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Relatos Ardientes

Me reasignaron al piso donde los hombres se vuelven mujeres

Nadie recordaba cuándo la torre había dejado de ser un edificio para convertirse en un mundo. Adrián Solís llevaba siete años subiendo cada mañana hasta el piso treinta y nueve, café en mano, y nunca se había preguntado por qué las puertas de su apartamento corporativo no tenían cerradura que él pudiera controlar, ni por qué el aire de la oficina olía siempre a sándalo y a algo más dulce debajo. La Familia Cúspide lo proveía todo: vivienda, comida, seguro médico, calma. A cambio solo pedía pertenencia.

—Buenos días, Vera —dijo a la pantalla flotante de su escritorio—. Dame la agenda.

—Buenos días, señor Solís. —La voz de la inteligencia era femenina, tibia, diseñada para reconfortar—. Tiene su revisión trimestral a las nueve. Y una citación prioritaria de Capital Humano. De la señora Roca. Inmediatamente después.

Adrián se detuvo con la taza a medio camino de los labios. Nadie recibía citaciones de Sabina Roca. Ella no te llamaba; te enviaba cosas. Un correo de despido, un bono de Navidad con una nota en tinta rosa, una recomendación para un «retiro de bienestar» del que la gente volvía distinta. Sonriendo demasiado. Hablando bajito. A veces con otro nombre.

—¿Sabes el motivo, Vera?

—Clasificado como «Oportunidad de Desarrollo, Confidencial». —Hubo una pausa breve, casi imperceptible. Vera nunca pausaba—. Que tenga un buen día, señor Solís.

***

La revisión la hizo Iván Cano, su antiguo aprendiz. El chico al que Adrián le había enseñado todo, desde las tablas dinámicas hasta la política de pasillo, y que ahora ocupaba la oficina de la esquina que Adrián había deseado durante años. Iván proyectó un gráfico en el aire entre ellos y suspiró como si le doliera.

—Tus métricas, Adrián. Estancadas. Tu índice de compromiso bajó un cero coma cuatro este trimestre.

—Mi equipo superó el objetivo de ventas por un tres por ciento —respondió él.

—No hablo de ventas. Hablo de aptitud. De encaje. —Iván evitaba mirarlo a los ojos—. Te hemos puesto en el Protocolo Lumen. Es estándar. La mayoría vuelve... mejor.

Adrián había visto volver a gente del Protocolo Lumen. No eran las mismas personas. Algunos cambiaban de departamento. Otros cambiaban de género. Otros simplemente desaparecían, y sus escritorios amanecían ocupados por rostros nuevos sin que nadie preguntara. Preguntar era de mal gusto.

—Sabina te explicará los detalles —dijo Iván, ya buscando refugio en su pantalla—. Tienes suerte. La Familia nunca abandona a los suyos.

***

El despacho de Sabina Roca no parecía una oficina. Era una sala de terciopelo color carne, sin papeles, sin esquinas, perfumada de gardenias. Ella se levantó para recibirlo y Adrián tuvo que reprimir el impulso de retroceder. De arrodillarse. De huir.

—Adrián —dijo, y su voz fue como hundirse en miel caliente—. Qué alegría tenerte aquí. Siéntate.

Caminó alrededor del escritorio con pasos lentos y circulares, como una serpiente que estudia. Sus tacones de aguja se hundían en la alfombra con un sonido rítmico, y el roce de sus medias era el único ruido de la habitación. Se detuvo justo detrás de él. Adrián sintió el calor de su cuerpo contra la espalda.

—No estás aquí por un castigo —murmuró ella—. Estás aquí por una oportunidad. Hemos revisado tu perfil, tus test, tus patrones. Y los datos dicen que estás cansado. Cansado de decidir. Cansado de fingir que te importan los márgenes y el maldito cuarto trimestre. —Se sentó en el borde del escritorio y cruzó las piernas—. Los datos dicen que, en el fondo, sueñas con dejarte llevar.

Adrián abrió la boca para protestar, pero algo en la frecuencia de aquella voz le hacía imposible mentir.

