Me llamó Tania y por primera vez no lo corregí
Tobías tenía veintisiete años y una cara que lo había metido en problemas toda la vida. Delgado, de cintura estrecha y rasgos finos, llevaba el pelo más largo de lo que la mayoría de los hombres se atrevía. En la calle lo confundían con una chica más veces de las que le gustaba admitir, y cada vez que ocurría sentía esa mezcla incómoda de fastidio y de algo más cálido que prefería no examinar.
Se definía como heterosexual. Vivía solo desde hacía años, tenía un trabajo tranquilo maquetando catálogos y una novia, Carla, que vivía a unas cuadras y a la que veía los fines de semana. Era, sobre el papel, un hombre común. Pero había cosas que Carla no sabía, y que él mismo apenas se confesaba al apagar la luz.
Aquella mañana de martes despertó a las cinco con el cuerpo todavía caliente y la cabeza llena de reproches. La tarde anterior había terminado en casa de Damián, un compañero de la editorial, revisando unas pruebas que nadie iba a revisar. El vino, una broma de más, una mano que se quedó demasiado tiempo en su rodilla. Y después, todo lo demás.
Damián lo había besado primero, empujándolo contra el respaldo del sofá con una mano en el cuello y la otra abriéndole el cinturón. Tobías recordaba todavía el sabor a vino en la boca del otro, la manera brusca en que le había bajado el pantalón hasta las rodillas y le había sacado la polla, ya dura, con una risita ronca. «Mira nada más, si estabas esperando esto.» Damián se había arrodillado en la alfombra y se la había metido entera hasta la garganta, sin preámbulos, chupándosela con una destreza que a Tobías le había cortado el aire. Sintió los labios calientes y la lengua envolviéndole el glande, un dedo pulsando en su perineo mientras la otra mano le apretaba las bolas. En apenas dos minutos ya estaba gimiendo con la cabeza echada hacia atrás, mordiéndose el puño para no llamar por su nombre a un hombre. Se corrió en la boca de Damián con un espasmo que le sacudió toda la espalda, y Damián se lo tragó todo y se relamió antes de subir a besarlo con la boca todavía manchada del semen. «Ahora te toca a ti», le había dicho, y le había puesto la polla contra los labios. Tobías la había mamado torpe, con las manos temblando, sin saber muy bien qué hacer con la lengua, hasta que Damián se había vaciado a su vez contra su paladar con un gruñido largo. Después, las pruebas habían quedado olvidadas sobre la mesa.
—Caramba, qué bien estás —le había dicho Damián cuando Tobías salió de la ducha enredado en una toalla.
—No empieces —murmuró él, buscando su camisa.
—Lo digo en serio. Mírate. Tienes mejor cuerpo que la mitad de las mujeres que conozco. Esa cintura, esa espalda. Ese culo. Solo te falta el vestido.
Tobías no contestó. Terminó de vestirse en silencio, recogió sus cosas y se fue prometiéndose que no volvería a pasar. Soy hombre. Tengo novia. Esto se acabó. Lo pensó con la misma firmeza con la que se piensan las mentiras.
***
El autobús de la mañana iba casi vacío. Tobías se acomodó al fondo, junto a la ventanilla, con los auriculares puestos y la mirada perdida en los edificios que desfilaban. En la tercera parada subió un hombre que se quedó de pie justo a su lado, aunque había asientos libres por todas partes.
Era mayor, cuarenta y muchos, de complexión fuerte y porte tranquilo. Olía a algo limpio y caro. Tobías lo notó cuando el muslo del hombre se apoyó contra el suyo con el vaivén del camino, una presión que primero pudo ser casual y después, claramente, no lo fue. Bajó la vista un instante y vio el bulto marcado bajo la tela del pantalón: una polla generosa que se dibujaba de lado, tan gruesa que era imposible fingir que no la había visto. Se le secó la boca.
Debió apartarse. En lugar de eso se quedó quieto, con el corazón golpeándole en los oídos y su propia verga despertándose traidora dentro del bóxer. El hombre lo miró de reojo, una sonrisa medida en los labios, y Tobías, en vez de fruncir el ceño, le devolvió media sonrisa antes de poder evitarlo.
Fue toda la confirmación que el otro necesitaba.
