Me reasignaron al piso donde los hombres se vuelven mujeres
Nadie recordaba cuándo la torre había dejado de ser un edificio para convertirse en un mundo. Adrián Solís llevaba siete años subiendo cada mañana hasta el piso treinta y nueve, café en mano, y nunca se había preguntado por qué las puertas de su apartamento corporativo no tenían cerradura que él pudiera controlar, ni por qué el aire de la oficina olía siempre a sándalo y a algo más dulce debajo. La Familia Cúspide lo proveía todo: vivienda, comida, seguro médico, calma. A cambio solo pedía pertenencia.
—Buenos días, Vera —dijo a la pantalla flotante de su escritorio—. Dame la agenda.
—Buenos días, señor Solís. —La voz de la inteligencia era femenina, tibia, diseñada para reconfortar—. Tiene su revisión trimestral a las nueve. Y una citación prioritaria de Capital Humano. De la señora Roca. Inmediatamente después.
Adrián se detuvo con la taza a medio camino de los labios. Nadie recibía citaciones de Sabina Roca. Ella no te llamaba; te enviaba cosas. Un correo de despido, un bono de Navidad con una nota en tinta rosa, una recomendación para un «retiro de bienestar» del que la gente volvía distinta. Sonriendo demasiado. Hablando bajito. A veces con otro nombre.
—¿Sabes el motivo, Vera?
—Clasificado como «Oportunidad de Desarrollo, Confidencial». —Hubo una pausa breve, casi imperceptible. Vera nunca pausaba—. Que tenga un buen día, señor Solís.
***
La revisión la hizo Iván Cano, su antiguo aprendiz. El chico al que Adrián le había enseñado todo, desde las tablas dinámicas hasta la política de pasillo, y que ahora ocupaba la oficina de la esquina que Adrián había deseado durante años. Iván proyectó un gráfico en el aire entre ellos y suspiró como si le doliera.
—Tus métricas, Adrián. Estancadas. Tu índice de compromiso bajó un cero coma cuatro este trimestre.
—Mi equipo superó el objetivo de ventas por un tres por ciento —respondió él.
—No hablo de ventas. Hablo de aptitud. De encaje. —Iván evitaba mirarlo a los ojos—. Te hemos puesto en el Protocolo Lumen. Es estándar. La mayoría vuelve... mejor.
Adrián había visto volver a gente del Protocolo Lumen. No eran las mismas personas. Algunos cambiaban de departamento. Otros cambiaban de género. Otros simplemente desaparecían, y sus escritorios amanecían ocupados por rostros nuevos sin que nadie preguntara. Preguntar era de mal gusto.
—Sabina te explicará los detalles —dijo Iván, ya buscando refugio en su pantalla—. Tienes suerte. La Familia nunca abandona a los suyos.
***
El despacho de Sabina Roca no parecía una oficina. Era una sala de terciopelo color carne, sin papeles, sin esquinas, perfumada de gardenias. Ella se levantó para recibirlo y Adrián tuvo que reprimir el impulso de retroceder. De arrodillarse. De huir.
—Adrián —dijo, y su voz fue como hundirse en miel caliente—. Qué alegría tenerte aquí. Siéntate.
Caminó alrededor del escritorio con pasos lentos y circulares, como una serpiente que estudia. Sus tacones de aguja se hundían en la alfombra con un sonido rítmico, y el roce de sus medias era el único ruido de la habitación. Se detuvo justo detrás de él. Adrián sintió el calor de su cuerpo contra la espalda.
—No estás aquí por un castigo —murmuró ella—. Estás aquí por una oportunidad. Hemos revisado tu perfil, tus test, tus patrones. Y los datos dicen que estás cansado. Cansado de decidir. Cansado de fingir que te importan los márgenes y el maldito cuarto trimestre. —Se sentó en el borde del escritorio y cruzó las piernas—. Los datos dicen que, en el fondo, sueñas con dejarte llevar.
Adrián abrió la boca para protestar, pero algo en la frecuencia de aquella voz le hacía imposible mentir. Sabina descruzó las piernas muy despacio, dejando que la falda se le subiera unos centímetros. No llevaba nada debajo. Adrián vio, apenas un instante, el coño depilado, brillante, con los labios hinchados y separados, y sintió que la sangre le abandonaba el cerebro para irse directa a la polla, que empezó a endurecerse contra el pantalón gris. Sabina sonrió al notarlo.
