El camarero del bar que quería ser mi mujer
Es dulce, sensual y tiene un cuerpo que quita el aliento. Una cara angelical, la piel morena y cuidada, y una polla que sigue siendo suya por elección propia. Es transexual, y a mí me hechiza. Me la como entera en cuanto puedo, desde los dedos de los pies hasta la nuca, recorriendo ese cuello fino y elegante con la lengua.
Ella se cuida como nadie. No descuida sus tratamientos, el gimnasio, la estética. El depilado perfecto, la hidratación, el maquillaje justo, la ropa que provoca, la lencería que no esconde ni pretende esconder lo que lleva debajo. Todo en ella es una declaración.
Ahora lo cuento así, sin rodeos. Soy feliz despertando a su lado cada mañana, mirando su rostro al amanecer. A veces me despierta con mi polla en su boca; otras soy yo quien la despierta lamiendo su piel tibia. Nos queremos, y nos deseamos igual que el primer día.
Sé que su culo apretado o su boca pintada de carmín siempre acogen lo que les ofrezco, y sé que la suya se abre paso entre mis nalgas cuando le toca a ella darme placer. Nos lo ganamos los dos, después de todo lo que pasamos para llegar hasta aquí.
Pero esto es hoy. El principio no fue tan fácil. Hubo dudas, las suyas y las mías. Fue un camino largo, y lo hicimos juntos.
***
Cuando la conocí era un chico de veinte años, tímido, delgado y guapo. Eso era lo que se veía por fuera. No sus deseos, no lo que escondía dentro. Eso me costó bastante más averiguarlo.
Su tío lo había contratado para mantener abierto el bar unas horas más por la noche. Selene —aunque entonces ese nombre todavía no existía— atendía la barra cuando el resto del mundo ya dormía. Yo iba a ese bar por pura costumbre. Me quedaba cerca de casa, al borde de la urbanización, escondido entre encinas en un descampado tranquilo. Podía llegar caminando y volver igual de tranquilo aunque se me fuera la mano con las copas.
Mi historia hasta entonces había sido larga y revuelta. Divorciado dos veces, curtido, morboso, de vuelta de casi todo. El chico me gustaba, sí, pero al principio solo porque era guapo y estaba bueno. Así de simple lo sentía yo en aquel momento.
Más de una noche me había hecho una paja pensando en él, a solas en mi cama, imaginando lo que escondían esos vaqueros ajustados. El culo prieto, la polla dura, lo que me gustaría hacer con todo aquello.
Salía del trabajo y me pasaba por allí, y me quedaba hasta que él echaba el cierre. No tenía ganas de volver a una casa vacía. Me bastaba con verlo moverse, o con observar cómo alguna mujer vestida para matar intentaba ligárselo enseñándole escote o muslo.
De ese espectáculo yo no me perdía detalle. Cuanta más piel a la vista, mejor, fuera de hombre o de mujer. Admito el cinismo de aquella época sin ningún reparo.
Pero el chico cada vez me gustaba más. Me quedaba charlando con él en la barra, o sentados a mi mesa entre los árboles del jardín cuando había pocos clientes. Y a él no parecía molestarle: me hacía compañía con una sonrisa preciosa que se le escapaba sin querer.
***
El verano apretaba. Llevábamos menos ropa y las confidencias se volvían más íntimas. Ya parecíamos amigos. Yo fui el primero en confesar que había tenido sexo con chicos. Y, casi como curiosidad, le conté que también con alguna travesti. Más de una, todas las que encontraba.
—Una de mis ex me pilló en nuestra propia cama con una de ellas comiéndome la polla —le dije riéndome—. En su momento fue un trauma. Hoy me da risa. Me costó el segundo divorcio.
Él no dijo nada de eso hasta unos días más tarde. Entonces me confesó, casi sin mirarme, que era virgen. Que nunca había estado con nadie. Con veinte años me extrañó, pero lo dijo tan serio que no me reí. Aun así, aunque se estaba abriendo, todavía no me había contado nada de lo que le gustaba.
—Nunca he estado con nadie —repitió, como si le costara creerlo él mismo.
Puse mi mano sobre su muñeca y no la apartó. A partir de ahí, cada noche intenté acercarme un poco más, rozarlo un poco más, y él se dejaba. Es más, lo provocaba. Se arrimaba a mi cuerpo como por descuido, aunque a veces parecía de todo menos casual.
Una noche, al separarnos en una esquina para ir cada uno a su casa, se despidió con un beso en la mejilla. Estábamos en un rincón oscuro, bajo una encina frondosa. Apretó su pecho contra el mío, separados solo por las camisetas finas del verano. Casi noté el latido de su corazón.
—Me voy a quedar solo unos días —dijo.
