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Relatos Ardientes

La viajera del descapotable y su secreto mejor guardado

Trabajo en una estación de servicio perdida entre dos pueblos, en una carretera por la que casi nadie pasa. No es el empleo más glamuroso del mundo para una chica, lo sé, pero me gusta. Es sencillo, no exige pensar demasiado y, entre coche y coche, me sobra tiempo para mis cosas. A veces leo. A veces escribo relatos como este que estás leyendo ahora.

El sitio queda lejos de todo, en un paraje bonito rodeado de campos secos. Lo justo de tráfico para mantener las luces encendidas, pero sin grandes beneficios. De noche, el silencio solo lo rompen los grillos y, muy de vez en cuando, el zumbido de un motor que se acerca y vuelve a perderse en la oscuridad.

Este verano hace un calor de mil demonios. Me he acostumbrado a trabajar solo con la ropa interior debajo del mono naranja, esa prenda que es el colmo de la antielegancia. Normalmente llevo cosas sencillas de algodón blanco, nada provocativo. Mi figura tampoco da para mucho escándalo: soy más bien delgada, fibrosa, de pechos pequeños y firmes.

Pero esas prendas tan ajustadas a mi cuerpo me sientan mejor de lo que parece. Los tops deportivos marcan, las braguitas altas de las ingles también. No uso refuerzos ni rellenos; me gusta que se note todo tal cual es.

Esa noche de sábado, sin embargo, mi lencería era otra historia. Antes del turno había salido a tomar unas copas con unas amigas, y me había puesto un conjunto de encaje negro que no tapaba casi nada. Transparentaba mis pezones rosados y dejaba adivinar mis labios depilados. Apenas me dio tiempo a quitarme el short y la camiseta y enfundarme el mono para llegar al relevo. Así que ahí estaba yo, a medianoche, con la lencería más atrevida que tengo escondida bajo el uniforme más feo del mundo.

A las tres de la madrugada, después de aburrirme un buen rato, paró un coche. Un pequeño deportivo rojo descapotable, de esos que rugen antes de que los veas. Al volante, una morena impresionante, con una melena larguísima y una cara que parecía sacada de un anuncio.

Lo primero que salió por la puerta fue un par de piernas larguísimas, torneadas, desnudas. Más que bajar del coche, parecía desdoblarse fuera de él, centímetro a centímetro, como si supiera que la estaba mirando.

Pude verla entera cuando se puso de pie junto al coche para estirar la espalda. El calor de esa noche la había convencido de ponerse una minifalda microscópica, casi a ras de unas nalgas prietas, con una abertura sobre el muslo izquierdo que subía casi hasta la cadera. Arriba, un top todavía más pequeño del que se desbordaban unos pechos enormes, de esos que casi seguro pasaron por quirófano. Los pezones duros se marcaban contra la tela fina.

Tengo que confesar que me quedé atontada, mirándola sin acercarme siquiera al surtidor. Me excité con solo verla. Noté cómo se humedecía el tanga mínimo de encaje que llevaba debajo del mono.

—¿Lleno el depósito? —conseguí decir, recuperando algo de profesionalidad.

—Lleno, gracias —respondió con una voz grave y cálida que me erizó la piel.

Era preciosa, y una candidata perfecta para pasar el rato charlando o para lo que surgiera. Me bajé la cremallera del mono por debajo del ombligo, como quien tiene calor, a ver cómo reaccionaba a una pizca de provocación.

Por el hueco abierto se veía mi sujetador de encaje y el canalillo entre mis pechos pequeños y firmes. Ella aprovechó el momento para echarme un vistazo lento, descarado, que me recorrió de arriba abajo.

Si se inclinaba un poco más hacia mí, seguro que alcanzaría a ver mi pubis depilado. El mono era amplio y el tanga muy bajo de cintura: lo tenía casi todo a la vista de sus ojos azules.

Al notar su interés, bajé un poco más la cremallera, hasta la cinturilla del tanga a juego con el sujetador, del que ella no se había perdido un solo detalle. Lo hice como por descuido, mientras conversábamos. Hablábamos del calor, de su viaje, de lo que tenía que revisarle al coche, como si entre nosotras no estuviera pasando nada.

