La apuesta que me transformó en otra mujer
En Cala Brava el aire tiene algo distinto. No es solo el salitre ni la brisa del Mediterráneo. Es como si el tiempo se aflojara, como si los relojes se hubieran rendido a la piel, al sol, a las ganas. No sé si es la isla o lo que representa: un permiso tácito para no ser del todo quien uno fue, para probarse en otra forma.
Estoy tendida sobre una toalla color marfil, la cabeza apoyada en los antebrazos, el cuerpo apenas girado hacia Tomás, que descansa a mi lado. Llevo un bikini rojo oscuro, de tela sencilla, con un corte que realza sin gritar. Los tirantes delgados se pierden en mis hombros. Abajo, la tela abraza mis caderas con la firmeza de una cinta que me dice: sí, tú puedes.
Mi cuerpo no protesta. Al contrario, parece haber esperado toda la vida por esta silueta. Hay algo en cómo la luz cae sobre mis clavículas, en cómo mi cintura se curva al estar de lado, en cómo mis piernas se cruzan con una naturalidad femenina que antes no me atrevía a tomar.
Un grupo de chicas se acomoda a unos metros. Una me mira, sonríe sin malicia, como se sonríe a una desconocida cuyo estilo apruebas sin palabras. La otra levanta el pulgar y le dice algo a su amiga en alemán. No entiendo, pero lo tomo como un halago, y me río por dentro.
—¿De qué te ríes? —pregunta Tomás, con los brazos detrás de la cabeza.
—De mí, tal vez. De ti. De esto. —Abro los brazos hacia el mar—. De que estés aquí, yo esté así, y todo parezca... bien.
Él me observa un segundo y cierra los ojos, como si mi respuesta fuera suficiente. Yo me quedo callada, pero una pregunta retumba en mi cabeza como una ola vieja. ¿Cómo fue que llegamos hasta acá?
***
Todo empezó en esa cena. La casa de los padres de Tomás está en lo alto de una colina, blanca, con un jardín al frente y una verja de hierro que cruje al abrirse. Cuando llegamos, el olor lo dijo todo: comida casera, especias, algo dulce, tal vez canela.
Tomás me abrió la puerta del auto con esa mezcla de caballerosidad exagerada y picardía. Me tendió la mano y bajé cuidando que el abrigo largo no se atorara con el tacón.
—¿Lista? —me preguntó bajito, acomodándome un mechón del peinado.
Yo asentí, sin poder hablar.
La puerta se abrió y una mujer elegante, su madre, nos miró y sonrió de oreja a oreja.
—¡Miren a quién tenemos aquí! —exclamó con los brazos abiertos, abrazándome sin dudar, como si me conociera de toda la vida—. ¡Pero qué guapa eres! Tomás, por fin alguien con gusto.
Me besó las mejillas con cariño real. No había juicio en su mirada, solo afecto. Entré detrás de mi amigo, sin saber a dónde mirar primero.
El interior era cálido, de madera clara y luces tenues. Una tía me estrechó la mano y me preguntó de dónde era. Un tío bromeó con que al fin el chico traía a alguien que no parecía sacada de una revista. Una prima me dijo que le encantaba mi vestido, y los niños me rodearon preguntando si sabía hacer trenzas. Les dije que sabía dos tipos. Me aplaudieron.
Y mientras todo eso pasaba, sentí algo que me desarmó: no estaba fingiendo. Mi voz, más suave de lo habitual, salía sin esfuerzo. La forma en que cruzaba las piernas al sentarme, en que me acomodaba el cabello detrás de la oreja, no era una actuación. Era presencia.
En algún momento, entre plato y plato, la madre de Tomás se inclinó hacia mí.
—Estamos felices de recibirte, linda. Perdón que lo diga, pero te ves tan distinta a las anteriores. Más... real. Más como nosotros, ¿sabes?
Yo asentí, sin saber bien qué responder.
Más tarde, salí al jardín con Tomás a tomar aire. La noche había caído del todo, tibia, iluminada por guirnaldas de luces cálidas que colgaban entre los arbustos como constelaciones domésticas. Nos sentamos en una banca de hierro bajo un árbol. Él tenía una copa de vino en la mano; la otra descansaba sobre el respaldo, cerca de mi hombro, sin tocarlo. A esa distancia podía sentir su calor.
