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Relatos Ardientes

Pedí ser otro hombre y desperté siendo otra mujer

El bajo de la fiesta retumbaba a través de las paredes como un corazón ajeno. Viernes por la noche, y todo el campus latía con una vida que Bruno y Sergio solo conocían de oídas.

—Escucha eso —murmuró Sergio sin levantar la vista de la pantalla—. La fiesta de Omega Phi. Dicen que vinieron chicas de otras universidades.

—Como si alguna vez nos dejaran entrar.

No era una queja. Era un hecho, tan inmutable como la gravedad. Bruno era delgado de la manera equivocada: escuálido, con hombros que parecían pedir disculpas por existir. Sergio cargaba veinte kilos de más repartidos con crueldad en el abdomen. Juntos formaban el dúo perfecto de todo lo que la universidad despreciaba.

—Brett Vance me tiró un vaso de cerveza encima ayer —dijo Bruno con la voz plana de quien reporta el clima—. Dijo que fue un accidente. Se rio cinco minutos.

Brett Vance. Uno noventa de músculos y privilegio, con una fraternidad que lo trataba como a un dios. El mundo entero se deformaba para hacerle espacio.

—Ojalá pudiéramos ser como ellos —susurró Sergio, y había algo oscuro y hambriento en su voz—. Solo por una vez. Ser los que se ríen.

Bruno pausó el juego y giró el laptop. Llevaba semanas leyendo en secreto los foros de transformación: enlaces que desaparecían, historias demasiado específicas para ser ficción. Y un nombre que aparecía una y otra vez, siempre en susurros digitales.

—Madame Muñeca —dijo Sergio, y la palabra sabía a peligro en su lengua.

Un correo ya escrito esperaba en la pantalla: «Queremos ser transformados. Los dos. Queremos ser como ellos, los que mandan. Podemos pagar.» El cursor parpadeaba sobre el botón de enviar. Sergio asintió. Bruno presionó.

La respuesta llegó tres días después, breve y elegante, oliendo a perfume dulce incluso a través de la pantalla: «Dos por el precio de uno. Interesante. Hotel Beaumont, suite 1612. Viernes a medianoche. Ella no espera.»

***

El Beaumont era mármol negro y candelabros que costaban más que una matrícula. Cuando el ascensor privado abrió sus puertas directamente a la suite, los dos contuvieron el aliento.

Todo era rosa. No el rosa pastel de un cuarto de niña, sino uno eléctrico y vibrante que pulsaba como algo vivo. Y en el centro, sentada en un sillón que parecía un trono, los esperaba ella.

Era hermosa de una manera que dolía mirar. Curvas envueltas en látex rosa que brillaba como piel mojada, cabello platino cayendo en cascada, labios del color de la sangre. Pero sus ojos eran fríos, calculadores, los ojos de alguien que veía exactamente lo que eras y lo que podías llegar a ser.

—Mis pequeños perdedores —dijo, y su voz era miel envenenada—. Cuéntenme qué quieren.

—Queremos ser como ellos —soltó Sergio en un torrente—. Los populares, los Brett Vance del mundo. Los músculos, la actitud, todo. Queremos que nos miren con respeto en vez de asco.

Madame Muñeca inclinó la cabeza, como un gato observando ratones.

—Quieren poder. Quieren ser temidos. —Se puso de pie; el látex crujió suavemente—. Puedo dárselo. Pero la transformación tiene un precio, y no hablo de dinero.

—Lo pagaremos —dijo Sergio, demasiado rápido—. Lo que sea.

—Oh, lo sé. Siempre lo pagan. —Extendió una mano enguantada—. ¿Tenemos un trato?

En algún rincón de sus cerebros, una vocecita gritaba advertencias. Pero esa voz llevaba años ahogada por las risas a su costa. Los dos extendieron la mano al mismo tiempo.

—Trato.

—Perfecto —susurró ella—. Recuerden, queridos: yo siempre cumplo lo que prometo. —Y algo en sus ojos terminó la frase sin palabras: pero nunca de la forma que esperan.

***

La suite se había convertido en un templo. Dos camillas forradas en seda rosa, velas que despedían un aroma embriagador.

—Quítense la ropa —ordenó—. Necesito ver con qué trabajo.

Se despojaron de sus capas de protección hasta quedar expuestos. Ella los observó como un escultor examina un bloque de mármol defectuoso.

—Acuéstense. Cierren los ojos. Escuchen solo mi voz.

Bruno sintió una pesadez en las extremidades y una ligereza en la mente; los miedos comenzaron a difuminarse.

—Sergio —dijo ella, junto a la otra camilla—, tú primero. Eres de los hombres que dicen «bro» todo el tiempo. Siempre lo has sido. Eres de los hombres que piensan en oraciones cortas. Los pensamientos largos te cansan.

—Bro —murmuró Sergio, y la palabra sonó extraña al principio. Luego algo encajó, como una pieza en su lugar—. Sí. Simple es... mejor.

