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Relatos Ardientes

Mi amigo me visitó y me amó como la mujer que soy

A Damián lo conocí cuando todavía éramos dos críos que se escondían de las clases para fumar detrás del gimnasio del colegio. Fue mi mejor amigo durante toda la adolescencia, el primero que me defendió cuando los demás se reían de mí, el único que nunca me preguntó por qué caminaba distinto o por qué me incomodaba mi propio cuerpo. Después la vida nos separó: él se fue a estudiar a la capital y yo me quedé en mi ciudad, peleando con quién era y con quién quería llegar a ser.

Pasaron muchos años hasta que volvimos a vernos. Apareció una mañana en mi trabajo, por casualidad, para resolver un trámite cualquiera. Yo ya no era la persona que él recordaba. Había hecho mi transición, me llamaba Mariana, y la mujer que se levantó del escritorio para abrazarlo no tenía nada que ver con el chico tímido de su juventud. Le confesé todo aquella tarde, en mi casa, con el corazón en la garganta. Y en vez de rechazarme, me miró como nadie me había mirado nunca. Esa noche fuimos amantes por primera vez, y descubrí que el deseo entre nosotros llevaba dormido demasiado tiempo.

***

Un miércoles me escribió. Decía que tenía unos días libres y que quería pasar el fin de semana conmigo, que no había dejado de pensar en aquella tarde. Leí el mensaje tres veces antes de creérmelo. Le respondí que sí, que lo esperaba con los brazos abiertos, y al apretar enviar sentí un cosquilleo que me recorrió entera.

Va a venir solo para estar conmigo.

Esa idea me acompañó toda la semana. Vendría el viernes, alrededor de las ocho de la noche, manejando desde la capital. Me organicé con la precisión de quien prepara algo importante: limpié la casa, compré una botella de vino tinto y dos copas nuevas, cambié las sábanas por unas de raso que guardaba sin estrenar. Quería que cada detalle le dijera lo que las palabras a veces no alcanzan a decir.

El viernes por la mañana ya no me cabía la emoción en el pecho. Fui a un salón de belleza que me habían recomendado, donde trabajaba Brisa, otra chica trans con unas manos prodigiosas para el maquillaje. Nos caímos bien de inmediato, de esas amistades que nacen en una hora y duran años. Mientras me arreglaba el cabello y me delineaba los ojos, le conté que esperaba a alguien especial.

—Entonces vamos a dejarlo sin aliento —me dijo, sonriendo frente al espejo.

Y vaya si lo logró. Cuando terminó, la mujer que me devolvía la mirada desde el cristal estaba radiante. El maquillaje resaltaba mis ojos sin recargarlos, los labios en un tono vino que invitaba a besarlos. Salí de allí segura de mí misma, sintiéndome más hermosa que nunca.

De regreso en casa, me tomé mi tiempo para vestirme. Elegí un conjunto de lencería negra que había comprado pensando en él: encaje delicado, una tanga que apenas cubría lo necesario, un liguero que se ceñía a mis muslos. Encima me puse un vestido corto del mismo color, ajustado en las caderas, con un escote que prometía sin mostrar de más. Me perfumé el cuello, las muñecas, el nacimiento de los pechos. Me miré una última vez y supe que estaba lista.

***

Lo esperé en la sala, mordiéndome el labio cada vez que un auto pasaba por la calle. Cuando por fin escuché el motor frenar frente a mi casa, el corazón me dio un vuelco. Corrí a abrir el portón eléctrico y vi sus faros entrar despacio. Estacionó, apagó el motor, y al bajarse del auto me quedé un segundo paralizada, recordando por qué lo había deseado tanto.

No le di tiempo a nada. Me acerqué con toda la feminidad que llevaba dentro, le eché los brazos al cuello y busqué su boca. Lo besé profundo, sin disimulo, dejando que sintiera cuánto lo había extrañado.

—Te quiero —le susurré contra los labios—. No dejé de pensar en ti.