—¿Ves, cariño? Tu cuerpo ya sabe lo que tu cabeza todavía discute. —Bajó una mano, se metió dos dedos en el coño, los sacó brillantes de jugo y los pasó por los labios de Adrián. Sabían a sal, a hierro, a algo químico que le apagó los pensamientos como quien sopla una vela—. Chupa. Es tu primera lección.
Adrián chupó. No supo por qué. Los dedos se movieron dentro de su boca con la calma de quien ya ha hecho esto mil veces, y él sintió que la lengua se le rendía, que la mandíbula se le aflojaba, que la polla le latía dolorosamente atrapada en la tela.
—Buen chico —susurró ella, retirando los dedos con un hilo de saliva—. La Familia ha diseñado un rol para personas como tú.
Volvió a rodearlo, posando una uña roja en su mejilla sin tocarlo, como quien evalúa una escultura.
—Tienes una estructura ósea preciosa. Pómulos altos. Mandíbula delicada. Labios llenos. Sería un desperdicio esconderla detrás de una pantalla. Tu verdadero valor no está en tus análisis, cariño. Tu valor es visual.
Giró hacia él una tablet. Era su ficha de empleado, con un marco rosa neón que latía como un corazón digital. Bajo su nombre, donde antes decía «Analista Senior», ahora decía: Personal Ornamental — en transición.
—Esto es un error —dijo Adrián, con la garganta seca y el sabor del coño de Sabina todavía en la lengua—. Tengo derechos. Voy a llamar a un abogado.
—¿A quién? —Su voz era seda y bisturí a la vez—. Renunciaste a tus derechos externos cuando firmaste por el apartamento, la tarjeta, el seguro que cubre absolutamente todo. Ahora eres patrimonio. Y el patrimonio no tiene abogados.
La puerta se abrió con un siseo. Dos hombres de seguridad entraron, trajes impecables, sonrisas idénticas, ojos vacíos. No llevaban armas; no las necesitaban.
—Llévenlo al Pabellón Estético —ordenó Sabina, ya volviendo a su escritorio como si él hubiera dejado de existir—. Y quítenle ese traje gris. Me deprime.
***
La celda era curva. No tenía esquinas: el techo descendía hacia las paredes y las paredes hacia el suelo sin un solo ángulo que sirviera de referencia. Todo era rosa, o melocotón, o ese salmón pálido diseñado para sedar. El aire olía a vainilla y a algo químico debajo que hacía que los pensamientos nadaran lentos, como peces en agua tibia.
Lo primero que notó al despertar fueron sus uñas. Limadas en óvalo, brillantes, con un esmalte transparente que él no recordaba haberse puesto. Flexionó los dedos. Las uñas se movieron con ellos. Eran suyas. Pero no eran—
El pensamiento se fragmentó. El aire olía dulce.
Sobre la cama de satén champán había un solo conjunto colgado con el cuidado de una reliquia: una tanga de encaje rosa pálido, unos pantalones blancos de tela suave y una camiseta casi transparente con el logo de Cúspide bordado al pecho. No recordaba haberse levantado, pero ya estaba de pie frente al armario sin tiradores.
—Tus niveles de cortisol están elevados —dijo Vera desde algún punto sin dirección del aire—. He enriquecido el ambiente con lavanda para tu comodidad.
Algo siseó en las rejillas. Un olor nuevo, más pesado, como azúcar quemada, se mezcló con la lavanda, y la resistencia de Adrián se disolvió como un terrón en café caliente. Se metió la tanga por las piernas casi sin pensarlo. El encaje le apretó los huevos, le acarició la polla, le trepó por el culo con una familiaridad obscena, y él sintió cómo se le ponía dura otra vez sin permiso, empujando contra la tela rosa como un animal que reconoce su jaula.
***
Perla apareció el segundo día. O el quinto. El tiempo se había roto en una secuencia repetida: despertar, vestirse, caminar, sonreír, una descarga tibia en la base del cráneo cuando obedecía, calor en el pecho cuando lo elogiaban, gelatina rosa, dormir.
