Mi nueva vecina transexual me desvirgó esa tarde
Tenía veintitrés años cuando me fui a vivir solo por primera vez. Alquilé un piso pequeño en las afueras, con la idea de organizarme entre la facultad y el trabajo de media jornada, y durante los primeros meses mi vida fue una sucesión de días casi idénticos. Levantarme temprano, estudiar, ir a la tienda donde reponía estanterías, volver, cenar cualquier cosa y dormir. La monotonía tenía algo cómodo, pero también algo que me apagaba por dentro.
Eso cambió una mañana de marzo, cuando un camión de mudanzas aparcó justo frente al portal del bloque de enfrente.
La vi bajar del coche y se me secó la boca. Era alta, debía rozar el metro setenta y cinco, rubia, con el pelo largo cayéndole sobre los hombros y unos ojos verdes que parecían iluminar el rellano. Tenía las piernas largas y firmes, el pecho generoso y un cuerpo que hacía girar la cabeza a cualquiera. Cargaba una caja enorme y subía las escaleras con dificultad.
—Espera, deja que te eche una mano —dije, casi sin pensarlo.
—Ay, muchísimas gracias, de verdad —respondió con una sonrisa enorme.
—No es nada. Tienes un montón de trastos y solo dos brazos.
Cogí tres cajas y la seguí hasta su piso, en el segundo. Abrió la puerta de un empujón con la cadera y me señaló el salón vacío.
—Déjalo todo ahí, ya lo iré colocando con calma.
—Como usted mande —bromeé.
—Uy, no me hables de usted, que me haces sentir vieja. Y menos un chico tan guapo —dijo, y me guiñó un ojo.
Noté que se me calentaban las orejas. Con un atrevimiento que no sabía que tenía, la invité a tomar algo en mi piso, justo enfrente, cuando terminara.
—Me parece perfecto. Ya he acabado lo gordo y no tengo nada que hacer. Además, así conozco a mi vecinito nuevo.
***
Media hora después llamaba a mi puerta. Preparé dos cafés descafeinados y nos sentamos en el sofá, el único mueble decente que tenía por entonces. Hablamos de todo un poco. Le conté que estudiaba, que trabajaba, que llevaba poco en el barrio y que aún no conocía a nadie. Ella me escuchaba con la barbilla apoyada en la mano, sin dejar de mirarme.
—Me llamo Daniela —dijo cuando le tocó el turno—. Tengo veintiséis, trabajo en una empresa de diseño y estoy soltera. Y hay algo que prefiero contarte ya, porque no me gustan los rodeos: soy transexual.
Lo dijo con una naturalidad absoluta, sin bajar la mirada, como quien comenta el tiempo. Yo me quedé un segundo en blanco. No por rechazo, sino por todo lo contrario: sentí una punzada de excitación que me sorprendió a mí mismo. Pero algo en mi cabeza se negaba a creerlo.
—No te creo —solté—. Eres una mujer preciosa.
—¿Y por qué no lo compruebas tú mismo? —respondió, ladeando la cabeza.
Dejó la taza sobre el suelo y se puso de pie. Despacio, sin dejar de mirarme, se desabrochó los vaqueros y los deslizó por sus piernas. Debajo llevaba un tanga negro, y bajo la tela se adivinaba un bulto que no dejaba lugar a dudas. Luego se quitó también el tanga, y comprobé que me había equivocado por completo.
—Vaya —murmuré, sin poder apartar la vista—. Es más grande que la mía.
Daniela se rio, encantada con mi reacción.
—Veintidós centímetros —dijo, cogiéndola con la mano—. Y toda para ti, si quieres.
Nunca había estado con un hombre. Nunca había pensado siquiera en hacerlo. Y, sin embargo, en ese momento no quería otra cosa.
Me levanté y la besé. Fue un beso largo, profundo, con las manos buscándonos por todas partes. Yo le agarraba el culo firme y ella hacía lo mismo conmigo, mientras sentía su miembro endurecerse contra mi vientre. Sin separar nuestras bocas, fuimos avanzando a trompicones hasta mi habitación.
***
Allí terminamos de desnudarnos. Primero ella, dejando caer la camiseta al suelo; luego yo, con dedos torpes por los nervios y las ganas. La excitación me podía. Me arrodillé frente a ella casi por instinto.
—Estoy muy caliente —dijo Daniela, con la voz ronca—. Quiero que me la comas.
Me la metí en la boca sin pensarlo más. Empecé despacio, subiendo y bajando, intentando llevarla cada vez más adentro. El sabor, el peso, todo era nuevo, y mucho más excitante de lo que jamás habría imaginado.
—Joder, qué bien lo haces —jadeó ella.
La saqué un momento para tomar aire.
—Es la primera vez que lo hago —confesé.
—Pues no lo parece, te lo juro. Chupas como si llevaras años.
Volví a la carga, aumentando el ritmo. Ella quería que me la tragara entera, y yo lo intentaba, aunque a veces me daban arcadas y tenía que parar. No me importaba. Cuanto más la oía gemir, más me esforzaba.
