El regalo que me convirtió en su esposa amada
Sigo contando mi historia real, la que me costó años atreverme a decir en voz alta. Durante mucho tiempo creí que esa parte de mí, la que se miraba al espejo y deseaba ver a otra persona, debía quedarse encerrada para siempre. Hasta que apareció Damián y, sin pedirme nada, me fue desarmando todos los muros con paciencia.
Aquel miércoles, cuando por fin le di mi respuesta, no hizo falta que dijera nada más: lo leí en su cara antes de que abriera la boca. Damián me abrazó ahí mismo, sin importarle quién pudiera vernos, y me besó con una urgencia que me dejó temblando. Acordamos que sellaríamos nuestro compromiso el viernes, en un hotel, y que él se encargaría de reservar y de preparar cada detalle.
—Tú no te preocupes por nada —me dijo al oído—. Déjamelo todo a mí.
Esa noche apenas dormí. Daba vueltas en la cama repasando sus palabras, preguntándome si de verdad merecía algo así. Hasta entonces, ningún hombre me había prometido un futuro. Solo escondites, silencios y miradas que se apartaban en cuanto salía el sol.
El viernes pasé por él temprano, como cada día, para ir juntos al trabajo. Subió al coche una maleta y un ramo de calas envuelto que me llamó la atención. No até cabos. Dos días antes me había pedido que le anotara en un papel mis tallas de ropa y el número de mi calzado, y yo, distraída, ni siquiera recordé que se lo había dado. Jamás imaginé que aquellas cajas en el maletero eran regalos que había comprado para mí.
El trayecto hasta la empresa eran cuarenta y cinco minutos. Esa mañana condujo él, con una mano en el volante y la otra buscando la mía sobre la palanca.
—¿Sabes una cosa? —empezó, sin apartar la vista de la carretera—. Desde el día que entraste a mi área, me llamaste la atención. Por tu forma de ser, por tu manera de moverte. Nada vulgar, nada forzado. Parecías una chica indefensa en medio de aquellos brutos.
Sonreí, sin saber adónde iba.
—Pensé que eras gay y decidí cuidarte —siguió—. Conozco a los compañeros, sé cómo se ponen. No iba a dejar que se burlaran de ti.
Cuánto tardé yo misma en entender lo que él vio en cinco minutos.
—Me sorprendió cuando empezaste a salir con Noelia —añadió—. Os hicisteis novios y yo me callé. Pero en uno de tus cumpleaños me invitaste a tu casa, ¿te acuerdas? Conocí a tus padres. Tu padre es un hombre enorme, los brazos llenos de vello. Tu madre, en cambio, es frágil, delicada, lampiña. Y entendí que tú habías sacado más de ella.
Tragué saliva. Nadie me había hablado así nunca, como si pudiera leerme por dentro. Sentí que se me humedecían los ojos y miré por la ventanilla para que no lo notara.
—No tienes que avergonzarte de nada conmigo —agregó, como si me hubiera adivinado el pensamiento—. Llevo años observándote sin que lo supieras. Sé quién eres mejor que tú misma.
—Si antes te protegí sin tener motivo —dijo, y por fin me miró un segundo—, ahora lo haré con muchísima más razón. Por el amor que siento por ti y por el compromiso que estamos a punto de hacer. Conmigo no te va a faltar nada.
El resto de la jornada lo pasé como en una nube. Mientras fingía concentrarme en el trabajo, guardaba sus palabras en el pecho y las repetía una y otra vez. Y por primera vez en mi vida no sentí miedo de admitir lo que llevaba años negando: que yo era una mujer, y que por fin alguien me veía como tal.
***
Al salir, en lugar de tomar el camino del hotel que me había mencionado, Damián giró hacia otra avenida y me llevó a un motel discreto a las afueras.
—Es solo para que te cambies y te arregles como mujer —me explicó al ver mi cara—. En el hotel reservé a nombre de un matrimonio. Voy a entrar con mi esposa.
La palabra esposa me recorrió entera.
Subió las cajas a la habitación, las puso sobre la cama y me dijo:
—Esto es para ti. Ábrelas.
Dentro había ropa, bisutería, aretes, collares, pulseras. Un estuche de maquillaje completo, zapatillas de tacón y lencería elegida con un cuidado que me dejó sin aire. Me quedé mirándolo todo, conquistada, con los ojos llenos de lágrimas que no quería derramar para no estropear nada.
—No tenías que hacer esto —murmuré.
—Sí tenía —respondió—. Llevo demasiado tiempo queriendo verte así.
Tomé entre las manos un conjunto de encaje y lo apreté contra el pecho. Era la primera vez que alguien me regalaba algo así, pensado para la mujer que yo era y no para el disfraz que el mundo esperaba de mí.
—Te las elegí una por una —dijo, de pie detrás de mí—. Imaginándote con cada cosa.
Me cambié con la ropa femenina que yo misma había metido en mi maleta y guardé sus regalos para estrenarlos en su momento. Mientras me maquillaba frente al espejo, él desplegaba una maleta flexible y acomodaba las cajas dentro. Lo observaba por el reflejo: la concentración con la que doblaba cada prenda, el cuidado con el que trataba lo que era mío. Cuando terminé de delinearme y de pintarme los labios, me miré y por un instante no me reconocí. Por fin la imagen del espejo coincidía con la que llevaba dentro.
Esta soy yo. Esta siempre fui yo.
Cuando estuve lista, salimos de allí tomados de la mano.
Camino al hotel, los nervios me devoraban. Era la primera vez que iba a aparecer en público vestida de mujer, expuesta a las miradas de desconocidos. Él lo notó enseguida.
—No estés nerviosa, amor —dijo, apretándome los dedos—. Te ves preciosa. Vas a pasar desapercibida.