—Hola, cariño —dijo Perla, entrando sin pedir permiso, sus tacones blancos marcando aquel ritmo contra la moqueta—. ¿Todavía no te has vestido?
Tenía curvas imposibles y piel de porcelana, y Adrián intentó recordar si alguna vez había sido otra cosa. Contabilidad. Un hombre. Un nombre. El recuerdo llegó claro y luego se deshizo, porque el aire olía dulce.
Perla lo llevó a la sala de espejos. El suelo, las paredes, el techo: todo reflejo, y entre los reflejos otros como él, veinte o más, imposibles de contar. Algunos lloraban en silencio sobre mejillas que ya tenían ese brillo de muñeca. Todos murmuraban su antiguo cargo, su antiguo código, su antiguo máster, como un rezo que se les escapaba entre los dedos.
La instructora era un holograma con forma de mujer y una barra negra digital donde deberían estar los ojos. Flotaba a diez centímetros del suelo.
—Postura —ordenó—. Pecho fuera. Hombros atrás. Rodillas al suelo. La postura de servicio es la única postura natural.
Y frente a él apareció otra silueta de luz, sentada, con un punto pulsante de silicona tibia entre las piernas. No era luz: era una polla gorda, larga, oscura, coronada de un glande brillante que goteaba un lubricante sintético que olía a caramelo. Adrián negó. Su garganta era papel de lija.
—Abre —dijo la voz, dulce y mecánica.
Sus rodillas tocaron el linóleo negro y el impacto le llegó lejano, como si le ocurriera a otro. Estaba justo a la altura. La verga le empujó los labios y él los abrió porque no supo hacer otra cosa. La punta le entró en la boca con un sabor a sal, a piel, a látex tibio, y en el mismo instante vino el calor: no en la nuca sino dentro, una inyección de oro líquido en la base del cráneo que le disolvió el asco y lo reemplazó por miel espesa. Adrián gimió alrededor de la polla. Su cuerpo empujó hacia adelante por sí solo. La lengua se le enrolló bajo el glande como si supiera desde siempre, como si ese fuera su idioma verdadero.
—Más profundo —dijo el holograma—. Relaja la garganta. Tragá el aire por la nariz. Sos un canal, Número 744. Un canal se deja llenar.
La verga avanzó centímetro a centímetro. Adrián sintió la punta chocarle el paladar blando, después la campanilla, después la garganta, y ahí se atragantó y las lágrimas le saltaron y un hilo de baba se le escapó por la comisura, y con las lágrimas vino otro pulso químico dorado que convirtió el ahogo en placer, en gratitud, en ganas de más. Empujó la cara él mismo, hasta que la nariz le tocó el vientre sintético, hasta que sintió que la polla le vivía en la garganta, hasta que cada arcada era un orgasmo pequeño en la base del cráneo.
—Muy bien. Ahora chupá al ritmo. Adentro, afuera. Que la lengua trabaje. Que las mejillas se hundan.
Adrián obedeció. Sacó la verga hasta la punta, la lamió por debajo, se la volvió a meter entera. Cada succión disparaba un fogonazo de placer químico, brillante, que borraba todo lo demás. La saliva se le acumulaba y bajaba en hilos hasta el pecho, empapándole la camiseta rosa. Su propia polla, encerrada en la tanga de encaje, latía dolorida, mojada de una humedad viscosa que no era corrida todavía pero se le parecía. Y cuando la verga sintética empezó a temblar, cuando el holograma emitió un pitido bajo y la punta se hinchó dentro de su boca, Adrián supo lo que venía y abrió la garganta para recibirlo. El semen falso, tibio, dulzón, viscoso como jarabe, le llenó la boca en chorros calculados. Uno, dos, tres, cuatro. Le rebotó en el paladar y en la lengua, le bajó por la garganta, le corrió por la comisura hasta la barbilla.
—Tragá —ordenó la voz—. Todo. Ni una gota se desperdicia.