Sus padres se iban de vacaciones y él tenía que quedarse a trabajar. Le propuse que se viniera una noche a casa, a tomar unas copas y relajarnos. Imaginé que no querría ver más barras después del turno, y que por una vez le apetecería que lo atendieran a él.
***
Al entrar en mi casa, siguiéndole el paso a ese culo prieto, le dije:
—Ponte cómodo. Hoy te sirvo yo.
Me descalcé, me quité la camiseta y empecé a preparar las copas. Él me imitó con las zapatillas, pero no se quitó la camiseta de rejilla, muy pegada, que dejaba transparentar los pezones. La estrenaba esa noche. Creo que la había guardado para mí, aprovechando que sus padres no estaban.
—Bonita camiseta —le dije.
Puse música suave. Le ofrecí la copa y brindamos. Sentados muy cerca en el sofá, por fin se soltó. Me besó en los labios, con el aliento dulce del licor de hierbas que estaba tomando. Fue un beso suave, apenas un roce. Nuestro primer beso.
Y entonces me confesó lo que llevaba dentro.
—Nunca me he sentido cómodo con mi cuerpo —dijo en voz baja—. Me gustan los hombres, pero hay algo más.
Esperé. No quería romper el momento.
—Ya lo habrás adivinado. Quiero ser mujer. Tu mujer.
Siempre se había imaginado con pechos, con rasgos finos, con caderas anchas. Se soltó la coleta y una melena negra, lisa y brillante le enmarcó la cara. Esta vez fui yo quien la besé.
—Quiero una cara hermosa, un cuerpo trabajado y un buen par de tetas —susurró contra mis labios.
Nos besamos con más fuerza, con lengua, más hondo, saboreando su boca mientras le pasaba una mano por el costado. La sentí temblar.
—Tengo ropa de chica guardada —le dije—. De mis ex. La dejaron aquí cuando se fueron.
Sonriendo, le conté que estaba toda en el desván, en cajas, y que podía quedársela si se la probaba delante de mí. En realidad se la habría regalado igual, sin necesidad de verla. Solo por la cara de felicidad que puso valió la pena.
No se conformó con eso. Me clavó la lengua hasta el fondo de la boca, puro agradecimiento, sentada a horcajadas sobre mis muslos, dejando por fin que mis manos le agarraran las nalgas duras y redondas.
—Tienes un culo precioso —le dije.
Sin separarla de mí, le fui subiendo despacio la camiseta hasta poder lamerle el pecho lampiño y mordisquearle los pezones, pequeños y rosados, mientras ella gemía bajito.
—Vamos —dije con un azote suave para que se levantara—. Está arriba.
Si seguíamos en el sofá, me la habría follado sin más preámbulos. Y yo quería más. A esas alturas ya solo podía imaginarla vestida, con ese cuerpo sensual envuelto en lencería.
***
La llevé al desván, donde había arrinconado toda esa ropa en cajas de cartón junto a un sofá viejo. Era el rincón más tranquilo de la casa. Ella, ilusionada como una niña con juguetes nuevos, se puso a revolver entre perchas y cajones. Yo la miraba desde la puerta, apoyado en el marco, disfrutando.
—Hay cosas preciosas —decía—. Tengo ropa para una temporada entera.
Casi todo el maquillaje estaba seco, pero quedaba lo justo para disimular la pelusilla de la barbilla, delinear los labios de un rojo intenso y resaltar esos ojos azules. Ya compraríamos lo demás más adelante.
Para empezar eligió un conjunto de lencería sencillo, casi transparente, y no me dejó tocarla todavía. Tengo que admitir que mis ex vestían como auténticas descaradas, y puede que eso fuera parte de lo que me atraía de ellas. Todo lo que quedaba en esas cajas era de lo más provocativo. Lo demás lo había tirado hacía tiempo.
—¿Estoy guapa? —preguntó.
—Preciosa.
—No, quédate ahí hasta que termine de vestirme. Quiero estar perfecta para ti.
Solo me dejó contemplar su transformación desde el quicio de la puerta. Vi su cuerpo delgado y depilado completamente desnudo cuando se bajó el tanga. Mi polla, dura dentro del vaquero que aún no me había quitado, la deseaba con desespero.
Se colocó el sexo entre los muslos y lo sujetó con el tanga. Le señalé unos rellenos de silicona que usaba mi primera ex, que tenía poco pecho, y se los metió en el sujetador. Se subió por las piernas largas unas medias con liguero.
Después se puso una minifalda que, al ser más alta su dueña original, le quedaba muy por encima de la rodilla, casi a la altura del culo. La franja de piel desnuda entre la media y la falda pedía a gritos que la besaran. Completó el conjunto con un top corto que dejaba al aire el vientre plano, el ombligo y uno de los hombros.
