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Relatos Ardientes

La vecina de tacones rojos guardaba un secreto

En un edificio viejo del centro de Rosario vivía Bruno, un ilustrador de veintisiete años que apenas salía de su departamento. Trabajaba de día con la persiana baja y pasaba las noches frente a la consola, sin más rutina que el café de la mañana y el zumbido del aire acondicionado.

Todo cambió un sábado de marzo. Oyó voces en el pasillo y, por curiosidad, abrió la puerta. Allí estaba ella, dirigiendo a los fleteros con una voz ronca y autoritaria que no admitía discusión.

Parecía recién salida de una revista de los años cincuenta. Vestido ajustado de lunares, busto prominente realzado por un sostén tipo torpedo, uñas largas pintadas de rojo intenso que gesticulaban con elegancia mientras daba órdenes. El maquillaje era denso: labios carmesí, delineador negro, sombras ahumadas que le daban un aire de misterio. El peinado, alto y voluminoso, completaba la postal.

Lo remataban unas medias de nylon con costura visible, un corsé que le ceñía la cintura hasta lo imposible y unos tacones de aguja que repiqueteaban contra el piso de madera con cada paso.

Bruno se quedó clavado en el umbral. Nunca había visto a alguien tan magnético, tan parecido a una estrella de cine clásico con un toque de decadencia. Sintió un cosquilleo en el estómago y, antes de pensarlo, habló.

—Hola, vecina. Soy Bruno, del departamento de al lado. ¿Necesitás una mano con la mudanza?

Ella giró despacio y lo midió de arriba abajo.

—Qué caballero —respondió, tendiéndole una mano enguantada—. Me llamo Renata. Sería un placer aceptar tu oferta, querido.

Bruno sintió un escalofrío al rozarle los dedos. Pasaron la tarde juntos: él cargando muebles pesados, ella señalando dónde ubicarlos con gestos teatrales. Cada vez que Renata se inclinaba para acomodar una lámpara, él no podía dejar de mirar la silueta ceñida por el corsé, el cruce de las piernas enfundadas en costura, el clac de los tacones sobre la madera recién encerada. La bragueta se le apretaba y Bruno ya sentía la polla dura contra el pantalón, humedeciéndole la tela.

***

Al caer la tarde, Renata lo invitó a quedarse a tomar un té.

—Fuiste tan útil, Bruno. Dejá que te recompense.

Preparó la infusión como un ritual: midió las hojas con precisión, vertió el agua mientras sus uñas tamborileaban sobre la tetera. Sentados en un sofá vintage que recién desempacaba, conversaron. Ella hablaba de un pasado glamoroso, de salones olvidados y amores intensos. Bruno estaba hipnotizado.

El perfume floral y empolvado lo envolvía. Cada roce accidental —su mano sobre la rodilla, un mechón rozándole el hombro— lo hacía desear más. Se ofreció a ayudarla con lo que hiciera falta, con la esperanza secreta de que esa cercanía derivara en algo. Imaginaba besarla, desabrocharle el corsé, recorrer esas curvas que lo obsesionaban, hundir la cara entre esas tetas enormes y lamerlas hasta dejárselas mojadas.

Pero Renata era astuta. Notó la mirada hambrienta y decidió invertir los papeles.

—Sos un chico tan dulce —murmuró, acercándose.

Con una mano le acomodó el cuello de la camisa y dejó que las uñas largas le trazaran una línea por el pecho, bajando hasta rozarle el bulto que se marcaba en el pantalón. Bruno se sonrojó, pero no se apartó. Ella lo guió con frases susurradas.

—En mi época, las mujeres sabíamos seducir sin decir una palabra. Y también sabíamos cuándo un pibe se estaba muriendo por que le tocaran la verga.

Lo invitó a bailar un lento en la sala vacía, su cuerpo pegado al de él, el busto rozándole el torso y la pelvis apretada contra la suya. Bruno sintió el corazón desbocado y la cabeza nublada por el deseo. Fue él quien terminó suplicando, besándola con urgencia, las manos explorando el corsé que moldeaba la figura, subiéndole la falda del vestido y palpándole los muslos por encima de las medias.

Renata rió bajo, le mordió el labio inferior y le agarró la mano para llevársela directo al bulto propio, presionándole los dedos contra la tela.

—¿Te gusta lo que sentís, querido? Todavía no viste nada.

