Mi compañero de cuarto descubrió mi lado más femenino
Aparento ser un hombre como cualquier otro, aunque sé que no encajo del todo en ese molde. Me gustan las mujeres, eso es cierto, pero hay una parte de mí que solo se calma cuando me imagino entre los brazos de un hombre, acariciado, sostenido, deseado. Es algo que llevo conmigo desde hace años y que casi nadie conoce.
Tengo el cuerpo delgado y sin vello, lampiño por naturaleza. Me depilo lo poco que sale y me suavizo la piel con crema cada noche. Me gusta como me veo así: liso, terso, casi femenino bajo la luz tibia del baño.
En la intimidad de mi departamento me transformo. Me pongo ropa interior de mujer, medias finas, un liguero negro que compré por internet con el corazón a mil. Me miro en el espejo de cuerpo entero y me reconozco en esa imagen mejor que en cualquier otra. Así me siento yo de verdad.
Nunca le había mostrado ese lado a nadie. Vivía con ese secreto guardado bajo llave, entre cajones cerrados y noches solitarias. Hasta que llegó aquel congreso.
***
La empresa organizaba cada año un encuentro de varios días para todo el personal, y esa vez lo hicieron en un complejo turístico junto al mar, en la costa. Nos repartieron en habitaciones dobles, dos personas por cuarto, y a mí me tocó compartir con alguien que había ingresado hacía poco a la compañía.
Se llamaba Damián. Un hombre maduro, de unos cuarenta y tantos, alto, de pelo canoso bien cuidado y una sonrisa fácil. Amable, conversador, con esa seguridad serena que dan los años. Apenas nos saludamos al llegar, deshicimos las maletas y cada quien salió a sus actividades. No intercambiamos más de cuatro frases.
La primera noche llegué temprano a la habitación, agotado. Me di una ducha larga, me puse un short pequeño para dormir y me metí en la cama. Estaba medio dormido cuando lo escuché entrar, con cuidado, sin hacer ruido. No abrí los ojos.
El segundo día fue el cierre del evento. Hubo un brindis que terminó convirtiéndose en fiesta, porque el ambiente estaba alegre y el alcohol corrió sin freno. Yo bebí más de la cuenta y en algún momento sentí que la cabeza me daba vueltas, así que decidí retirarme.
Volví a la habitación, me duché otra vez para despejarme, me puse el short de siempre y me tumbé en la cama. Damián seguía abajo. Antes de irme lo había visto reír con un grupo, bailar con un par de compañeras, coquetear con alguna. Pensé que quizá ni siquiera volvería a dormir esa noche.
Me quedé dormido sin darme cuenta.
***
No sé cuánto tiempo pasó. Me despertó el ruido de la puerta al abrirse. En la penumbra vi a Damián entrar con paso inseguro, un vaso de licor en la mano. Caminó hacia su cama y, con tan mala suerte, tropezó y derramó casi todo el contenido sobre las sábanas. Soltó una maldición por lo bajo y empezó a palpar el colchón.
—Mierda —murmuró—. Está empapado.
Yo lo observaba todo con los ojos entrecerrados, fingiendo dormir. Después de un momento se acercó a mi cama y habló en voz baja.
—Oye, compañero —dijo con suavidad—. ¿Me harías un lugar? Se me mojó la cama y no hay forma de dormir ahí.
Pude decirle que no. Pude sugerirle que llamara a recepción para que le cambiaran las sábanas, o que pidiera otra habitación. Eran las tres de la mañana, pero algo se habría podido hacer.
No hice nada de eso.
En lugar de eso me corrí hacia un lado y le dejé sitio. Eran camas amplias, de las grandes, sobraba espacio para los dos. ¿Por qué lo hice? ¿De verdad era solo cortesía?
Durante la fiesta lo había mirado con más atención. Maduro sí, pero con un cuerpo firme y elegante, bien afeitado, impecable en el vestir. Esa mañana, al salir del cuarto, había dejado flotando el aroma de una loción cara. Me parecía un hombre atractivo, y me dije que sería grosero dejarlo a la deriva a esas horas. Eso me dije.
—Gracias —susurró, y empezó a quitarse la ropa.
Yo, respetuoso, le di la espalda y acomodé mi almohada como si fuera a seguir durmiendo. Sentí el peso de su cuerpo hundir el colchón, el roce de las sábanas, y enseguida me llegó su perfume mezclado con el aliento dulce del alcohol.
Empezó a hablarme en un murmullo. Tenía una voz grave, varonil, de esas que se meten despacio bajo la piel. Comentó la reunión, la gente que había conocido, las anécdotas de la noche. Yo le respondía con monosílabos, simulando que el sueño me vencía. La verdad era otra: estaba excitado, con todo el cuerpo en alerta por sentir a un hombre así de cerca.
Después de elogiar a una y a otra de las compañeras, me preguntó directo:
—¿Y a ti? ¿Cuál te gusta de las chicas?
Me quedé callado. El silencio llenó la habitación entera.
***
Entonces ocurrió lo que más temía. O lo que más deseaba, ya no estaba seguro de la diferencia.
Damián se acercó. Su voz bajó hasta volverse apenas un hilo junto a mi nuca.
—¿Sabes? Te he estado observando —dijo—. Anoche, cuando llegué, estabas dormido. Hacía calor y habías destapado las sábanas. No pude dejar de mirarte. Con ese short tan pequeño se te veían preciosas las piernas. Y lo demás también.
—No sigas, por favor —supliqué con un hilo de voz—. Estás tomado.
Se acercó todavía más. Yo seguía de cara a la pared, sin atreverme a girarme.