Él me apartó apenas para mirarme de arriba abajo, y en sus ojos había algo que me hizo temblar.

—Mariana, estás preciosa —dijo con la voz ronca—. Más mujer que nunca. Perdóname por haber tardado tanto en volver, el trabajo me tiene viajando todo el tiempo. Pero ahora que tengas vacaciones, te llevo conmigo.

Al escucharlo, algo se me deshizo por dentro. Lo besé otra vez, ahora con una sonrisa que no podía contener.

—Claro que sí —le dije—. A donde quieras.

Lo ayudé a bajar su bolso del auto y entramos juntos a la casa, sus dedos entrelazados con los míos. Subimos a mi habitación para que dejara sus cosas. Apenas cerramos la puerta volvimos a besarnos, esta vez más despacio, reconociéndonos.

—Voy a darme un baño rápido —me dijo, acariciándome la mejilla—. Vengo del camino.

—Ve, mi amor —respondí—. Yo preparo algo para brindar y te espero abajo.

***

Bajé a la sala y serví el vino en las dos copas nuevas. Las manos me temblaban un poco, no de nervios, sino de pura anticipación. Lo escuchaba moverse en el piso de arriba, el agua corriendo, sus pasos. Cada sonido me encendía un poco más.

Cuando bajó, lo hizo solo con una bata blanca anudada flojamente a la cintura, el pelo todavía húmedo. Me levanté del sofá y caminé hacia él. Le entregué una copa y chocamos el cristal sin decir nada, solo mirándonos.

—Por nosotros —dijo al fin.

—Por este fin de semana —añadí yo.

Bebimos un sorbo y dejé mi copa sobre la mesa. Le pasé los brazos por detrás del cuello y me pegué a él. Nos besamos largo, sin prisa, las lenguas buscándose, sus manos bajando por mi espalda hasta posarse en mis caderas. Sentí cómo me apretaba contra su cuerpo y cómo, debajo de la bata, su deseo empezaba a despertar.

Deslicé los dedos hasta el nudo de la cintura y tiré despacio. La bata se abrió y se me cortó la respiración. Estaba completamente desnudo debajo, y verlo así, listo para mí, me prendió de una forma que no recuerdo haber sentido antes. Le besé el cuello, bajé por su pecho, fui dejando un camino de besos por su vientre mientras me arrodillaba frente a él.

Lo tomé con la mano y empecé despacio, con la lengua primero, recorriéndolo entero antes de metérmelo en la boca. Me encantaba hacerlo. Me encantaba escucharlo respirar más fuerte, sentir cómo se le tensaban los muslos, saber que era yo quien lo llevaba a ese punto.

—Así, Mariana —murmuró, hundiendo los dedos en mi pelo—. No pares.

Le hice caso. Lo chupé con ganas, marcando un ritmo, dejándolo entrar y salir de mi boca mientras lo miraba desde abajo. Él me sostenía la cabeza con suavidad, guiándome, y yo me sentía completamente suya, sedienta de él. Le pasé la lengua de arriba abajo, lento, y luego volví a tomarlo entero hasta donde podía.

Cuando los dos estábamos ya demasiado excitados para seguir conteniéndonos, se inclinó, me tomó de los brazos y me levantó. Me besó con una urgencia nueva, me alzó del suelo y me llevó cargada hasta la habitación.

***

Me dejó sobre las sábanas de raso y se acostó encima de mí sin dejar de besarme. Empezó a desvestirme despacio, deslizando el vestido por mis hombros, descubriendo la lencería negra que había elegido para él. Cuando vio el encaje, el liguero ciñéndome los muslos, soltó un suspiro que me hizo sonreír.

—Te pusiste así para mí —dijo, más una afirmación que una pregunta.

—Solo para ti —le contesté.

Bajó la boca a mis pechos y los besó, los acarició con los labios, y yo arqueé la espalda contra el colchón sintiendo cómo el placer me subía por todo el cuerpo. Cada beso suyo era una corriente. Me estremecí entera, entregándome sin reservas, deseándolo con cada centímetro de piel.

