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Relatos Ardientes

La esposa perfecta que una app eligió para mí

Ilustración del relato erótico: La esposa perfecta que una app eligió para mí

La aplicación se llamaba Almas Gemelas y costaba más que mi coche. No era una de esas apps de citas donde deslizas el pulgar sobre cien caras hasta marearte. Esta era distinta. Pagabas una suma absurda, llenabas un cuestionario de tres horas y un algoritmo te devolvía un único nombre. Una sola persona. La que, según ellos, encajaba contigo hasta en los pliegues que ni tú conocías.

Yo tenía treinta y ocho años, un divorcio a la espalda y la certeza incómoda de que las relaciones que había tenido fueron todas un parche. Buscaba algo definitivo. Buscaba, sin atreverme a decirlo en voz alta, a la mujer con la que dejaría de buscar.

El cuestionario me había desnudado más que cualquier amante. Preguntas sobre el miedo, sobre lo que callaba en las cenas familiares, sobre las fantasías que nunca había escrito en ningún chat. Respondí con una sinceridad que me asustó. Quizás por eso, cuando llegó el resultado, no fue lo que esperaba.

El correo decía una sola línea: «Tu coincidencia es del noventa y siete por ciento. Se llama Daniela».

***

La foto del perfil era sobria, casi elegante. Una mujer de cabello oscuro hasta los hombros, ojos castaños y una sonrisa que parecía contener una pregunta. Treinta y seis años, traductora literaria, vivía en una ciudad costera a dos horas de la mía. No había nada exagerado en la imagen. Nada de poses estudiadas ni filtros que borraran la persona. Eso fue lo primero que me gustó.

Empezamos a escribirnos esa misma noche. Y ahí entendí por qué el algoritmo había puesto un noventa y siete.

Daniela escribía como yo pensaba. Terminaba las frases que yo dejaba a medias. Se reía de las mismas cosas absurdas, despreciaba los mismos lugares comunes. Hablamos de libros hasta las tres de la mañana, de la diferencia entre estar solo y sentirse solo, de por qué los dos habíamos pagado una fortuna a una máquina para que nos dijera a quién querer.

Me contó que traducía novela negra del francés, que tenía un gato viejo llamado Borges y que detestaba a la gente que decía «todo pasa por algo». Yo le hablé de mi divorcio sin el guion ensayado que usaba con los demás, sin maquillar mi parte de culpa. Era extraño contarle la verdad a alguien que solo existía para mí como una voz en una pantalla. Pero con ella la verdad salía sola, sin esfuerzo, como si hablar de otra forma hubiera sido más trabajo.

Esto es ridículo, pensé al amanecer, con el teléfono caliente en la mano. Llevo doce horas hablando con una desconocida y ya no quiero parar.

Hubo algo, sin embargo, que noté desde el principio. Una prudencia en ella. Cada vez que la conversación se acercaba al cuerpo, al deseo, al «qué harías si estuviéramos en la misma habitación», Daniela frenaba con una elegancia precisa. No con miedo. Con cuidado. Como quien protege algo que ya le han roto antes.

—Hay cosas que prefiero decir mirándote a los ojos —me escribió la tercera noche—. No por teléfono. ¿Te parece anticuado?

—Me parece perfecto —respondí.

Quedamos en un hotel a mitad de camino entre las dos ciudades. Neutral, dijo ella. Un terreno donde ninguno jugaba en casa.

***

Llegué media hora antes. Me senté en el bar del vestíbulo, pedí un whisky que no toqué y observé la puerta giratoria como un adolescente. Cada mujer de cabello oscuro que entraba me aceleraba el pulso. Ninguna era ella.

Y entonces sí lo fue.

Daniela cruzó el vestíbulo con una calma que llenaba el espacio. Llevaba un vestido azul medianoche, sencillo, de esos que no gritan pero te obligan a mirar. Era más alta de lo que había imaginado. Su forma de caminar tenía una seguridad que no había en sus fotos, como si la cámara no se hubiera atrevido a captarla entera.

Se detuvo frente a mí y, antes de sentarse, dijo algo que no esperaba.

—Antes de que pidas otra copa, quiero contarte una cosa. Y si después de oírla te quieres ir, lo entenderé y no diré una palabra.

El corazón se me cerró como un puño. Pensé en mil cosas: que estaba casada, que era una estafa, que el algoritmo se había equivocado de manera espectacular.

—Soy una mujer trans —dijo, con los ojos fijos en los míos—. Lo digo ahora porque mereces saberlo antes que cualquier otra cosa. No después de tres copas, no después de subir a una habitación. Ahora.

El silencio entre nosotros duró lo que dura un latido. Esperé sentir el rechazo que se supone que uno debe sentir, esa retirada automática que te enseñan sin que te des cuenta. No llegó. Lo que llegó fue otra cosa: la conciencia repentina de que esa mujer me había hablado durante tres noches enteras y que cada palabra suya había sido real.

—¿Por eso frenabas? —pregunté—. Cuando hablábamos de tocarnos.

Ella parpadeó, sorprendida de que esa fuera mi respuesta.