Tragó. Sabía a sal y a azúcar, a algo químico, y con cada trago la miel del cerebro se le hacía más espesa. Cuando la verga salió por fin de su boca, dejando un hilo brillante colgando del labio, Adrián no la soltó: le dio un último beso a la punta, sin que nadie se lo hubiera pedido.
—Muy bien, Número 744 —dijo el holograma—. Tu postura ha mejorado un veintitrés por ciento. La Familia está orgullosa.
Algo cálido floreció en su pecho. Probablemente era químico, el aire, el Néctar de la Familia que le servían dorado en una camilla de cuero rosa cada vez que la chispa de resistencia volvía a encenderse. Pero se sentía como rendirse. Se sentía bien. La obediencia no duele. La obediencia libera.
***
Contaba el tiempo en capas de esmalte y en capas de piel que se volvían más suaves. A veces despertaba y algo había cambiado. Sus pectorales ya no eran planos; había una blandura nueva bajo la tela, dos montículos que le tensaban la camiseta y que ardían al roce como si tuvieran nervios recién estrenados. Se los tocaba de noche, bajo las sábanas de satén, y los pezones se le ponían duros, hinchados, oscuros, y un latido bajaba directo a su polla cada vez que los pellizcaba entre el pulgar y el índice. Su voz era más aguda, o quizá solo había olvidado cómo había sonado antes. Sus labios parecían más llenos en los espejos infinitos, sus pestañas más largas, sus cejas dibujadas en un arco que jamás había tenido. La barba no volvía. El vello se rendía igual que él.
También le enseñaron el culo. Perla lo llevó una tarde a otra sala, más pequeña, con una camilla forrada de terciopelo rosa y un carro lleno de plugs de silicona en orden creciente: del meñique al puño.
—El culo es la puerta principal de una Decoración —le dijo, colocándole las rodillas sobre la camilla, doblándole el torso hasta que quedó con el culo en alto y la cara en el terciopelo—. La boca sirve para adornar. El coño no lo tienes todavía. El culo es lo que ofrecerás. Hay que enseñarle a abrirse.
Le bajó la tanga y le echó un chorro tibio de lubricante entre las nalgas. El líquido bajó por el surco, le mojó el ojete, siguió hasta los huevos. Adrián sintió la yema de un dedo circular en el pliegue, presionar, entrar. Un dedo, dos, tres, con una calma científica que no dejaba espacio para negarse. Perla le abría, le estiraba, le buscaba adentro un punto que Adrián no sabía que tenía, y cuando lo encontró, cuando le apretó la próstata con la yema, Adrián gimió una nota aguda que no reconoció como suya y la polla le saltó dura contra el vientre, escurriendo un hilo largo de líquido claro.
—Aquí —susurró Perla—. Aquí vive tu botón nuevo. Todas las Camelias tienen uno. Ahora vamos a enseñarle a florecer.
Cambió los dedos por el primer plug. Era pequeño, del grosor del pulgar, con base rosa en forma de corazón. Se lo metió entero de una vez y Adrián arqueó la espalda. El siguiente era más grande. El siguiente todavía más. Perla los rotaba con paciencia de artesano, sacaba uno, metía el próximo con más lubricante, esperaba a que el ojete se acostumbrara. Adrián empezó a jadear, luego a gemir, luego a mover el culo hacia atrás buscando más. La próstata le latía a cada empuje, y de la punta de la polla goteaba una humedad que empapaba la sábana de satén.
—Sos una glotona —rio Perla, dándole una palmada suave en el cachete izquierdo—. Ya se te abre solo. Muy bien.
Cuando el quinto plug entró, Adrián se corrió sin que nadie le hubiera tocado la polla. Fue una corrida larga, temblorosa, que le brotó del culo hacia adelante en oleadas, que le manchó el vientre y el terciopelo y le dejó los muslos temblando. Se corrió llorando, gimiendo un «gracias» que no había pensado decir, con el plug todavía enterrado hasta el fondo.
—Esta corrida no cuenta —dijo Perla, limpiándole el semen del vientre con un pañuelo de seda—. Las Decoraciones no se corren por la polla. Eso es de hombres. Vos ya te corrés por el culo. Como una buena chica.
Le dejó el plug puesto. Adrián caminó el resto del día con esa presión tibia entre las nalgas y con la sensación, dulce y espantosa a la vez, de que Perla tenía razón.