—¿Sabes qué es raro? —dije de pronto.
—¿Qué?
—Que no me sienta incómoda. En ningún momento. Ni con tu familia, ni contigo. Ni conmigo.
Él asintió, sin interrumpir.
—Pensé que sería un disfraz. Algo temporal. Pero es como si algo se hubiera hecho espacio dentro de mí sin que yo me diera cuenta. Como si este personaje, Renata, no fuera tan personaje.
—Porque no lo es —dijo él, bajito, como quien suelta una moneda a un pozo y no espera oír el fondo—. Es otra versión tuya. Tal vez, más tú.
Lo miré de lado. Tomás no era dado a hablar así. Él era de acciones, de cumplidos disfrazados de bromas. Pero esa noche hablaba con una suavidad que nunca le había escuchado.
—¿Por qué haces esto realmente? —le pregunté, temerosa.
—Porque eres mi mejor amigo. No quería pasar la cena solo, y nadie me conoce como tú. Pero cuando te vi entrar por esa puerta, algo se me desacomodó en el pecho.
La frase cayó como una hoja seca. No respondí. No pude. El silencio se instaló entre nosotros como una tercera presencia, incómoda pero necesaria.
—No cambies mañana lo que descubriste esta noche —dijo al fin, poniéndose de pie—. Solo piénsalo. ¿Va?
Asentí. Y mientras subía las escaleras hacia la habitación de invitados, escuché su voz detrás de mí.
—Renata... Vaya nombre más bonito. Te queda como anillo al dedo.
Me detuve en seco, el rostro ardiendo. Supe bien que no era por el vino.
***
Los días posteriores fueron un vaivén. El vuelo a Menorca era en una semana y, frente al clóset abierto y la maleta vacía sobre la cama, seguía sin saber qué llevar. No porque no tuviera ropa, sino porque no sabía quién iba a viajar. ¿Iría como yo, o como ella?
El teléfono sonó. Era Tomás, como si pudiera leerme el pensamiento. Minutos después estaba en mi sala, con pan dulce y dos cafés, sentado como si conociera cada rincón.
—Dijimos que solo sería para la cena —susurré—. Un juego entre amigos.
—Y lo fue —respondió—. Pero también fue algo más. No quiero decidir por ti. Solo quiero que seas honesta contigo.
Me mordí el labio. Había algo ardiendo dentro de mí: confusión, sí, pero también una nostalgia anticipada, como si ya extrañara algo que aún no perdía. Renata no era solo un nombre. Era una forma de moverme, de hablar, de estar. Y me había gustado más de lo que me atrevía a admitir.
—No sé si quiero volver a ser ella —mentí—. Pero tampoco sé si puedo dejarla ir.
—No tienes que tener todas las respuestas hoy —dijo—. Pero si sientes que Renata merece ver el mar... déjala venir.
Esa frase me sacó una carcajada nerviosa, y en ese momento lo supe. No tenía certezas ni planes a largo plazo, pero sí una intuición que, aunque asustaba, también abrazaba.
—Está bien —dije al fin—. Que venga.
Tomás sonrió, triunfante, pero no dijo «te lo dije». Solo marcó un número.
—¿Carla? Tenemos luz verde. Renata va a necesitar tu ayuda.
Al día siguiente, Carla pasó por mí puntual y salimos a preparar lo que, en un mundo extraño, podría llamarse mi primer equipaje como mujer. La primera parada fue una boutique escondida tras una placa de metal con el nombre «Aurora». Al entrar, me recibió el olor a madera y lavanda. Las prendas colgaban como obras de arte, y nadie nos apuraba.
—Nada de prisas —dijo Carla—. Toca, mira, piensa en lo que te hace sentir tú.
Rocé los tejidos con la yema de los dedos. Una falda plisada gris perla me detuvo: parecía susurrar en lugar de moverse. Me la imaginé puesta en mí, y no se veía ridícula. No me sentía ridícula. Carla me alcanzó una blusa rosa viejo, sin mangas.
