Mi novia me vistió de mujer para perdonarme
Llegamos a la cabaña al caer la tarde, después de tres horas de ruta por caminos de tierra que dejaron mi auto cubierto de polvo. Tengo veintinueve años y, aun así, cada vez que miro a Carla me siento como un chico que acaba de hacer algo imperdonable. A sus treinta, ella parece haber ganado en aplomo todo lo que yo perdí en los últimos meses. El lugar era perfecto para lo que ella había llamado «reconciliación»: una casa de adobe con tejas rojas en las afueras de un pueblo dormido, rodeada de colinas secas, sin vecinos a la vista. Solo el viento y el olor a tierra caliente.
Bajamos las maletas y entré primero al dormitorio. Quería darme una ducha y, de una vez por todas, empezar a hablar las cosas con ella. Abrí mi maleta sobre la cama y me quedé congelado.
No había nada mío. Ni jeans, ni remeras, ni boxers. En su lugar había tangas de encaje, corpiños con relleno, faldas cortas de algodón, tops de escote profundo, sandalias con taco y un neceser lleno de maquillaje.
Recordé entonces que, al pasar a buscarla esa mañana, le había dado las llaves del auto para que cargara el equipaje mientras yo terminaba un café en su cocina. Tuvo tiempo de sobra para revolver todo y cambiar mi ropa por aquello. Ahora entendía por qué había insistido tanto en que me quedara tranquilo, sentado, sin apurarme.
—¿Qué es todo esto, Carla? —pregunté, saliendo al living con una tanga roja colgando de dos dedos, sintiéndome ridículo de solo tocarla.
Ella estaba apoyada en la mesada de la cocina, con un short de jean cortísimo y una remera blanca. Me miró con una calma que daba más miedo que cualquier grito.
—Te saqué toda tu ropa antes de salir —dijo, cruzando los brazos—. Si querés quedarte acá y tener aunque sea una mínima chance de que te perdone, vas a usar lo que hay en esa maleta. Si no, caminás hasta el pueblo y te tomás el primer colectivo. Ocho años juntos, Martín, y me lo pagaste acostándote con alguien de tu oficina. Esto es lo mínimo que merecés para demostrarme que de verdad lo lamentás.
Pensé en gritarle, en agarrar mis cosas y rajar de ahí. Pero la miré a los ojos y supe que hablaba en serio. Si me iba en ese momento, se terminaba todo para siempre. Y yo no quería que se terminara.
—Está bien —dije, tragando saliva—. Solo por vos lo voy a hacer.
Volví a la habitación y me desvestí frente al espejo grande que cubría media pared. Elegí lo que me pareció menos humillante: una tanga negra de encaje cuyas tiras finas se estiraban sobre mis caderas, un top corto verde que colgaba suelto sobre mi pecho plano, una falda blanca plisada que cualquier brisa podía levantar y unos zapatos blancos de taco bajo, apenas tres centímetros, los más discretos del lote. La tela era ajustada y el encaje me rozaba la piel de una forma incómoda, las tiras clavándose un poco en la carne. Salí despacio, con la cara ardiendo.
—Parate frente al espejo de la sala —ordenó.
Me paré ahí, mirando mi reflejo: un tipo de veintinueve años vestido de mujer, las piernas todavía con vello que contrastaba con la falda, un calor subiéndome por el cuello que no sabía si era de bronca o de vergüenza. Pensé en mi viejo. Si me viera así, seguro me borra de la herencia.
—Te ves patético, Martín —dijo ella, acercándose y levantándome la falda que yo intentaba sujetar—. Un infiel disfrazado de nena. Quiero que lo digas.
—Soy patético... soy una nena infiel —murmuré, odiándome por cada sílaba.
***
Los días siguientes pasaron en una niebla de humillación. Me obligó a depilarme entero con una crema que picaba y me dejaba la piel rosada e hipersensible. Me maquilló por primera vez en mi vida: base, un delineador que me agrandaba los ojos, un labial rojo que me hinchaba los labios. Cada mañana me entregaba un atuendo distinto. Shorts de encaje que se me subían solos, camisolas casi transparentes, vestidos floreados que se abrían con cualquier movimiento. La cabaña parecía tener un espejo en cada pared, como si los hubiera colocado a propósito para que no pudiera escaparme de mi propia imagen.
