Le confesé que soy trans y vino esa misma noche
Lo conocí en una de esas aplicaciones donde nadie da su nombre real y todos mienten un poco. Yo me hacía llamar Bianca, que no es como me bautizaron, pero sí como me siento desde hace años. Él no tenía foto, solo un cuadrado gris y un par de frases secas que me hicieron reír sin querer. Llevábamos tres noches escribiéndonos hasta tarde, y aquella era la cuarta.
El reloj del móvil marcaba casi medianoche cuando vibró sobre la almohada.
—¿Eres tú la del vestido negro de la foto? —escribió.
—Sí. ¿Por? —contesté, aunque sabía perfectamente por qué.
—Porque llevo tres días imaginando cómo te lo quitaría. Despacio. Con los dientes.
Me mordí el labio. Tenía esa manera de escribir que no era ni de cretino ni de poeta, sino de los dos a la vez. Me incorporé en la cama, apoyé la espalda en el cabecero y dejé que el calor me subiera por el cuello.
—Eres directo —tecleé.
—Soy alguien que quiere verte con los ojos cerrados y la respiración rota. Nada más.
Dudé. Siempre dudaba en este punto, porque era el punto donde algunos desaparecían. Respiré hondo y escribí lo que llevaba tres noches callando.
—¿Y si te digo que soy trans?
Los tres puntos aparecieron y desaparecieron dos veces. Cada segundo me pareció una hora. Apreté el teléfono como si así pudiera adelantar su respuesta.
—Entonces te desearía todavía más —contestó—. Quiero conocerte entera. Con polla y con miedo y con todo lo que traigas.
Algo se aflojó en mi pecho. No era solo deseo; era alivio. Esa cosa rara que pasa cuando alguien no se aparta justo donde esperabas que lo hiciera.
—¿Y si tiemblo? —pregunté.
—Te sostengo mientras te la meto.
—¿Y si me corro antes que tú?
—Me trago tu corrida y sigo hasta que te corras otra vez.
—¿Y si me enamoro un poco?
—Entonces mañana te despierto con la boca entre las piernas —respondió, y juro que sentí la sonrisa a través de la pantalla.
Este hombre va a meterme en un lío.
—¿Dónde estás ahora? —preguntó.
—En la cama. Con la luz apagada.
—¿Y qué llevas puesto?
—Poco. Encaje negro. Y ganas.
—Quiero que te bajes las bragas hasta la mitad del muslo, ni un centímetro más. Y que empieces a tocarte la polla despacio, por encima. Nada de correrte todavía. Quiero oírte suplicar antes.
Lo hice. Deslicé la mano por debajo de la sábana mientras leía cada mensaje, y le contesté la verdad, porque mentir habría sido absurdo a esas alturas.
—Ya me estoy tocando —escribí—. La tengo dura desde que vi tu nombre en la pantalla. Se me escapa una gota en la punta.
—Recógela con el dedo. Chúpalo. Dime a qué sabes.
Lo hice también. Cerré los ojos y me metí el dedo mojado en la boca, y respondí con el pulgar sobre la pantalla y la otra mano apretándome despacio.
—Salada. Un poco dulce. Estoy empapada por delante y por detrás.
—Despacio. Me muerdo el labio para no hacer ruido. Mis padres duermen al otro lado del pasillo.
Me lo había olvidado de mencionar, eso de que todavía vivía con ellos. A los treinta y dos, una sigue atando los cabos de su vida como puede. Él no preguntó nada de eso. Solo siguió.
—Si estuviera ahí, me pondría de rodillas y te la mamaría hasta la garganta. Sin manos. Sujetándote las caderas contra mi cara. Quiero oírte gemir con la polla dentro de mi boca hasta que olvides dónde estás.
—Me estoy mordiendo la almohada —escribí, y era verdad—. Se me está saliendo un hilo de saliva de tanto imaginártelo.
—Mándame una foto. Con la polla en la mano.
***
Me quedé mirando esas palabras un buen rato. Con la polla en la mano. La frase más vieja del mundo dicha de la manera más nueva posible, y aun así el pulso se me disparó como si fuera la primera vez que alguien me la pedía así, sin rodeos, sin pedirme que la escondiera.
Me levanté. Encendí la lamparita del rincón, esa luz tibia que perdona todo. En el espejo del armario me encontré con la melena revuelta, los labios hinchados, las mejillas encendidas, la polla dura empujando el encaje. Por una vez no busqué los defectos. Solo me vi, completa, y me gustó lo que vi.
Subí una rodilla a la cama. Bajé el encaje negro por debajo de los huevos, dejé la polla asomando dura contra el ombligo, brillando en la punta. Apunté la cámara, retuve el aire y disparé antes de arrepentirme. Pulsé enviar.
La respuesta tardó tres segundos.
—Joder. Estás preciosa. La tienes preciosa. Quiero comérmela entera. ¿Puedo oírte?
Tragué saliva. Acerqué el teléfono a la boca, cerré los ojos y grabé una nota de voz cortísima, la voz más ronca y más baja que pude, mientras me apretaba despacio con la otra mano.