—Pruébatela con la falda. Confía en mí.
Lo hice. En el espejo del probador, la caída de la tela me seguía con respeto. No me sentía disfrazada. Me sentía autorizada.
—No es solo que estés linda —dijo Carla cuando salí—. Es que te ves cómoda. Y eso no se finge.
Recorrimos otras tiendas, una perfumería donde elegimos un aroma de jazmín que la encargada me roció en la muñeca, una librería donde Carla me regaló una libreta azul sin líneas.
—Para que te escribas a ti misma, si nadie más lo hace —dijo.
Sentí un nudo en la garganta y la abracé. De regreso en el auto, con las bolsas sobre las piernas, pregunté con torpeza cómo íbamos a pagar todo aquello.
—No te preocupes —sonrió Carla—. Tomás dijo que es su regalo. Que nadie invierte tanto tiempo y corazón en una historia si no quiere que continúe.
Miré el atardecer por la ventana y entendí que ya no empacaba ropa. Empezaba a empacar preguntas, formas nuevas de pensarme. Empezaba a empacar a Renata.
***
El día del vuelo, frente al espejo del pasillo, casi me echo atrás. El cárdigan negro, la falda midi de flores, las medias oscuras, los botines de charol. Un atuendo sencillo que, sin embargo, decía «hoy comienza algo nuevo». Me gustaba. No como quien dice «me veo bien»: me gustaba de verdad, como si por fin me reconociera.
Pero el estómago no escuchaba razones. ¿Y si en el aeropuerto me detenían? ¿Y si todo lo que había sentido en la cena era solo una ilusión pasajera? Marqué el número de Tomás, pero no contestó. En cambio escuché el timbre. Abrí. Era él.
Se agachó frente a mí, apoyando un codo en la rodilla, como hacen los entrenadores cuando le hablan a un jugador caído.
—Lo que hiciste aquella noche fue mágico —dijo, con voz tranquila—. No me refiero al vestido ni al maquillaje. Me refiero a cómo hablaste con mi familia, a cómo te miraban. Nunca vi algo así con nadie.
—Pero esto es un viaje entero —contesté, con los ojos picando—. Es público. Es...
—¿Y si no lo vemos como un disfraz? —interrumpió—. ¿Y si solo eres tú, disfrutando algo que te hace bien? Mira cómo te ves hoy. El universo necesita más gente que se atreva a sentirse plena. Y yo, egoístamente, quiero ese viaje con esta versión de ti.
Sus manos tomaron las mías, grandes, firmes. Me quedé callada. Entonces me puse de pie.
—Ayúdame con la maleta —dije, por fin, con media sonrisa.
Él asintió, como si supiera que terminaría así. Antes de salir, me miré una última vez. La mujer del espejo tenía dudas, vértigo, pero no miedo.
***
De regreso al presente. Cala Brava. Arena, sol, el sonido del mar que es distinto cuando no tienes prisa. El viento salado se enreda en mi cabello como si supiera que hoy quiero olvidarme del tiempo. A mi lado, Tomás lee, aunque lleva varias páginas sin pasar.
—¿Me pones un poco de bronceador? —le pido.
Y apenas lo digo, me doy cuenta. Es la primera vez en toda mi vida que va a tocar mi cuerpo presentado así, este lenguaje que fui aprendiendo en silencio, capa por capa. Y aún así se siente natural.
Me incorporo y le doy la espalda. Siento sus manos tibias extendiendo el aceite sobre mis omóplatos, descendiendo por los hombros. Su tacto es firme, respetuoso al principio. Pero las palmas se demoran más de lo necesario en el borde del bikini, siguen bajando por los costados, rozan la curva de mis pechos por debajo del brazo, y no aparta la mano cuando me estremezco. La aprieta.
—Tu piel es suave —dice, casi en un murmullo, y ahora la voz le sale ronca.
—Es el sol —respondo, queriendo restarle peso, pero se me quiebra en la última sílaba.
—No. Es la forma en que lo llevas. Antes te veía entero, sí, pero ahora hay algo más. Como si tu cuerpo también hablara por ti.