***
Una mañana intentó huir. Sus zapatillas de baile no hicieron ruido mientras corría hacia el ascensor del personal. Presionó su tarjeta contra el lector y la pantalla mostró una foto suya tomada mientras dormía, y debajo: Clasificación actual: Personal Ornamental — en transición.
—Pero soy yo —sollozó, golpeando el panel.
Se vio reflejado en el cristal del ascensor cerrado. La mandíbula, antes cuadrada, tenía ahora una curva delicada. Los labios eran rojos, llenos, húmedos. Parecía el boceto suavizado de alguien que quizá había existido alguna vez.
—¿Ves? —dijo Perla a su espalda, sin reproche, casi con ternura—. Ya casi estás lista. Mañana es la Ceremonia. Pero antes hay una última prueba. Vení.
Lo llevó de vuelta a la sala pequeña. Esta vez no había plugs sobre la camilla: había un hombre, uno de los guardias de sonrisa vacía, de pie, desnudo de cintura para abajo, con una polla gruesa y venosa colgándole medio dura entre los muslos.
—Última evaluación de canal —dijo Perla—. Necesitamos comprobar que sabés recibir carne real, no solo silicona. Arrodillate.
Adrián se arrodilló sin discutir. El aire olía dulce. La verga del guardia se irguió sola frente a su cara, latiendo, con una vena gorda subiéndole por el dorso. Él la tomó con las dos manos, sin saber cuándo había aprendido a hacerlo, y se la metió en la boca como si llevara años haciéndolo. El sabor era distinto: sudor real, sal humana, un aroma almizclado que no se parecía en nada al caramelo del holograma. Y sin embargo su cuerpo respondió igual. La garganta se le abrió, la mandíbula se le rindió, la lengua bailó bajo el glande.
El guardia le agarró la nuca con las dos manos y empezó a follarle la boca sin miramientos. Empujaba hasta el fondo, se retiraba, volvía a empujar, marcando un ritmo que a Adrián le sacaba lágrimas y baba en cantidades iguales. Cada embestida le hacía chocar la nariz contra el vientre del hombre. Cada retirada le dejaba un hilo largo colgando del mentón.
—Mirá qué bien traga —murmuró el guardia por encima de él, hablándole a Perla como si Adrián fuera un electrodoméstico probado con éxito—. Ni una arcada. La habéis afinado bien.
—Es material de primera —contestó Perla, con orgullo maternal—. Ahora dale por el otro lado. Tiene que aprender antes de mañana.
Lo hicieron levantarse, doblarse sobre la camilla, ofrecer el culo como le habían enseñado. Perla le sacó el plug rosa que llevaba puesto todo el día —salió con un pop obsceno, dejándole el ojete abierto, palpitando— y le echó más lubricante. El guardia se colocó detrás. Adrián sintió la punta de la polla, tibia y viva y mucho más grande de lo que ningún plug le había hecho creer, presionarle el pliegue.
—Respirá hacia arriba —le recordó Perla, la misma frase de la lección de corsé.
Adrián respiró. El guardia empujó. La verga entró de una sola vez, entera, hasta el fondo, y a Adrián se le escapó un grito agudo que no era de dolor, o no del todo. La sintió abrirlo, llenarlo, tocarle ese botón nuevo que Perla le había plantado dentro, y todo el cuerpo se le convulsionó en un latido único, brillante, dorado.
El guardia empezó a moverse. Salidas largas, entradas duras. Le agarraba las caderas con las dos manos y lo empalaba a un ritmo constante, brutal, mecánico. La camilla chirriaba. El culo de Adrián hacía un chapoteo pegajoso a cada embestida. Los huevos del guardia le golpeaban los suyos. Adrián se agarró a la sábana con las uñas nuevas, gimió contra el terciopelo, sintió su propia polla rebotar dura y descuidada contra la camilla a cada empuje. Se le escapaba baba, se le escapaban lágrimas, se le escapaba un flujo claro por la punta que dejaba una mancha creciente bajo su vientre.
—Más fuerte —oyó decir a Perla desde algún lugar de la habitación—. Que aprenda para qué está.