—No te lo tomes a mal —continuó—. Tengo el don de saber cuándo le gusto a alguien, sea mujer u hombre. Y sé que a ti te gustaría que te abrazara, que te besara. —Hizo una pausa—. Además, tú también me gustas a mí.
Con cada palabra acortaba la distancia. Yo, temblando, me corría hacia el borde de la cama, sin valor para detenerlo ni para encararlo.
—Vamos —insistió—. Déjate querer. Sé que lo estás deseando.
De pronto me rodeó con un brazo desde atrás y me atrajo contra su cuerpo. Fue ahí cuando lo entendí: estaba completamente desnudo. Sentí su piel contra la mía, el vello áspero de su pecho en mi espalda. Me quedé tieso, helado por la sorpresa, los ojos muy abiertos, y se me escapó un gemido pequeño de susto.
Pegó la boca a mi oreja y empezó a hablarme bajito. Ni siquiera registré las palabras. La sensación era placentera y aterradora a la vez. Con una mano me sujetaba la cintura mientras apretaba sus piernas contra las mías.
Sentía que me moría de vergüenza, de pudor, de ansiedad y de deseo, todo revuelto. Quería levantarme y salir corriendo, pero el cuerpo no me respondía, como si una parte de mí hubiera decidido por la otra y me mantuviera quieto a propósito.
***
Acercó su pelvis a mi trasero y noté el bulto firme de su sexo contra mí. Se me escapó otro gemido, esta vez involuntario, y aquello pareció encenderlo más. Empezó a besarme el cuello, a recorrerme las piernas con la palma abierta, mientras yo solo atinaba a respirar agitado.
Metió la mano por dentro de mi short y me tomó con suavidad. Comenzó a acariciarme mientras seguía susurrándome cosas al oído, mil cosas que se confundían con su aliento tibio. Estuvo así un buen rato y yo lo dejé hacer, ya sin fuerzas para resistirme, rendido a esa voz y a esa mano.
Tiró del short hacia abajo y, cuando llegó a mis rodillas, fui yo mismo quien pataleó para terminar de quitármelo.
—Eso es —murmuró, complacido.
Pasó el brazo derecho por debajo de mi cuerpo para abrazarme y volver a tomarme por delante, y con la mano izquierda me acarició las nalgas: las sobaba, las apretaba, las recorría entera mientras su boca seguía en mi cuello y en mi nuca. Me tenía hipnotizado. Era la sensación más intensa de toda mi vida: la de sentirme dominado por un hombre que se deleitaba con cada centímetro de mi piel.
Después de un rato, ya completamente desnudo y entregado, me apartó un momento. Se incorporó a medias, se colocó un cojín en la espalda y se recostó contra el respaldo. Entonces me guio para que lo montara, con mis piernas a cada lado de su cuerpo, y me atrajo hacia él como si fuera frágil. Con ambas manos volvió a tomarme las nalgas, a amasarlas, a apretarlas, y yo dejé caer la cabeza sobre su hombro, abandonado.
Una de sus manos buscó más abajo, entre mis piernas, y empezó a tantear mi entrada. Di un respingo, pero él me abrazó más fuerte para calmarme. Alcanzó un frasco de crema que, oportunamente, había aparecido en la mesa de noche, y me untó con cuidado. Alternaba los movimientos: una mano me acariciaba, la otra me preparaba con paciencia, despacio, sin prisa.
Cuando me sintió listo, se untó también a sí mismo y fue guiándome poco a poco. Apuntó y, con una presión lenta y firme, fue entrando. Sentí un placer mezclado con una punzada de dolor que se diluyó enseguida. Bajé milímetro a milímetro hasta sentir que mis muslos descansaban sobre los suyos.
Nos quedamos quietos un instante. Luego empezó un vaivén suave, casi mecedor, y la molestia se volvió imperceptible.
***
Me hizo recostarme de lado, los dos de frente, sin separarnos. Marcaba un ritmo lento, retirándose apenas para volver a hundirse, y a mí se me escapaban suspiros que ya no intentaba contener. Después me giró boca abajo y se acomodó sobre mí; la sensación de su peso encima, de sentirme cubierto por entero, me volvió loco.
Se movía con un ritmo constante mientras yo me deshacía debajo de él, flotando en ese instante de placer puro. Me fascinaba entregarme así, dejar que él tuviera el control, ser el objeto de su deseo y nada más.
Llegó el momento en que se aferró a mí con fuerza, tensó todo el cuerpo y, con un estremecimiento largo, alcanzó el clímax dentro de mí. Se quedó quieto un rato, todavía unido a mi cuerpo, recuperando el aliento sobre mi espalda. Luego se retiró despacio, con un suspiro hondo.
Yo no quería ni moverme. Estaba en una especie de trance, agotado y feliz a la vez. Había caído rendido ante un hombre que me había seducido, dominado y poseído en una sola noche, y lo más perturbador era que me había gustado todo. Cada caricia, cada palabra al oído, cada segundo de aquella rendición.
Me quedé boca abajo, con la respiración lenta, sintiendo aún el calor de lo que acababa de pasar. Giré la cabeza y miré a Damián, que ya dormía profundamente, ajeno al torbellino que había desatado en mí.
Me acurruqué a su lado. Acaricié con ternura su pecho, su vientre, mientras él respiraba tranquilo. Apoyé la cabeza sobre su hombro y le subí una pierna encima de las suyas, buscando su calor.
Pensé en mis cajones cerrados, en las medias y el liguero guardados en casa, en todos esos años de secreto. Esa noche, por primera vez, alguien había visto a la persona que de verdad era, y en lugar de huir, había deseado quedarse.
Cerré los ojos con una sonrisa y me dejé llevar por el sueño, pegado al cuerpo del hombre que, sin saberlo, me había dado permiso para ser yo mismo.