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Relatos Ardientes

Mi esposa tomó mi fantasía y me convirtió en travesti

—¿Por qué no? —insistí.

—Ya te dije que no me gusta, Martín.

—Probemos una sola vez. Si no te convence, no volvemos a hablar del tema.

—Otra vez con lo mismo. No me siento cómoda.

—¿Cómo sabes que no te sentirás cómoda si nunca lo intentamos?

—Con solo imaginarlo me incomoda. ¿Por qué no probamos otra cosa? Prefiero que intentemos algo nuevo. Estoy dispuesta al sexo anal, de hecho no me molesta. Pero ese es mi límite.

Déjame presentarme. Tengo treinta y ocho años, soy delgado, no muy alto, y llevo casi diez años casado con Lucía. Ella es de mi misma edad, un poco más alta que yo, esbelta pero de caderas generosas y un pecho que hacía girar cabezas en la calle. No teníamos hijos, y el sexo se había vuelto rutina para los dos. En eso estábamos de acuerdo.

La discusión venía de mi pedido, repetido por vigésima vez, de que ella adoptara un rol más dominante en la cama. Yo siempre había tenido la fantasía de ser sometido, de obedecer, y estaba decidido a vivirla al menos una vez. Ella, en cambio, no quería saber nada del asunto.

—Piénsalo y después me dices —le propuse.

—Hagamos una cosa. Me tomo una semana, me documento, leo, intento entender tu punto de vista. El lunes te doy mi respuesta. Y si es no, no quiero oír una palabra más. ¿De acuerdo?

—Me parece un trato justo.

Durante esa semana la vi pasar horas frente a la computadora, leyendo y, otras veces, escribiendo textos largos. Intenté espiar su historial de navegación sin éxito: teníamos perfiles separados. Cuando preguntaba si había encontrado algo interesante, la respuesta era siempre la misma.

—Quedamos en una semana. Todavía estoy asimilando lo que leí.

***

El lunes siguiente no pude contenerme.

—¿Llegaste a alguna conclusión?

—Sí. Lo haremos. Pero hay condiciones.

—Las que quieras —respondí, ansioso, convencido de que mi fantasía estaba a punto de cumplirse.

—No tan rápido. Primero las lees.

Me acercó una hoja impresa. Eran seis puntos: obedecer todas sus órdenes sin cuestionar, reconocerla a ella al mando, dirigirme a ella como «Señora», aceptar los castigos que me impusiera, agradecer el tiempo dedicado a mi educación y, el último, que una vez empezado no había vuelta atrás: ella decidía cuándo terminaba.

Era más de lo que esperaba. Yo soñaba con verla de corsé y botas, con un par de nalgadas y después sexo. Esto sonaba mucho más intenso. Pero o aceptaba, o me olvidaba para siempre de la fantasía.

—Estoy de acuerdo.

—Entonces firma al pie.

Firmé. Ella revisó la hoja, fue hasta el cajón de la mesa de noche y volvió con una cajita cuadrada que me entregó.

—Ábrela. Es un dispositivo de castidad.

—¿Y para qué? Con esto no podré tener erecciones.

—Esa es la idea. Te volverá más dócil.

—¿Por qué no me lo pones tú?

—Porque te conozco y enseguida te excitarías. Además, es más humillante si te lo colocas solo.

Me lo puse con cierta dificultad. Aprisionaba mi sexo y resultaba incómodo. Cuando cerré el candado, ella estiró la mano.

—Dame las llaves.

Se las colgó del cuello, en una cadena.

—¿Cuánto tiempo lo llevaré?

—Depende de ti. Si te portas bien, el lunes lo retiramos. De aquí en adelante harás todas las tareas de la casa. Si las haces bien, tendrás tu premio. Ahora ve a preparar la cena.

Cociné distraído. No conocía esa faceta de Lucía. Yo esperaba un juego, no una semana entera encerrado. Esa noche, antes de dormir, se sentó en la cama, abrió las piernas y se limitó a indicarme:

—Bésame. Quiero un orgasmo.