Sus dedos se deslizan por debajo de los tirantes del bikini y aflojan uno. Siento el nudo ceder en la espalda. La copa de la parte de arriba se despega un segundo y él aprovecha para pasar la mano por delante, apenas rozando un pezón que ya tengo duro, tirante contra la tela. Suelto un ruido que no reconozco, algo entre un jadeo y una risa nerviosa.
—Tomás… —digo, sin fuerza—. Nos ven.
—Nadie está mirando, Renata —murmura contra mi nuca, y me besa ahí, en el lunar que tengo bajo la línea del cabello. Los labios se le quedan pegados a mi piel un momento largo—. Y aunque miraran, que miren. Estás para que te miren.
Me rodea la cintura desde atrás y me atrae hacia él, sentándome entre sus piernas abiertas. Al hacerlo siento clarísimo el bulto duro que empuja contra la parte baja de mi espalda, contra la curva del culo cubierto por la tela del bikini. La polla se le marca gruesa bajo el bañador, palpita, y no hace nada por disimularlo. Al contrario: mueve las caderas apenas, un balanceo perezoso, y me hace sentir cada centímetro.
—Estás dura por mí —susurro, más para mí misma, incrédula.
—Estoy así desde que te vi caminar hacia el agua esta mañana —dice, y me muerde el hombro con suavidad—. Llevo toda la mañana con la verga hinchada mirando cómo se te pega la tela cuando sales del mar.
Se me escapa un gemido bajo. Nunca lo había oído hablar así. Y menos hablarme así a mí. Le busco la mano y me la subo yo misma al pecho, guiándolo por encima del bikini. Él me pellizca el pezón entre el índice y el pulgar, lo rueda, tira, y yo arqueo la espalda contra su torso caliente. La otra mano se me pierde entre las piernas, por encima de la braguita, y presiona con la palma.
—Se te nota todo, Renata —me dice al oído—. Se te nota lo cachonda que estás.
—Vámonos —le pido, sin voz—. A la habitación. Ahora.
Él no lo piensa dos veces. Recoge la toalla en un manotazo, agarra la bolsa y me da la mano. Caminamos rápido por la arena, y siento el bikini pegajoso, la humedad entre los muslos, la polla suya rozándome la cadera cada dos pasos. Subimos los escalones al hotel casi trotando. En el ascensor me acorrala contra el espejo, me besa por primera vez en la boca, con lengua, con hambre, y me mete una mano por dentro del bikini, dedos ávidos que me tocan por delante y por detrás, sin decidir.
—Toda tuya —le digo contra los labios—. Como quieras.
Entramos en la habitación tropezando. Él da un portazo con el pie y me empuja hacia la cama sin dejar de besarme. Me arranca el nudo del cuello y la copa cae. Se me llena la boca del sabor a sal cuando me chupa un pezón, luego el otro, con la mano abierta sobre mi vientre plano, bajando, colándose bajo la braguita del bikini. Me toca sin pudor, con dedos entrenados, y yo abro las piernas todo lo que puedo.
—Mírame —dice, saliendo un momento de encima. Se arrodilla al borde de la cama, entre mis muslos, y me baja la parte de abajo del bikini de un tirón. La deja colgando de un tobillo. Me observa desnuda por primera vez, y no aparta los ojos—. Joder, Renata. Eres preciosa. Toda tú.
Se lleva mis piernas a los hombros y me besa por dentro de los muslos, subiendo despacio, mordisqueando. Cuando llega arriba no titubea: me toma en su boca entera y me chupa hasta el fondo, con los labios cerrados y la lengua trabajando. Yo grito y me agarro al cabecero. La habla ronca me sube por la espalda como un latigazo.
—Así —me sale, jadeando—. Así, Tomás, no pares…
Él me chupa hasta que estoy temblando, y me mete dos dedos por atrás mientras sigue lamiendo. Los mueve en círculos, entrando y saliendo, abriéndome. Yo empujo contra su cara, contra su mano, avergonzada de las ganas que tengo y a la vez incapaz de frenarlas. Cuando siento que voy a correrme se detiene, saca los dedos y se ríe bajo, sabiendo lo que hace.