Los pasos de ella se acercaron a Bruno. Sus dedos enguantados tocaron su pecho, fríos y eléctricos.

—Y tú serás físico primero. Eres de los hombres que van al gimnasio todos los días. Es tu templo. No has faltado en meses.

Bruno abrió la boca para protestar —él odiaba el ejercicio— pero las palabras murieron. ¿No había ido ayer? La imagen de sí mismo levantando pesas apareció tan nítida como un recuerdo real.

—Yo... voy al gimnasio —dijo, confundido por su propia certeza.

—Por supuesto que sí. Eres de los hombres que se sienten orgullosos de su cuerpo. Ahora duerman. Sus cuerpos tienen trabajo que hacer.

***

La primera semana fue un borrón de sudor y hierro. Bruno despertaba antes del amanecer con una energía que nunca había conocido, y su cuerpo lo llevaba al gimnasio sin que su mente lo cuestionara. Frente al espejo, después de solo cinco días, veía cambios que desafiaban toda biología: hombros ensanchados, brazos con definición donde antes solo había hueso.

Pero su mente seguía siendo la misma. Miraba ese cuerpo nuevo y sentía que llevaba un disfraz. Era como vivir dentro de otra persona.

—Bro —dijo Sergio, apareciendo detrás de él.

Físicamente seguía igual de flaco, pero algo en sus ojos había cambiado: más duro, más frío. La complicidad de años de amistad había mutado en algo que parecía evaluación.

—Te ves medio flácido en el pecho, bro. Las máquinas son para débiles. Siempre lo he dicho. Peso libre o nada.

¿Siempre?, pensó Bruno. Hace una semana no sabías la diferencia entre una mancuerna y un teléfono. Pero la convicción en los ojos de Sergio era absoluta. Genuinamente recordaba haber pensado siempre así, como si Madame Muñeca no hubiera cambiado quién era, sino revelado quién había sido todo el tiempo.

Esa tarde, en el vestidor, tres novatos entraron hablando. Sergio los miró con algo que Bruno solo había visto en Brett Vance.

—Menos ruido —ladró.

Se callaron al instante. Bruno reconoció a Ethan Soto, del club de ajedrez, que ahora lo miraba a él con el mismo miedo que Bruno solía sentir. Soy uno de ellos, pensó. Todavía soy uno de ellos por dentro. Pero su cuerpo ya no lo reflejaba, y Sergio tampoco lo veía así.

***

Las sesiones se multiplicaron. Cada «eres de los hombres que...» era un cincel golpeando mármol, esculpiendo algo nuevo de la piedra en bruto. Bruno se sentía confiado sin camisa. Sergio hablaba ya solo en monosílabos, riendo de los que eran como él solía ser.

Tres semanas después, frente al espejo del gimnasio, Bruno veía a un extraño musculoso que empezaba a parecerse a alguien que siempre quiso ser. Pero no era suficiente. Volvieron a la suite con una codicia nueva.

—Queremos más —dijo Sergio, simple y directo.

—No es suficiente —añadió Bruno, sorprendido por la dureza de su propia voz—. Brett Vance sigue siendo más grande. Queremos ser más.

Madame Muñeca permaneció inmóvil un largo momento. Luego comenzó a aplaudir despacio, el látex contra el látex sonando casi sarcástico.

—Maravilloso. Les di el regalo de la transformación, y en tres semanas creen que merecen el mundo. —Su sonrisa se afiló—. Querían ser como Brett Vance. Pues bien... voy a enseñarles una lección que él nunca aprendió.

Se giró hacia Sergio.

—Tú continuarás como estás. Fratboy. Exactamente lo que pediste. —Sus ojos volvieron a Bruno, brillando con una diversión cruel—. Pero tú querías más. Así que voy a darte más. Serás perfecto.

La palabra se clavó en él como un gancho. Y en ese instante, con el terror helado de quien ve caer el cuchillo, Bruno entendió que su codicia le había costado todo.

Ella apoyó un dedo enguantado sobre el cuello de Sergio.

—Eres de los hombres que apoyan completamente a sus amigos. Lo que sea que Bruno elija ser, tú lo celebrarás. Jamás interferirás con su... evolución.

—Lo apoyo —repitió Sergio con voz hueca—. Siempre.

Madame Muñeca se acercó a Bruno. No lo llevó a la camilla; no le hizo falta. De pie, en medio de la luz rosa, comenzó a trabajar.

—Mírame. Eres de los hombres que cuidan su piel. Rutina completa, cada noche, cada mañana.

No, pensó Bruno con claridad repentina. No soy de esos. Pero sintió algo girar como una bisagra oxidada. Su mente resistía —elegí recordar, esto no es real— y la resistencia era como empujar agua.

—Eres de los hombres que se depilan todo el cuerpo. Te gusta la suavidad. —Caminaba a su alrededor como una serpiente—. Eres de los hombres que prefieren ropa ajustada, que marque cada curva.

