Mi prima me transformó en una hermosa damita
Hay cambios que duermen dentro de uno durante años y despiertan sin pedir permiso. A mí me despertó uno cuando menos lo esperaba, justo cuando creía conocerme de memoria. Era un hombre como cualquiera: fútbol los viernes, gimnasio, ropa holgada y nada de color rosa. Tenía treinta años, un buen puesto de gerente y la certeza absoluta de quién era. De eso no queda nada, y lo cuento sin vergüenza.
Todo empezó a desmoronarse con Daniela. La contraté yo mismo, la ascendí, me enamoré como un idiota y le pedí matrimonio frente a medio mundo en una playa, con pantalla gigante incluida. Ella salió corriendo delante de todos. Después se supo que nunca había dejado a su ex, que yo había sido el plan B, y que de paso me dejaba como un acosador para sacarle dinero a la empresa.
Perdí la imagen, perdí el crédito en el trabajo y, al poco tiempo, perdí el empleo. Me quedé con una liquidación, un departamento que rentaba y un puesto de mostrador en una tienda. Lo único que me sostenía era el fútbol los fines de semana, hasta que una entrada mala me reventó la rodilla y tuve que guardar reposo.
Fue entonces cuando mi prima Romina me ofreció mudarme con ella.
***
Romina tenía veinticuatro años, era divorciada y vivía de la estética: uñas, depilación, maquillaje, venta por catálogo. Había convertido un cuarto de su casa en un pequeño salón, y siempre estaba lleno de clientas jóvenes, de muslos firmes y escotes que me ponían a mil. Para mí, mudarme ahí era un paraíso de mujeres. Me acercaba a ayudar solo para tener excusa de mirarlas.
El negocio creció y Romina mandó hacer uniformes. Sin pedírselo, me encargó uno: una filipina rosa con detalles morados. Demasiado femenino para mi gusto, pero el morbo de conquistar clientas pudo más y empecé a usarla. Curiosamente, vestido así las mujeres se abrían más conmigo, me contaban cosas, bromeaban. Empecé a poner atención: cómo armaban los peinados, cómo hacían el pedicure, qué tallas de brasier y panties llegaban en los paquetes.
Entonces llegó el problema que lo cambió todo. Romina tomaba cursos en línea de perfeccionamiento y no conseguía modelo para las prácticas. La veía angustiada, perdiendo dinero, y un día se me escapó la frase que jamás debí decir.
—Yo te ayudo —le dije—. Úsame de modelo.
Ella se rió. Pensó que bromeaba. Cuando entendió que hablaba en serio, dejó de reír.
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—No es solo posar —me advirtió Romina, seria por primera vez—. El curso trata el cuidado del cuerpo femenino. Tendría que depilarte entero. Hidratarte. Hacerte las uñas.
¿En qué me estoy metiendo?
—¿Es permanente? —pregunté con un escalofrío.
—Nada es permanente —sonrió—. Pero el curso es largo. Habrá que retocarte seguido.
Empezamos un sábado de noche, después de mi último partido. Compramos cera, cremas, un ácido hialurónico carísimo que ella declaró indispensable. El proceso fue extraño y, no voy a mentir, también divertido. Dolía, pero era soportable, y había algo en la intimidad de que mi prima me pasara la mano por la pierna ya lisa que me dejó sin palabras. Me hablaba de zapatos, de sandalias de tiras, de tacones, de cómo lo primero que se mira de una mujer son sus uñas.
Cuando me tocó el turno de las uñas de los pies, las dejó impecables: rojo intenso con un diseño de flores que la maestra le exigió. Me las quito apenas termine la clase, me prometí. No me las quité. La maestra ordenó dejarlas para enseñar el relleno la semana siguiente.
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La piel sin vello sentía la ropa distinta, el viento más directo, cualquier roce más intenso. Y empezaron las señales en el fútbol. Un compañero notó mis piernas depiladas y mentí con que iba a tatuarme. Otro día olían las cremas en mí y dijeron que había estado con una mujer antes del partido. Lo curioso era que las novias y esposas de mis amigos, que antes ni me miraban, ahora me hablaban más, bromeaban conmigo, me trataban como a una de ellas.