—No, todavía no. Quiero que te vengas conmigo adentro.
Se levanta y se baja el bañador de una vez. Le salta la polla, gruesa, roja, con la punta brillante de tanto aguantarse. Doy un pequeño gemido solo con verla. Estiro la mano y se la agarro. La tengo pesada, caliente, palpitando contra mi palma. Bajo la cabeza sin pensarlo y me la meto en la boca todo lo que puedo, hasta que el glande me toca la garganta y las lágrimas me pican en los ojos. Escucho cómo suelta un juramento entre dientes.
—Joder, joder, así, mámamela así, guarra, cómo te la comes…
Le miro desde abajo, con la boca llena de él, y le veo la cara descompuesta de puro placer. Nunca me sentí más deseada que en ese instante, arrodillada frente a él con los pechos al aire y su verga hundida hasta el fondo. Se la chupo largo rato, con las dos manos, apretándole los cojones, dejando que me la meta y me la saque como quiera. Me babea. La saliva me chorrea por la barbilla. Me da igual.
—Ven aquí —jadea, tirándome del pelo con cuidado, apartándome—. Si sigo así me corro en tu boca. Y yo quiero follarte primero.
Me tumba de espaldas otra vez y me abre las piernas. Se escupe en la mano, se moja la polla, luego me escupe entre las piernas y me embadurna con los dedos. Se acomoda entre mis muslos y apoya la punta. Yo tiemblo entera, expectante.
—Métemela, por favor —le suplico—. Métemela ya.
Empuja despacio la primera vez, y aún así siento que me parte. Se me escapa un quejido largo. Él para, me besa la boca con calma, espera a que me acostumbre. Después empieza a moverse, poco a poco, hasta que estoy toda mojada y suelta y encajamos como si lleváramos años haciéndolo. Entonces se olvida de la calma. Me embiste hondo, marcando ritmo con las caderas, y la cama empieza a golpear la pared.
—Mírame, Renata —me exige, con la frente pegada a la mía—. Mírame mientras te follo.
Le miro. No hay burla en su cara. Hay hambre, hay ternura, hay una devoción que me destroza. Le enredo las piernas en la cintura y me clava más fondo. Cada empujón me sube un gemido nuevo. Le araño la espalda. Le muerdo el hombro.
—Dime cómo te llamas —me susurra, sin dejar de embestir.
—Renata —jadeo—. Renata, joder, Renata…
—Esa. Esa es la mujer a la que estoy follando. Esa es la mujer por la que se me pone dura.
Me pone boca abajo, me levanta el culo con las dos manos y me vuelve a meter la polla desde atrás. La cara contra la almohada, las rodillas hundidas en el colchón, gimo cada vez que choca contra mí. Me da un cachete en la nalga y el escozor me sube por la columna. Me mete un dedo en el culo mientras sigue follándome, y creo que me voy a morir.
—Tomás… voy a…
—Vente para mí —gruñe—. Vente para mí, Renata, córrete con mi polla dentro.
Me corro con un grito ahogado contra la almohada, todo el cuerpo sacudido, apretándolo por dentro con espasmos que no controlo. Él aguanta dos, tres embestidas más y se derrama con un rugido, hundiéndose hasta el fondo, echándose sobre mi espalda mientras se descarga en oleadas calientes. Siento cada palpitación de su verga dentro de mí. Siento el semen resbalar cuando por fin se retira, despacio.
Nos quedamos así un rato largo, jadeando, sin hablar. Él me besa la nuca, la espalda, los omóplatos, uno por uno, como quien firma un cuadro. Después me abraza por detrás y me deja hecha un ovillo contra su pecho.
—Esta noche, víspera de Año Nuevo, quiero invitarte a cenar —dice al oído, con la voz todavía ronca—. Un restaurante frente al mar, velas, manteles blancos.
—¿Y eso por qué? —le contesto, riéndome bajito, todavía deshecha.
—Porque quiero cerrar el año contigo. Sube a la habitación antes del atardecer. Sobre tu cama habrá una sorpresa.
—Tomás, esta es mi habitación —susurro.
—Ya lo sé —dice, mordiéndome el lóbulo—. Por eso te digo que subas después. Ahora la sorpresa la tengo que traer.