—Voy de ruta, pero no tengo que llegar a ningún sitio concreto —dijo apoyada en la chapa caliente—. Estoy un poco a la aventura.

Como si todo el coqueteo y los gestos no importaran. No parecía tener prisa, así que, cuando terminé de poner gasolina, le ofrecí algo fresco para descansar.

—Tómate un refresco conmigo. Es una noche muy aburrida.

Me regaló una sonrisa preciosa.

—Pues claro. Ya te he dicho que no tengo prisa por llegar a ninguna parte.

***

Nos sentamos en un sofá viejo que tengo en la parte de atrás de la caseta, de cara a las estrellas, que esa noche de verano brillaban con una intensidad que solo se ve lejos de las ciudades. La guie rodeando el edificio, yo detrás de ella con los dos refrescos en la mano. Era imposible apartar la vista del balanceo de su cadera, del meneo de aquel culito duro bajo la falda.

No sabía cómo entrarle a semejante belleza, con las ganas que tenía de tenerla entre mis brazos. Al sentarse, la faldita se le subió un poco más y me dejó ver de refilón sus nalgas prietas. Al inclinarse hacia delante, el escote se le abrió y me pareció todavía más deseable.

Decidí subir la apuesta. Me saqué el mono de los hombros y de los brazos y lo dejé caer hasta la cintura, quejándome del calor.

—Estas noches son sofocantes. Pero se está genial así, ligeritas de ropa.

De cintura para arriba solo me quedaba el sujetador transparente que apenas cubría la areola de mis pezones. Vi cómo sus ojos se perdían en mis pechos. Me preguntó:

—¿Es un conjunto? ¿Las braguitas van a juego? Seguro que te quedan igual de bien. Por cierto, te sienta de maravilla.

—A lo primero, sí, es un conjunto —contesté—. Y el tanga va a juego. ¿Te gustaría comprobar por ti misma cómo me queda?

Por supuesto dijo que sí, o no estaría contando esto. Le devolví el cumplido.

—Me encantaría verte a ti también. Tienes una figura de modelo.

—Vaya, gracias. ¿Y qué me vas a enseñar tú? —dijo, divertida.

Ni siquiera esperó la respuesta. Con menos complejos que yo, se sacó la camisetita por encima de la cabeza, liberando aquellas tetas enormes, porque debajo no llevaba absolutamente nada.

Esos pechos me dejaron hipnotizada. Duros, se sostenían solos, redondos y altos. Los pezones, oscuros, pequeños y firmes, apuntaban directamente a mi cara, como si me retaran.

No desaproveché la ocasión. Me incliné lo justo para atrapar uno de sus pezones entre los labios, y ella me lo permitió encantada. Me acercó las tetas a la cara y yo las amasé con las manos, feliz de tener por fin ese par de pechos para mí sola.

Empezó a jadear casi de inmediato. Le gustaba lo que le hacía, y a mí me volvía loca cada centímetro de su piel. Nunca había tenido unas tetas así a mi alcance, para sobar y lamer a gusto. No eran las primeras que acariciaba, pero las de mis amigas eran más pequeñas o, cuando eran grandes, mucho menos firmes.

Ahora me tocaba dar yo algo más. Me puse de pie y me saqué el mono del todo, exhibiéndome ante ella con mi conjunto de lencería. Allí estaba, casi desnuda, sobre una alfombra vieja extendida en la tierra, bajo las estrellas, con mi mejor tanga y mi mejor sujetador.

Ella me miraba con un deseo que no disimulaba. Me giré despacio para que pudiera verme entera. Sus ojos clavados en mi cuerpo me hacían sentir especial.

En cuanto vio mi culo descubierto por el tanga, le echó mano, sobándolo y apretándolo, que es justo uno de mis puntos débiles. Me di la vuelta para besarla, me incliné y busqué sus labios con los míos. Sentí su lengua jugando con la mía, la mezcla de nuestras salivas, sus dientes mordisqueándome el labio.

Despacio me fui acercando más. Separé los muslos para sentarme a horcajadas sobre los suyos, mirándola a sus ojos. Mis manos seguían pegadas a sus pechos enormes como con pegamento, amasándolos, pellizcándole los pezones.

Apreté mi pecho contra el suyo, sentada a caballito sobre sus muslos. Ella no soltó mis nalgas ni un segundo, como si tuviera miedo de que se le escaparan.