—Por eso. Porque he visto demasiadas caras cambiar.

—La mía no está cambiando —dije.

Y era verdad. La miraba y solo veía a Daniela: la que terminaba mis frases, la que se reía a las tres de la mañana, la que había pagado una fortuna por la misma razón que yo. El algoritmo no se había equivocado. Yo había sido el ingenuo al creer que sabía qué estaba buscando.

***

Subimos sin prisa. En el ascensor no nos tocamos; solo nos mirábamos en el espejo, los dos de perfil, midiendo la distancia exacta que faltaba por cruzar. Ella olía a algo cálido, a cedro y a piel limpia. Yo notaba mi propia respiración demasiado fuerte.

La habitación tenía una ventana enorme con la ciudad encendida abajo. Daniela dejó el bolso sobre la cómoda y se giró hacia mí, y por primera vez en toda la noche vi que ella también temblaba un poco.

—Puedes cambiar de idea —murmuró.

—Deja de darme salidas —respondí, y di el paso que faltaba.

La besé despacio, sosteniéndole la cara con las dos manos. Ella respondió con una intensidad contenida, como si llevara meses guardándola. Sentí el roce de sus dedos subiendo por mi nuca, el calor de su cuerpo apoyándose contra el mío. El beso se volvió más hondo, más lento, y noté cómo toda la prudencia de las últimas noches se deshacía entre nosotros.

Le bajé el cierre del vestido sin dejar de mirarla a los ojos. La tela cayó hasta el suelo con un susurro. Recorrí su espalda con la palma abierta, la curva de su cintura, la línea cálida de su costado, y la sentí estremecerse bajo mi mano.

—Mírame cuando lo hagas —pidió ella, con la voz ronca—. No quiero que cierres los ojos.

No los cerré. Ni una sola vez.

La llevé hasta la cama y me tomé mi tiempo. Besé su cuello, la línea de su clavícula, el punto exacto bajo la oreja que la hizo soltar un sonido que no era ensayado. Aprendí su cuerpo como quien lee a un autor nuevo y descubre que entiende cada frase. Daniela no fingía nada. Cada reacción suya era una respuesta directa a algo que yo hacía, y esa honestidad me encendía más que cualquier truco.

Ella tampoco se quedó quieta. Me empujó hasta dejarme de espaldas y se tomó su revancha sin prisa, repasándome con la boca y con las manos, atenta a cada lugar donde yo respiraba distinto. Tenía una manera de mirarme desde abajo, sosteniéndome los ojos, que volvía cada gesto una conversación. No había nada mecánico en lo que hacíamos. Era todo pregunta y respuesta, igual que las tres noches de palabras que nos habían traído hasta esa cama.

Cuando por fin nos encontramos del todo, ella enredó las piernas alrededor de mí y me clavó las uñas en los hombros. Nos movíamos con una sincronía que no habíamos negociado, igual que en las conversaciones: yo empezaba algo, ella lo completaba. El ritmo subió despacio, en oleadas, hasta que dejó de haber pudor, dejó de haber miedo, dejó de haber dos desconocidos.

—No pares —jadeó contra mi boca—. Por favor, no pares.

No paré. La sostuve mientras todo su cuerpo se tensaba, mientras decía mi nombre con una entrega que me arrastró a mí también. Terminamos casi a la vez, frente contra frente, respirando el mismo aire entrecortado.

***

Después nos quedamos en silencio, ella con la cabeza apoyada en mi pecho, mi mano dibujando círculos lentos en su espalda. La ciudad seguía encendida tras la ventana. Ninguno de los dos tenía prisa por hablar.

—¿Sabes qué es lo más raro? —dijo al fin—. Que la app acertó. Acertó de verdad. Y yo estuve a punto de no venir.

—¿Por qué viniste?

—Porque hablabas conmigo como si ya supieras quién soy. Y resultó que sí lo sabías. Solo te faltaba un dato.

Me reí bajo, y ella sintió la vibración en mi pecho y sonrió contra mi piel.

Pensé en el cuestionario de tres horas, en todas aquellas preguntas sobre el miedo y lo que callaba. Quizás la máquina había leído entre líneas algo que yo no me había confesado. Quizás había entendido que lo que yo buscaba no tenía la forma que yo creía. O quizás solo había tenido suerte, y el resto lo habíamos puesto nosotros.

—¿Vas a contarles a tus amigos cómo nos conocimos? —preguntó ella, medio en broma.

—Les voy a contar que pagué una fortuna por encontrar a la mujer perfecta —dije—. Y que, contra todo pronóstico, la encontré.

Daniela levantó la cabeza y me miró largo rato, buscando la trampa, la cortesía vacía. No la halló, porque no la había.

—Anticuado —murmuró, y volvió a besarme.

Afuera empezaba a clarear. Por primera vez en años, no tenía ninguna prisa por buscar nada más.

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Comentarios (2)

PabloGR

increible!!! no me lo esperaba para nada. de los mejores que lei en mucho tiempo

JorgeMdq

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de saber como sigue la historia con Daniela

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