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Relatos Ardientes

Camila y el desconocido de la playa nudista

El calor de Bahía caía pesado sobre la arena blanca de Praia Selvagem cuando Camila llegó a la zona nudista con sus dos amigas. El viaje había sido idea suya, una promesa que se hizo a sí misma el día que terminó su tratamiento hormonal: cruzar el océano y mostrarse entera, sin esconder nada, en el único lugar donde nadie le pediría explicaciones. Tenía veintitrés años y un cuerpo que le había costado lágrimas y paciencia, y por fin sentía que le pertenecía.

Se quitó el pareo despacio, dejando que la luz del trópico le tocara la piel. Sus pechos, firmes y todavía nuevos para ella, capturaron el sol como si lo bebieran. No hubo vergüenza. Caminó hasta la orilla con sus amigas, las tres riéndose de cualquier cosa, y por primera vez en mucho tiempo no midió las miradas que dejaba atrás.

—Te están mirando todos —le susurró Renata, divertida, hundiendo los pies en la espuma.

—Que miren —respondió Camila, y lo dijo en serio.

Había un grupo de hombres jugando al vóley unos metros más allá, justo donde la arena se endurecía. Locales, por el acento que les llegaba a retazos con el viento. Uno de ellos falló un saque dos veces seguidas porque no podía dejar de girar la cabeza, y sus amigos lo abuchearon entre carcajadas.

***

El que fallaba se llamaba Rafael. Lo supo cuando se acercó con la pelota bajo el brazo y la excusa más vieja del mundo, preguntándoles si querían sumarse al partido. Era alto, de hombros anchos y una piel tostada por años de sol que no se compraba en ninguna cabina. Tenía una cicatriz pequeña en la ceja y una manera de sonreír que no pedía permiso.

Jugaron. Mal, porque ninguno de los dos prestaba demasiada atención a la pelota. Camila sentía la arena caliente bajo los pies y la mirada de Rafael recorriéndola entera cada vez que saltaba, sin disimulo pero también sin esa crudeza que ella había aprendido a temer. La miraba con hambre, sí, pero también con una especie de asombro, como si no terminara de creer que tuviera permiso para mirar.

Renata y Lucía intercambiaban codazos y miradas cómplices desde el otro lado de la red. Conocían esa expresión en la cara de su amiga, la sabían capaz de derretir el hielo más viejo. Durante años la habían visto encogerse en los rincones, tapándose, pidiendo perdón por existir. Verla ahora plantada bajo el sol, riéndose fuerte, devolviéndole la mirada a un hombre que la deseaba, era casi como mirar a otra persona. Y sin embargo era la misma de siempre, solo que entera.

En una jugada cualquiera, sus cuerpos chocaron. La mano de él le quedó un instante de más en la cadera, y ninguno de los dos la retiró enseguida.

—Perdón —dijo Rafael, sin soltarla del todo.

—No pediste perdón en serio —contestó Camila.

Él se rió, bajo, y por fin apartó la mano. Pero algo había quedado decidido entre los dos, una cuenta pendiente que la tarde entera no hizo más que confirmar.

***

Cuando el sol empezó a hundirse, los locales armaron una fogata al reparo de unas rocas. Trajeron cervezas tibias, una guitarra que nadie tocaba bien y esa clase de conversación lenta que solo existe cuando nadie tiene prisa por irse a ningún lado. Las amigas de Camila se mezclaron con los demás; ella se sentó junto a Rafael casi sin pensarlo, o pensándolo demasiado.

El fuego estiraba las sombras y le dibujaba el relieve del cuerpo desnudo a cada uno. Camila sentía el muslo de él pegado al suyo, el vello de su pierna rozándole la piel lisa, y el contraste la encendía más que cualquier caricia. Hablaban en voz baja, las frases cada vez más cortas, las pausas cada vez más largas.

Alguien pasó una botella de cachaza que quemaba al bajar. Camila bebió un trago corto y le devolvió la botella a Rafael, que la apoyó en los labios justo donde ella los había tenido, mirándola mientras lo hacía. Fue un gesto mínimo, casi infantil, y a ella se le erizó la piel entera. El murmullo de los demás se volvía un ruido lejano, una banda sonora para algo que ya estaba pasando solo entre los dos.

Él le contó que era pescador, que salía al mar antes del amanecer y volvía con las redes llenas y la espalda quemada. Ella le habló de su ciudad lejana, del frío, de lo que le había costado llegar hasta esa playa siendo ella misma. Rafael la escuchó sin interrumpir, asintiendo despacio, y cuando ella terminó no dijo ninguna de las tonterías que ella temía. Solo le buscó la mano sobre la arena y se la apretó.

—¿De dónde sacaste el coraje de venir hasta acá? —preguntó él, mirando el fuego en lugar de mirarla a ella.

—No fue coraje. Fueron muchos años de no tenerlo —dijo Camila—. Vine a cobrarme todo eso.

Rafael giró la cara entonces y la miró de frente. No había nada que descifrar en esa mirada. La deseaba tal como era, y eso, para ella, valía más que mil cumplidos.

—¿Caminamos? —ofreció él.

Camila se levantó sin responder y le tendió la mano.