***
Al abrir la puerta de mi habitación, un par de horas más tarde, me invadió una fragancia a lavanda y papel fino. Sobre la cama, extendido con mimo, me esperaba un vestido. Negro, de terciopelo suave, con una delicada capa de tul blanco que emergía bajo la falda, un vuelo etéreo, casi de cuento. Junto a él, un estuche con unos pendientes de perla, una pulsera discreta y unos tacones marfil.
Dejé que mis dedos se deslizaran por el terciopelo. Era un vestido que no esperaba ser usado, sino habitado. Me metí a la ducha aún con el olor de Tomás en la piel, con las marcas rojas de sus dedos en las caderas, con el escozor entre las piernas de habérmela metido tan hondo. Me lavé despacio, disfrutando de reconocer cada zona por dónde había pasado su boca. Me desnudé sin prisa, me recogí el cabello con horquillas, me maquillé con precisión suave. Al levantarme, la falda giró ligeramente conmigo, como celebrando mi decisión.
Me miré por última vez. No había euforia ni vértigo. Solo una calma quieta, como la de quien llega por fin a una casa que no sabía que era suya.
Tocaron la puerta. Tomás, con camisa blanca de lino y el cabello peinado hacia atrás. Su primera reacción no fue una palabra, sino un silencio largo, firme, como si quisiera memorizarme. Después dejó caer los ojos por mi escote, por la caída del vestido en las caderas, por las medias asomando bajo el tul. Se le nota, en la mandíbula tensa, en el modo en que traga saliva, que si por él fuera me devolvía a la cama en ese mismo instante.
—Estás preciosa —dijo al fin, con la misma naturalidad con la que me hablaba últimamente—. Y si no te agarro del brazo ya, te juro que te vuelvo a desnudar.
—Compórtate —le contesté, riendo, colorada—. Ya me tuviste esta tarde.
—Nunca voy a tenerte suficiente, Renata.
El restaurante era una terraza amplia, con faroles encendidos y velas que titilaban con la brisa marina. Un cuarteto tocaba versiones suaves de canciones clásicas. Pedimos vino blanco y hablamos de todo, riendo con facilidad, como si la intimidad fuera un músculo que lleváramos años entrenando. Por debajo del mantel, él me acarició el muslo por encima de la media, sin subir más, solo dejándome saber que la mano estaba ahí. Y a mí se me iban los ojos a su boca cada vez que bebía.
Entonces él calló. Sacó del bolsillo interior de su saco una cajita. Roja. La abrió. Adentro, un anillo.
—No tienes que decir nada. Ni ahora ni nunca —dijo, con un tono que no le conocía—. Solo quería que supieras que, sea lo que sea esto que estamos viviendo, yo estoy aquí. Viendo. Sintiendo. Esperando, si hace falta.
El cuarteto empezó una versión instrumental, y a lo lejos el mar murmuraba. Yo no sabía qué decir. No estaba segura de qué sentía. Solo sabía que el mundo no se caía, que el corazón no se me aceleraba de miedo, sino de asombro.
No tomé el anillo. Tampoco lo rechacé. Solo lo miré, como quien no sabe aún si abrir un nuevo libro o quedarse releyendo el anterior.
Toqué el borde de mi copa con la yema de los dedos. La giré un poco, y sin querer la copa cayó. El cristal se partió y el vino se deslizó por el mantel blanco. Tomás se levantó, dio la vuelta a la mesa y se arrodilló a mi lado. No con el anillo, sino con una servilleta. Me secó la mano, aunque no estaba manchada, despacio, como si fuera parte de un rito.
—No pasa nada, Renata —murmuró—. A veces también hay belleza en lo que se rompe.
Suspiré, y no supe si era alivio o vértigo. Luego me puse de pie. Tomás me ofreció su brazo. Lo tomé. Y caminamos hacia la pista de madera, como si nada. Como si todo. La caja roja quedó atrás, abierta aún, mientras el viento salado acariciaba la llama de la vela hasta apagarla.
Es un alivio, descubrí esa noche, saber bailar canciones tristes.