—Me llamo Renato —dijo en voz baja, ocupando el asiento que acababa de quedar libre—. Disculpe el atrevimiento. Es que está usted muy guapo, y a mi edad uno ya no se anda con tantos rodeos.
—Tobías —respondió él, sorprendido de su propia voz—. Y gracias, supongo.
Hablaron del clima, del tráfico, de tonterías. Renato tenía una manera de mirar que no era grosera, sino atenta, como si cada palabra de Tobías le importara de verdad. Bajo el abrigo doblado sobre el regazo, sin embargo, la mano del hombre encontró el muslo de Tobías y lo apretó una sola vez, discreta, posesiva, en un gesto que le disparó un tirón directo a la ingle. Cuando el autobús se acercó al parque, Renato se levantó.
—Aquí me bajo. Fue un gusto.
—Yo también bajo aquí —dijo Tobías, y al pisar la acera descubrió, con una punzada de algo parecido a la suerte, que vivían a tres calles el uno del otro.
—Vaya, vecinos entonces. —Renato se rió, encantado—. Eso hay que celebrarlo. Te invito un helado, no aceptaré un no.
***
Se sentaron en una mesita a la sombra, junto al puesto del parque. Tobías pidió uno de limón; Renato, de café. Mientras esperaban, el hombre lo observaba con una franqueza que debería haber resultado incómoda y que, sin embargo, lo hacía sentir extrañamente visto.
—Te lo voy a decir sin vueltas —comentó Renato, removiendo su helado—. En el autobús no fue casualidad lo de acercarme. Te vi y no pude evitarlo. Hay algo en ti. No es solo que seas guapo. Es como si llevaras puesto un disfraz que no te queda.
Tobías sintió que se le encendía la cara.
—Soy hombre, por si no se nota —dijo, intentando que sonara a broma.
—Lo sé. Y aun así. —Renato se encogió de hombros—. No me hagas caso. Es manía de viejo. Cuéntame de ti.
Pero Tobías ya no podía dejar de pensar en aquella frase. Un disfraz que no te queda. Era casi exactamente lo que sentía cuando se miraba al espejo algunas noches, cuando se recogía el pelo hacia atrás con las dos manos y se quedaba mirando a alguien que no terminaba de reconocer. Cuando se metía dos dedos ensalivados en el culo bajo el chorro de la ducha, mordiéndose los labios, y se corría contra los azulejos pensando en cosas que jamás habría dicho en voz alta.
Cuando terminaron los helados, ya se había hecho tarde de un modo que ninguno mencionó.
—Acompáñame a casa —pidió Renato—. Para que sepas dónde vivo. Por si alguna vez quieres un café de verdad.
Tobías sabía que debía volver a su departamento, contestar los mensajes de Carla, recuperar la sensatez que había perdido al subir al autobús. En lugar de eso caminó las tres calles a su lado, escuchándolo hablar, riéndose más de lo que la conversación merecía.
***
La casa de Renato era de una sola planta, con una sala amplia y luminosa y un pasillo que olía a madera vieja. Vivía solo desde el divorcio, le explicó; su hija se había ido al extranjero por un intercambio de estudios años atrás y nunca había regresado del todo, porque allá había rehecho su vida.
—Quédate un minuto —dijo—. Quiero mostrarte algo. No te asustes.
Abrió la puerta del fondo del pasillo. Era una habitación de mujer, intacta, como detenida en el tiempo. Una cama con dosel, un tocador con frascos cubiertos de una fina capa de polvo, fotografías de una chica sonriente en marcos de plata. Renato fue hasta el armario y lo abrió de par en par.
Vestidos. Faldas. Blusas de seda en una hilera ordenada de colores. Abrió un cajón y dentro había ropa delicada, encaje y satén, lencería cuidadosamente doblada que jamás había vuelto a usarse: bragas diminutas, sostenes con relleno, medias con liguero, un tanga negro con un lazo minúsculo que Renato levantó con dos dedos y dejó caer.
—Así lo dejó Mara —murmuró Renato—. No he tocado nada en todos estos años. Y sé que suena absurdo, pero desde que te vi en ese autobús no pude dejar de pensar que sería de tu talla.
Tobías se quedó muy quieto en el umbral, con la polla otra vez creciéndole traidora dentro del pantalón.
