaba cada vez que me movía, y cada vez que él me miraba con esa sonrisita yo sentía que se daba cuenta. Me removía en el sillón, incómodo, y eso parecía gustarle todavía más.

—Quedate quieto —me dijo en un momento, sin levantar la voz—. Te conviene ir acostumbrándote.

Esa frase me dio vueltas en la cabeza toda la noche. Acostumbrarme. ¿A qué exactamente? No me animé a preguntar.

En un momento se inclinó hacia mí, me apoyó la mano en la rodilla y la dejó ahí, sin moverla, mientras seguía hablando de la serie como si nada. El gesto era mínimo, casi inocente, pero el mensaje no lo era. Me estaba marcando un territorio nuevo, probando hasta dónde podía avanzar sin que yo me apartara. No me aparté. Me quedé tieso, con el corazón golpeándome el pecho, y descubrí con vergüenza que una parte de mí no quería que retirara la mano.

—Buen chico —murmuró, y volvió a llenar los vasos como si tal cosa.

Aquellas dos palabras me revolvieron más que la jaula. Nunca nadie me había hablado así, y sin embargo se acomodaban en algún lugar de mí que no sabía que existía. Me odié un poco por la reacción de mi cuerpo, ese cuerpo que ya no controlaba del todo y que él había encerrado con una llave que ahora dormía en su bolsillo.

Cuando por fin nos fuimos a dormir, me quedé mirando el techo durante horas, con el cuerpo encerrado y la mente todavía más. Una parte de mí estaba aterrada. Otra parte, una que no quería reconocer, no podía dejar de pensar en lo que venía.

***

A la mañana siguiente me desperté tarde, con la boca seca y la cabeza pesada. Bruno no estaba. Sobre la mesa de la cocina había una nota escrita con su letra apurada: «Salí a comprar algunas cosas. Cuando vuelva quiero algo listo para comer. Y no se te ocurra sacarte lo de anoche».

Leí la última frase tres veces. Me llevé la mano al frente, casi por reflejo, y comprobé que la jaula seguía ahí, recordándome que lo de anoche no había sido un sueño. Seguía cerrada. Y la llave estaba con él, en algún lugar de la ciudad, lejos de mi alcance.

Me quedé un rato sentado, dándole vueltas a todo. Pensé en lo fácil que sería terminar con esto: sacarme la jaula a la fuerza, armar el bolso, irme. Pero la realidad era cruda. No tenía dinero, no tenía trabajo, no tenía otro techo. Y, si era completamente honesto conmigo mismo, no era solo el miedo lo que me retenía. Había algo en obedecer, en entregarle el control, que me revolvía por dentro de una forma que no terminaba de entender.

Me levanté, abrí la heladera y empecé a preparar algo para cuando volviera. Mientras cocinaba, cada movimiento me recordaba el plástico ajustado entre las piernas, y me sorprendí pensando en qué otras cosas me pediría. En qué más estaba dispuesto a hacer con tal de no quedarme afuera. En quién sería yo cuando terminaran esos dos meses.

Escuché la llave en la cerradura de la puerta y el corazón me dio un vuelco.

Si te gustó este relato y querés saber qué pasó cuando Bruno volvió con las bolsas, y todo lo que vino después, dejame tu apoyo y muy pronto subo la segunda parte, amores.

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Comentarios (5)

NicoBSAS

Increible, de verdad. Me lo lei en un senton y no me quise levantar hasta terminar. Mas relatos así por favor!

Sofi_Noche

¿Hay continuacion? porque quede con demasiadas preguntas sin respuesta jaja. Muy bueno todo

FernandoLP

me recordo a una apuesta que perdí hace años con un amigo, aunque claramente sin este nivel de creatividad jajaja. Muy bien escrito la verdad

curiosa_del_sur

Que pasa despues de los dos meses? eso es lo que quiero saber! necesito una segunda parte urgente

Toni_mx

genial!!

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