Lo llevó al dormitorio, todavía lleno de cajas. Se desvistieron despacio: primero los tacones, luego las medias de costura que revelaron unas piernas suaves y depiladas. Bruno le desabrochó el corsé con dedos torpes y las tetas quedaron libres, pesadas, con los pezones duros. Se abalanzó a chuparlas, uno y otro, mordiendo suave, mientras Renata le enterraba las uñas en la nuca y jadeaba.

—Así, con hambre. Chupámelas bien.

Bruno estaba perdido en su encanto, en el maquillaje que no se corría, en el peinado intacto. Le bajó los besos por el vientre, dispuesto a lamerle el coño, y entonces, en la penumbra, al bajar las manos, descubrió algo inesperado. Renata no era lo que aparentaba: era una travesti, con una verga de dimensiones generosas, gruesa, oscura, ya dura, que se le venció contra la mejilla.

El sobresalto inicial dio paso a una mezcla de confusión y curiosidad. Renata rió suave, sin un gramo de arrepentimiento, y le agarró la cara con una mano enguantada.

—La vida es una ilusión, darling. ¿No te encantan los giros en una buena trama? Ahora abrí la boca, que la tenés al lado.

Bruno, todavía agitado, se quedó mirando esa polla a centímetros de sus labios. El olor a piel y perfume mezclados lo mareó. Sacó la lengua, dudando, y la pasó por el glande. Renata gimió y le empujó la cabeza. Bruno abrió la boca y la recibió, primero la punta, después la mitad, ahogándose un poco cuando ella le clavó los tacones de la voz.

—Eso es. Mamámela toda, no seas tímido. Salivala bien.

Bruno chupó con torpeza pero con ganas. Sentía la verga hincharse contra el paladar, el sabor salado del pre-semen bajándole por la garganta. Las uñas rojas le tironeaban el pelo marcando el ritmo. Cuando Renata sintió que estaba por acabársele en la boca, lo apartó de un empujón, lo tumbó de espaldas y le arrancó los pantalones. Le agarró la polla dura de Bruno, la escupió con desprecio elegante y empezó a hacerle una paja lenta mientras se sentaba sobre su cara.

—Ahora lamé. Todo. El culo también, sin remilgos.

Bruno obedeció, la lengua recorriéndole los huevos, subiendo por el perineo, hundiéndose entre las nalgas depiladas. Renata gemía ronco, se meneaba encima suyo, y con la mano le seguía trabajando la verga. Cuando la sintió a punto, se dio vuelta en un movimiento fluido, se sentó sobre la polla de Bruno y se la clavó de una, hasta el fondo. Bruno pegó un grito ahogado. El calor apretado del culo de Renata le hizo ver luces.

—Quieto, quieto, mi amor. Dejámela adentro. Ahora la mando yo.

Renata empezó a cabalgarlo, subiendo y bajando con las tetas rebotando, la verga propia dura golpeándole el vientre a Bruno. Le agarró la mano y se la puso en la polla, obligándolo a hacerle la paja al ritmo del cogido. Bruno, aturdido, apretaba y bombeaba mientras ella lo montaba con la elegancia de una amazona.

—Corréte adentro. Llenámelo. Después vos me lo vas a lamer.

Bruno no aguantó más. Se corrió con un jadeo largo, descargándose entero en el culo de Renata, sintiendo cómo ella lo apretaba con los músculos para exprimirle hasta la última gota. Casi al mismo tiempo Renata se corrió también, disparándole un chorro espeso de semen contra el pecho y el mentón. Se inclinó, le pasó dos dedos por la corrida y se los metió en la boca a Bruno, que se los chupó sin pensar.

—Buen chico. Aprendés rápido.

Lo habían seducido por completo, no solo el cuerpo, sino el aura de misterio y confianza. Desde esa noche, su rutina cambió para siempre.

***

Los días siguientes fueron un tormento. No podía sacarse a Renata de la cabeza. Cerraba los ojos y veía el peinado deshecho en la pasión, sentía el roce de las uñas, olía el perfume empolvado mezclado con el sudor y el semen. Se hacía la paja tres veces por día pensando en ella, en la verga que le había hecho tragar, en el culo que le había cogido. En el trabajo sus dibujos se volvían abstractos, curvas que recordaban aquel corsé. De noche soñaba con el clac de los tacones acercándose en la oscuridad.

Intentó distraerse con amigos y videojuegos, pero siempre terminaba en el pasillo, escuchando tras la puerta de al lado, esperando una señal.

Una tarde sonó el timbre. Era Renata, impecable como siempre.