En las clases ya me sentía cómodo. Hasta que una alumna soltó la regla que faltaba: para seguir, yo tenía que vestirme de mujer. Esas eran las condiciones del curso para que ningún hombre se colara. Le dije a Romina que de ninguna manera. Ella solo sonrió y dijo que buscaría reemplazo. Pero unos días después me hizo una oferta que no supe rechazar.
—Vístete de chica solo para las prácticas —me propuso, mirándome a los ojos—. Y yo te dejo verme desnuda cuando quieras. Tocarme, si lo deseas. Ayúdame a terminar el curso.
Por mi mente desfilaron mil escenarios. Romina no era la mujer perfecta, pero era bonita, tenía curvas y estaría disponible. Acepté. Esa misma noche se desnudó frente a mí, corrí a tocarla y, para mi sorpresa, me correspondió. Hicimos el amor con ganas, y empezamos a vivir como pareja.
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Lo que vino fue un descenso lento y dulce hacia un mundo que jamás había imaginado. Romina me perfiló las cejas en forma unisex, me pintó las uñas de las manos, me enseñó a caminar con ellas más largas. Como mi ropa interior de hombre se marcaba grotesca bajo los leggins que ahora usaba, me compró un paquete de panties, tangas y dos bikinis brasileños.
Recuerdo la primera vez que el satín de una tanga rozó mi piel depilada. Fue una corriente que me recorrió entero. Esto no debería gustarme tanto. Pero me gustaba. Me gustaba la suavidad, la frescura, la manera en que la prenda se ajustaba sin pelear con mi cuerpo. Empecé a tener erecciones no por las clientas, sino por mí, por verme así, y eso me llenaba de placer y de pánico a partes iguales.
El fútbol se volvió un campo minado. Llegué a jugar de portero para esconder mis uñas bajo los guantes, con leggins debajo del short. Hasta que en un partido un rival me reventó el tobillo, me arrancaron la calceta para revisarlo y todos vieron mis uñas pintadas con flores. Hubo un silencio sepulcral. Mi mejor amigo, Bruno, fue el único que reaccionó: me cubrió las manos con una toalla y me acompañó al hospital. Del equipo me fui entre miradas de odio. Solo Bruno, leal después de quince años de amistad, siguió a mi lado.
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Entonces llegaron dos golpes juntos. Supe que Daniela se casaba y, además, estaba embarazada. La puerta del pasado se cerró de acero. Y casi al mismo tiempo, me recortaron del trabajo entre risas de algunos compañeros.
Llegué a casa destrozado y me vestí de mujer con calma, disfrutando cada paso. Me bañé, me depilé entero, me puse un vestido de tirantes, medias color piel, el brasier abrochado por la espalda como ya sabía hacer. La sensación de las piernas lisas dentro de las medias fue indescriptible. Por primera vez en meses, sentí paz.
Justo entonces apareció Bruno, a quien Romina había llamado sin avisarme. Se quedó helado en la puerta. Mi prima improvisó que era un examen final del curso y él se retiró prometiendo volver. Cuando estuvimos solos, Romina me cuestionó por qué seguía vistiéndome si las clases ya habían terminado.
—Porque me da paz —le confesé—. Cada vez que lo hago siento una calma que no encuentro de otra forma.
Ella me abrazó y, con una sonrisa pícara, me dijo que con vestidos así no se usaban flats. Le dije que no tenía tacones. Abrió mucho los ojos.
—Entonces ya quieres tacones —se rió—. Ya veremos qué hacemos.
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Hubo un retroceso. Después de un encuentro incómodo con mi ex en plena calle —ella me reconoció vestida de mujer y, lejos de burlarse, me dijo que me veía bonita—, Romina se asustó. Por unos días me hizo quitar todo: las uñas con acetona, las cejas, el maquillaje. Volví a ser el hombre que solía ser, con ropa rasposa y floja, sin ese aroma de feminidad que tanto me había envuelto.