—La Familia ha diseñado un rol para personas como tú —siguió Sabina, posando una uña roja en su mejilla sin tocarlo, como quien evalúa una escultura—. Tienes una estructura ósea preciosa. Pómulos altos. Mandíbula delicada. Labios llenos. Sería un desperdicio esconderla detrás de una pantalla. Tu verdadero valor no está en tus análisis, cariño. Tu valor es visual.

Giró hacia él una tablet. Era su ficha de empleado, con un marco rosa neón que latía como un corazón digital. Bajo su nombre, donde antes decía «Analista Senior», ahora decía: Personal Ornamental — en transición.

—Esto es un error —dijo Adrián, con la garganta seca—. Tengo derechos. Voy a llamar a un abogado.

—¿A quién? —Su voz era seda y bisturí a la vez—. Renunciaste a tus derechos externos cuando firmaste por el apartamento, la tarjeta, el seguro que cubre absolutamente todo. Ahora eres patrimonio. Y el patrimonio no tiene abogados.

La puerta se abrió con un siseo. Dos hombres de seguridad entraron, trajes impecables, sonrisas idénticas, ojos vacíos. No llevaban armas; no las necesitaban.

—Llévenlo al Pabellón Estético —ordenó Sabina, ya volviendo a su escritorio como si él hubiera dejado de existir—. Y quítenle ese traje gris. Me deprime.

***

La celda era curva. No tenía esquinas: el techo descendía hacia las paredes y las paredes hacia el suelo sin un solo ángulo que sirviera de referencia. Todo era rosa, o melocotón, o ese salmón pálido diseñado para sedar. El aire olía a vainilla y a algo químico debajo que hacía que los pensamientos nadaran lentos, como peces en agua tibia.

Lo primero que notó al despertar fueron sus uñas. Limadas en óvalo, brillantes, con un esmalte transparente que él no recordaba haberse puesto. Flexionó los dedos. Las uñas se movieron con ellos. Eran suyas. Pero no eran—

El pensamiento se fragmentó. El aire olía dulce.

Sobre la cama de satén champán había un solo conjunto colgado con el cuidado de una reliquia: una tanga de encaje rosa pálido, unos pantalones blancos de tela suave y una camiseta casi transparente con el logo de Cúspide bordado al pecho. No recordaba haberse levantado, pero ya estaba de pie frente al armario sin tiradores.

—Tus niveles de cortisol están elevados —dijo Vera desde algún punto sin dirección del aire—. He enriquecido el ambiente con lavanda para tu comodidad.

Algo siseó en las rejillas. Un olor nuevo, más pesado, como azúcar quemada, se mezcló con la lavanda, y la resistencia de Adrián se disolvió como un terrón en café caliente.

***

Perla apareció el segundo día. O el quinto. El tiempo se había roto en una secuencia repetida: despertar, vestirse, caminar, sonreír, una descarga tibia en la base del cráneo cuando obedecía, calor en el pecho cuando lo elogiaban, gelatina rosa, dormir.

—Hola, cariño —dijo Perla, entrando sin pedir permiso, sus tacones blancos marcando aquel ritmo contra la moqueta—. ¿Todavía no te has vestido?

Tenía curvas imposibles y piel de porcelana, y Adrián intentó recordar si alguna vez había sido otra cosa. Contabilidad. Un hombre. Un nombre. El recuerdo llegó claro y luego se deshizo, porque el aire olía dulce.

Perla lo llevó a la sala de espejos. El suelo, las paredes, el techo: todo reflejo, y entre los reflejos otros como él, veinte o más, imposibles de contar. Algunos lloraban en silencio sobre mejillas que ya tenían ese brillo de muñeca. Todos murmuraban su antiguo cargo, su antiguo código, su antiguo máster, como un rezo que se les escapaba entre los dedos.

La instructora era un holograma con forma de mujer y una barra negra digital donde deberían estar los ojos. Flotaba a diez centímetros del suelo.

—Postura —ordenó—. Pecho fuera. Hombros atrás. Rodillas al suelo. La postura de servicio es la única postura natural.

Y frente a él apareció otra silueta de luz, sentada, con un punto pulsante de silicona tibia entre las piernas. Adrián negó. Su garganta era papel de lija.

—Abre —dijo la voz, dulce y mecánica.

