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Relatos Ardientes

La vecina trans que vi crecer subió a mi casa

A Daniela la conocí cuando todavía era un crío flacucho que jugaba en el portal de nuestro edificio. La vi crecer durante años: primero el niño callado y demasiado guapo, después el adolescente de gestos cada vez más suaves, el pelo largo, la mirada esquiva. De ahí a empezar su transformación hubo un solo paso, y cuando volví a vivir al barrio ya no quedaba rastro del chico tímido que recordaba.

Yo había regresado al piso de mis padres tras divorciarme. Resulta más barato vivir en el viejo apartamento familiar que pagar un alquiler con la mitad del sueldo. Compartía el espacio con mi hermana Carla, que también había vuelto por su cuenta. Ninguno de los dos andaba escaso de compañía cuando nos apetecía, todo sea dicho.

Aquel agosto se derretían hasta los bordillos de la acera. Carla había salido el fin de semana a la costa con su último ligue, un chico bastante más joven que ella, y a juzgar por el tamaño de los bikinis que metió en la maleta, no pensaba usarlos demasiado.

Yo volvía de la piscina cuando me crucé con Daniela en la entrada. Llegaba con el pelo todavía húmedo, en pantalón corto y camiseta de tirantes. Ella llevaba un vestido veraniego ligero que le quedaba como un guante, con un escote precioso y la falda lo justo de corta para lucir los muslos. Le eché un buen vistazo y no se inmutó; debía estar acostumbrada a que la miraran así.

—¡Hola! ¿Subes? —preguntó.

—Sí, gracias. Hacía siglos que no te veía.

—Pensaba que ya no vivías aquí. ¿No estabas casado?

—Divorciado. Por eso he vuelto. ¿Y tus padres?

—De vacaciones, huyendo del calor. Yo me quedé. Tampoco me apetecía irme con ellos.

Subimos juntos en el ascensor. Le conté que estaba solo, que mi hermana se había ido a la playa, y casi sin pensarlo le propuse pedir unas pizzas y comer juntos.

—La última vez que hablamos todavía ibas de chico —dije con cuidado—. ¿Cómo te llamas ahora?

—Daniela —respondió, y me dedicó una sonrisa que valía por toda una conversación—. Gracias por preguntar así.

—Encantado de conocerte de nuevo, Daniela. Entonces, ¿te animas con esa pizza?

—Vale. No tengo planes esta tarde. Y siempre está bien que un caballero invite a comer.

***

Aún no había colgado el teléfono con la pizzería cuando ella llamó a la puerta. Se había cambiado: una camiseta finísima de tirantes y un pantaloncito de licra muy ajustado que le marcaba las nalgas respingonas. Yo me había quedado en bermudas y descalzo.

—He traído las colas —dijo, levantando las latas.

—Genial, pasa. Déjalas en la mesa y ponte cómoda.

Frente al sofá, sobre un sillón, estaba la última colada que habíamos puesto sin doblar todavía. Mi ropa mezclada con la lencería de Carla, que tiene debilidad por las prendas más atrevidas. Daniela se quedó mirando un body de encaje transparente que coronaba el montón, una de esas prendas que tapan más bien poco.

Charlamos un rato poniéndonos al día. Siempre me había caído bien, tan educada y discreta. Y ahora, además, me parecía irresistible con aquella camiseta que dejaba al aire los hombros finos y donde sus pechos pequeños y los pezones se marcaban claramente.

—¿Crees que tu hermana me dejaría probarme algo de eso? —preguntó, señalando el body con la barbilla—. Me encanta esa lencería.

—Le quedaría genial a cualquiera, pero seguro que a ti mejor. No creo que le importara.

Sus ojos volvían una y otra vez al montón de ropa. Cuando llegó el repartidor, ni me molesté en ponerme camiseta para abrir. Era un chico casi tan guapo como mi invitada, y por un instante, con cierto absurdo ataque de celos, pensé que harían buena pareja. Pagué, cerré la puerta y volví al sofá.

Comimos mirándonos cada vez con menos disimulo. Una gota de sudor le resbalaba por el cuello hasta perderse entre los pechos, y yo no podía dejar de seguir su recorrido.

