Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi recluso vino a convertirme en su travesti

Me llamo Vanesa, tengo cuarenta y dos años y soy travesti. Una mujer de curvas generosas, de esas que algunos llaman gordibuena con una sonrisa torcida. Desde muy joven me gustó vestirme y comportarme como lo que siempre sentí ser, pero durante años lo viví puertas adentro, a escondidas, apañándomelas como podía y desfogándome por internet sin atreverme nunca a dar el paso.

Hace año y medio cambió todo. Tuve un golpe de suerte con un premio inesperado y me compré un ático precioso en las afueras. Por fin pude dedicar una habitación entera a mis cosas, a la Vanesa que vivía guardada. La fui llenando poco a poco: tacones imposibles, vestidos ajustados, ropa interior de encaje, medias, pelucas de todos los colores, maquillaje, uñas postizas, juguetes de varios tamaños y hasta un soporte mecánico para usarlos sin manos.

Disfrutaba sola, frente a la pantalla, en aquellas videollamadas que al principio me daban vergüenza y que con el tiempo se volvieron mi mayor placer. Mis juguetes me provocaban orgasmos profundos; aprendí a correrme sin tocarme apenas. Pero nunca había quedado con nadie en persona. La fantasía y el riesgo real eran dos mundos que yo mantenía bien separados.

Hasta que apareció él.

Lo conocí en un chat hace casi un año. Me dijo que escribía desde la cárcel, que cumplía una condena larga y que le volvían loco las mujeres como yo. Que tenía una verga descomunal, tanto que muchas se asustaban, y que por eso había acabado prefiriendo a las nenas, a las que —decía— éramos más entregadas y aguantábamos mejor. No sé cuánto de aquello era verdad y cuánto era pura bravuconada de presidio, pero la conversación me puso a mil.

Empezamos una relación a distancia en la que yo era su zorra travesti y él me dominaba a través de la pantalla, dándome órdenes que yo cumplía como una autómata caliente. Se llamaba Bruno, o al menos así me lo presentó. Estuvimos así cerca de cinco meses, él dictando y yo obedeciendo, convencida de que entre nosotros habría siempre un muro de hormigón y kilómetros de distancia.

Aquel viernes me arreglé entera para él. Depilación total, las uñas largas recién hechas, las prótesis bien colocadas bajo un vestido negro corto, ajustado y escotado. Me puse una peluca lisa y oscura recogida en una coleta alta, y unos tacones negros de catorce centímetros. Me miré en el espejo y me sentí poderosa, hermosa, completamente yo.

Esta noche le voy a volver loco.

Pedí sushi a domicilio, en parte porque tenía hambre y en parte por el morbo de que el repartidor me viera así. Me sube el ego ver la cara que ponen, esa mezcla de sorpresa y deseo mal disimulado. Me da igual lo que piensen; al contrario, me alimenta.

Cuando llamaron a la puerta, ni lo dudé. Convencida de que era el pedido, abrí de golpe.

No era el repartidor.

Era un hombre enorme, mucho más grande de lo que aparentaba en la cámara. Ancho de hombros, los brazos tensando las mangas de la chaqueta, la mandíbula marcada y una sonrisa de depredador. Tardé un segundo de más en reconocerlo, y para entonces ya sabía quién era.

—Hola, putita —dijo, con una calma que me heló la sangre—. No me esperabas, ¿verdad? Qué buena estás en persona.

—Pero… ¿qué haces aquí? —balbuceé—. ¿Cómo sabes dónde vivo? Tú estás en la cárcel…

—Ya te lo explicaré. De momento te digo que tengo todo el fin de semana de permiso, y me he venido a follarte de verdad. Déjame entrar.

—No… no puede ser —retrocedí un paso, con el corazón en la garganta.

—¿Cómo que no? —su voz no subió de tono, y eso lo hizo más amenazante—. Tengo grabadas todas las videollamadas. Se te ve clarita, con tus juguetes, pidiéndome lo que ya sabes. ¿Quieres que tus vecinos las vean? —hizo una pausa y bajó la mirada por mi cuerpo—. Además, lo estás deseando. Se te nota.