***

Quería descubrir más de su cuerpo, así que deslicé una mano entre nuestros vientres hasta alcanzar su cintura. Le desabroché la falda escasa que apenas le cubría la cadera. No hizo falta bajarla por los muslos: solté dos corchetes y la prenda quedó abierta sobre el cojín, bajo su culo. Tendría que comprarme una falda igual.

Su tanga era tan fino y transparente como el mío, pero apenas podía contener la sorpresa que aquella mujer escondía. Entre sus muslos, asomando contra la tela, había una polla preciosa que se apoyó suavemente contra mi pubis. Al notar ese roce inesperado fue cuando por fin entendí quién era mi invitada.

La sorpresa era más que agradable. Mientras nos besábamos con pasión, deslicé una mano entre nuestros vientres para acariciarle el sexo. Lo tomé en mi mano y recorrí con un dedo desde el glande hasta la base, apreciando su tamaño y su dureza. La piel suave y depilada recibía mis caricias, y yo le ahogaba los gemidos metiéndole la lengua hasta la garganta.

—No esperabas esto, ¿verdad? —susurró contra mi boca.

—No —reconocí—. Pero no se me ocurre mejor sorpresa.

Ella seguía comiéndome la boca mientras terminaba de desnudarme. Mi sujetador transparente pronto fue a hacerle compañía a su camiseta, a un lado del sofá viejo. Mis pechos, mucho más pequeños que los suyos y muy sensibles, quedaron al aire, ansiosos de caricias. Tras besarme el cuello y lamerme el escote, fue a por ellos y se metió mis pezones en la boca.

Dudó un segundo entre romperme el tanga o apartarlo, pero era una prenda demasiado cara para destrozarla. Siguió la goma con los dedos por la raja de mi culo hasta encontrar mi sexo empapado, y se limitó a correr la tela mojada hacia un lado.

Apoyé los labios de mi vulva contra su miembro duro, que salía de lado por debajo del tanga, sin penetrarme aún, solo moviéndome despacio adelante y atrás. Así recibía el roce suave de su glande contra mi clítoris. Ella seguía acariciándome las piernas, los muslos, la parte de atrás de las rodillas, lo que me erizaba todavía más.

Deseaba esa polla con una intensidad que no recordaba haber sentido antes. Notarla dura y desafiante en aquel cuerpo de mujer perfecta me hacía desearla aún más. Sentía sus pechos frotándose contra los míos mientras nos besábamos sin descanso.

***

Le pasé las manos por la nuca y me incliné hacia atrás, apoyándome en uno de los brazos del sofá. Le dije que quería sentir su peso sobre mí mientras me follaba.

La arrastré encima de mi cuerpo hasta quedar tumbada con los muslos bien abiertos, esperándola. Sentía sus labios y su lengua recorriéndome la piel: el cuello, los hombros, incluso las axilas. Cada beso me arrancaba un escalofrío.

Yo misma aparté el tanga, me abrí los labios del sexo y guie su miembro con la otra mano hacia mi interior. Después le agarré las nalgas con fuerza para impulsarla dentro de mí, rodeándole las piernas con las mías por detrás de las rodillas, aplastando mis tetas contra sus pechos enormes, mirándonos a los ojos.

Empujó con la cadera y entró en mí hasta el fondo, hasta que su cuerpo chocó contra el mío. Me lamía el sudor del cuello mientras me follaba y me clavaba al sofá viejo con su peso.

Agarrándole fuerte las nalgas, no tardé en correrme con aquel cúmulo de sensaciones. Encadené un orgasmo con otro. Nuestros gemidos debían oírse a kilómetros en el silencio de la noche, mezclados con el canto de los grillos.

Por suerte no se oía ningún motor que viniera a interrumpirnos. Ella aceleró el ritmo, buscando el suyo. Le pedí que se corriera dentro, que quería sentir cómo me llenaba.

—Me corro —jadeó.

—Dale, dámelo dentro. De mí me encargo yo.

Me mordió el hombro mientras se derramaba, y yo me corrí una vez más. No me dejó moverme, no apartó la boca de mi piel. Enseguida empezó un nuevo recorrido hacia abajo.