—Es ropa de tu hija —dijo, con la voz más baja de lo que pretendía—. Es una locura.
—Lo es. —Renato no se movió—. Y aun así te lo imaginas, ¿verdad? Lo veo en tu cara.
Y lo veía, porque era cierto. Tobías miró la seda azul de una blusa colgada al frente y, por un instante vertiginoso, se la imaginó sobre su propia piel, el roce fresco de la tela endureciéndole los pezones, la forma en que caería sobre sus hombros estrechos. Se imaginó frente al espejo del tocador con unas bragas de encaje ajustadas sobre la verga dura, la punta asomando por encima del elástico, mordiéndose el labio, siendo otra persona. La idea le subió por el cuerpo como una corriente y tuvo que desviar la mirada.
—No —dijo, más para sí mismo que para el hombre—. No puedo. Soy hombre, tengo novia. Debería irme.
—Está bien. —Renato cerró el armario con suavidad—. No te voy a pedir nada que no quieras darme. Te acompaño a la puerta.
***
Caminaron de vuelta por el pasillo, Renato unos pasos detrás. En la entrada, cuando Tobías iba a girar el picaporte, el hombre lo detuvo con una mano en el hombro y lo hizo volverse despacio.
No fue brusco. Fue todo lo contrario. Lo rodeó con los brazos como si Tobías fuera algo que pudiera romperse, y le acarició la nuca con la yema de los dedos, un roce lento que le erizó toda la espalda. Tobías sintió que cada uno de sus argumentos se le deshacía en la boca.
—Renato, no —susurró, pero no se apartó. Al contrario, dejó que sus propios brazos subieran hasta los hombros del hombre, traidores—. Por favor. Es tarde.
—Estás preciosa —dijo Renato contra su oído, y la palabra en femenino le golpeó el centro del pecho—. Tania. Te queda Tania. ¿Me dejas llamarte así?
Tobías debió negarlo. Era un nombre que no era suyo, una idea que debería haberle resultado ridícula. En cambio sintió cómo algo se rendía dentro de él, algo que llevaba años apretando los dientes, y cerró los ojos.
—Solo por hoy —murmuró.
Y por primera vez en su vida, cuando alguien lo llamó por un nombre de mujer, no lo corrigió.
Renato lo besó entonces, sin prisa, una mano hundiéndose en su pelo largo y la otra deslizándose por la curva de su espalda baja hasta posarse, con descaro tierno, en la redondez de su culo. Tobías abrió la boca y le devolvió el beso con un hambre que lo asustó, sintiendo la dureza del hombre presionada contra su cadera —una polla enorme, gruesa como una piedra caliente bajo la tela— sintiéndose, por una vez, exactamente como Renato lo veía. La lengua del hombre entró en su boca despacio, gruesa, dominante, y Tobías la chupó como si tuviera sed.
La mano de Renato se coló bajo la camisa y subió por su vientre, por sus costillas, hasta atrapar una de las tetillas y torcerla apenas. Tobías gimió contra su boca y sintió que se le doblaban las rodillas.
—Mírate, Tania —murmuró Renato, apartándose un centímetro para mirarlo a los ojos—. Ya se te está poniendo dura, ¿verdad? Déjame ver.
La mano bajó hasta el bulto del pantalón y lo apretó con firmeza, midiéndolo, acariciándolo por encima de la tela.
—Qué pollita más linda tienes. Chiquita, apretada, perfecta para una niña como tú.
La palabra le atravesó el cuerpo entero. Tobías escondió la cara en el cuello del hombre, ardiendo de vergüenza y de excitación al mismo tiempo, mientras Renato le abría el cinturón con una sola mano y le metía la palma dentro del bóxer. Los dedos calientes le rodearon la verga y empezaron a masturbarlo con una lentitud calculada, arrastrando el prepucio hacia atrás hasta descubrir el glande hinchado, apretando en la punta el líquido pegajoso que ya le manchaba.
—Estás mojando toda la mano —le dijo al oído, con una sonrisa en la voz—. Mira nada más cómo goteas. Y eso que todavía no te he tocado el culito.
—Renato… —jadeó Tobías, aferrado a él—. Voy a…
—No, todavía no. —El hombre le apretó la base con dos dedos, cortándole el orgasmo en seco—. Aguántame un poco. Quiero probarte primero.