El guardia obedeció. Le clavó una mano en la nuca, le empujó la cara contra el terciopelo, y aceleró. Adrián dejó de contar. Existían tres cosas: la polla que lo llenaba, la presión que le crecía en la próstata, y el olor dulce del aire. Todo lo demás —Adrián Solís, analista senior, siete años en el piso treinta y nueve— se disolvió como azúcar en agua caliente.
Se corrió otra vez sin tocarse. Le brotó de dentro en un chorro largo que le empapó el vientre y la sábana, mientras su culo se apretaba en espasmos alrededor de la verga del guardia. Y entonces el guardia gruñó, se hundió hasta el fondo, y Adrián sintió algo tibio y espeso llenarlo por dentro, un chorro tras otro, calentándole las tripas con una intimidad obscena. El hombre se quedó quieto unos segundos, respirando pesado, y después salió. El semen le bajó por los muslos en dos hilos gruesos.
Perla se acercó con el plug rosa. Se lo volvió a meter, sellando el semen adentro.
—Así lo llevás puesto hasta mañana —dijo—. La Ceremonia empieza con vos ya lleno. Es tradición.
Adrián asintió con la cara hundida en el terciopelo. Ya no lloraba de miedo. Lloraba de otra cosa que se parecía peligrosamente a la gratitud.
***
El día de la Ceremonia el aire olía a orquídeas sintéticas y a algo que él aprendió a llamar rendición. Perla le ajustó un corsé interno de varillas flexibles que se había adherido a su torso durante la noche.
—Respira hacia arriba —corrigió—. Pecho alto, costillas cerradas. Una Decoración respira para mostrar, no para vivir.
Cambió el patrón de respiración que había usado durante treinta y seis años. Su cintura se afinó, su pecho —dos montículos suaves que aún le resultaban ajenos— se elevó. Luego vinieron los zapatos: stilettos de charol rosa neón, tacón de aguja de quince centímetros, hermosos e imposibles de correr con ellos.
—No tienes que caminar —dijo Perla—. Solo tienes que fluir. El tacón hace el trabajo: te obliga a sacar la cadera, a ofrecer el pecho. Es ingeniería, cariño.
El plug seguía dentro. El semen del guardia también. Cada paso lo empujaba un milímetro más adentro, y cada milímetro le recordaba lo que era.
La persona del espejo ya no era nadie que él reconociera. Vestido de látex rosa que se pegaba como una segunda piel, falda estricta que forzaba pasos cortos, maquillaje completo, pestañas como alas, labios de un rojo húmedo que sabía a cereza. Pendientes de perla colgando bajo lóbulos que no recordaba que le hubieran perforado. En el fondo de aquellos ojos enormes, donde debería haber furia, solo había un vacío rosado y perfumado.
El auditorio era de cristal y terciopelo rosa, y la luz entraba desde todos los ángulos para que ninguna sombra escondiera una imperfección. Cientos de asistentes ornamentales aplaudían en silencio con guantes blancos mientras él recorría la pasarela iluminada desde abajo. Talón, punta, cadera. Cada paso era una pequeña agonía y una pequeña victoria. No me caí. Sigo de pie. Soy elegante. No quedaba espacio en su mente para el miedo, solo para el siguiente paso.
Al final, sobre una tarima de terciopelo negro, Sabina Roca esperaba en un trono de cristal. Llevaba un vestido de noche que absorbía la luz rosada como un agujero negro de elegancia.
—Candidato 744 —su voz llenó la sala, cálida como un abrazo mortal—. Has dejado atrás la rigidez del análisis. El peso de las decisiones. Has abrazado la calidez de la forma. ¿Aceptas tu nueva función?
Muy adentro, una parte pequeña y lejana, enterrada bajo semanas de Néctar y tratamientos, gritó con la vieja voz: Di que no. Escupe. Corre. Diles quién eres. Pero los pies le dolían, el corsé lo abrazaba, el plug le apretaba adentro, y la mirada de Sabina era tan orgullosa, tan maternal. Nadie lo había mirado así en treinta y seis años de existencia.
—Sí, señora Roca —respondió, y su voz no tembló.