Y lo extrañé. Lo extrañé hasta el dolor. Sin trabajo, sin equipo, sin esa rutina que me relajaba, descubrí que aquello no había sido un disfraz sino lo mejor que me había pasado en la vida. Romina lo notó. Una noche me confesó que ella era inmensamente feliz cuando me veía experimentar la feminidad, que por eso me había alentado, pero que jamás quiso presionarme: si ese iba a ser mi camino, debía elegirlo yo.
Lo elegí. Me propuso asociarnos en la estética, y para estar en el ambiente tenía que presentarme como una hermosa damita. Esa noche trabajó en mis uñas, mis cejas, mis pestañas, y por fin nos atrevimos a algo nuevo: un corte y un peinado femenino. Me miré al espejo y no me asusté. Me reconocí.
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Bruno volvió a aparecer, pero algo entre nosotros había cambiado, o quizá lo que había cambiado era yo. Jugueteábamos como siempre, hasta que un día, mientras me tomaba de la cintura, tuve una erección que todavía me avergüenza. Empecé a notar sus manos enormes, las venas marcadas en sus antebrazos, su pecho ancho. Cuando sonreía, algo en mí se aflojaba y me faltaba el aire.
Dejé de jugar fútbol. Ya no me imaginaba celebrando un gol ni tirándome al pasto; me daba pena maltratarme. Pero seguía yendo a ver los partidos solo para mirar a Bruno, para notar cómo ahora se duchaba y se perfumaba después de jugar. Una noche salimos en parejas, él con su novia y yo con una amiga de ella, Vanessa, que usaba unas pestañas preciosas y tacones que envidié. Caminando por la orilla del mar, mientras a lo lejos Bruno besaba a su chica, Vanessa me tomó de la mano.
—¿Hace cuánto estás enamorada de él? —me preguntó, suave.
—No, no —tartamudeé—. Estás viendo mal las cosas.
Ella solo sonrió y me dijo que cualquier mujer lo notaría: cómo reaccionaban mis ojos al mirarlo, cómo lo defendía. Me dejó helada. Y, sin embargo, me sentí extrañamente liberada de que alguien lo dijera en voz alta.
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Bruno no entendió. Un día me pidió explicaciones, me dijo que dejara todo eso, que me estaba dañando, que así no podría ayudarme más. Le respondí que nuestra amistad era más fuerte; me contestó que ya no lo sabía. El silencio nos separó. A él lo esperaba su novia, y yo me quedé con la certeza de que había perdido algo que ni siquiera había llegado a tener.
Empecé a trabajar de lleno en la estética con Romina, recibiendo pedidos, preparando soluciones, escuchando todo el día pláticas de maquillaje, vestidos y combinaciones que ahora entendía mejor que nadie. Comprendí lo injusto que había sido cuando me molestaba con mis novias por tardar en arreglarse; ahora sabía el trabajo que cuesta estar presentable, el baño minucioso, la depilación, la crema, el atuendo elegido con cuidado.
Entre los repartidores había uno, Gael, que me trataba bien sin importarle las críticas. Le ofrecía algo de beber, nos reíamos, y un día me invitó a salir. Le dije que no me atrevía a andar vestida en la calle; Romina, que escuchaba, propuso que la cita fuera en casa. Acepté con el corazón a mil. Desde ese momento no paró de mandarme mensajes, de darme los buenos días, de traerme detalles. Por primera vez yo era el centro de atención de un hombre, y no quería que terminara.
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Así, sin darme cuenta, pasé de que las mujeres fueran mi objeto de deseo a desear ser una mujer que despertara deseo en los hombres. En la intimidad con Romina ya no quería ser yo quien penetraba; me preguntaba, con una curiosidad nueva, qué sentiría la mujer al ser tomada, sujeta, guiada por un hombre. Qué se sentiría la barba contra mi cuerpo depilado, las manos grandes sobre mi piel suave.
Lo que hace meses me habría parecido imposible, ahora era simplemente mi vida: la lencería bonita debajo de la ropa, el brasier que se marcara apenas bajo la blusa, las piernas enfundadas en medias. Había muerto el hombre que fui y, en su lugar, había nacido alguien que apenas empezaba a conocerse y que, por fin, no tenía miedo. Intentaba, día tras día, aprender a ser una buena damita.