—Estoy empapada por ti —susurré—. Me chorrea entre los dedos. Tengo la polla goteando y el culo apretado pensando en el tuyo. No sé si voy a aguantar hasta que llegues.
Lo de «hasta que llegues» se me escapó sin pensar. Pero ya estaba dicho, viajando por el aire hacia un hombre que no había visto nunca.
Los tres puntos no pararon en un buen rato. Después llegó esto:
—Dame tu dirección. Estoy en el coche. Y no te corras. Esa corrida es mía.
Y ahí estuvo el verdadero borde del precipicio. No la foto, no la nota de voz: la dirección. Lo que separa un juego nocturno de algo real, con cuerpo, con manos, con todo lo que puede salir bien o salir mal.
Pensé en cien cosas a la vez. ¿Y si no le gusto en persona? ¿Y si me mira raro al verme? ¿Y si después se arrepiente? Y luego pensé en una sola cosa que las tapó todas: estaba cansada de pedir permiso para existir.
Escribí con el pulso sorprendentemente firme.
—Calle Còrsega, 214. Cuarto, segunda. Avísame cuando estés en el portal.
Pulsé enviar y solté el teléfono sobre la cama como si quemara.
***
Me lavé. No para borrar el deseo, sino para llegar limpia a él, como quien prepara una casa para una visita que importa. Me lavé también entre las nalgas, con calma, metiéndome un dedo enjabonado por si acaso, porque una noche así no se improvisa del todo. Me puse una bata corta de seda gris y nada debajo. Solo unas gotas de perfume en el cuello, en el interior de las muñecas y una entre los muslos. Me senté en el borde de la cama con el corazón golpeándome las costillas, la polla otra vez medio dura bajo la seda y el móvil entre las manos.
Quince minutos. Veinte. La espera era casi peor que cualquier cosa que pudiera pasar después.
Entonces vibró, una sola vez.
—Estoy abajo. Ábreme.
Me puse de pie como si me hubiera recorrido una corriente. Me detuve un segundo frente al espejo del pasillo. Ojos enormes, pelo suelto, boca entreabierta. Era yo. Por fin, sin disfraz, sin disculpa. Sonreí.
Abrí la puerta del dormitorio con un cuidado de ladrona. Al fondo, la respiración pesada de mi padre marcaba el ritmo de la casa dormida. Crucé descalza, y el frío del suelo me hizo encogerme. El ascensor chirriaba demasiado, así que bajé por las escaleras con la bata flotando detrás de mí. Me sentía una adolescente fugándose, salvo que ninguna adolescente camina con la polla latiendo entre las piernas de ese modo.
El portal era viejo, de mosaicos gastados y buzones de latón. La puerta de la calle tenía la cerradura rota desde hacía meses, así que bastó empujarla un poco. El silencio de la madrugada me golpeó de lleno.
Y entonces lo vi.
Apoyado en el marco de obra, justo en la frontera entre la calle y el rellano. Un hombre de verdad, mayor que yo, con barba de tres días y una chaqueta oscura. Fumaba sin prisa, dejando que el humo se le escapara lento de los labios. Pero los ojos no tenían nada de lento. Los ojos ya estaban dentro de mí.
—Estás preciosa —dijo, sin moverse.
No contesté. Apagué su cigarrillo contra la pared con dos dedos, le sostuve la mirada y le cedí el paso hacia dentro.
Me agarró de la cintura como si ya conociera mi cuerpo de memoria. Me empujó contra la pared fría de los buzones, ahí, medio dentro, medio fuera, como si no terminara de decidir de qué lado de la noche estábamos. Su boca cayó sobre la mía sin pedir nada, abriéndome los labios, robándome el aire, metiéndome la lengua hasta el fondo. Olía a tabaco, a frío y a algo cálido debajo.
Su mano bajó por mi vientre y se coló bajo la seda hasta encontrarme dura, palpitando, mojada en la punta.
—Joder —murmuró contra mi cuello, cerrando el puño alrededor—. Estás como una piedra. Y me estás manchando la mano.
—Llevo media hora tocándome para ti —le respondí en voz muy baja—. No me he corrido porque me lo pediste.
—Buena chica.
Me abrió la bata de un tirón. Se agachó ahí mismo, en el portal, sin cerrar del todo la puerta, y se metió la polla en la boca sin avisar. Entera. Sentí el fondo caliente de su garganta, la lengua enroscándose por debajo, la barba raspándome los huevos. Le tuve que meter los dedos en el pelo para no caerme. Me chupaba con hambre, como si llevara días pensando exactamente en eso, subiendo y bajando con un ruido húmedo que retumbaba en el hueco de las escaleras. Sacaba la polla un segundo, escupía sobre la punta y volvía a tragársela hasta la raíz.
—Para —jadeé, mordiéndome el puño—, para, que me corro en tu boca ahora mismo.
Se levantó despacio, con los labios brillantes, y me sonrió sin limpiárselos.
—Todavía no.
