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Relatos Ardientes

La noche que mi mujer me puso sus braguitas

Como cada primavera, Marina y yo bajamos a la costa de Cádiz a celebrar nuestro aniversario. Era nuestra escapada sagrada: una semana los dos solos, sin obligaciones, sin nadie a quien rendir cuentas. Llevábamos casi diez años casados y ese viaje era lo único que conseguía sacarnos de la rutina que se nos había instalado en casa sin que nos diéramos cuenta.

La rutina de las vacaciones, en cambio, nos encantaba. Playa por la mañana, almuerzo lento en el chiringuito con el pescado del día, piscina del hotel por la tarde y, al caer el sol, salíamos a cenar a alguno de los buenos restaurantes del pueblo. Nada de prisas. Nada de relojes.

Lo único que seguía igual, viajáramos donde viajáramos, era nuestra vida sexual. Marina nunca había sido demasiado aventurera en ese terreno, y cada vez que yo intentaba proponer algo nuevo, ella lo cortaba con una sonrisa amable y un cambio de tema. Yo me había resignado a que lo nuestro fuera siempre lo mismo: agradable, cómodo, previsible.

Hasta aquella noche.

Había una fantasía que me acompañaba desde hacía años y que nunca me había atrevido a confesar. Siempre me había atraído la ropa interior femenina, no solo verla en ella, sino imaginar qué se sentiría llevándola puesta. Lo había pensado mil veces y otras tantas me había avergonzado de pensarlo. Pero esa noche, mientras nos vestíamos para salir a cenar, algo me empujó a hablar.

—¿Me dejas unas tuyas? —dije, intentando que sonara casual—. Solo… para ver qué se siente.

Marina se quedó quieta con el pendiente a medio poner. Me miró por el espejo un segundo largo, sin enfado, más bien con una curiosidad que no le conocía. Sin decir una palabra, abrió el cajón de la cómoda, sacó unas braguitas limpias de color crema y me las tendió.

Me las puse de espaldas a ella, con el corazón golpeándome el pecho. La tela era suave, fresca, distinta a todo lo que estaba acostumbrado a sentir. Una corriente de excitación me recorrió de golpe, intensa, casi vergonzosa. Cuando me giré, Marina me miraba con los ojos muy abiertos y una media sonrisa que no supe descifrar.

—¿Y bien? —preguntó.

—Me siento… raro —admití—. Pero bien. Muy bien.

Salimos a cenar y yo no podía concentrarme en nada. Era consciente en todo momento de la tela ajustándose bajo el pantalón, de aquella sensación nueva que me mantenía en un estado constante de alerta. Marina tampoco apartaba la vista de mí. Cada poco se inclinaba sobre la mesa y, en voz baja, me preguntaba cómo me sentía.

—Sexy —le confesé al fin, sorprendido de mi propia respuesta—. Me siento sexy.

Ella sonrió y bebió un sorbo de vino sin dejar de mirarme. Había algo nuevo en su mirada, una especie de mando que yo no le había visto nunca y que, lejos de incomodarme, me encendía todavía más.

Tras la cena fuimos a tomar una última copa al paseo marítimo y volvimos al hotel pasada la medianoche, los dos con esa risa floja del vino y la complicidad.

***

Al llegar a la habitación empecé a desnudarme como siempre, porque duermo desnudo desde que tengo memoria. Pero Marina me detuvo la mano.

—Esas no te las quitas —dijo—. Quiero disfrutarte así.

Nos metimos en la cama, ella en ropa interior y yo con sus braguitas puestas. Y entonces empezó a acariciarme de una forma que nunca había usado conmigo. Me tocaba por encima de la tela, despacio, dibujando círculos, recorriéndome el culo con la palma abierta. Era una caricia paciente, posesiva, como si estuviera tomando algo que siempre había sido suyo y solo ahora se permitía cobrar.

Mi excitación crecía sin freno. Estaba tan duro que dolía, y se lo dije. Le pedí que me dejara hacerle el amor.

—Espera —murmuró contra mi oído—. Quiero estar más caliente. Aguanta.

Sus manos no abandonaban mi culo. Sus dedos empezaron a deslizarse por el borde de la tela, buscando, tanteando, hasta rozar un punto en el que nadie me había tocado nunca. Me tensé, sorprendido, pero no la aparté.

No pude esperar más. Me subí sobre ella y, sin que ninguno de los dos se quitara la ropa interior, apartando apenas la tela, empecé a hacerle el amor con una urgencia que no recordaba en años. Le besé el cuello, los pechos, le mordí suavemente la piel mientras ella gemía y me pedía más, que la apretara con fuerza, que no parara.

Y de pronto lo sentí. Uno de sus dedos, húmedo y decidido, empezó a penetrarme. Se me escapó un gemido débil, agudo, un sonido que no sabía que era capaz de hacer.

Ese gemido debió de ser la señal que Marina llevaba toda la noche esperando. Algo cambió en ella al instante.

—Te gusta que te penetre —dijo. No era una pregunta.

Yo estaba en otro mundo, flotando, incapaz de mentir.