Y aquella seguridad suya, tan firme, se me metió dentro y me sostuvo. Bajé del coche caminando como siempre había soñado caminar: erguida, femenina, sin pedir perdón por existir.
***
La habitación era amplia, con una cama enorme y una ventana que daba a las luces de la ciudad. Damián dejó la maleta en un rincón, encendió una lámpara tenue y me invitó a pasar como si me recibiera en su propio hogar.
Ya instalados, nos metimos juntos en la ducha. Nos abrazamos bajo el agua caliente, besándonos despacio, sin prisa, reconociéndonos. Sus manos recorrían mi espalda y yo apoyaba la frente en su pecho, dejando que el agua se llevara los últimos restos de miedo. Él salió primero. Yo me quedé terminando de maquillarme y de acomodar mi peluca.
Oí que tocaban a la puerta y que él recibía algo. Cuando salí, envuelta apenas en una bata-toalla corta que cubría lo justo, lo vi de pie junto a la cama con un ramo enorme entre las manos.
—Para mi amada y hermosa esposa Mariel —leyó en voz alta, y me tendió la tarjeta.
Sentí una emoción tan grande que las piernas me flaquearon. Lo abracé, lo besé y le susurré un «gracias» que se me rompió en la garganta.
—De aquí en adelante vas a ser mi esposa —me dijo al oído—. Vas a cubrir todo eso que ella ya no me puede dar. ¿O necesitas un papel para creerme?
—No, mi amor —respondí, sin dudar—. Soy completamente tuya.
Y nos besamos profundo, con la firmeza de una mujer amada por su hombre.
***
Me retiró la toalla con cuidado, como si desenvolviera algo valioso, y yo quedé desnuda frente a él. Se desnudó también, sin apartar los ojos de mi cuerpo, y me alzó en brazos para llevarme a la cama. Me recostó entre besos y se tendió a mi lado.
Durante un rato solo nos miramos. Él me apartaba el pelo de la cara y recorría con la yema de los dedos mis pómulos, mis labios, el cuello, como si quisiera memorizarme. Yo nunca me había sentido tan deseada y tan respetada al mismo tiempo.
—Eres preciosa —murmuró—. Y eres mía.
El roce de su vello contra mi piel me erizaba entera. Me sentía suya en cada centímetro. Empecé a deslizarme hacia abajo, besando su pecho, su vientre, bajando despacio hasta encontrarlo ya erecto, ansiosa por tenerlo en mi boca y demostrarle todo lo que sentía.
Lo besé primero, lo lamí después, y por fin lo recibí entre mis labios con una entrega que nunca había puesto en nada.
—Hummm… así… —gimió, hundiendo los dedos en mi pelo—. Te amo. Me lo haces como ninguna otra mujer.
Aquellas palabras me encendieron más que cualquier caricia. Seguí, sintiendo cómo su respiración se volvía irregular, cómo se le tensaba el cuerpo entero bajo mis manos.
Entonces me tomó de la cintura y, con una autoridad suave, me volteó. Me puso en cuatro, con la cabeza apoyada en la almohada, y empezó a recorrer con la boca toda esa parte de mí que ahora le pertenecía. Me besó la espalda, las caderas, descendió. Cuando llegó a mi intimidad, perfumada y limpia, la lamió con calma y yo me deshice en gemidos.
—Sí… soy tuya… —jadeé contra la almohada—. Más… tómame ya, quiero sentirte dentro.
Me volteó de nuevo y me dejó boca arriba. Me levantó las piernas sobre sus hombros y empezó a poseerme despacio, abriéndome paso, observando cada gesto de mi cara para no hacerme daño. Dolió al principio, y después fue solo placer, una ola que crecía con cada embestida.
—Mírame —me pidió—. Quiero verte mientras te hago mía.
Y lo miré. Nos amamos así, mirándonos, besándonos cada vez con más hambre, hasta que los dos llegamos al clímax casi a la vez, abrazados, sellando con el cuerpo el compromiso que ya habíamos sellado con el alma.
Quedamos tendidos, sudados y felices, sin soltarnos. Él me acariciaba el pelo y yo escuchaba los latidos de su corazón calmándose poco a poco. No quería moverme, no quería que terminara nunca. Por primera vez en mi vida me sentía completa, sin nada que esconder ni que pedir disculpas.
***
Después de descansar unos minutos, me besó la frente y se incorporó.
—Vamos a bañarnos otra vez y a arreglarnos —dijo—. Te voy a llevar a cenar a un lugar que te va a encantar.
—¿Vamos a salir? —pregunté, y los nervios volvieron por un instante.
—Vamos a salir —confirmó, sonriendo—. Como lo que eres: mi esposa.
Obedecí sin miedo, sin preocuparme por estar rodeada de gente, porque a su lado nada podía pasarme. Me puse uno de los vestidos que me había regalado, las zapatillas de tacón y los aretes que más me gustaban. Cuando me vio salir del baño, se quedó callado un segundo y luego sonrió de esa forma que solo me dedicaba a mí.
—Mi esposa —dijo, ofreciéndome el brazo.
Esa noche caminé entre desconocidos del brazo del hombre que amaba, vestida de mujer, sintiéndome por fin entera. Nadie me señaló, nadie se rió. Para el mundo entero éramos, simplemente, una pareja saliendo a cenar.
Lo que ocurrió aquel fin de semana merece su propio relato. Ya os lo contaré pronto. Pero esa tarde, en aquella habitación de hotel, entendí algo que ningún espejo me había dado en años: que ser mujer no era un disfraz que me ponía a escondidas, sino la verdad que siempre había llevado dentro, esperando que alguien me mirara y me dijera que era hermosa.