Me fue desnudando del todo, dejándome al final solo con la tanga. Me dio la vuelta con cuidado para que quedara boca abajo y recorrió mi espalda con la lengua, besó mis hombros, mis caderas, mis nalgas. Yo me retorcía sobre las sábanas, ya sin paciencia.

—Ya —le pedí en un susurro—. Te necesito.

Me acomodó de rodillas, me dio una palmada suave y volvió a besarme la piel. Yo no podía con la espera. Me giré de nuevo hacia él, lo tomé y se la volví a chupar un momento, como para asegurarme de que estaba tan loco como yo. Después nos abrazamos, rodamos por la cama entre besos, fundiéndonos los dos en el mismo fuego, hasta que me colocó en la posición en la que quería hacerme suya.

Tomó el gel de la mesa de noche y se preparó con calma, sin apuro, mirándome a los ojos todo el tiempo. Me levantó las piernas y me las apoyó sobre sus hombros, me atrajo hacia él. Cuando entró, despacio, dejándome sentir cada instante, un placer inmenso me recorrió de los pies a la cabeza.

—Despacio —le pedí, y él me obedeció.

Se movió con cuidado al principio, dándome tiempo a acostumbrarme, leyendo en mi cara cuándo podía ir un poco más. Yo me aferraba a las sábanas, a sus brazos, a lo que pudiera. Poco a poco el ritmo fue creciendo, y con él el placer, hasta volverse algo que no me dejaba pensar en nada más.

—No pares —le rogué—. No pares, por favor.

Nos correspondíamos como si lleváramos toda la vida haciéndolo. Él empujaba y yo salía a su encuentro, los dos perdidos, los dos buscando lo mismo. La habitación se llenó de nuestra respiración entrecortada, del sonido de nuestros cuerpos encontrándose una y otra vez.

No pude controlarme. El placer me llegó como una ola que me dejó temblando, aferrada a él con todas mis fuerzas, repitiendo su nombre sin darme cuenta. Él aceleró un poco más, me sostuvo fuerte de las caderas, y un momento después lo sentí terminar dentro de mí con un gemido grave que me erizó la piel.

Dejó caer su cuerpo sobre el mío, agotado, y yo lo abracé contra mi pecho. Nos quedamos así un buen rato, sin hablar, recuperando el aliento, las piernas todavía enredadas y el corazón latiendo a destiempo. Le besé la frente húmeda y él me besó el cuello, y en ese silencio cabía todo lo que no nos habíamos dicho en años.

***

Ese fin de semana fue de los dos y de nadie más. Pedimos comida, vimos películas tirados en el sofá, nos reímos recordando viejas travesuras del colegio, y volvimos a la cama tantas veces como el cuerpo nos lo permitió. Damián me trataba como a la mujer que siempre supe que era, y por primera vez en mucho tiempo me sentí completa, deseada, en paz conmigo misma.

El domingo por la tarde, cuando preparaba su bolso para volver a la capital, me abrazó por detrás y me habló al oído.

—Lo de las vacaciones iba en serio —dijo—. La próxima vez te vienes conmigo.

Me di la vuelta entre sus brazos y lo besé, sabiendo que esta vez no iba a dejar pasar tantos años. Algunos reencuentros no son casualidad. Son simplemente la vida poniendo en su sitio lo que siempre estuvo destinado a encontrarse.

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Comentarios (5)

nocturno88

precioso relato, me llego directo al alma

Valentina_R

Por favor una segunda parte!!! me quede con ganas de mas, que lindo lo que escribiste

Kira_oscura

La forma en que describis la anticipacion y los nervios previos es increible. Se siente muy real y emocionante. Gracias por compartirlo

MiguelStgo

excelente!! 5 estrellas sin dudar

LectorNocturno22

me recordo a algo que yo vivi hace tiempo. gracias por escribirlo con tanta ternura y detalle

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