Después de cada cambio de ropa, ella me hacía repetir frases que me raspaban la garganta: «gracias por hacerme bonita», «soy la sirvienta inútil de Carla». Yo servía la comida, limpiaba los platos, caminaba por el patio con tacos que me hacían tambalear sobre las baldosas calientes. Lo único que sentía era rabia contenida, arrepentimiento y la esperanza estúpida de que al final de todo aquello ella me perdonara.
Una noche, después de varios días de la misma rutina, me anunció que íbamos a salir.
—Hoy vas a salir vestida como Martina —dijo, mientras me maquillaba más cargado que de costumbre: sombras ahumadas, pestañas postizas, un labial mate rojo oscuro—. Te voy a llevar a bailar al pueblo.
Me puso un top corto y brillante de tela negra, con relleno en las copas para simular un pecho mínimo, que dejaba mi abdomen al descubierto. La pollera era de cuero sintético, ajustada a mis caderas depiladas, con un cierre lateral que la hacía todavía más corta. Debajo, una tanga roja de encaje. Tacos de plataforma, altísimos, que me obligaban a medir cada paso. Me sujetó extensiones para que el pelo me cayera largo y ondulado sobre los hombros. Me miré en el espejo y no me reconocí: una versión irreal y femenina de mí mismo me devolvía la mirada.
***
Llegamos al boliche cerca de la medianoche. Era un lugar chico, con luces de neón rosas y azules parpadeando sobre la pista, reggaetón y cumbia retumbando en el pecho, olor a cerveza tibia y perfume barato. Había gente bailando, riéndose, gritándose al oído. Carla me llevó directo a la barra, donde no tardó en acercarse un hombre al vernos a las dos solas. Era alto, de espaldas anchas, piel morena, con una remera ajustada que le marcaba los brazos y unos jeans oscuros. Tendría poco más de treinta.
Se quedó hablando con Carla un largo rato. Yo solo miraba, sin entender qué se decían. Me hervía la sangre, pero a esa altura ya había aceptado que esa era su venganza, y que mi papel era aguantarla.
—Martina, saludá a Damián —dijo ella. Después se inclinó y me susurró al oído—: Más te vale tenerlo contento, o no hay perdón que valga. —Y me empujó suavemente hacia él.
Damián me tomó de la mano y me llevó a la pista. Al principio bailé rígido, los tacos volviendo torpe cada paso, la pollera trepándome con cada movimiento. Él se reía y me pegaba a su cuerpo sin dejar de mirarme.
—Tranquila, preciosa —susurró contra mi oído, su aliento cálido en mi cuello—. Relajate y seguime el ritmo.
Sus manos bajaron a mi cintura, guiándome. El reggaetón llenaba el aire y él empezó a moverse contra mí, su pecho firme contra mi espalda, las caderas marcando un compás lento. Sentí su erección presionando a través del jean, dura contra mi cuerpo. Intenté separarme un poco, pero me apretó más fuerte.
—Mirá cómo te movés —dijo, deslizando una mano por mi muslo, levantando apenas el dobladillo, rozando la piel recién depilada—. Esa pollera te queda perfecta. Muestra justo lo que tiene que mostrar.
La música subió de golpe y él me giró para que bailara de frente. Tenía los ojos clavados en mis labios pintados, en mis ojos maquillados. Me besó el cuello con un roce de labios que me erizó la piel entera. Después otro beso, más abajo, sobre la clavícula. Sus manos subieron por mi abdomen expuesto, los dedos pellizcando con suavidad cerca del ombligo.
—No... por favor —murmuré, pero mi voz se perdió entre los parlantes y el griterío.
Él rió bajito contra mi oreja.
—Shhh, Carla nos está mirando. Hacelo por ella. Dejate llevar, Martina. Sé que lo querés probar.
Me besó en la boca, su lengua abriéndose paso, con un gusto a cerveza y a tabaco. Bailamos así un buen rato, un perreo lento, sus manos explorando, una subiendo por mi espalda bajo el top, la otra apretándome por encima de la pollera. Se frotaba contra mí sin disimulo, susurrándome cosas que me quemaban: «qué rica estás», «imaginate lo que te voy a hacer después». La vergüenza me ardía en la cara, pero el roce constante, el calor de su cuerpo y la música que no paraba fueron tensando algo dentro de mí que yo no esperaba sentir.
Después de varias canciones me arrastró a un rincón en penumbra, contra una pared donde las luces parpadeaban. Me besó de nuevo, profundo, mientras una mano bajaba apenas el cierre de la pollera. Justo entonces apareció Carla.