—Te has vuelto una mujer interesantísima en estos años —dije—. Apenas te reconocí abajo.

—Aún me falta camino. Me gustaría operarme el pecho. La talla de tu hermana me encanta, por cierto.

—Para mi gusto estás perfecta así. Siempre me han gustado los pechos pequeños. Pero es tu cuerpo y tú decides.

—Eres demasiado amable —dijo, mordiéndose el labio—. O igual es que quieres algo de mí.

Por supuesto que quería algo de ella.

—¿Yo? Qué va. ¿No soy demasiado mayor para ti?

—Eso debería decidirlo yo. ¿No te parece?

***

Despacio, nuestras caras se fueron acercando. Quería que diera ella el paso, y lo dio: me besó. Empezó suave y enseguida se volvió un beso lento y profundo, mi lengua buscando la suya. La cogí de la cintura y la subí a horcajadas sobre mis muslos. Desde ahí, su cabeza quedaba un poco más alta que la mía.

—Siempre me has tratado bien —murmuró contra mi boca—. Toda tu familia. Nunca os importó cómo soy.

—Tu forma de ser es maravillosa. No había nada que importar.

Seguimos besándonos con las pizzas olvidadas. Le agarré las nalgas por encima de la licra, firmes y calientes, mientras ella gemía bajito y me clavaba la lengua hasta el fondo. Le saqué la camiseta por la cabeza y me incliné a besarle los pechos pequeños, a lamerle los pezones duros. Pasé la lengua por sus axilas depiladas y suaves, haciéndole cosquillas, y ella soltó una risa entre jadeos.

Sus manos no se quedaban quietas: me recorrían el torso, me pellizcaban los pezones, me lamían el cuello. Metió la punta de la lengua en mi oído, juguetona, y noté algo duro presionando contra mi entrepierna a través de la tela.

—¿Crees que tu hermana me dejaría ese body? —preguntó otra vez, entre risas.

—Lo único que te reprocharía sería no habértelo prestado ella primero. Y querría algo a cambio.

—Otro día puedo dárselo. A ella, o a los dos.

—Vaya, así que de las que juegan a dos bandas.

—¿Y tú no? Teniendo a ese pibón de hermana en casa, no me creo que no hayas tenido tentaciones.

No era el momento de contarle según qué cosas, así que solo sonreí.

—Tentaciones, todas. Lo que se hace o no con ellas es otra historia.

***

Se puso de pie frente a mí y le bajé el pantaloncito por los muslos largos. Su sexo saltó libre, firme, recto y bonito, uno de los más bonitos que había visto. Me incliné a besar la punta, retiré la piel y pasé la lengua a lo largo, bajando hasta lamerle los testículos, metiéndomelos en la boca uno a uno.

—No sabía que se te diera tan bien —jadeó—. Como sigas así, me corro.

—¿Y eso sería un problema? Dámelo en la lengua.

Seguí chupando y lamiendo hasta que terminó en mi boca con un gemido largo. Aún de pie, se inclinó a besarme y compartió conmigo su sabor en un beso más sucio que todos los anteriores, la lengua, la saliva, todo cayendo por mi barbilla hasta el pecho.

Me abrió las bermudas de un tirón. Como no llevaba nada debajo, mi polla saltó apuntando al techo.

—Bonita —dijo, rodeándola con los dedos finos.

—No tanto como la tuya. Y esta tarde, toda para ti.

—¿Solo esta tarde? Ah, claro, que tu hermana también tendrá sus derechos sobre ella.

—Si te portas bien, igual lo compruebas algún día.

Yo ya tenía pensado todo esto, lo confieso. Entre los cojines del sofá había escondido un frasco de lubricante por si acaso. Hombre prevenido vale por dos. Daniela vio el bote en mi mano y sonrió con malicia, se giró y me ofreció el culo.

—Ya que estás tan preparado, pónmelo tú.

