Viajé tres horas vestida de mujer para un desconocido
Me llamo Dafne y esta es una de esas historias que nunca le conté a nadie. Hoy vivo con Mauro, mi pareja, y soy feliz a su manera: discutimos por tonterías, nos reconciliamos en la cama y él no tiene la menor idea de que escribo lo que escribo. No creo que sea faltarle el respeto. Son recuerdos míos, de antes, de cuando todavía no existía él.
Hubo una época en la que no tenía a nadie fijo. Hombres de una noche, dos como mucho, y después el silencio. No me quejaba: necesitaba sexo como se necesita el aire, y me cansé de esperar a que llegara solo. Así que una madrugada, sin pensarlo demasiado, redacté un anuncio en una de esas páginas de contactos.
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Lo publiqué y me fui a dormir. Al día siguiente la bandeja estaba llena. La mayoría eran chicos calientes que querían todo gratis y para anteayer, mensajes de una línea, fotos sin contexto. Los borré casi todos. Pero hubo uno distinto: un hombre que se presentó con nombre, que escribía completo y que, en lugar de exigir, me dejó su número de teléfono.
Lo llamé esa misma tarde. Se llamaba Rodrigo, tenía voz pausada y dueño de una pequeña flota de camiones en una ciudad a tres horas de Trujillo. Me mandó una foto: un tipo de cuarenta y ocho años, ancho de hombros, con esa seguridad que no se finge. Hablamos casi una hora. No me prometió nada imposible y eso, curiosamente, fue lo que me dio confianza. Acordamos día y hora, y el jueves siguiente subí a un bus con el corazón golpeándome las costillas.
***
Me esperaba en el terminal. Reconocí la camioneta antes que a él: doble cabina, lunas tan oscuras que no se veía nada del interior. Le di la mano para saludarlo, formal, y él me tiró del brazo y me besó en la boca ahí mismo, delante de todo el mundo. Me sorprendió tanto que me quedé sin aire. Luego me dio vergüenza, y después, una corriente tibia bajándome por la espalda.
—Pásate atrás —me dijo abriendo la puerta—. Vístete tranquila mientras cobro a un par de clientes. Nadie te va a ver.
Y tenía razón. Detrás de esos vidrios yo era invisible. Me quité la ropa de viaje y me fui transformando despacio: las medias, la lencería negra, el vestido que había elegido pensando en ese momento. Mientras Rodrigo entraba y salía de oficinas y depósitos, yo terminaba de pintarme los labios en el espejito del visor. Cuando volvió por cuarta vez, me giré hacia él.
—Ya estoy lista —le dije.
Me miró un segundo largo, de arriba abajo.
—Mira la muñeca que me voy a llevar —murmuró.
***
El hotel era grande, de esos con patio interior y varios autos estacionados. Eran las dos de la tarde. Rodrigo bajó primero, me abrió la puerta como si fuéramos a una cita formal y me dio un beso lento antes de caminar hacia las habitaciones. Era la primera vez que cruzaba un lugar así, de día y vestida de mujer. Sentía las miradas de los empleados clavadas en la nuca, en las piernas, en cada paso que daba con los tacos sobre el piso pulido. Entré roja hasta las orejas. Y al mismo tiempo lo disfrutaba como pocas cosas en la vida.
Apenas cerró la puerta me tomó de la cintura. No me dejó decir una palabra. Su boca encontró la mía y nuestras lenguas se enredaron sin prisa primero, con urgencia después. Me empujó sobre la cama y se me echó encima. No era alto, pero sí robusto, y tenía una fuerza que me daba la vuelta como si yo no pesara nada. Me sacó el vestido y me dejó en la lencería negra, recorriéndome con las manos esa piel blanca que siempre les gustó.
Se desnudó. Lo que tenía entre las piernas me hizo tragar saliva: gruesa, firme, más de lo que estaba acostumbrada. Me la llevó a la boca y al principio me costó, tuve que ir despacio para acostumbrarme. Le pasé la lengua por el glande, bajé hasta abajo, me entretuve ahí mientras le clavaba las uñas en las nalgas. Cuando subí de nuevo y volví a tomarla entera, lo escuché gemir por primera vez.
Me animé y le pasé la lengua más abajo todavía, donde nadie suele atreverse. Pensé que se molestaría.
—Qué rico —dijo en cambio, con la voz quebrada—. Nunca me lo habían hecho.
Eso me encendió. Seguí, lo escuché contener el aire, lo sentí estremecerse bajo mis manos. Después me dio vuelta y fue su turno: me chupó los pezones, el cuello, el lóbulo de la oreja, fue bajando hasta hacerme gemir tan fuerte que yo misma me asusté del ruido.
—Más bajo —pedí, y no me reconocí la voz.
Me puso boca abajo. Me besó la espalda, los hombros, fue dejando un rastro húmedo hasta separarme con las manos y usar la lengua donde su sexo me daba miedo y deseo en partes iguales. Me preparó así un buen rato, hasta que me oyó relajarme. Entonces sacó un preservativo del bolsillo del pantalón, se lo puso, y me levantó las piernas.
—Despacio —alcancé a pedirle.
—Despacio —repitió él.