—Vámonos a la cabaña —dijo, con una media sonrisa—. Terminemos bien la noche.
***
Volvimos en el auto de Damián, porque a la ida habíamos pedido un remís. El trayecto fue corto pero cargado de electricidad. Yo iba de copiloto, y él no dejaba de apoyarme la mano en el muslo y subirla de a poco. Cuando llegó demasiado lejos, le frené la mano con la mía. Él solo sonrió, sin insistir.
Al llegar, Carla nos guió hasta el dormitorio. Damián me empujó con suavidad contra la pared. Ella se sentó en una silla, al lado, con el teléfono en la mano, filmando en silencio, con una sonrisa que le cruzaba la cara de oreja a oreja.
—Sacate la pollera —dijo Damián, desabrochándose el jean.
—No, esperá. Yo no soy lo que parezco. Esto ya fue demasiado lejos —balbuceé.
—Shhh. Ya sé todo. Carla me contó —respondió, sin alterarse—. Me dijo lo que le hiciste. Así que te conviene portarte bien.
Me bajé la pollera de cuero, dejando a la vista la tanga, y sentí el aire fresco contra mi piel depilada. Él se bajó el pantalón y el bóxer. Su miembro salió duro, grueso, mucho más grande que el mío, con la punta ya brillante. Me giró contra la pared, me apoyó las manos sobre el cemento frío y me separó un poco las piernas con la rodilla. Todo pasaba demasiado rápido y yo no sabía cómo reaccionar.
—Voy a ir despacio, preciosa. Relajate y respirá —susurró, besándome la nuca mientras me preparaba con saliva y con los dedos.
Me aterraba la idea de ser penetrado por otro hombre. Quería salir corriendo. Y, sin embargo, una parte mínima de mí, una que no quería reconocer, no se movió de ahí. Un dedo entró lento, girando, abriéndome. Después dos, estirando con cuidado, entrando y saliendo hasta que sentí que el músculo cedía. No dolía. Solo presión, una sensación extraña pero no del todo mala. Cuando estuve más relajado, apoyó la punta contra la entrada.
—Respirá hondo... así, muy bien —dijo, y empujó de a poco, centímetro a centímetro.
Sentí cómo entraba, el grosor abriéndome lentamente, llenándome sin demasiado dolor gracias a la preparación. Cuando estuvo todo adentro se quedó quieto un segundo, dejando que me acostumbrara. Después empezó a moverse, despacio al principio, con embestidas suaves que rozaban un punto que me hacía tensar todo el cuerpo de golpe.
—Decí que te gusta, Martina —exigió, acelerando un poco, las manos apretándome las caderas—. Quiero escucharlo.
—Me gusta... me gusta así —repetí entre jadeos, y esta vez el placer era real, intenso, subiendo desde adentro cada vez que él golpeaba ese punto.
Me llevó hasta la cama y me puso en cuatro, el top corto trepado dejando mi pecho plano al aire. Entró de nuevo, más profundo, con un ritmo parejo, fuerte pero controlado. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con mis gemidos que ya no podía contener. Carla filmaba, acercándose de a ratos para captar mi cara: el maquillaje corrido por el sudor, los ojos vidriosos, la boca entreabierta.
—Mirá cómo gime tu ex, Carla —dijo Damián, embistiendo más rápido—. Ocho años con vos y mirá para qué servía.
Sentí el orgasmo acercarse sin que nadie me tocara. Mi miembro goteaba, duro contra la tela de la tanga, y cuando Damián terminó —caliente, abundante, derramándose hasta resbalar por mis muslos— exploté yo también: un orgasmo largo y tembloroso que me dejó jadeando, derrumbado sobre las sábanas.
Caí de costado, exhausto, el cuerpo todavía vibrando. Carla se acercó, aplaudiendo despacio.
—Muy bien, Martina —dijo, con una voz fría pero satisfecha—. Damián se queda el fin de semana. Quizás te perdone, si seguís obedeciendo así de bien.
Me quedé ahí, tendido, con el cuerpo traicionero satisfecho por primera vez en todo el viaje y la cabeza hecha pedazos. Pensé que, después de esa noche, tal vez nunca volvería a ser el mismo Martín de antes. Y lo más perturbador no fue esa certeza, sino descubrir que una parte de mí ya no estaba tan segura de querer volver a serlo.