¿Curva? Los hombres no tenían curvas. Pero la protesta murió antes de nacer. Ella se detuvo frente a él, sus ojos perforando los suyos.

—Eres de los hombres que notan cuando otro hombre es atractivo. Que fantasean con otros hombres. No hay vergüenza. Es parte de quien eres.

Las imágenes aparecieron sin permiso: Sergio sin camisa, el sudor brillando en sus brazos; Brett Vance, los músculos moviéndose bajo la piel bronceada. Hombres. Tantos hombres.

—Y eres de los hombres que se sienten cómodos siendo femeninos —susurró ella contra su oído—. Es simplemente quien siempre has sido.

Femenino. La palabra debería haber provocado pánico. Lo que Bruno sintió fue alivio, como si una puerta cerrada durante años por fin se abriera.

—Femenino —repitió, y sus labios se curvaron en algo parecido a una sonrisa—. Sí. Está bien.

***

Los días siguientes fueron extraños. Su piel se veía más suave, sin vello. Su ropa había migrado hacia colores brillantes, ajustados, muy ajustados. Y los hombres... Bruno no podía dejar de mirarlos: cómo se flexionaban los bíceps de Sergio, el olor a sudor masculino que antes le repugnaba y ahora le encendía algo en el vientre.

Una noche, solo en su cuarto, se tocó por primera vez pensando en un hombre. En Sergio, en su voz grave diciendo «bro». El orgasmo lo golpeó con una intensidad que nunca había experimentado, y cuando terminó, jadeando, no sintió vergüenza. Sintió hambre de más.

En el gimnasio, los leggings que ahora usaba marcaban caderas más anchas, un trasero más redondo. Un entrenador de unos treinta años se acercó, recorriéndolo con los ojos sin disimulo.

—Tu forma en las sentadillas es buena —dijo, la mirada cayendo descaradamente a su trasero—. Tienes potencial.

Bruno debería haberlo rechazado. En cambio, la palabra salió antes de pensarla:

—Me encantaría.

Esa noche cruzó otra línea, imaginando esos brazos sosteniéndolo, tocándolo. El placer lo dejó deshecho. Madame Muñeca lo había roto, y lo peor era que una parte cada vez más grande de él lo disfrutaba.

***

Contra toda lógica, regresaron. No porque quisieran, sino porque la suite los llamaba como un canto de sirena.

—Sabía que volverían —ronroneó ella—. El hambre siempre los trae de vuelta.

Acostó a Sergio en la camilla y completó su descenso. Cuando se levantó, era un fratboy de manual: músculos brillantes, mandíbula de granito, ojos vacíos de pensamiento complejo. El chico que alguna vez citó a Sartre borracho había desaparecido bajo capas de simplicidad.

—Tu turno —dijo ella, girándose hacia Bruno.

Quiso correr. Pero su cuerpo se quedó, y la voz de terciopelo lo envolvió mientras la última resistencia se disolvía. Sintió las caderas redondearse, el pecho llenarse, la cintura estrecharse bajo las manos enguantadas. Cuando todo terminó, la persona frente al espejo era una mujer despampanante, de curvas imposibles y labios brillantes.

—Ah, Bruna —ronroneó Madame Muñeca, apareciendo en el reflejo aunque las puertas nunca se abrieron—. Mi obra maestra. ¿Te gusta lo que ves?

Bruna se miró. Y por primera vez no sintió horror, sino reconocimiento, como si por fin viera a la persona que siempre había estado esperando bajo la superficie.

—Sí —susurró, y era verdad—. Me gusta.

—Por supuesto. Porque siempre fuiste tú. Yo solo te ayudé a recordarlo.

Mientras el ascensor descendía hacia una vida nueva, Bruna comprendió que el pasado se había reescrito a su alrededor, suave y completo, como agua llenando cada grieta. Ya nadie recordaba a Bruno. Solo a Bruna. Siempre Bruna. Y ella, anclada a sus recuerdos por elección propia, era la única que sabía la verdad de lo que había sido.

Descubrió que ya no le importaba. Después de todo, siempre había sido de las mujeres que disfrutan ser exactamente lo que son.

En lo profundo del campus, un fratboy llamado Sergio sonreía sin saber por qué, sintiendo que algo importante había cambiado, incapaz de recordar qué. Madame Muñeca cumplía lo que prometía. Pero nunca de la forma que uno esperaba.

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Comentarios (5)

Darky_Mx

Tremendo!! uno de los mejores que lei por aca en mucho tiempo, de verdad.

LectoraAnsiosa

me quedé con ganas de mas, tiene que haber segunda parte si o si!!

nocturno77

Siempre me pregunté como sería eso. Muy bien llevado, sin caer en lo burdo. Felicitaciones

MigueSF_88

La premisa es genial, eso de que te conceden el deseo pero a su manera... me enganchó desde la primera línea

BiblioLector

Muy original. El giro no me lo esperaba para nada, que sorpresa

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