—¿Te gusta mi polla? —me provocaba.
—Me encanta —respondí entre lametones.
—Pues espera a sentirla en otro sitio.
Sus palabras directas, casi guarras, me ponían a mil. Después de un buen rato, me detuvo con suavidad poniéndome una mano en la frente.
—Ahora me toca a mí —dijo.
Me tumbé y ella se inclinó sobre mi entrepierna. Lo que vino después fue brutal. Daniela engullía mi miembro entero, me masturbaba con una mano mientras lo hacía y conseguía llevárselo hasta el fondo de la garganta sin esfuerzo. Era una experta, una fiera.
—Nunca me la habían comido así —dije, agarrándome a las sábanas.
Siguió con ese frenesí un largo rato, hasta que se incorporó con los labios brillantes y una sonrisa pícara.
—Tienes una polla y un culo que me vuelven loca —dijo—. Date la vuelta.
***
Me puse boca abajo y noté sus manos abriéndome las nalgas.
—Si nunca has estado con un hombre, supongo que nadie te ha follado, ¿verdad?
—No, nadie —admití, con el corazón a mil.
—¿Quieres probar?
—Sí —dije, y tragué saliva—. Pero ve con cuidado.
—Tranquilo. Voy a ir poco a poco.
Empezó a comerme el culo en esa misma postura, y la sensación me recorrió la espalda como una descarga. No imaginaba que algo así pudiera gustarme tanto. Por sus gemidos, ella también lo disfrutaba. Después de un rato, se levantó.
—Voy a por el lubricante, lo tengo en el bolso. Hay que prepararte bien.
Volvió enseguida con un bote. Dejó caer un poco de líquido frío entre mis nalgas y se untó los dedos.
—Si te duele, me avisas y paro. No tenemos prisa.
Asentí con la cara hundida en la almohada. Primero me dio un masaje suave para repartir el lubricante, y luego introdujo un dedo, despacio, trazando círculos en mi interior.
—¿Vas bien?
—Sí —respondí—. Me está gustando mucho.
—Voy con el segundo.
Con el segundo dedo noté una molestia, una presión distinta, y sentí cómo me iba abriendo poco a poco.
—¿Bien?
—Molesta un poco, pero sigue.
—Cuanto más lo hago, más te acostumbras —dijo con voz dulce.
Estuvo así unos minutos más, hasta que la molestia se transformó en algo distinto, en un placer que me hacía empujar las caderas contra su mano.
—Ahora sí lo estoy gozando —reconocí.
—Voy con el tercero, y luego mi polla.
Con tres dedos sentí mi cuerpo completamente abierto, pero no había ni rastro de dolor. Daniela manejaba la situación como una auténtica profesional.
—Yo creo que ya estás listo —dijo—. Ahora viene la parte más difícil. Ponte a cuatro patas.
***
Obedecí. Sentí la punta de su miembro presionando contra mí, y empezó a entrar despacio. Al principio me dolió de verdad, tanto que se me escapó un quejido y le pedí que parara.
—Aguanta un poco —susurró, acariciándome la espalda—. El dolor se va a convertir en placer, ya verás.
Empezó a moverse con cuidado, metiéndola y sacándola apenas unos centímetros, y poco a poco el dolor fue desapareciendo. En su lugar quedó una sensación intensa, plena, mientras sentía cada centímetro de ella dentro de mí.
—Ahora voy a follarte de verdad —dijo, con la voz cargada—. Ya tienes el culo listo para mí.
Aumentó el ritmo y yo no pude contener un gemido largo.
—Joder, qué bien me follas —jadeé.
—¿Te gusta mi polla ahí dentro?
—Me encanta —respondí casi sin aire—. No pares.
—Me vuelve loca que seas tan guarro.
Me follaba con fuerza, sin tregua, y a mí me encantaba sentirla así, salvaje, a cuatro patas sobre la cama. Cuando ya creía que no podía aguantar más, ella se detuvo de golpe.
—Quiero que me cabalgues —dijo.
La sacó y, por un instante, sentí un vacío extraño, casi de pérdida. Daniela se tumbó boca arriba y yo me incorporé sobre ella, buscando su miembro con la mano, y empecé a bajar despacio hasta sentirla de nuevo dentro. Comencé a moverme, marcando yo el ritmo esta vez, mientras ella me clavaba los dedos en los muslos.
—Me voy a correr —avisó al cabo de unos minutos—. ¿Dónde lo quieres, dentro o en la boca?
—En la boca —dije sin dudar.
Me aparté, ella se la agarró y yo abrí la boca justo a tiempo. Se corrió con un gemido grave, y yo la limpié entera, lamiendo hasta la última gota mientras ella me miraba con los ojos entornados.
—Me ha encantado desvirgarte —dijo, recuperando el aliento—. Eres un guarro precioso, y vamos a pasarlo muy bien tú y yo. La próxima vez quiero sentir la tuya dentro de mí.
Me dejé caer a su lado, agotado y feliz, sabiendo que mis noches en aquel edificio no volverían a ser monótonas nunca más.