***

La tortura duró toda la semana. Me provocaba varias veces al día. Me llamaba al trabajo para preguntar:

—¿Cómo está el pajarito?

—Enjaulado —era mi única respuesta.

—Ve al baño, tómale una foto y envíamela.

Obedecía cada vez más excitado. En casa limpiaba, cocinaba, lavaba, y de noche le practicaba sexo oral hasta que ella terminaba. La privación tuvo un efecto extraño: vivía en un estado de excitación permanente y, sin proponérmelo, me había vuelto un experto con la lengua.

El lunes me presenté entusiasmado.

—Hoy es el gran día, Señora.

—No lo creo. —Sacó una libreta y leyó—: El lunes la comida tenía demasiada sal. El martes le faltaban especias. El miércoles había polvo en la vitrina. El jueves mis faldas estaban mal planchadas. El viernes no lavaste mi ropa interior. Son demasiadas faltas. Imposible liberarte.

—Pero ya no aguanto.

—Haberlo pensado antes. El lunes próximo tendremos otra evaluación.

Por supuesto, también fallé el lunes siguiente. Y el otro. Siempre había una capa de polvo, una prenda mal lavada, un detalle. Aquello se prolongó dos meses. A las provocaciones diarias y las tareas se sumaron otras nuevas en las que, claro, también fracasaba: un trago con demasiado alcohol, un masaje de pies mal hecho.

Al final del segundo mes estaba desesperado. El dispositivo me había llevado a un estado de sumisión total. Habría hecho cualquier cosa por librarme de él.

—Hay fallas que me aburre enumerar —me dijo—, pero por el esfuerzo, hoy y solo por hoy tendrás un orgasmo. Recuéstate.

Obedecí esperando que liberara mi sexo. En cambio, se acercó con un vibrador y lo apoyó sobre el dispositivo. La trepidación se transmitía directamente al metal y de ahí a mi carne encerrada.

—Te prometí un orgasmo, no que te liberaría.

Tomó lubricante, se untó los dedos y, sin aviso, introdujo primero uno y luego dos en mi ano.

—Cuidado, nadie ha entrado por ahí.

—¿Quieres que pare?

—No, por favor. Sigue. Necesito terminar.

Al principio la sensación fue extraña. No dolía, no era desagrado: era algo nuevo. Pronto me abandoné a ello. Sus dedos explorándome y las vibraciones sobre mi sexo provocaron un orgasmo copioso.

—Mira el desastre que hiciste. Cambia las sábanas y bésame hasta que yo también termine.

***

Las semanas se ordenaron en un ritual. Otro lunes, otra evaluación fallida, otro orgasmo concedido con el vibrador sobre el dispositivo. Solo que esta vez deslizó la mano bajo la almohada y me mostró un plug anal pequeño.

—Casi lo olvido. Tengo un regalo para ti.

Lo empujó hasta que entró por completo. No era grande, pero sentí la invasión. Empezó a moverlo despacio mientras me estimulaba. Volví a terminar.

—Cámbialas otra vez —dijo señalando las sábanas.

Hice ademán de retirar el plug.

—No, señorito. Eso se queda. Para recordarte que todo esto fue idea tuya.

Dormí con él puesto. Lo llevé toda la semana. Las llamadas cambiaron.

—¿Cómo está el pajarito?

—Encerrado, Señora.

—¿Y la cola?

—Llena, Señora.

—Mándame fotos.

Iba al baño, me bajaba el pantalón y le enviaba una imagen del dispositivo y otra del plug firme entre mis nalgas. Había un placer perverso en hacerlo encerrado en el cubículo mientras un desconocido orinaba a dos metros sin imaginar nada.

El lunes siguiente cambió el plug por uno más grande. «Hay que entrenar esa colita», dijo. Y trajo un platito de postre que colocó bajo mi sexo enjaulado.

—Así no ensuciamos las sábanas. ¿No te parece una idea excelente?

—Sí, Señora.

Cuando terminé, el platillo quedó lleno.

—Ahora bébelo.

—No esperarás que lo haga.

