Renata me curó despacio después de aquella noche
Renata me dejó dormir casi hasta las seis de la tarde. Cuando abrí los ojos, el departamento entero olía a lavanda y a algo dulce, como vainilla tibia. Las cortinas estaban a medio cerrar y la luz del atardecer entraba en franjas naranjas sobre las sábanas. Tardé un segundo en ubicarme, en recordar la noche anterior, en sentir el cuerpo entero como si fuera de otra persona.
Ella ya estaba levantada. La escuché antes de verla: el roce de sus pies descalzos contra el piso de madera, el tintineo de algo de vidrio sobre la mesita. Cuando giré apenas la cabeza, la vi cerca de la cama, mirándome con esa ternura que solo me mostraba después.
Estaba desnuda, apenas cubierta con una bata de seda negra que dejaba abierta sin ningún pudor. Tenía el pelo recogido en un rodete flojo y la cara lavada, sin nada de maquillaje. Así, sin la pose de la noche, parecía otra mujer. Más suave. Más mía.
—Vení, mi amor —dijo en voz baja, sentándose en el borde del colchón—. Hoy no vamos a jugar a nada. Hoy solo vamos a cuidarte.
Quise contestar algo, pero me salió apenas un suspiro. Tenía la garganta seca y el cuerpo pesado, como después de una fiebre. Renata entendió sin que dijera nada. Siempre entendía.
Me ayudó a girarme boca abajo con un cuidado casi exagerado, sosteniéndome la cadera con las dos manos para que el movimiento no me tirara. El culo todavía me palpitaba, caliente, con cada latido del corazón. Solté un quejido cuando la almohada me recibió.
—Shhh… ya sé, ya sé —murmuró—. Quedaste muy abierta todavía. Dejame.
La escuché destapar el frasco. Era el aceite de coco con aloe que guardaba para estas noches, el que primero entibiaba entre las palmas para que no me sobresaltara el frío. Me lo había prometido la noche anterior, entre jadeos, y lo había cumplido.
Sus manos cayeron sobre mis nalgas como dos cosas tibias y vivas. Empezó despacio, casi sin presión, deslizando el aceite en círculos amplios. La piel me ardía, pero el calor de sus palmas y el del aceite se mezclaban en algo que no terminaba de ser dolor.
—Relajate —susurró—. No tengo apuro. Tenemos toda la tarde.
Fui aflojando de a poco. Primero los hombros, después la espalda, al final las piernas, que se abrieron solas unos centímetros sobre el colchón. Renata trabajaba con paciencia, amasando con cuidado los lugares hinchados, esquivando el centro, rodeándolo apenas con la yema de los dedos.
—Está sensible todo —dije contra la almohada, con la voz pastosa.
—Por eso no entro —contestó—. Hoy nada entra. Hoy solo te toco por fuera.
Sus dedos resbalaban alrededor de mi agujero irritado sin presionar, solo acariciando, repartiendo el aceite tibio sobre la piel maltratada. Cada vez que pasaba cerca, yo contenía el aire, esperando un dolor que no llegaba. En su lugar venía un alivio raro, casi dulce, que me subía por la espalda y me dejaba flojo el cuerpo entero.
—Duele… —murmuré—. Pero se siente tan rico cuando me tocás así.
Ella no dijo nada. Solo se inclinó.
Sentí su aliento primero, después la boca. Empezó a besarme las nalgas con besos lentos, húmedos, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo para curarme de a un beso. Yo tenía la cara hundida en la almohada y los ojos cerrados, concentrada en cada punto donde sus labios tocaban.
Después vino la lengua. Tibia y plana, pasó por la piel hinchada sin meterse, solo lamiendo con una suavidad que me hizo temblar. No buscaba abrirme. Buscaba calmarme. Lamía el ardor como si pudiera borrarlo.
—Ahhh… Renata… —gemí, y la voz me salió más aguda, más mía de lo que me animaba a reconocer de día.
—Así, mi chica —susurró contra mi piel—. Dejame curarte. Dejame.
Abrí un poco más las piernas, por puro instinto, ofreciéndole lo que ya estaba todo lastimado. Ella siguió, paciente, alternando los besos con la lengua, las manos siempre puestas sobre mis caderas para sostenerme. No había exigencia en nada de lo que hacía. Solo cuidado.
***
Cuando sintió que el cuerpo se me había aflojado del todo, me dio vuelta. Lo hizo despacio, sosteniéndome la espalda, ayudándome a apoyar el peso para que el culo no rozara contra la sábana. Quedé boca arriba, abierta y entregada, mirándola desde abajo.
Renata se acostó de costado, pegada a mí, con una pierna cruzada sobre las mías. Me apartó un mechón de pelo de la frente y me miró largo, como si estuviera revisando que siguiera entera.
—¿Estás conmigo? —preguntó.
—Estoy —dije, y sonreí apenas.
Entonces bajó la cabeza y empezó con mis tetas. Eran nuevas todavía, todo en mí era nuevo todavía, y las tenía sensibles, con alguna marca rosada de la noche anterior que ya estaba virando al violeta. Pero sus labios eran tan suaves que las marcas no dolían: solo había placer cuando me besaba ahí.
Me lamió un pezón despacio, dibujando círculos con la punta de la lengua, y yo arqueé apenas la espalda. El cosquilleo me subió desde el pecho hasta la nuca.
—Están tan lindas —dijo, levantando los ojos hacia mí sin despegar la boca—. Todavía sensibles, ¿verdad?
—Sí… —jadeé—. Mucho. Pero me encanta que me las beses así.
—Lo sé.