—Parecés un alma en pena, querido —dijo con esa voz ronca que lo hacía temblar.

Lo invitó a su departamento, ya decorado con muebles vintage, velas rojas, cortinas pesadas y un armario entreabierto que dejaba ver correas y látigos. Preparó otro té, pero esta vez fue directa.

—Te tengo visto, Bruno. No podés dejar de pensar en mi verga adentro tuyo, ¿verdad? Es hora de que sepas quién soy de verdad.

Con una sonrisa juguetona, le reveló su oficio: se ganaba la vida como dominatriz.

—En los clubes discretos de la ciudad soy la reina. Hombres y mujeres pagan fortunas por someterse a mi voluntad. Mi estilo retro no es solo moda; es mi armadura, mi poder.

Bruno tragó saliva, excitado y nervioso, con la polla ya endureciéndosele en el pantalón. Ella lo miró fijo, las uñas tamborileando en la taza y bajando después a acariciarle el bulto por encima de la tela.

—Te propongo algo: sé mi esclavo por una noche. Una sesión completa. Sin ataduras… bueno, con ataduras, pero ya me entendés.

Bruno temía lo desconocido, el dolor, la vulnerabilidad. Pero la atracción podía más.

—Acepto —murmuró, con la voz temblorosa.

***

Esa noche, Renata lo preparó todo. Lo hizo desvestirse despacio mientras ella se cambiaba a un atuendo más severo: corsé negro, guantes largos y sus inseparables tacones de aguja. Debajo del corsé no llevaba nada, y la verga le colgaba pesada, semi-erecta, enmarcada por los ligueros.

—De rodillas, esclavo —ordenó.

Bruno obedeció con el corazón golpeándole el pecho. Empezó la sesión de bondage. Con cuerdas suaves pero firmes lo ató a la cama, brazos extendidos, piernas abiertas y flexionadas, el culo bien expuesto. Las uñas largas le trazaban patrones en la piel, enviándole escalofríos de placer y anticipación.

—Relajate. Esto es sobre la entrega —susurraba, ajustando los nudos con precisión experta.

Le pasó la lengua por los pezones, uno y otro, y bajó mordiéndole el vientre hasta llegar a la polla. Se la agarró con la mano enguantada, la apretó en la base y le pasó la lengua por toda la extensión, muy lento, mirándolo a los ojos.

—Mírame, esclavo. Nunca cierres los ojos cuando te chupo.

Le tragó la verga entera, hasta el fondo de la garganta, sin arcadas, con una técnica de puta cara. Bruno gimió y tironeó de las cuerdas. Renata subía y bajaba la cabeza, el peinado alto intacto, los labios rojos dejando un anillo húmedo en la piel. Cuando lo tuvo al borde, se separó y le dio un cachetazo en la polla.

—Ni se te ocurra correrte sin permiso.

El maquillaje denso de sus ojos lo vigilaba; el peinado alto la volvía una diosa inalcanzable. Jugó con él durante horas: caricias alternadas con azotes leves en las nalgas, palabras humillantes que lo excitaban más de lo que admitiría. Le pellizcaba los pezones con las uñas, le escupía en la boca, lo obligaba a decir «gracias, Ama» cada vez.

Después le lubricó el culo con dedos expertos, metiéndole uno primero, después dos, abriéndolo con paciencia mientras él se retorcía en las cuerdas.

—Aflojá el ojete, mi amor. Ya te lo trabajé bien. Ahora te va a entrar toda mi verga.

Bruno, temeroso al principio, se rindió al placer del sometimiento. Las cuerdas lo inmovilizaban, pero liberaban algo en él. Renata lo llevó al límite. En el clímax de la sesión se ubicó sobre él y, con un movimiento fluido, lo penetró con una mezcla de firmeza y dominio. La polla gruesa se hundió en el culo de Bruno de una sola embestida, arrancándole un grito.

Bruno jadeó. Una ola de sensaciones lo recorrió: el ardor inicial transformándose en éxtasis, la presión del cuerpo, el roce de las medias contra sus muslos abiertos. Renata controlaba el ritmo, las uñas clavándose apenas en sus caderas, embistiendo cada vez más fuerte, haciéndole rebotar el escroto contra las nalgas.

—Eso es. Entregate a mí. Sentí cómo te la clavo. Sos mi puta ahora.