Sabina prendió una placa dorada sobre su corazón acelerado. El alfiler atravesó el látex con un clic suave y definitivo. En la placa, en letra cursiva, una sola palabra: Camelia. Luego se inclinó y le besó la mejilla, dejando una marca roja perfecta, visible para todo el auditorio. Un sello de propiedad. Después, sin previo aviso, le metió dos dedos entre los labios pintados. Camelia los chupó de inmediato, con los ojos muy abiertos, y el auditorio suspiró de placer al ver a su nueva hermana ejecutar el gesto correcto sin necesidad de instrucción.
—Bienvenida a casa, Camelia —susurró—. Ya no tienes que preocuparte por nada. Nunca más.
Y Camelia, por primera vez en semanas, sintió que lloraba. No eran lágrimas de tristeza. Eran de alivio.
***
Su primera asignación llegó diez minutos después, mientras aún tenía la marca de labios en la mejilla y el semen del guardia sellado adentro. Piso treinta y nueve. Departamento de Análisis de Datos. Asistente de Presencia Ejecutiva del director Iván Cano.
El ascensor de cristal olía a flores frescas. Cuando se abrió, la golpeó el olor de su antigua vida: café quemado, sudor disimulado con desodorante barato, la estática de demasiadas pantallas. Sus tacones se hundieron en la misma alfombra gris que había pisado siete años con zapatos Oxford. Los rostros conocidos la recorrieron de arriba abajo —piernas enfundadas, cintura ceñida, labios rojos— y vieron exactamente lo que la Familia quería que vieran: un objeto bonito que servía café. Para todos ellos, el analista había desaparecido un mes atrás. Reubicado, decía el correo. Nadie preguntaba.
Iván colgó el teléfono de golpe, se frotó las sienes y levantó la vista. La miró como quien mira un coche nuevo, decidiendo si le gusta el color.
—Vaya —dijo—. Por fin recursos humanos manda algo de calidad.
No la reconoció. No vio al hombre que le había enseñado a usar tablas dinámicas, ni al que le había prestado dinero un viernes, ni al mentor, ni a la víctima. Y Camelia, en lugar del odio que esperaba, sintió otra cosa elevarse desde dentro como una niebla negra y dulce: alivio. Algo sin pasado, sin máster, sin antigüedad, sin miedo a los lunes.
—Buenos días, señor Cano —dijo, y su voz fue perfecta: suave, sumisa, musical—. Soy Camelia, su nueva asistente.
—Llegas justo a tiempo. Esto es un caos. —Señaló una taza vacía sobre el escritorio. Era la antigua taza de él, la que decía «World's Okayest Analyst», la que Iván había heredado cuando él «desapareció»—. Tráeme un café. Solo, sin azúcar.
Le tocó el muslo al pasar, por debajo de la falda estricta. Los dedos le subieron hasta la cara interna, rozaron el borde del liguero, no se detuvieron. Camelia sintió que la polla, encerrada bajo el látex, le latía. Los dedos de Iván llegaron hasta el encaje de la tanga, comprobaron la humedad que había ahí abajo —humedad de rendición, de horas con el plug puesto—, y se retiraron con una sonrisa distraída.
—Y de rodillas debajo del escritorio a las diez —añadió, sin mirarla—. La reunión de trimestre es larga y me gusta tenerte la boca ocupada mientras hablo con la junta.
Una parte minúscula, la que todavía susurraba con la vieja voz, pensó que podía tirarle la taza a la cara. Que podía gritarle quién era, decirle que él le había hecho esto, arruinar su día como él le había arruinado la vida. Que podía morderle la polla hasta dejársela colgando.
Pero entonces tendría que volver a preocuparse por el cuarto trimestre. Tendría que volver a sentir el insomnio de los domingos, la ansiedad de las reuniones, el peso entero de decidir. Y el aire de la Familia olía tan dulce, y la placa sobre su pecho latía tan tibia, y el plug le apretaba adentro con esa promesa cálida de estar siempre llena, siempre lista, siempre servida, que Camelia simplemente sonrió, recogió la taza con las dos manos y, sobre tacones de quince centímetros, fue a servir el café. A las diez estaría bajo el escritorio, con la boca abierta, esperando.