Tenía razón en lo último, y eso era lo que más me asustaba. Me hice a un lado y le dejé pasar. Estaba en shock, pero por dentro algo se había encendido. Me tomó de la mano y me hizo girar despacio, recorriéndome con los ojos como quien examina algo que acaba de comprar.

—Joder, estás mejor que en la pantalla —murmuró, acercándome a él con una mano en la parte baja de mi espalda—. Vamos a pasarlo muy bien este finde.

Me pegó contra su cuerpo. Noté, dura contra mi cadera, la dimensión de lo que prometía, y se me subieron todos los calores de golpe. Me besó hondo, con la lengua repasando mi boca entera, mordiéndome el labio al separarse. A pesar del miedo, me rendí en ese beso. Y él lo notó: notó cómo me derretía, cómo se relajaba mi cuerpo y se entregaba el de antes.

—No aguanto más —dijo, con la respiración pesada—. De rodillas. Atiende a tu hombre, que lleva mucho tiempo encerrado.

—Bruno, yo… —no me salían las palabras.

Una mano firme en mi hombro me empujó hacia abajo. No fue brutal, fue inapelable, y eso me gustó más de lo que quería admitir.

—Vamos, empieza —ordenó.

Le desabroché el pantalón con dedos temblorosos. Cuando lo liberé, me quedé sin aire. Era exactamente como había prometido y más: gruesa, tensa, imposible de abarcar con una mano. Lo sostuve despacio, con cuidado de no clavarle las uñas, sintiendo el peso y el calor.

Empecé a acariciarlo de arriba abajo y él gruñó por lo bajo.

—Esas uñas… esa mano tan suave… —cerró los ojos un instante—. Pero quiero tu boca. Métetela.

Me guio la cabeza y me llevé apenas la mitad. Lo recorrí con la lengua, lo lamí entero, intentando seguir el ritmo que él marcaba sujetándome la coleta. Me la metía hasta el fondo, hasta arrancarme arcadas, y la sacaba justo a tiempo para que tomara aire.

—Así, así —jadeaba—. Qué bien lo haces. Sigue.

Mi propia excitación crecía sin que mi sexo importara nada; toda la sangre, toda la urgencia, se me había concentrado en otra parte del cuerpo, que pulsaba con ganas. No sé cuánto tiempo estuvimos así, hasta que lo noté hincharse y dar tirones contra mi paladar.

—Me corro —gruñó, hundiéndomela hasta la garganta—. Trágala, no quiero ni una gota fuera.

Tragué como pude, aunque parte se me escapó por la comisura y resbaló por mi barbilla. Tosí, con los ojos llorosos, y justo entonces sonó el timbre.

El repartidor.

Antes de que reaccionara, Bruno fue hasta la puerta y abrió sin el menor pudor, dejándome a la vista, de rodillas en mitad del salón y con la cara hecha un desastre.

—Ah, genial, la cena —dijo, tan tranquilo—. ¿Está pagado ya?

El chico, un veinteañero con casco bajo el brazo, abrió mucho los ojos.

—Sí… sí, está pagado —tartamudeó, sin saber dónde mirar.

—Pues largo, chaval. Ya ves que tengo aquí a esta ansiosa para que me deje limpio.

El repartidor casi tropieza al darse la vuelta. Me quedé ardiendo de vergüenza, incapaz de creerme lo que estaba pasando, y al mismo tiempo más excitada de lo que había estado en mi vida.

—Vamos, tráeme unas cervezas —dijo Bruno cerrando la puerta—. Atiende a tu macho.

Se sentó en el sofá y abrió la bolsa con mi sushi. Yo había pedido de sobra, pensando en tener para varios días; ahora sería para los dos. Me levanté temblando sobre los tacones y fui a la nevera. El repiqueteo de mis propios pasos me devolvió de golpe a la realidad: estaba vestida como una fantasía, con un hombre en mi casa dispuesto a usarme toda la noche, y no temblaba de miedo. Temblaba de ganas. Comprendí, por fin, lo entregada que era capaz de ser.