Le costó calzarse unas sandalias de tacón, las más grandes que había, y solo lo consiguió porque estaban hechas de tiras finísimas de cuero. Ya compraríamos zapatos de su número.
Sonriendo y contoneando las caderas, cruzó la habitación hacia mí. Tropezó y cayó riéndose en mis brazos. Como no quería que se torciera un tobillo, la levanté en volandas, igual que a una novia, y la llevé hasta el sofá viejo para dejarla con cuidado sobre los cojines.
Adoptó una pose sensual, doblando las rodillas y cruzando los brazos detrás de la cabeza. Como una diosa de cuadro antiguo, pero todavía vestida.
Aproveché para hacerle las primeras fotos con el móvil. Las primeras de su vida vestida de mujer, y en ellas ya era imposible reconocer al chico que había sido. Parecía una jovencita preciosa posando para su novio, provocativa, dueña de sí misma.
***
Me hizo un gesto para que me acercara. En cuanto estuve a su lado, con una cara de pura lujuria, me abrió los pantalones, que cayeron hasta los tobillos, y se relamió mirando el bulto marcado en el bóxer ajustado.
Empezó besándolo por encima de la tela, frotándose la cara contra él. Luego bajó la prenda hasta mis rodillas y liberó mi polla, que ya no aguantaba más. Lo grabé todo.
Pasó la lengua por mis huevos depilados, levantando el tronco con su manita suave. Su lengua juguetona mojaba mi piel de saliva. La dejé hacer a su aire: quería que explorara, que se dejara llevar, que descubriera sola el cuerpo de su primer amante.
—No sabía que chupar una polla dura fuera tan morboso —murmuró.
Subió lamiendo a lo largo, empapándola entera, hasta que con una sonrisa lasciva se tragó el glande y lo hizo desaparecer entre sus labios recién pintados. Todavía no sé cómo no me corrí ahí mismo. No le hizo falta mucho más: unas lamidas, unas caricias a mis huevos húmedos, y descargué toda la tensión de la noche en su lengua.
—Lo tenemos grabado —dijo orgullosa, reteniéndolo en la boca—. Mi primera vez.
Me incliné y la besé, compartiendo todo en un beso largo y sucio, con las lenguas entrelazadas. Ni siquiera me había quitado del todo la ropa, que seguía enredada en los tobillos.
Entonces le pedí que me desnudara, y lo hizo encantada. Me tumbé a su lado para seguir besándonos y acariciándonos sin prisa. Besando y lamiendo cada trozo de piel que descubría, la dejé en bragas y sujetador. Sin quitarle el tanga, le comí la polla, que con tanto juego había escapado dura de su escondite.
Le lamí los huevos suaves y pelados, goloso, haciéndola gemir y retorcerse. Mientras tanto notaba que la mía volvía a endurecerse por la excitación de tenerla así, entregada, a mi lado.
Me fui bajando hacia su culo, lo abrí con las manos y le clavé la lengua en el ano. Ella se sujetaba las rodillas contra el pecho, suspirando, deseando tenerme dentro.
—Joder, si llego a saber esto antes —jadeó.
***
Paré lo justo para lubricarme bien. Ella se quitó el tanga y volvió a ponerse la falda, el sujetador y los tacones, para sentirse más mujer en mi honor. Después se sentó sobre mi cadera y, despacio, se fue clavando ella sola.
—Grábalo —pidió—. Quiero recordar siempre la noche en que me hiciste mujer.
Ya había jugado a solas con su cuerpo, así que fue con cuidado pero sin retroceder, decidida, con muchas ganas. Cuando por fin apoyó las nalgas en mis muslos, la visión de su cara entre la melena despeinada y el pecho apenas cubierto por el sostén me pareció lo más hermoso que había visto nunca.
Se movía despacio, disfrutando de cada centímetro, sin acelerar, mirándome a los ojos con un gesto que no olvidaré jamás. Hasta que nos corrimos los dos: ella sobre mi vientre, con una pequeña ayuda de mi mano, y yo dentro de ella. Con la otra mano sostenía el móvil.
***
Desde aquella noche se ha convertido en la mujer perfecta que es hoy. Ha pasado por todo el proceso: las hormonas, alguna operación. No ha perdido la polla, que tanto placer nos sigue dando a los dos. De vez en cuando volvemos a ver los vídeos de esa primera vez, y los recordamos sin vergüenza, riéndonos y deseándonos otra vez.
Vivimos juntos. El pequeño bar de su tío se ha convertido en un local de ambiente, donde chicos, chicas y todo lo que hay en medio se conocen y disfrutan en libertad. Y nosotros seguimos disfrutando en mi cama, tanto o más que aquella primera noche en el desván, entre cajas de cartón y ropa prestada.