Le agarró la polla a Bruno y se la masturbó al ritmo del cogido, apretando fuerte. Bruno gemía sin parar, la cabeza revoleándose sobre la almohada, incapaz de moverse por las cuerdas, obligado a recibir cada estocada. El sonido húmedo del cogido llenaba la habitación, mezclado con el crujido del corsé de Renata y los taconazos que ella clavaba en el colchón para tomar impulso.

—Corréte cuando yo te diga. Ni un segundo antes.

Le siguió cogiendo durante minutos larguísimos, cambiándole el ángulo, hundiéndose hasta el fondo, sacando la polla casi entera y volviéndosela a enterrar. Cuando la sintió a punto, aceleró el ritmo, gruñó y le vació una corrida enorme adentro del culo, chorros calientes que Bruno sintió golpearle las entrañas.

—Ahora vos. Corréte, esclavo.

Bruno explotó con un aullido, disparándose en el propio vientre mientras Renata le seguía apretando la polla y le movía la verga adentro del culo, exprimiéndolo hasta la última contracción. Cuando terminó, quedó exhausto, todavía atado, pero con una sonrisa de satisfacción, el semen ajeno chorreándole entre las nalgas y el propio secándosele en el pecho. Ella lo desató con cuidado, le besó las muñecas marcadas y le pasó dos dedos por la corrida del vientre para dárselos a lamer.

—Buen chico —dijo, acomodándose el peinado.

Desde esa noche, la relación cambió de naturaleza. Bruno ya no era solo el vecino, sino su devoto ocasional, explorando un mundo de placeres que jamás había imaginado.

***

Con las semanas, la dinámica se solidificó. Bruno firmó un contrato simbólico una noche de velas y promesas susurradas. Juró obediencia a cambio de las sesiones que lo llevaban al éxtasis y al abismo.

Renata dictaba las reglas: él limpiaba el departamento de rodillas y desnudo, preparaba los tés con precisión ritual y respondía a sus llamadas con un «Sí, Ama» tembloroso. Cada vez que ella pasaba a su lado le daba un cachetazo suave en la mejilla o le agarraba la polla para ver si estaba dura, y siempre lo estaba. Las noches de bondage se volvieron costumbre, y cada una era un peldaño más en su sumisión. Bruno anhelaba sus órdenes, el clac de los tacones anunciando su llegada, el roce de las uñas en la nuca como recordatorio de quién mandaba, la verga de Renata metiéndosele en la boca o en el culo casi todos los días.

Una noche de luna llena, Renata decidió subir la apuesta. Lo citó con un mensaje críptico: «Vení preparado para renacer, darling».

Bruno llegó puntual, nervioso y excitado. La encontró en su esplendor habitual, pero esta vez había algo más: sobre la cama, un arsenal de prendas y accesorios dispuestos como un altar.

—Esta noche, mi esclavo, te voy a transformar —anunció con voz ronca—. Te voy a feminizar a mi imagen y semejanza. Olvidate de Bruno; de ahora en más, sos Bruna, mi versión joven y sumisa.

Bruno tragó saliva, recorrido por un escalofrío de temor y anticipación. Renata no admitía dudas. Lo desvistió con manos expertas y empezó la transformación.

Primero, un corsé que le afinó la cintura hasta dejarla como la suya. Después, un sostén tipo torpedo relleno que le elevó el pecho en una curva dramática y lo hizo sentir expuesto. Le calzó medias de costura, le enseñó a engancharlas con delicadeza y le puso unos tacones que lo obligaron a caminar con pasos cortos y vacilantes.

El vestido era una réplica del estilo de Renata: lunares, falda plisada, ajustado arriba. Luego vino el maquillaje: labios rojos, delineador negro, sombras ahumadas que lo convertían en una muñeca viviente. Por último, las extensiones para un peinado alto idéntico al de ella.

Frente al espejo, Bruno —ahora Bruna— vio el reflejo de una joven retro, una versión juvenil de su Ama, con uñas postizas rojas que completaban la ilusión.

—Perfecta, mi niña —murmuró Renata, admirando su obra—. De ahora en más me vas a llamar Mami. Soy tu guía, tu dueña. ¿Entendido, hija?

Bruna respondió con voz temblorosa y fingidamente aniñada:

—Sí, Mami.

Renata la empujó contra el espejo, le levantó la falda plisada y le arrancó la bombacha nueva. Le clavó tres dedos en el culo, sin previo aviso, mojados apenas con saliva.

—Y las nenas obedientes se dejan usar cuando Mami tiene ganas. ¿Sí o sí, Bruna?