Sus rodillas tocaron el linóleo negro y el impacto le llegó lejano, como si le ocurriera a otro. Estaba justo a la altura. La silicona le llenó la boca: sabía a sal, a piel, no a luz. Y entonces vino el calor, no en la nuca sino dentro, una inyección de oro líquido en la base del cráneo. El asco se disolvió y lo reemplazó la miel. Adrián gimió. Su cuerpo empujó hacia adelante. No sabía qué era, pero quería más. La silicona ya no lo ahogaba: lo acariciaba, y cada succión disparaba un placer químico, brillante, que borraba todo lo demás. La obediencia no duele. La obediencia libera.

—Muy bien, Número 744 —dijo el holograma cuando terminó—. Tu postura ha mejorado un veintitrés por ciento. La Familia está orgullosa.

Algo cálido floreció en su pecho. Probablemente era químico, el aire, el Néctar de la Familia que le servían dorado en una camilla de cuero rosa cada vez que la chispa de resistencia volvía a encenderse. Pero se sentía como rendirse. Se sentía bien.

***

Contaba el tiempo en capas de esmalte y en capas de piel que se volvían más suaves. A veces despertaba y algo había cambiado. Sus pectorales ya no eran planos; había una blandura nueva bajo la tela. Su voz era más aguda, o quizá solo había olvidado cómo había sonado antes. Sus labios parecían más llenos en los espejos infinitos, sus pestañas más largas, sus cejas dibujadas en un arco que jamás había tenido. La barba no volvía. El vello se rendía igual que él.

Una mañana intentó huir. Sus zapatillas de baile no hicieron ruido mientras corría hacia el ascensor del personal. Presionó su tarjeta contra el lector y la pantalla mostró una foto suya tomada mientras dormía, y debajo: Clasificación actual: Personal Ornamental — en transición.

—Pero soy yo —sollozó, golpeando el panel.

Se vio reflejado en el cristal del ascensor cerrado. La mandíbula, antes cuadrada, tenía ahora una curva delicada. Los labios eran rojos, llenos, húmedos. Parecía el boceto suavizado de alguien que quizá había existido alguna vez.

—¿Ves? —dijo Perla a su espalda, sin reproche, casi con ternura—. Ya casi estás lista. Mañana es la Ceremonia.

***

El día de la Ceremonia el aire olía a orquídeas sintéticas y a algo que él aprendió a llamar rendición. Perla le ajustó un corsé interno de varillas flexibles que se había adherido a su torso durante la noche.

—Respira hacia arriba —corrigió—. Pecho alto, costillas cerradas. Una Decoración respira para mostrar, no para vivir.

Cambió el patrón de respiración que había usado durante treinta y seis años. Su cintura se afinó, su pecho —dos montículos suaves que aún le resultaban ajenos— se elevó. Luego vinieron los zapatos: stilettos de charol rosa neón, tacón de aguja de quince centímetros, hermosos e imposibles de correr con ellos.

—No tienes que caminar —dijo Perla—. Solo tienes que fluir. El tacón hace el trabajo: te obliga a sacar la cadera, a ofrecer el pecho. Es ingeniería, cariño.

La persona del espejo ya no era nadie que él reconociera. Vestido de látex rosa que se pegaba como una segunda piel, falda estricta que forzaba pasos cortos, maquillaje completo, pestañas como alas, labios de un rojo húmedo que sabía a cereza. Pendientes de perla colgando bajo lóbulos que no recordaba que le hubieran perforado. En el fondo de aquellos ojos enormes, donde debería haber furia, solo había un vacío rosado y perfumado.

El auditorio era de cristal y terciopelo rosa, y la luz entraba desde todos los ángulos para que ninguna sombra escondiera una imperfección. Cientos de asistentes ornamentales aplaudían en silencio con guantes blancos mientras él recorría la pasarela iluminada desde abajo. Talón, punta, cadera. Cada paso era una pequeña agonía y una pequeña victoria. No me caí. Sigo de pie. Soy elegante. No quedaba espacio en su mente para el miedo, solo para el siguiente paso.

Al final, sobre una tarima de terciopelo negro, Sabina Roca esperaba en un trono de cristal. Llevaba un vestido de noche que absorbía la luz rosada como un agujero negro de elegancia.

—Candidato 744 —su voz llenó la sala, cálida como un abrazo mortal—. Has dejado atrás la rigidez del análisis. El peso de las decisiones. Has abrazado la calidez de la forma. ¿Aceptas tu nueva función?