Y sin más, Renato se dejó caer de rodillas en el vestíbulo. Tobías miró hacia abajo, sin creerlo del todo, y vio al hombre mayor bajarle el pantalón y el bóxer hasta los muslos y quedarse un instante contemplándole la polla erguida, roja, temblando cerca de sus labios.
—Preciosa —repitió, y se la metió en la boca hasta la raíz.
Tobías se golpeó la nuca contra la puerta con un gemido ahogado. Renato lo chupaba con una calma obscena, la lengua enroscada alrededor del glande, la garganta abriéndose sin esfuerzo cada vez que bajaba, una mano amasándole las bolas mientras la otra le apretaba una nalga y le abría un poco los cachetes, apenas lo suficiente para que el aire fresco del pasillo le rozara el agujero apretado. Tobías nunca en su vida se había sentido tan expuesto ni tan visto, y le encantó.
—Ay, Dios, no pares —murmuró, hundiendo los dedos en el pelo cano del hombre—. Por favor, no pares.
Renato no paró. Aceleró. La mamada se volvió profunda, húmeda, ruidosa, un chapoteo obsceno que llenaba el vestíbulo, y un dedo del hombre —ensalivado por sus dos bocas— empezó a rozarle el ojete, describiendo círculos sobre la entrada apretada sin llegar a meterse, insinuándose apenas. La combinación fue demasiado. Tobías sintió que el orgasmo le subía desde los pies con una violencia que no había sentido nunca.
—Me corro, me corro —jadeó—. En la boca no, espera…
Pero Renato lo apretó con la boca todavía más fuerte, la mano cerrada en su nalga como una tenaza, y Tobías se rindió. Se vino con un grito estrangulado, en chorros largos y espesos, y Renato se lo tragó todo, hasta la última gota, chupándole el glande sensible hasta que él tuvo que empujarlo suavemente por los hombros.
—Basta —susurró, temblando—. Basta, por favor.
Renato lo soltó con un beso pequeño en la punta y se puso de pie, limpiándose los labios con el dorso de la mano. La sonrisa que le dedicó era orgullosa, dueña. Le subió el bóxer, le acomodó el pantalón, le cerró el cinturón como se le abrocha el abrigo a una niña.
—¿Y usted? —preguntó Tobías, mirando el bulto todavía enorme bajo el pantalón del hombre—. ¿No quiere…?
—Otro día. —Renato le acarició la mejilla—. Cuando vuelvas y te pongas lo que hay en ese armario, me vas a mamar tú a mí de rodillas, con las bragas puestas y un lazo en el pelo. Y después te voy a follar en la cama de dosel, despacio, hasta que se te olvide tu propio nombre. Pero eso es para Tania. Hoy solo era para regalarte esto.
Fue Tobías quien se separó al fin, jadeando, con la frente apoyada en el pecho del otro y las piernas todavía tembleques.
—Ahora sí tengo que irme —dijo, con la voz rasposa—. De verdad. Pero…
—Pero —repitió Renato, sonriendo, sin presionarlo.
—Otro día. Te lo prometo.
El hombre asintió, le acomodó un mechón detrás de la oreja con una delicadeza que Tobías sintió en el estómago, y abrió la puerta. Cuando él salía a la calle, ya entrada la noche, Renato le dio una palmada juguetona en el culo que lo hizo sonreír a su pesar.
—Cuídate, Tania. La casa estará aquí cuando quieras volver.
Tobías caminó las tres calles hasta su departamento con el corazón desbocado, el bóxer todavía pegajoso y la certeza de que algo se había abierto dentro de él que ya no sabría cerrar. Sentía todavía el roce de la seda imaginaria en la piel, el nombre nuevo zumbándole en los oídos, la boca del hombre en la polla como un recuerdo que le calentaba las mejillas, la promesa hecha colgando entre ellos como una llave.
En el bolsillo, el teléfono vibró con un mensaje de Carla. Tobías lo miró sin abrirlo y siguió caminando, pensando, por primera vez sin culpa, en la blusa azul que esperaba en aquel armario, en las bragas de encaje que se apretarían contra su verga la próxima vez, y en la lengua del hombre esperándolo del otro lado de esa puerta.