—Sí, Mami —jadeó Bruna, con la cara pegada al vidrio.

Renata se sacó la verga por la abertura del corsé, se la escupió y se la enterró de un solo empuje. Bruna gritó viendo su propio reflejo maquillado, la boca abierta de rojo, las tetas postizas rebotando bajo el vestido de lunares. Mami le agarró el peinado nuevo y la cogió contra el espejo, embistiéndole con fuerza, los tacones de ambas repiqueteando en el piso.

—Mirate. Sos mi puta hija. Repetilo.

—Soy tu puta hija, Mami.

—Más fuerte.

—¡Soy tu puta hija!

Renata le acabó adentro, mordiéndole el cuello por sobre las extensiones, y le dejó la corrida chorreándole por los muslos enfundados en las medias de costura. Le pasó un dedo por el reguero blanco y se lo metió a Bruna en la boca pintada de rojo.

—Bienvenida a tu nueva vida, hija.

***

El entrenamiento de Bruna avanzó bajo la tutela estricta de Renata. Cada mañana perfeccionaba la apariencia: el corsé que moldeaba la figura, el busto que la volvía vulnerable, las medias que susurraban con cada movimiento torpe sobre los tacones. El maquillaje era un ritual matutino; las uñas largas, una extensión de su obediencia.

Una tarde lluviosa, Renata decidió llevarla a un nuevo nivel.

—Mi niña, para servir a Mami como corresponde tenés que aprender a mantenerte lista en todo momento —dijo.

Le mostró una caja con plugs de tamaños graduados y la instruyó con paciencia. De rodillas, el corsé apretándole el aliento, Bruna sintió la intrusión inicial como una mezcla de incomodidad y excitación que la hizo temblar. Renata le pasaba lubricante fino, empujaba, retiraba, empujaba un poco más adentro, mientras le hablaba al oído.

—Abrí para Mami. Abrí ese culito de puta que Mami se hizo. Así, respirá.

El plug entró de golpe con un chasquido húmedo y Bruna dejó escapar un gemido largo. Renata le dio una nalgada firme, marcándole la palma en la piel blanca.

—Relajate y respirá profundo —susurró Mami, ajustándolo con precisión—. Caminá. Sentí cómo te mantiene lista para lo que venga.

Bruna se levantó tambaleante. Cada paso enviaba ondas de sensaciones. Se le escapaba un jadeo cada vez que la base del plug le rozaba las nalgas y la polla se le marcaba durísima bajo el vestido, humedeciéndole las bombachas con pre-semen. Renata, con el suyo en su lugar, le demostró cómo moverse con elegancia sin perder el glamour. Pasaron la tarde practicando: sentarse, inclinarse, sostenerlo durante horas, mientras Mami la premiaba con caricias en la polla o la castigaba con azotes leves si se quejaba. En una de las inclinaciones Renata se le pegó por atrás, le sacó el plug de un tirón y le clavó la verga sin aviso, cogiéndola de pie contra la mesa, rápido, sucio.

—Los agujeros de mi nena están abiertos para mí siempre. ¿Entendido?

—Sí, Mami, sí, cogéme —lloriqueaba Bruna, agarrada al mantel.

Renata le acabó adentro por segunda vez en el día y le volvió a meter el plug de un empujón, sellándole el semen dentro.

—Mañana vas a asistirme en una sesión real —anunció esa noche—. Un cliente viene a someterse. Vos vas a ser mi sombra, aprendiendo y sirviendo.

—Sí, Mami —asintió Bruna, entre el miedo y la anticipación, con el culo todavía chorreándole.

***

El cliente llegó al día siguiente: un hombre de mediana edad, nervioso y sumiso, que se arrodilló ante Renata apenas cruzó la puerta. Ella, radiante en su vestido ceñido y su peinado alto, lo dominaba con una sola mirada. Bruna, vestida como su réplica juvenil, se paró a su lado, las piernas juntas, el plug adentro, la polla contenida bajo la falda.

Renata ató al esclavo a una silla vintage con manos expertas, dejándole los brazos hacia atrás y las piernas abiertas.

—Mostrame tu devoción —ordenó, sacándose la verga por la abertura del corsé y ofreciéndosela a la cara.