Y lo cumplió. Empujó de a poco, atento a mi cara, preguntándome con la mirada más que con palabras si me dolía. Me dolía y me gustaba al mismo tiempo, esa mezcla que es imposible de explicar a quien no la conoce. Cuando ya estaba a la mitad la sacó, volvió a humedecer todo, y en el siguiente empuje llegó hasta el fondo de una sola vez. Me arrancó un grito. Se quedó quieto, dejándome respirar, besándome la nuca mientras yo me acostumbraba a tenerlo entero adentro.
Después empezó a moverse de verdad. Mete y saca, con fuerza, sin pausa. Mis gemidos se escapaban por debajo de la puerta y a esa altura ya no me importaba quién los escuchara.
—Esta noche eres mía —me dijo al oído, y yo asentí contra la sábana.
Me cambió de posición varias veces. De rodillas, con la cara hundida en la almohada y la cadera en alto, parado sobre mí buscando otro ángulo, encima de él cabalgándolo despacio. Estuvo más de una hora, infatigable, hasta que lo sentí tensarse entero. Empujó hondo, se quedó dentro, y noté cómo latía al terminar. Yo, con él todavía adentro, me toqué hasta alcanzar mi propio orgasmo y dejarle el pecho marcado.
Me jaló hacia su cuerpo. Me besó la frente, me tuvo abrazada un largo rato, en silencio, hasta que se separó de mí y fui al baño con las piernas temblando, adolorida y absurdamente feliz.
***
Pidió comida y una botella de vino al cuarto. Me gustó ese detalle, que se acordara de que yo también comía, de que no era solo un cuerpo de alquiler. Comimos en la cama, hablando de cualquier cosa, y nos quedamos dormidos casi sin darnos cuenta.
Me despertó su teléfono sonando. Por un segundo no supe dónde estaba. Cuando lo vi a mi lado, me ubiqué. Tenía que irse: el trabajo lo llamaba. Pero antes me pidió una última cosa, en voz baja, casi tímido para un hombre como él. Se la di con calma, sin apuro, y cuando terminó me besó como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
—No hay tiempo de ducharse —dijo mientras se vestía—. Pero no te preocupes. En un rato sale uno de mis tráileres para Trujillo. Te lleva hasta tu puerta.
Salimos del hotel igual que habíamos entrado, yo de mujer y la cabeza en alto esta vez. Camino al estacionamiento de los camiones, sacó de la billetera varios billetes y me los puso en la mano.
—Gracias por venir —dijo—. La pasé como hacía años no la pasaba.
Guardé el dinero en la cartera sin contarlo. Cuando llegamos hasta uno de los tráileres, llamó al chofer.
—Llévala hasta Trujillo, tranquilo nomás —le ordenó, y me apretó la mano una última vez.
***
Eran las once de la noche. Ya en la cabina, a oscuras, saqué los billetes y los conté: mucho más de lo que jamás habría pedido. El chofer era joven, de modales rudos pero educado, y manejaba con las dos manos pegadas al volante como si tuviera miedo de mirarme. Me convidó una gaseosa. Conversamos. Me preguntó por su jefe y le conté apenas un par de cosas, las menos comprometidas.
Le pedí que parara en algún lado del camino para lavarme y cambiarme, que no podía llegar a mi barrio vestida así.
—No te preocupes —dijo sin despegar los ojos de la carretera—. Te dejo en tu misma puerta.
Vivía sola, por suerte, y justo sobre la ruta que él hacía. A mitad de camino frenó en un grifo a comprar galletas. Cuando volvió a subir me alcanzó una y, al hacerlo, me dejó la mano sobre la mía un instante de más. Ya sé lo que quiere, pensé. Pero no se animaba a decirlo. Lo miré hasta que se puso nervioso.
—¿Te gusto? —le pregunté de frente.
—Quería darte un beso —confesó, mirando al frente.
Se lo di yo primero, largo, sin que tuviera que pedirlo dos veces. Me puso la mano en el muslo y me propuso pasar al camarote de atrás. Antes le pedí bajar a lavarme; me eché agua del bidón en el costado de la ruta, a oscuras, riéndome sola de lo absurdo de la noche. Después subí.
Era distinto a Rodrigo: más largo, pero delgado, y duro como pocas veces vi. Le puse un preservativo y me tomó en varias posiciones, golpeando hondo, más hondo de lo que mi cuerpo todavía dolorido podía soportar. Me quejé, me dolió, y aun así no le pedí que parara. Terminó dentro de mí; al sacarla el condón se quedó adentro y tuve que rescatarlo yo. Nos vestimos y el viaje siguió, ahora con una confianza nueva entre los dos. Me acariciaba la cara, me decía que era linda, que esperaba que no fuera la última vez.
Tres horas después se detuvo frente a mi casa, en plena carretera. Antes de bajar me besó y, ya casi en la puerta, me anotó su número en un papel. Tuve dos encuentros más con él después de esa noche, pero esa, amigos, es otra historia.
Esta la recuerdo entera: el anuncio, el viaje, el desconocido que terminó tratándome como a una reina y el muchacho tímido del camino de vuelta. Cien por ciento real, como todo lo que escribo. En unos días les cuento la siguiente. Besitos.