Me incliné a separarle las nalgas y pasé la lengua por todo el surco. Estaba impecable; se había preparado en casa antes de bajar. Dejé de pensar y me dediqué a lamer, a hundir la lengua en aquel sitio mientras ella dejaba de hablar y solo gemía. Después puse una buena cantidad de lubricante y empecé a dilatarla con dos dedos, alternando lengua y manos hasta que su jadeo me dijo que estaba lista.

—Quiero verte la cara —dije, y la giré para que volviera a subir sobre mis muslos.

Nuestras manos fueron directas a los pechos del otro. Con mi polla bien lubricada, no hizo falta más que ella fuera bajando la cadera despacio, centímetro a centímetro, hasta que sus testículos rozaron mi pubis.

—Espera —jadeó—. Siéntelo. No hay prisa.

La besé sin que se moviera todavía, su lengua buscando hasta la última gota de saliva en mi boca. Después empezó a subir y bajar, lenta, sintiendo cada movimiento. Le acaricié el sexo, que se había puesto firme otra vez, y me llevé sus dedos largos a la boca para lamerlos uno a uno.

—¿Quieres que te folle? —pregunté.

—Quiero que hagas todo lo que quieras. No te voy a negar nada.

No tardé mucho. Con sus gemidos y los míos llenando el salón, me derramé dentro de ella. Y no me conformé: tiré de su cadera hasta sentarla sobre mi cara y volví a lamerle el culo entero, esta vez con mi propio rastro. Quería que disfrutara como nunca, demostrarle que podía ser el amante más caliente que hubiera tenido.

***

Su polla seguía dura, y aunque me moría por tenerla dentro, decidí reservarla un momento. Le alcancé el body de encaje de mi hermana.

—Juguemos. Quiero verte con esto puesto.

Se lo puso lentamente, exhibiéndose, sensual. Le quedaba espectacular; no rellenaba el escote como lo haría Carla, pero el resto compensaba de sobra. Colocamos el sexo firme hacia arriba, marcándose contra el encaje. Le busqué unas medias y un corsé que le estilizaba la cintura, y le hice fotos mientras ella posaba como una modelo profesional, con esa sensualidad que le salía sola.

—¿Me las pasas? —pidió.

—Claro. Tendrás que darme tu número.

Entre la excitación del juego, la lencería suave y las caricias que le daba de vez en cuando, no se le bajaba.

—Veo que todavía quieres más —dijo.

—Llevo mirándote el culo toda la tarde. Tengo muchas ganas de que me lo hagas tú a mí.

—No creas que vas a ser el primero.

—Me lo imagino.

Me puse a cuatro patas en el sofá y le pasé el lubricante. Ella, todavía con el corsé y el tanga, se limitó a apartar la tela a un lado. Primero noté su lengua, después su dedo, y enseguida la punta de su polla abriéndose paso despacio. Entró firme, sin prisa, y empezó a embestir mientras yo jadeaba contra los cojines, recibiendo oleadas de placer hasta que se corrió dentro de mí.

Igual que había hecho yo, se inclinó después a devolverme el favor con la lengua, recogiendo lo que rezumaba, y volvió a buscar mi boca en un último beso largo y profundo.

Descansamos un rato abrazados y nos quedamos dormidos en una siesta perezosa, su culo firme pegado a mi pubis. Volvimos a empezar al despertar, y al final se quedó a dormir conmigo aquella noche.

Hemos repetido muchas veces desde entonces. Resulta muy cómodo tener a una belleza así en el mismo edificio, a un timbre de distancia. Y, como Daniela sospechaba desde el principio, alguna tarde nos acompañó también mi hermana. Pero esa ya es otra historia.

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Comentarios (5)

DiegoPat

Tremendo relato, se me fue rapido pero lo disfrute mucho.

NocheCalida

Por favor seguí escribiendo, este tipo de historias no se encuentran tan seguido con tanta calidad. Espero la segunda parte!

Gonzalo_BA

Me llego al alma jaja, onda muy real. Buenisimo.

Tomás_rdz

Pregunta: esto te paso de verdad o es ficcion? Se siente muy autentico la verdad

LunaEscarlata

Que mezcla de sentimientos... la nostalgia y el deseo juntos. Muy bien narrado.

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