El hombre, temblando, empezó a mamársela con avidez, la lengua recorriéndole toda la extensión, los labios cerrándose en la base. Renata le agarró la cabeza con las dos manos enguantadas y empezó a garcharle la boca con embestidas firmes, ahogándolo cada tanto, dejándole hilos de saliva colgándole del mentón. Bruna observaba, la boca abierta, su propia excitación intensificada al ver el maquillaje del cliente correrse con las lágrimas.

—Tragála toda, forro. Como te enseñé.

Después, Mami giró la cabeza hacia ella.

—Tu turno, hija. Hacé que te sirva.

Bruna, sonrojada bajo el maquillaje, se acercó y levantó la falda, exponiendo la verga dura y las medias mojadas. El cliente, bajo amenaza de castigo, la atendió con una boca ansiosa, chupándosela entera, tragándose el pre-semen sin protestar. Renata supervisaba cada gesto, azotando al hombre en el pecho con un látigo corto cuando aflojaba.

—Más entusiasmo —exigía—, o vas a sentir mi enojo. Chupále la verga a mi hija como si fuera lo último que vas a hacer.

Bruna le agarró la cabeza al cliente y le cogió la boca imitando lo que Mami le había hecho, sintiéndose poderosa por primera vez, embistiéndole la garganta hasta hacerle arcadas. Renata sonreía atrás, orgullosa, jugándose ella misma con la verga.

—Así, hija. Rompéle la boca. Que aprenda que también me servís a mí.

El clímax llegó cuando Renata decidió el sometimiento total. Desató al hombre solo para ponerlo en cuatro sobre la alfombra, la cabeza gacha, el culo levantado. Se plantó atrás, le escupió el ojete, y lo penetró con ritmo dominante, los tacones firmes en el piso, el corsé crujiendo con cada embestida. El esclavo gemía, entregado, con la cara apretada contra la alfombra.

—Ahora vos, hija —dijo, saliéndosela de un tirón y cediéndole el lugar.

Bruna, dilatada y excitada, se ubicó detrás del cliente y le clavó su propia verga en el culo ya abierto por Mami. La sensación de coger a otro por primera vez la hizo gemir alto. Renata se colocó delante del hombre y le metió la polla en la boca al mismo tiempo, tapándolo por los dos lados, alternando estocadas con Bruna en un baile de dominación compartida. El esclavo se ahogaba, chorreaba babas, arqueaba la espalda para recibir mejor.

—Cogélo, hija. Con todo. Que sienta a las dos.

Cambiaron. Renata volvió al culo, Bruna a la boca. La polla propia le sabía menos raro de lo que hubiera imaginado, tal vez porque ya se la había mamado a Mami tantas veces. Los gemidos llenaron la habitación, el aire cargado de perfume empolvado y sudor. Renata gruñó primero, acabándole al cliente adentro del culo con embestidas cortas y profundas. Bruna, al ver esa cara de éxtasis en Mami, se corrió también en la boca del hombre, obligándolo a tragar hasta la última gota.

Cuando terminaron, dejaron al cliente arrodillado, con el semen de Renata chorreándole entre las piernas y el de Bruna en las comisuras de los labios. El hombre se fue exhausto y satisfecho, pagando generosamente. Renata abrazó a Bruna y le lamió la corrida ajena que le había quedado en la mejilla.

—Bien hecho, hija. Sos mi orgullo.

Bruna se sintió completa en su rol, lista para más. Su vida, ahora un tapiz de sumisión y placer, se tejía cada día más profundo en el mundo retro y dominante de su vecina misteriosa, esa diva de tacones rojos que le había robado el cuerpo y, sin que se diera cuenta, también el alma.

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Comentarios(8)

SilvioRdr

increible relato, me dejo sin palabras!!!

NocheDeVelo

La voz ronca y los tacones rojos... tremendo detalle desde la primera línea. Me engancho al toque, no pude parar de leer.

Marcos_79

Por favor que haya continuacion, quedé con mucho morbo y queria saber qué pasaba despues. Ojalá hagas una segunda parte.

Lola_Cruz

Me recordó a una vecina que tuve hace años, ese tipo de misterio que te atrae sin poder explicar por qué. Muy bien logrado.

RodriNocturno

Buenisimo. Se nota que sabes escribir, la descripcion del primer encuentro estuvo espectacular.

LectorNocturno33

excelente!!!

Fernanda_BA

Genial el relato, aunque me quedé queriendo saber mas sobre su historia antes de llegar al barrio. Igual es de los mejores que lei en bastante tiempo.

Alejo_Rutas

Seguí escribiendo asi, me gustaria leer mas aventuras de este estilo!

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