Pasó de un pecho al otro con la misma calma, chupando suave, soltando, volviendo a besar. Cada vez que cerraba los labios sobre un pezón yo sentía una corriente tibia que me bajaba por el vientre y me hacía apretar los muslos. No era el placer brusco de la noche anterior. Era algo más lento, que se quedaba, que se extendía por todo el cuerpo en lugar de concentrarse en un solo punto.
Renata fue bajando. Me besó el esternón, el borde de las costillas, la panza floja, el hueso de la cadera. Repartió besos cortos por toda la piel, como si estuviera marcando un camino que ya conocía de memoria. Yo la dejaba hacer, hundida en el colchón, con los brazos abiertos a los lados.
Llegó abajo. A lo que las hormonas habían vuelto chiquito, rosado y absurdamente sensible. Ya no era lo que había sido. Era apenas un punto de placer entre mis piernas, suave al tacto, que reaccionaba a la menor caricia. Ella lo trataba como lo que era ahora.
Lo besó primero. Un beso largo, cerrado, sin lengua. Yo cerré los ojos con fuerza.
—Mirame —dijo.
Abrí los ojos. Y entonces lo tomó con la boca, despacio, succionando con una suavidad que me arrancó un gemido largo y agudo, de mujer, de los que ya me salían solos sin que tuviera que fingir nada.
—Ahhh… Renata… despacio… está muy sensible…
No aceleró. Esa era la diferencia. La noche anterior todo había sido rápido, duro, sin tregua, y yo había pedido más a los gritos. Ahora ella lamía con paciencia, succionaba apenas, se detenía cada vez que sentía que me tensaba de más. Una de sus manos seguía abajo, acariciándome el culo hinchado por fuera, repartiendo lo que quedaba del aceite tibio.
El placer era distinto. Más hondo. No subía como una ola que rompe, subía como una marea, despacio, llenando todo. Yo tenía los dedos enredados en su pelo, sin tirar, solo sosteniéndome de ella.
—Así, mi amor —murmuró sin despegar la boca del todo—. No tenés que apurarte. Dejá que venga solo.
Y vino solo. Después de varios minutos de esa lengua paciente, me corrí suavemente, casi sin fuerza, soltando un hilito débil mientras temblaba entera y gemía su nombre con la voz cortada en pedazos. No fue una explosión. Fue algo que se desbordó despacio y me dejó vacía y tibia, con los ojos húmedos sin saber bien por qué.
Renata subió por mi cuerpo despacio, dejando un rastro de besos, y llegó a mi boca. Me besó con cariño, sin prisa, compartiendo mi propio sabor. Le devolví el beso con todo lo poco que me quedaba.
***
—¿Cómo te sentís ahora? —preguntó, separándose apenas, mirándome a los ojos.
Lo pensé. Hice un inventario de mi cuerpo. El culo todavía me ardía, las tetas me cosquilleaban, tenía las piernas flojas y el pecho lleno de algo que no sabía nombrar.
—Todavía me duele el culo —dije, con una risa cansada—. Pero me siento cuidada. Me siento tuya.
Ella me acarició la mejilla con el pulgar.
—Anoche me sentí muy puta —seguí, en voz baja, confesando algo que me costaba decir incluso a ella—. Y hoy me siento muy mujer. No sé cuál de las dos soy de verdad.
Renata me abrazó fuerte contra su cuerpo. Sentí mis tetas nuevas apretadas contra las suyas, su piel tibia, el latido de su corazón contra el mío. Me habló al oído, despacio, como quien explica algo importante a alguien que tiene miedo.
—Las dos —dijo—. Esa es la cuestión, mi amor. Algunas noches vas a ser la puta más sucia del mundo, la que me pide cosas que no se dicen en voz alta. Y otras noches vas a ser mi chica, mi Lucía, la que necesita que la cuiden y la quieran. Las dos son vos. Y yo te voy a amar en las dos versiones.
Me quedé en silencio un rato largo, con la cara apoyada en su hombro, respirando el olor de su piel. Afuera el cielo se había puesto violeta y la habitación se iba quedando a oscuras de a poco. No quería moverme. No quería que esa tarde se terminara.
—¿Puedo dormir abrazada a vos hoy? —pregunté, y me salió una voz chiquita, casi de nena.
—Claro que sí, mi preciosa —contestó, y sonrió contra mi pelo—. Hoy dormís conmigo. Y mañana, si ya estás mejor, te voy a dar una sesión un poquito más intensa. Pero siempre con cariño. Siempre.
Me besó la frente, larga y suave. Después se estiró para acomodar la sábana sobre los dos y me tapó con cuidado, midiendo cada movimiento para no apretarme el culo lastimado. Me abrazó desde atrás, encajando su cuerpo contra el mío, una mano sobre mi vientre.
Sentí su verga semierecta descansando entre mis nalgas, tibia, quieta, sin ninguna intención de entrar. Esa noche no era para eso. Esa noche era solo para estar. Y de algún modo eso me conmovió más que cualquier cosa que me hubiera hecho en la cama.
Me quedé así, sintiendo su respiración lenta en mi nuca, el ardor que de a poco se iba apagando en el culo, el cosquilleo que todavía me quedaba en las tetas. Y la culpa. Esa culpa vieja que me acompañaba desde hacía años, la que solía despertarme de madrugada con el corazón apretado.
Por primera vez en mucho tiempo, la sentí lejos. Manejable. Como una voz que hablaba en otro cuarto y ya no podía alcanzarme.
Cerré los ojos. El brazo de Renata pesaba sobre mí como una promesa. Su respiración me marcaba el ritmo. Y antes de dormirme, en ese borde tibio entre estar despierta y no estarlo, me di cuenta de algo que nunca me había animado a pensar del todo.
Por primera vez me sentí completamente en paz con lo que estaba siendo.