***

Se alejaron de la luz hasta que la fogata fue apenas un punto naranja a sus espaldas. La playa virgen se abría delante, oscura, con un cielo tan cargado de estrellas que parecía caerse encima. El mar rugía cerca, constante, tapando las risas ahogadas que llegaban desde otros rincones de la arena, donde sus amigas también se habían perdido.

Rafael la detuvo donde la arena estaba húmeda y fría. La tomó de la cintura y la besó, primero despacio, midiéndola, y después con esa urgencia que ella había sentido crecer toda la tarde. Las manos de él le subieron por la espalda, le abarcaron los pechos, y un gemido se le escapó a Camila contra la boca de él.

—Sos increíble —murmuró Rafael, la voz ronca y el acento espeso de deseo.

—Mostrame qué querés —respondió ella en un susurro, sintiendo el calor subirle desde el vientre.

Él la fue bajando hasta la arena, arrodillándose sobre ella. Le besó el cuello, le mordió apenas el hombro, le recorrió los pechos con la lengua hasta que los pezones se le endurecieron y ella arqueó la espalda buscándolo. La piel le ardía bajo cada caricia, sensible como nunca, vibrando con un calor que no se parecía a nada que hubiera conocido antes.

—Ahí... justo ahí —jadeó Camila, hundiendo los dedos en el pelo de él.

La mano de Rafael bajó entre sus piernas y la encontró dura. La envolvió con la palma áspera y empezó a moverla, lento al principio, firme después, mientras le seguía besando el pecho. Camila apretó los dientes y dejó salir un gemido largo que se mezcló con el ruido del mar.

—No pares —pidió ella—. Por favor, no pares.

Él no paró. La trabajó con la mano hasta que las caderas de ella se movían solas, hasta que cada respiración era un jadeo entrecortado. La identidad de Camila no era un obstáculo para Rafael; era el centro de su deseo, la cosa que lo volvía loco, y ella lo sentía en cada caricia ávida, en la manera en que él la miraba mientras la tocaba.

Camila lo empujó suavemente y se incorporó. Quería darle algo a cambio, y bajó por su pecho a besos hasta arrodillarse sobre la arena. Lo tomó con la boca despacio, escuchándolo gruñir, sintiendo cómo las manos de él se le hundían en el pelo. El sabor salado del mar le quedaba en los labios mientras lo provocaba con la lengua, jugando, demorándose, hasta que Rafael tuvo que apartarla con un jadeo ronco antes de perder el control demasiado pronto.

—Así no voy a aguantar —dijo él, riéndose entre dientes, sin aliento.

***

—Date vuelta —pidió Rafael con la voz quebrada.

Camila se giró sobre la arena, apoyándose en las manos, ofreciéndose. Escuchó a él escupir en su mano, prepararse, y después la presión tibia y dura contra ella. Rafael entró despacio, centímetro a centímetro, sosteniéndole las caderas con una firmeza que la hacía temblar.

—Tranquila —murmuró él—. Despacio.

—Estoy bien —jadeó Camila—. Seguí... no te detengas.

El dolor se mezcló con el placer hasta volverse una sola cosa. Ella soltó un gemido gutural cuando él entró del todo, y el ritmo empezó lento, profundo, cada embestida arrancándole un sonido nuevo de la garganta. La arena fría le raspaba las rodillas, el mar le mojaba los pies a cada ola, y el cuerpo de Rafael caliente contra el suyo era lo único que importaba en el mundo.

—Más rápido —pidió ella—. Así... sí, así.

Rafael obedeció. La agarró con más fuerza, las uñas clavándose apenas en la carne suave de sus caderas, y la embistió con un abandono que la hizo gritar contra el rugido de las olas. El sudor de los dos se confundía, las respiraciones se volvían gruñidos, y Camila sentía el placer construirse en oleadas, su propia excitación goteando sobre la arena oscura.

—Me voy a venir —avisó él entre dientes.

—Yo también —gimió ella—. Juntos... ahora.

El clímax los alcanzó casi al mismo tiempo, con un gruñido compartido que se perdió en la noche. Rafael se derramó dentro de ella en sacudidas, sosteniéndola fuerte para que no cayera, mientras Camila se vaciaba sobre la arena con un temblor que la recorrió de la nuca a los pies. Se quedaron así, encajados, jadeando, hasta que la última ola les lamió las piernas y se retiró.

***

Después se quedaron tirados de espaldas, mirando las estrellas, las manos rozándose sin entrelazarse del todo. Camila escuchaba el corazón de él volver despacio a la normalidad y sentía el suyo hacer lo mismo. No hubo promesas. No hacían falta.

—¿Te arrepentís? —preguntó Rafael, girando la cara hacia ella.

—De nada en mi vida me arrepiento menos —respondió Camila, y era la verdad más limpia que había dicho en años.

El cielo empezó a clarear sobre el agua cuando volvieron caminando hacia la fogata apagada, donde sus amigas ya recogían la ropa entre bostezos y risas cómplices. Camila se vistió despacio, sin apuro, dejando que el primer sol le tocara la piel una vez más. Se llevaba de Brasil mucho más que un recuerdo ardiente. Se llevaba la certeza, por fin, de ser exactamente quien siempre había querido ser.

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Comentarios (2)

NikoBA96

que relato!! me enganche desde el primer parrafo, no pude parar de leer

lectora_curiosa

Por favor necesito una segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber como sigue todo!

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