Cenamos en silencio, casi, mientras él me lo explicaba todo. Que a partir de ahora yo sería suya. Que cada pocos meses tendría un permiso y vendría a que su mujer lo atendiera como Dios manda. No me lo planteó como una pregunta. Y yo, que debería haber tenido mil objeciones, no encontré ninguna.

—Vamos a la cama —dijo al fin, levantándose—. Quítate el vestido y quédate con el tanga y los tacones. A cuatro patas. Y trae el lubricante.

—Sí, Bruno —respondí, con una sumisión que me salió natural.

Me coloqué como me ordenó, mirando de reojo aquella verga otra vez tiesa. Estaba excitada y asustada a partes iguales, porque sabía que me iba a doler. Él se acercó por detrás, me acarició las nalgas, me dio un par de azotes que resonaron en la habitación y deslizó dos dedos lubricados dentro de mí, abriéndome paso despacio.

—Aaah… —gemí, arqueando la espalda.

—Mira cómo te gusta —se rió, grave—. Mira cómo me pides más. Relájate, que te voy a hacer mía de verdad.

Me separó con las dos manos y apoyó la punta contra mí. Cerré los ojos y respiré hondo, intentando aflojar cada músculo para que doliera menos.

—Toma —susurró, y empujó.

El dolor me atravesó como un latigazo y solté un grito que seguro oyó medio edificio. Apreté los dientes mientras él avanzaba centímetro a centímetro, sin prisa, disfrutando de mi resistencia.

—Así debe ser —jadeó—. Tiene que doler la primera vez de verdad. Qué estrecha estás.

Y entonces, poco a poco, el dolor se transformó. Lo sentí entero dentro de mí, llenándome de un modo que ningún juguete había logrado nunca, rozando un punto que me hizo ver luces. Me sentí mujer, poseída, humillada y deseada al mismo tiempo, y deseé con todas mis fuerzas que no parara.

Antes de darme cuenta, era yo quien empujaba hacia atrás, buscando su ritmo, gimiendo sin contenerme.

—Así, sí —gruñía él, clavándome los dedos en las caderas—. Grita, que sepan tus vecinos quién manda aquí.

—Dios… sí… más —apenas reconocía mi propia voz—. No pares, por favor, no pares.

El placer se acumuló hasta volverse insoportable. Sin tocarme apenas, todo mi cuerpo se tensó y estallé en una sucesión de espasmos que me sacudieron de arriba abajo. Debieron de apretarlo por dentro, porque casi enseguida lo oí rendirse.

—No aguanto tus apretones —gimió, hundiéndose hasta el fondo—. Me corro, zorra… me corro.

Lo sentí latir dentro de mí una y otra vez, llenándome, derramándose con cada embestida hasta dejarnos a los dos empapados sobre la cama deshecha. Acabé tumbada bocabajo, con su peso encima y él todavía dentro, los dos respirando como si hubiéramos corrido kilómetros.

Por primera vez en mi vida me sentí completa. Humillada, sí, pero entera. Llena, temblando con los últimos coletazos de un orgasmo que jamás había conocido. Pensé que por fin entendía algo que se me había escapado siempre, y que aquel fin de semana apenas estaba empezando.

Ver todos los relatos de Trans

Valora este relato

Comentarios(6)

RomiLibre22

buenisimo!!! me dejo sin palabras

Nati_BsAs

Que final tan inesperado, me quede pegada hasta el ultimo parrafo. Nunca esperé ese giro.

DavidNorte

El momento del timbre estuvo genial, justo cuando uno creia que sabia como iba a terminar. Me encanto la forma en que lo contaste, muy cinematografico. Seguí así!!

SusanaXD

segunda parte por favor!!! no puedo quedarme asi 😭

LuciaMitre

El titulo me llamo la atencion y entre curioso, definitivamente no me arrepenti. Muy buen relato.

CuriosaMar

jaja ese giro me agarró desprevenida, tremendo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.