—Sí —jadeé.

Añadió un segundo dedo, despacio, dejándome tiempo a acostumbrarme, y me habló al oído con una voz nueva, grave, que me derritió por dentro.

—Sigue haciéndomelo mientras yo te lo hago a ti.

Nos movíamos los dos a la vez, yo dentro de ella y ella dentro de mí, en un ritmo que se fue acelerando hasta que perdimos el control. Cuando llegó el final, llegamos juntos, con una fuerza que nos dejó temblando y sin aliento, abrazados, empapados, mirándonos como si nos viéramos por primera vez.

Quise levantarme para limpiarnos, pero ella me retuvo.

—No te muevas —susurró—. Quédate así un rato. Quiero seguir sintiéndote.

Nos dormimos enredados, sin soltarnos.

***

A la mañana siguiente retomamos la rutina como si nada hubiera pasado. Ninguno de los dos mencionó la noche anterior, pero había algo distinto flotando entre nosotros, una corriente silenciosa, una pregunta que ya no necesitaba palabras.

Bajamos a desayunar al buffet y, mientras yo me servía café, Marina dejó caer su plan con una naturalidad estudiada.

—Hoy quiero ir a la cala —dijo—. Esa pequeña, la que casi nunca tiene gente. ¿Te acuerdas?

Me acordaba. Era una cala semidesierta entre rocas, escondida, que habíamos descubierto otro verano. Asentí sin imaginar lo que tenía preparado.

—Baja a comprar tabaco mientras yo preparo la bolsa —añadió.

Cuando volví, ya estaba lista. Llevaba un vestido amplio de tirantes, de un verde claro, y comprobé enseguida que no se había puesto sujetador. Le pregunté si no se ponía ya el bikini.

—Me lo pongo cuando lleguemos —contestó, y había en su sonrisa un brillo que empezaba a aprender a reconocer.

Cogimos el coche y condujimos hasta la cala. A esa hora solo había un par de parejas, lejos, tumbadas casi en el extremo opuesto. Extendimos las toallas sobre la arena, nos sentamos y Marina sacó los bañadores de la bolsa para cambiarnos.

Primero el suyo: un tanga amarillo y la parte de arriba a juego. Se quitó el vestido sin ningún pudor y confirmé que tampoco llevaba braguitas debajo. La cosa prometía, pensé. Lo que no esperaba en absoluto era lo que sacó después para mí.

No era mi bañador. Era otra de sus braguitas, esta de un rosa pálido con un pequeño lazo.

—No pensarás que me voy a poner eso —dije, bajando la voz.

—Claro que sí —respondió tranquila, tendiéndomela—. Anoche llevaste braguitas y hoy te bañas con braguitas. O todo o nada, cariño.

Miré alrededor. No me quedaba otra opción: o me las ponía o me bañaba desnudo delante de quien pasara. Con el pulso acelerado y la cara ardiendo, me cambié bajo la toalla y me ajusté aquella prenda diminuta que apenas me cubría.

Al principio fue puro pánico. Estaba seguro de que todo el mundo me miraba, de que cualquiera que se acercara lo notaría al instante. Cada vez que llegaba alguien nuevo a la cala se me encogía el estómago. Me quedé sentado, rígido, sin atreverme a levantarme.

Pero la mañana fue pasando. El sol, el rumor del mar, la naturalidad con que Marina se movía a mi lado fueron desarmando poco a poco mi vergüenza. Nadie me miraba. A nadie le importaba. Y, sin saber muy bien cómo, empecé a sentirme bien. Más que bien. Me levanté a remojarme los pies, caminé hasta la orilla y dejé que la brisa me rozara la piel con aquella prenda ajena puesta, sintiéndome extrañamente libre.

Cuando volví a la toalla, Marina me esperaba apoyada sobre los codos, recorriéndome con la mirada de arriba abajo.

—Ese bañador te hace un culito precioso —dijo en voz baja, solo para mí—. En cuanto volvamos al hotel, te voy a tener toda la tarde para mí.

No supe qué responder. No hacía falta. Solo pude sonreír, dejarme caer a su lado y buscarle la boca con un beso lento, profundo, mientras el mar seguía rompiendo despacio contra las rocas.

Aquel viaje lo cambió todo. Volvimos a casa siendo otros, dos personas que por fin se habían atrevido a mirarse de verdad y a desearse sin máscaras. Lo que durante años había callado por miedo a su rechazo resultó ser, en realidad, la llave de una intimidad que ninguno de los dos sabía que necesitábamos.

Aquella semana en el sur no fue el final de nuestra rutina. Fue el principio de otra cosa.

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Comentarios(4)

TabataF_ok

excelente!!!

FacuMdq

me quede sin palabras, uno de los mejores que lei en mucho tiempo

MirandaCba

Muy bien escrito. Se siente real y eso lo hace muchisimo mas excitante. Seguí así!

LorenaBA

Que historia tan tierna e inesperada a la vez. Me encanto como lo planteas, sin prisa y con mucho feeling. Esperando mas relatos tuyos!

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