—Es tuyo. A ti te toca limpiar lo que ensucias. Yo nunca me quejé las veces que te chupé. ¿O quieres olvidarte de tus orgasmos?

De un modo extraño y perverso, me había vuelto adicto a ese desahogo. Extendí la lengua y lamí hasta dejar el plato limpio.

—¿Ves? No era tan difícil. Es un gusto adquirido.

***

Los plugs crecieron mes a mes hasta que acomodé uno de buen tamaño. Ya ni protestaba: terminaba, tomaba el plato y bebía sin que ella tuviera que ordenarlo. Cuatro meses después de aquel contrato, ni recordaba lo que era una erección. Estaba domesticado.

Una tarde la sorprendí frente a la computadora, escribiendo, cuando la interrumpió una llamada y salió a la sala. Alcancé a leer la conversación: hablaba con alguien llamada Mistress Verónica.

«Verónica, vas por buen camino. Casi no presenta resistencia», leí. La otra respondía sobre el dispositivo de castidad, sobre cómo reforzaba el vínculo y recordaba la posición del sometido. Lucía escribía que yo estaba condicionado a terminar y beber mi propio semen, que lo interpretaba como recompensa. Confesaba cierta culpa, pero también que el poder sobre mí la excitaba como una droga. «No pienso detenerme —escribió al final—. Quiero llegar hasta el final.»

Oí sus pasos y me retiré con el corazón golpeándome el pecho, rogando no haber sido descubierto.

***

El cambio empezó poco después. Una noche me tendió un frasco de crema.

—Me molesta tu vello. Quiero que te depiles.

—¿Para qué? Si casi no tengo.

Pasó el vibrador de una mano a la otra en un gesto deliberadamente provocador.

—¿Quieres o no quieres?

—Sí, Señora.

Me unté el cuerpo entero y, bajo la ducha, vi cómo el agua se llevaba todo, incluso el vello del pubis. Al volver, ella sonrió.

—Perfecto. Estás precioso. Ven aquí.

Al día siguiente me alcanzó un camisón de seda.

—Hoy quiero que uses esto.

—¿Por qué?

—Sin preguntas. ¿O no quieres tu premio?

Me lo puse y un escalofrío me recorrió la piel depilada. Esa noche terminé mucho más rápido que de costumbre. A partir de ahí gocé de un orgasmo diario, todavía en castidad, y cada lunes se sumaba una prenda femenina: ropa interior, medias de nylon, portaligas, zapatos de tacón y, por fin, un corsé ajustado que me afinaba la cintura y simulaba un busto. Iba al trabajo con todo eso bajo el traje. Más de una vez, encerrado en el baño tomando fotos para ella mientras alguien entraba sin sospechar nada, sentí esa mezcla de vergüenza y vértigo.

***

Habían pasado ocho meses cuando me anunció el paso final.

—Mírate: depilado, con corsé, medias, tacones. ¿Qué falta? Maquillaje, peluca, accesorios. Serás mi amante.

Mi voluntad ya no existía. Dependía por completo de ella, de cuándo y cómo me concedía placer.

—Como desee, Señora.

Me sentó frente al tocador. Aplicó base, delineó mis ojos, pegó pestañas postizas, ruboró mis mejillas y pintó mis labios de un rojo intenso. Uñas postizas del mismo tono, aros, anillos, pulseras. Por último, una peluca negra hasta los hombros, con flequillo.

—Hermosa —dijo.

Me miré al espejo. De Martín no quedaba rastro. Frente a mí había una mujer.

—Ya no puedo llamarte Martín. Ahora eres Bianca.

—Sí, Señora.

Esa noche solo le di placer con la lengua. Mi premio quedó pospuesto. Y la rutina se transformó: llegaba del trabajo, me maquillaba, me vestía y, convertida en Bianca, hacía las tareas mientras ella inspeccionaba tanto la casa como a mí misma. Las medias mal puestas, el maquillaje irregular, la voz demasiado aguda. Siempre encontraba un detalle. Y un día noté, asombrada, que ya pensaba en mí en femenino.