Volví a sentir su lengua en mis pechos, en mis axilas, en el vientre, recreándose en el ombligo, bajando hasta mi pubis depilado. Cada centímetro era una sensación nueva en aquella noche calurosa.

—Te voy a saborear entera —murmuró.

—¿Así? ¿Con todo lo que me has dejado dentro?

—Así, justamente.

Mientras bajaba, sus pezones duros me rozaban la piel con insistencia. Un espasmo de placer me recorrió entera cuando su lengua separó mis labios y llegó a mi clítoris. No le importaba nada que estuviera inundada con su semen; parecía buscarlo dentro de mí con la lengua juguetona. Me levantó las piernas un poco más hasta clavar la punta de la lengua en mi ano. Mis rodillas casi me tocaban los pezones. Y volvieron los orgasmos, uno tras otro.

Casi la asfixié apretándole la cabeza con los muslos. Después, más relajadas, volvió a tumbarse sobre mí y nos besamos con cariño tras lo que acabábamos de compartir.

***

Notaba en su lengua la mezcla de mi flujo y su semen, y eso me incitaba a seguir jugando con su boca. No quería dejarla marchar sin probar su sabor directamente de la fuente. No sabía si volvería a empalmarse, pero no sería por falta de empeño por mi parte.

La tumbé de espaldas sobre los cojines y me incliné entre sus muslos. Como ella había hecho conmigo un rato antes, le levanté las piernas torneadas casi hasta las tetas. Poco a poco, su miembro recuperó la consistencia, duro otra vez, erguido sobre su pubis apuntando a las estrellas.

Seguía asombrada de que una mujer tan bella tuviera una polla tan bonita y, a juzgar por la rapidez con que volvía a la carga, casi a su antojo. La miré un buen rato, disfrutando de la vista de aquella obra de arte.

Por fin me incliné hasta que mis labios tocaron su sexo. Saqué la lengua y empecé a lamer como una gatita golosa. Las dos seguíamos con los tangas puestos, pero el suyo no me estorbaba para recorrer su piel suave.

Mi saliva resbalaba por su pubis perfectamente depilado cuando decidí subir por el tronco. Nunca fui de hacer gargantas profundas, pero me las apaño muy bien con la lengua y los labios para darle placer a un buen miembro. Y a eso me dediqué, con todo el deseo que sentía por ella.

Me metía el glande en la boca y lo lamía despacio. Besaba el tronco, volvía a su base, subía de nuevo. Sin dejar de mover la mano arriba y abajo. Mis tetas firmes apoyadas en sus muslos torneados. Con la otra mano jugaba con su culito hasta deslizar dos dedos dentro de su ano.

Por fin llegaron los espasmos que anunciaban su orgasmo. Me la metí en la boca para recibir todo su semen en la lengua y lo guardé allí para compartirlo con ella en un beso nuevo y lascivo.

De nuevo no tuvo reparo en compartir sus fluidos conmigo. Nuestras lenguas se cruzaban, y la suya no dejó un rincón de mi boca sin recorrer.

Tras un rato de mimos, ella tenía que continuar su viaje. Sin prisa, nos vestimos la una a la otra. Ya más relajada, su miembro volvió a caber sin problemas en el tanga. La falda escasa volvió a su sitio sobre la cadera, igual de provocativa que cuando bajó del coche. Mi lencería también regresó a su lugar, y el mono cubrió mi cuerpo demasiado, a juicio de las dos.

Todavía pude inclinarme sobre ella, ya sentada al volante del descapotable, y darle un último beso de despedida antes de ver desaparecer sus luces traseras por la carretera. No supe su nombre. No me hizo falta. Solo sé que, desde esa noche, cada vez que oigo un motor acercarse de madrugada, levanto la vista del libro con la esperanza de ver un deportivo rojo.

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Comentarios (5)

NocheRojaF

tremendo relato, lo lei dos veces seguidas!!!

Trafilus

Por favor seguilo, quede con muchas ganas de saber que paso despues.

LuciaTdf

Me encanto el comienzo, esa tension del turno de noche se siente real. Muy bien escrito.

Nando77

increible como engancha desde el principio, no pude parar

VeronicaL_online

Que bien narrado, te imaginas la escena completamente. Me gusto mucho el detalle del deportivo rojo, le da mucho estilo a la historia. Espero que haya continuacion!

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