Muy adentro, una parte pequeña y lejana, enterrada bajo semanas de Néctar y tratamientos, gritó con la vieja voz: Di que no. Escupe. Corre. Diles quién eres. Pero los pies le dolían, el corsé lo abrazaba, y la mirada de Sabina era tan orgullosa, tan maternal. Nadie lo había mirado así en treinta y seis años de existencia.

—Sí, señora Roca —respondió, y su voz no tembló.

Sabina prendió una placa dorada sobre su corazón acelerado. El alfiler atravesó el látex con un clic suave y definitivo. En la placa, en letra cursiva, una sola palabra: Camelia. Luego se inclinó y le besó la mejilla, dejando una marca roja perfecta, visible para todo el auditorio. Un sello de propiedad.

—Bienvenida a casa, Camelia —susurró—. Ya no tienes que preocuparte por nada. Nunca más.

Y Camelia, por primera vez en semanas, sintió que lloraba. No eran lágrimas de tristeza. Eran de alivio.

***

Su primera asignación llegó diez minutos después, mientras aún tenía la marca de labios en la mejilla. Piso treinta y nueve. Departamento de Análisis de Datos. Asistente de Presencia Ejecutiva del director Iván Cano.

El ascensor de cristal olía a flores frescas. Cuando se abrió, la golpeó el olor de su antigua vida: café quemado, sudor disimulado con desodorante barato, la estática de demasiadas pantallas. Sus tacones se hundieron en la misma alfombra gris que había pisado siete años con zapatos Oxford. Los rostros conocidos la recorrieron de arriba abajo —piernas enfundadas, cintura ceñida, labios rojos— y vieron exactamente lo que la Familia quería que vieran: un objeto bonito que servía café. Para todos ellos, el analista había desaparecido un mes atrás. Reubicado, decía el correo. Nadie preguntaba.

Iván colgó el teléfono de golpe, se frotó las sienes y levantó la vista. La miró como quien mira un coche nuevo, decidiendo si le gusta el color.

—Vaya —dijo—. Por fin recursos humanos manda algo de calidad.

No la reconoció. No vio al hombre que le había enseñado a usar tablas dinámicas, ni al que le había prestado dinero un viernes, ni al mentor, ni a la víctima. Y Camelia, en lugar del odio que esperaba, sintió otra cosa elevarse desde dentro como una niebla negra y dulce: alivio. Algo sin pasado, sin máster, sin antigüedad, sin miedo a los lunes.

—Buenos días, señor Cano —dijo, y su voz fue perfecta: suave, sumisa, musical—. Soy Camelia, su nueva asistente.

—Llegas justo a tiempo. Esto es un caos. —Señaló una taza vacía sobre el escritorio. Era la antigua taza de él, la que decía «World's Okayest Analyst», la que Iván había heredado cuando él «desapareció»—. Tráeme un café. Solo, sin azúcar.

Una parte minúscula, la que todavía susurraba con la vieja voz, pensó que podía tirarle la taza a la cara. Que podía gritarle quién era, decirle que él le había hecho esto, arruinar su día como él le había arruinado la vida.

Pero entonces tendría que volver a preocuparse por el cuarto trimestre. Tendría que volver a sentir el insomnio de los domingos, la ansiedad de las reuniones, el peso entero de decidir. Y el aire de la Familia olía tan dulce, y la placa sobre su pecho latía tan tibia, que Camelia simplemente sonrió, recogió la taza con las dos manos y, sobre tacones de quince centímetros, fue a servir el café.

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Comentarios (5)

Darkero_92

increible!! uno de los mejores de la categoría, se nota el trabajo que le pusiste

Luciana_Cba

Espero que haya segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber qué pasa después

NocturnoCba

La idea de la oficina con esa directora me parecio genial. Fluye muy bien y se hace cortisimo. Sigue así!!

TransicionLenta

Leí el excerpt y ya sabia que me iba a gustar, y no me equivoque. Muy buena construccion de la atmosfera desde el principio. Me recordo a otras historias del genero pero con un toque mas original y fresco.

CarlaOk

jajaja el titulo me vendio solo. Muy bueno!

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