***

El lunes definitivo me pidió que me arreglara especialmente. El plug de siempre, medias negras con costura, corsé, prótesis de busto, maquillaje de ojos felinos, la misma peluca del primer día, un vestido negro de falda tubo que realzaba mis nalgas.

Cenamos. Después me tomó de la mano y me pidió que la esperara sentada mientras ella se cambiaba. Crucé las piernas en una pose que ya me salía natural y encendí un cigarrillo. Tardó. Había dos colillas con labial en el cenicero cuando regresó.

Era la diosa de todas mis fantasías: guantes de cuero hasta los codos, corsé de cuero que reducía su cintura, medias con costura, botas de caña alta con tacón aguja. El maquillaje oscuro, los labios color vino, el cabello tirante en una coleta que la volvía más severa. Y un detalle que me hizo temblar: en su entrepierna llevaba un arnés con un falo de proporciones intimidantes.

—¿Te gusta?

—Está hermosa, Señora. Pero eso me da miedo.

—No seas tonta. Es un regalo para ti. ¿No tienes ganas de besarlo?

Se acercó con movimientos de gata cazando un ratón. Puso una mano en mi nuca y presionó suavemente.

—Vamos. No te hagas rogar.

No pude resistirme. Mis labios lo recorrieron, mi lengua subió y bajó por toda su extensión.

—Mételo en tu boca. Despacio. Quiero ver el labial marcado en la base.

Obedecí. Después me hizo levantar, se colocó detrás, bajó el cierre de mi vestido y este cayó al suelo.

—Ponte en cuatro, con los brazos en el respaldo.

Sentí cómo retiraba el plug y apoyaba la punta contra mi entrada.

—¿Quieres que siga?

—Me da miedo que duela.

—Iré despacio. Te va a gustar. Pero tienes que pedírmelo.

—Por favor, Señora. Siga.

—¿Quieres ser mi mujer? ¿Quieres que sea tu dueña?

—Sí. Quiero que me haga su mujer. Por favor, Ama, penétreme.

Entró despacio. Para mi sorpresa, no dolió: meses de entrenamiento habían hecho su trabajo, y la sensación fue indescriptible. No me contuve.

—Más profundo, por favor.

—¿Te gusta?

—Muchísimo.

Aumentó el ritmo, entrando y saliendo en toda su longitud. Yo sudaba, el maquillaje se me corría, lloraba de puro placer. Nunca había sentido un goce semejante, ni me había sentido tan femenina, tan entregada. Terminé en el plato de siempre. Esta vez, en lugar de dármelo a beber, frotó el falo contra mi orgasmo y me lo ofreció para que lo besara.

Luego se quitó el arnés, se puso en cuatro y me ordenó besarle el trasero mientras se estimulaba el clítoris con el vibrador. Gozó tres veces con mi lengua. Agotadas, nos quedamos dormidas vestidas.

***

Creerás que la historia termina ahí. Te equivocas. Esa semana repetimos la escena con variaciones, y cada tarde encontraba en el armario un disfraz distinto: secretaria, colegiala, mucama francesa. El viernes invirtió los papeles: yo, esposa de los años cincuenta; ella, con peluca corta, traje, corbata y un bigote postizo.

—Mucho gusto, preciosa. Soy Martín —dijo con la voz más grave que pudo.

—Encantada, caballero. Soy Bianca.

Esa noche no hubo Ama ni esclava: solo un hombre atento que me seducía y una mujer que, sensual y reticente, terminaba cediendo. Fue fascinante. El placer de ser deseada es algo que no sé transmitir. Acabamos haciendo el amor y dormimos con «Martín» dentro de mí.

El sábado, mientras me convertía en Bianca para el fin de semana, Lucía me anunció:

—Prepara la casa. Esta noche tenemos invitados a cenar.

—¿Invitados? Entonces me cambio.

—Al contrario. Vienen a conocer a Bianca. Quiero que estés hermosa.

Hasta entonces todo había sido un juego en la intimidad. Jamás, ni en la más loca de mis fantasías, me imaginé mostrándome en público. Pero obedecí. Elegí un estilo pin-up: corselete, medias con costura, tacones altos, sostén bullet con prótesis, falda tubo negra y un suéter ajustado. Peluca con peinado alto, maquillaje de noche, labios rojos a juego con las uñas.

