Mi dueña me vendió como su travesti sumisa
No era nuestro primer encuentro. Renata y yo compartíamos lo mismo desde hacía meses: el gusto por la ropa femenina, por vestirnos y comportarnos como mujeres dentro de las paredes de su apartamento. La diferencia entre nosotras estaba clara. Yo me inclinaba a ser una hembra sumisa y pasiva; ella era activa, dominante, dueña de cada decisión que se tomaba ahí adentro.
Aquella vez la sesión había empezado la noche anterior y no había parado. Renata ya había hecho de todo para feminizarme, para humillarme y dominarme, y yo llevaba horas excitada, caliente, incapaz de pensar en otra cosa. Desde que crucé su puerta había pasado por varios vestidos, faldas, medias, camisas, sostenes y un puñado de uniformes que ella elegía según su humor.
Me había castigado de mil formas. Nalgadas hasta dejarme la piel ardiendo, las muñecas amarradas, juguetes que entraban y salían de mi culito mientras ella me observaba con esa media sonrisa. Una vez se masturbó encima de mí y dejó que su placer cayera sobre mis labios y mi cara de mariquita obediente. Esa madrugada me había obligado a dormir con una pijama infantil, pantis de algodón blanco y una toalla higiénica, como si fuera una niña que todavía no aprendía a controlarse.
Durante el día me usó como su muñeca. Lavé cada baño del apartamento con un juguete distinto metido adentro, cociné vestida de sirvienta y ordené la cocina disfrazada de dama. Me vistió de princesa y, cuando manché el vestido, me castigó poniéndome ropa de campesina. Más de una vez me ordenó vestirme como una prostituta callejera, solo para verme bajar la mirada.
—Mírate —decía—. Esto es lo que eres.
Habíamos visto pornografía juntas y entrado a salas de chat donde ella me enseñó a coquetear como una travesti, a moverme, a escribir para excitar a desconocidos. Me tomó fotos y videos que compartió con otros, repitiéndome que yo era una mujer hecha para complacer a los hombres que querían mirar mi cuerpo.
Después de comer arreglé la cocina en ropa interior, tal como me había ordenado. Cuando terminé, su voz llegó desde la habitación.
—Ponte el vestido de princesa. El de anoche.
Obedecí. Entré al cuarto y la vi frente al computador, metida otra vez en una de esas salas de chat. Me desnudé y volví a vestirme lo más rápido que pude, porque sé que a Renata no le gusta esperar. Me retoqué el maquillaje, me calcé los mismos zapatos altos, las medias de liguero, unas pantis blancas de seda y encaje con un sostén a juego. Encima fueron las enaguas, y al final el vestido rosado que ella quería ver sobre mí.
—Ven —dijo sin girarse—. Siéntate en el sillón.
Me senté. Ella me tomó una foto, escribió un par de líneas más y se levantó. Fue hasta la habitación y regresó con una bolsa. Yo sabía lo que había adentro: las cuerdas. Pero esta vez traía algo nuevo, un collar rosado con una cadena, de esos que se le ponen a una perrita. Verlo bastó para que el calor me subiera por todo el cuerpo.
—De rodillas en el sillón. De espaldas a mí. Levanta esa colita y abre las piernas.
Hice lo que pidió. Me amarró las manos y las piernas con cuidado y firmeza a la vez, dejándome inmovilizada, expuesta. Después me levantó la falda y volvió a fotografiarme, con especial atención en las pantis blancas que yo había elegido. Me puso el collar al cuello, enganchó la correa y me colocó una mordaza en la boca.
Ya no podía moverme. Ya no podía hablar. Solo podía esperar lo que ella decidiera.
—Eres una linda sumisa —dijo, agachándose junto a mi oído—. Una travesti feminizada, mía. Y yo sé lo mucho que disfrutas tener algo duro y grueso adentro.
Hizo una pausa. Me acarició la espalda por encima del vestido.
—Desde hace tiempo fantaseo con prostituirte. Con venderte a un hombre y mirar mientras te usa. Mirar cómo te abre y te deja disponible, como la puta barata que en el fondo querés ser.
La miré por encima del hombro, asombrada, pero también más excitada que nunca. No podía creer lo que me decía y, al mismo tiempo, no podía negar lo que sentía. Iba a ser prostituida y no tenía forma de evitarlo: estaba amarrada en su apartamento, vestida de princesa, completamente sometida.
—Como sé que es una sorpresa y no quiero que te resistas —agregó—, puse algo en la mordaza. Para este momento ya deberías sentirte un poco mareada. Y cada vez más caliente.
Tenía razón. Una tibieza espesa me recorría el cuerpo, mezclada con la anticipación.
—Eres mi sumisa. Mi perra. Y las perras obedecen. ¿Vas a dejar que te traten como lo que eres?
Asentí con la cabeza. Un sí lento, sin dudas.
Renata pasó detrás de mí, me levantó el vestido y, sin bajarme las pantis, me puso lubricante. Justo cuando terminaba, alguien golpeó la puerta.
***
Me acomodó las pantis, me bajó el vestido y fue a abrir. Yo me quedé inmóvil, atada, con el corazón golpeándome el pecho y el calor subiendo por la entrepierna. Los escuchaba hablar en la entrada. Ella me describía con palabras que me hacían arder de vergüenza y deseo a la vez: una hembra en celo, una perra que necesitaba que le llenaran el culito.