Me giró con firmeza y me apoyó de cara contra el muro rugoso. Me subió la bata hasta la espalda, me abrió las nalgas con las dos manos y sopló despacio. Después bajó la boca. Me besó la nuca, los hombros, bajó por la columna vértebra a vértebra, y cuando llegó abajo me clavé los dientes en el antebrazo para no gemir y despertar a media escalera. Me lamió el culo largo y despacio, en círculos, metiendo la lengua, apartándose para escupir y volviendo. Me abría con los pulgares para llegar más adentro. Yo sentía la saliva bajarme por dentro de los muslos, mezclada con lo mío, y ya no sabía si estaba de pie por mis piernas o solo porque él me tenía sujeta de las caderas.
—Por favor —susurré—. Métemela. Métemela ya.
Se puso de pie a mi espalda. Escuché el cinturón, la cremallera, el crujido de un envoltorio. Sentí la punta empujando, resbalando primero por entre las nalgas, untándose con la saliva y con lo mío, buscando sitio. Se me escapó un quejido cuando encontró la entrada. Empujó despacio, milímetro a milímetro, deteniéndose cada vez que yo apretaba, dejándome respirar, dejándome abrirle paso. La cabeza cedió con un golpe sordo de placer que me subió hasta las orejas.
—Relájate —murmuró contra mi oreja—. Toda. Así. Buena chica.
Cuando estuvo entero dentro me quedé quieta unos segundos, sintiéndolo latir. Me llenaba de un modo que no sabía cómo se aguantaba. Luego empezó a moverse. Salidas largas, entradas hondas, ese ritmo que solo saben marcar los hombres que no tienen prisa. Una mano en mi pelo, tirándome la cabeza hacia atrás. La otra bajando por delante hasta cerrarse alrededor de mi polla y empezar a bombearla al mismo ritmo con el que me follaba.
—Mírate —me dijo al oído—. Con una polla dentro y otra en la mano. Toda mía. Trans y preciosa y toda mía.
Se me escapó un gemido demasiado alto. Él me tapó la boca con la palma y siguió, cada vez más fuerte, empujándome contra los buzones que sonaban metálicos en la oscuridad, marcándome el compás con el chasquido húmedo de los muslos contra mi culo. Me lamió el hombro, me mordió la nuca, me susurró guarradas que ya ni oía bien.
—Córrete —me ordenó al fin, apretándome la polla en el puño—. Córrete para mí. Todo lo que has aguantado.
Me corrí de pie, ensartada, con su mano recogiéndome el semen a chorros contra la pared de los buzones. Un temblor largo que me subió desde las rodillas y me sacudió entera. Apreté el culo alrededor de él en espasmos, y él soltó un gruñido bajo, hondo, y empezó a embestir más rápido, sin ritmo ya, buscando el suyo.
—Me voy —dijo entre dientes—. Me voy dentro.
—Vente dentro —le supliqué—. Todo.
Se hundió hasta el fondo, se quedó ahí clavado, y sentí los latigazos calientes disparándose dentro de mí, uno detrás de otro, mientras me mordía la nuca y decía mi nombre. El nombre que yo había elegido para mí misma, el verdadero. Lo dijo contra mi piel como una palabra secreta, con la voz rota, y eso me deshizo más que todo lo anterior.
Casi lloré, pero no de pena. De alivio. De por fin.
***
Se quedó dentro un rato más, abrazándome por la espalda, su corazón golpeando contra mis omóplatos, su polla todavía latiendo dentro de mí en sacudidas cada vez más suaves. Sentí cómo se calmaba poco a poco, igual que el mío. Salió despacio, con cuidado, y me besó el hombro justo donde me había mordido.
—Gracias —dijo.
—No me las des —contesté, todavía sin aire—. Vuelve a follarme otro día.
Se rió bajito. Me dio un beso en la nuca, lento, casi tierno, tan distinto a todo lo demás que me dejó desarmada. Se ajustó la ropa, me miró una última vez con algo que estaba entre el deseo y el respeto, y se fue. Tiró de la puerta estropeada de la calle y la noche se lo tragó sin ruido.
Yo no me moví. Me quedé con la frente apoyada en la pared áspera, la bata a medio caer, el pulso tambaleándose como un borracho, mi propio semen resbalando pared abajo y el suyo bajándome despacio por dentro del muslo.
No me limpié. Ni a mí, ni el muro. Dejé que esa marca se quedara donde estaba, no como prueba de lo que había pasado, sino de que por fin había pasado. De que existía. De que un desconocido había cruzado media ciudad de madrugada para desearme entera, con polla y con culo y con miedo, sin condiciones, sin pedirme que fuera otra.
Me bajé la bata con las piernas todavía flojas y subí las escaleras como si flotara, sintiéndolo escurrirse todavía a cada paso. Los escalones crujían bajo mis pies y por una vez no me importó quién pudiera oírme. Volví a mi cuarto, cerré la puerta sin un ruido y me tumbé boca abajo, sin cambiarme, sin lavarme, con el cuerpo cansado y la cara hundida en la almohada.
No me toqué. No hizo falta. Me dejé caer en el sueño con una sonrisa torcida, apretando los muslos para conservar dentro de mí el rastro tibio de la noche, como quien guarda una brasa para que no se apague.
Dormí, por primera vez en mucho tiempo, como si mi cuerpo me perteneciera de verdad.