Sonó el timbre.

—Abre tú, Bianca.

Era una pareja imposible de pasar por alto. Ella, alta y voluptuosa, irradiaba autoridad; entró como si fuera su casa y me tomó la barbilla.

—Lucía ha hecho un trabajo excelente educándote.

Él, elegante, alto, de ojos verdes, me tomó de la cintura y me besó la mejilla.

—Eres hermosa. Tus fotos no te hacen justicia. Soy Esteban.

—¿Fotos?

—Verónica me pidió algunas para conocerte —explicó Lucía a mi espalda—. Pasen, por favor.

Comprendí entonces quién era Verónica: la voz detrás de todos los consejos que me habían traído hasta aquí. Serví las bebidas y pasamos a la mesa.

—¿Cómo fue el último paso? —preguntó Verónica.

—Me fascinó —respondió Lucía—. La sensación de poder al penetrarla fue increíble. No creo que volvamos al sexo convencional.

—¿No extrañas que te penetren?

—Un poco. Pero la lengua de Bianca lo compensa de sobra. ¿Sabes que me gozo tres veces al día? Deberías probarla algún día.

—¿La compartirías?

—Sin problema. Sería un paso más en su educación.

Hablaban de mí como de un objeto en una repisa. Pasamos a la sala y serví café. Esteban apenas había hablado.

—Esteban también es dominante —dijo Verónica—. Solo que sus gustos son particulares. Solo tiene sexo con chicas como tú. Tras ver tus fotos, insistió en conocerte.

Empecé a temblar. Los nervios me traicionaron y volqué el café sobre la falda.

—Debo cambiarme.

—No hace falta —dijo Lucía—. Quítatela. Pero hazlo bien: un pequeño striptease para los presentes.

Verónica puso música. Bajé el cierre despacio, acaricié mis piernas y dejé que la falda cayera, quedando expuesta con el dispositivo, la joya anal, las medias y el portaligas. Esteban se levantó, me abrazó por la cintura y me besó. Muy a mi pesar, le respondí, tomándole la nuca mientras nuestras lenguas se buscaban.

Se bajó el pantalón. Su miembro era aún mayor que el arnés de Lucía.

—Muéstrame cómo lo besas, preciosa.

Sentí la presión de la mano de mi esposa en la nuca.

—Vamos, bésalo. Es el último paso.

Cedí. Gracias a la práctica de esa semana, pude tomarlo entero mientras él mecía las caderas.

—Qué boca deliciosa. No le hiciste justicia, Lucía.

Después me hizo girar y apoyar las rodillas en el sillón. Retiraron el plug.

—Qué linda. Ya estaba lubricada.

Entró despacio, abriéndose camino, y empezó a cabalgarme. Cuando estuvo cerca, me pidió que me diera vuelta. Lo miré a los ojos, con la boca abierta, y recibí su final. Su sabor era distinto al mío, agradable.

Me disculpé, fui al cuarto, retoqué el maquillaje corrido, busqué una falda limpia y volví a la sala.

—Has estado excelente —dijo Lucía—. Estoy orgullosa de ti.

Seguimos la velada como si nada extraordinario hubiera pasado. Pero yo ya no volvería a ser la misma.

Por eso lo digo: cuidado con las fantasías. No solo pueden hacerse realidad, sino que a veces resultan ser mucho más de lo que esperabas.

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Comentarios (5)

Santi_cba

que relato!! me dejo sin palabras, de los mejores que lei aca

PatyQuilmes

Necesito la segunda parte ya, me quede con la intriga total. Como termina esto???

ElDestapado

Muy bien escrito, el ritmo es perfecto de principio a fin. Se nota que hay mucho trabajo detras.

Tulio_Net

buenisimo!! me enganchó desde el titulo, no lo pude soltar

Pablo_Gba

El planteo del contrato me parecio genial, muy original. Pocas veces un relato me atrapa tanto desde el principio

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