Los dos se pararon frente a mí. Renata tomó la correa de mi collar mientras el hombre sacaba dinero de su bolsillo. No sé si fue casualidad o cálculo, pero sentí que ella quería que yo viera la transacción. Que viera cómo negociaba mi cuerpo, para que me sintiera todavía más humillada, más feminizada.
Él solo quería penetrarme. Ella iba a filmar. Renata repitió el precio acordado y el hombre le entregó los billetes sin dudar. Tomó la correa de las manos de ella y se acercó. Se desabotonó el pantalón y la sacó justo frente a mi cara: grande, gruesa, ya dura. Me la mostró un segundo, como si quisiera que yo entendiera lo que venía, y después se colocó detrás de mí.
Me levantó el vestido. Cuando vio las pantis mojadas, me dio una nalgada.
—Perrita cochina —dijo—. Puta sucia.
Me bajó las pantis lo justo y entró de un solo golpe. Grité contra la mordaza, me retorcí por el dolor, sentí que me partía en dos. A él no le importó. Empezó a montarme como a una hembra, su miembro duro y caliente abriéndose paso adentro de mí, y mientras lo hacía no paraba de repetir lo que yo era.
—Una puta. Una perra. Mi perra esta noche.
Halaba de la correa para que levantara más la colita, para tenerme completamente a su disposición. El dolor fue cediendo y la excitación creció en su lugar. Estaba caliente, demasiado caliente. Disfrutaba de ser penetrada, de sentirme partida en dos, de saber que Renata lo grababa todo.
Ella nos filmaba, tomaba fotos, y el hombre se calentaba más con cada clic. Le gustaba que ella mirara, que ella registrara cómo me usaba. Empezó a moverse más duro, más rápido, y en algún momento Renata me quitó la mordaza para dejarme gemir. Agradecida, gemí más fuerte, de la forma más femenina que pude, como la hembra en celo que él quería oír.
Mis gemidos lo enloquecieron. Empujó más adentro, más profundo, hasta que lo sentí endurecerse aún más. Soltó todo dentro de mí en varios chorros calientes, y me sentí llena, marcada, usada hasta el fondo. Se dejó caer sobre mi espalda un instante. Después se incorporó, se acomodó el pantalón y salió del apartamento, no sin antes pedirle a Renata una copia del video.
***
Quedé inmóvil, todavía excitada, sintiendo cómo el calor escurría y mojaba las pantis que seguían a medio camino. Renata terminó de tomar algunas fotos así, abierta y derramándome. Luego me puso un plug.
—No quiero que se salga todavía —dijo, subiéndome las pantis.
Empezó a soltar las cuerdas de mis manos y mis piernas.
—Quédate como estás. No te muevas.
Obedecí, quieta y sumisa. Cuando me liberó del todo, tomó la correa del collar.
—Ahora vas a la habitación. En cuatro patas. Como la perra que sos.
Caminé detrás de ella a gatas, sobre la alfombra, con el vestido arrastrando. En el cuarto me ordenó subir a la cama. Mientras lo hacía, abrió un cajón y sacó unas esposas. Me las puso y ató mis manos con la correa, dejándolas sobre mi pecho. Después me empujó de espaldas al colchón.
Fue por algunos juguetes y lubricante, y empezó a desnudarse. Cuando solo le faltaban las pantis, se subió a la cama y se arrodilló con las piernas abiertas, a los lados de mi cabeza, justo encima de mi cara.
—Saca la lengua. Lámeme por encima de la tela.
Lamí, excitada, sintiendo con la lengua y los labios cómo se endurecía dentro de aquella seda. Ella metió la mano entre mis piernas, levantó mi vestido y llegó hasta el plug. Lo movió un rato, adentro y afuera, mientras me bajaba las pantis y me acariciaba hasta dejarme temblando. Después lo sacó, lo limpió en su propia tela y me lo puso en la boca, ahora con el sabor de lo que el hombre había dejado en mí. Luego empezó a penetrarme con un vibrador, lento, y yo gemía como una hembra caliente.
Estuvo así un rato, jugando conmigo, hasta que se acostó a mi lado. Me quitó las pantis sucias y mojadas y me las metió en la boca para callar mis gemidos. Apagó el juguete y entró ella misma, toda yo mojada, caliente, todavía llena. Me montó sucia, abierta, sin tregua, repitiéndome al oído lo puta y lo perra que era.
—Eres una travesti sumisa —decía—. Una hembra en celo. Mi hembra.
Empujaba cada vez más duro, más rápido, hasta que la sentí venirse adentro de mí, llenándome otra vez. Cuando terminó, me soltó las manos. Me entregó un vibrador.
—Sácate las pantis de la boca y vuelve a ponértelas. Quiero verte masturbar delante de mí. Quiero que te mojes como una mujer.
Volví a ponerme las pantis. Encendí el juguete, lo metí en mi culito y empecé a tocarme así, sobre la tela, mientras ella me miraba satisfecha. Me sentía feminizada, humillada, completamente expuesta, y todo eso me ponía más caliente, más sumisa. Me toqué metiendo y sacando ese vibrador como una hembra, hasta que me mojé, hasta que me vine sobre las pantis bajo su mirada.
Después, todavía agitada, me quedé quieta a su lado. Pensando que esa noche había dejado de ser solo suya. Y que, en el fondo, eso era exactamente lo que había deseado.