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Relatos Ardientes

La noche que mi amante trans me presentó a Renata

Habían pasado varias semanas desde la primera copa, esa que en teoría no significaba nada y que terminó cambiándolo todo. Lo que empezó como una curiosidad de bar se había convertido en algo que Damián ya no sabía nombrar: una costumbre, una adicción, una parte de él que solo existía cuando cruzaba aquella puerta. Cada encuentro con Salma corría un poco más la línea de lo que él creía ser. Y esa noche, sin saberlo todavía, esa línea iba a desaparecer del todo.

Llegó después del trabajo, como ya era ritual. Subió los tres pisos sin esperar el ascensor, con la corbata floja y el pulso acelerado desde la esquina. Tenía llave, pero igual tocó con los nudillos antes de entrar, una formalidad que a ella le hacía gracia.

—Está abierto —dijo la voz de Salma desde dentro.

La encontró en el sillón, como tantas otras tardes. Desnuda, con una copa de vino tinto en la mano y las piernas entreabiertas con una naturalidad que a él todavía le cortaba la respiración. Pero esa noche había algo distinto en el aire, una tensión densa, perfumada, eléctrica.

No estaba sola.

***

—Damián, te presento a Renata —dijo Salma, sin moverse del sillón—. Es una amiga. Una amiga muy íntima.

Renata se levantó despacio de la butaca que quedaba en la penumbra. Tenía una belleza felina, casi peligrosa: piel morena, el pelo corto rapado a un lado, una sonrisa que parecía saberlo todo de antemano. Su cuerpo era más estilizado que el de Salma, menos exuberante pero igual de imponente, y se movía como quien está acostumbrada a que la miren.

—Así que tú eres el chico que me robó a Salma —dijo, relamiéndose el labio inferior mientras lo recorría con la mirada de arriba abajo—. Vamos a ver si estás a la altura de tanta fama.

Damián tragó saliva. Sintió el calor subirle por el cuello, la mezcla habitual de vergüenza y deseo que esa casa le provocaba. Abrió la boca para decir algo ingenioso y no le salió nada.

—Tranquilo —susurró Salma, levantándose por fin—. Hoy no tienes que hacer nada. Solo dejarte.

***

Renata no esperó más. Cruzó el salón con dos pasos largos y se arrodilló frente a él antes de que Damián pudiera procesarlo. Le aflojó el cinturón con dedos rápidos, le bajó la cremallera y lo liberó de un tirón. Él ya estaba duro; lo había estado desde que vio la segunda silueta en la penumbra.

—Mmm. Interesante —murmuró ella, y se lo metió en la boca sin previo aviso.

Damián soltó el aire de golpe. Renata lo tomó entero, hasta el fondo, sin apartar los ojos de los suyos en ningún momento. Había un desafío en esa mirada, una voluntad de demostrar algo. Detrás de ella, Salma se acercó desnuda, se inclinó y empezó a acariciarle los pechos a su amiga mientras esta seguía mamando con una furia tranquila, metódica.

—¿Ves lo bien que lo hace? —le dijo Salma a Damián, con la boca pegada a su oído—. Aprende. Esta noche vas a aprender mucho.

El juego empezó sin pausas, sin protocolos. Lo guiaron al suelo, sobre la alfombra del salón, y le terminaron de quitar lo que le quedaba de ropa entre las dos. Pronto estuvo tendido boca arriba, el torso desnudo, la respiración entrecortada, con Renata sentándose sobre su cara y Salma montándolo más abajo.

El peso de ellas, el calor, el sabor, todo a la vez. Damián dejó de pensar. No había espacio para nada que no fuera la lengua, las caderas, los gemidos que rebotaban contra las paredes del salón. Saliva, sudor, jadeos. Por primera vez en su vida lamía y era cabalgado al mismo tiempo, y la sobrecarga de sensaciones lo dejó sin pensamientos, solo nervios encendidos y un placer que crecía sin techo.

Renata se movía sobre su boca con una exigencia tranquila, marcándole el ritmo, sin prisa pero sin tregua. Salma, más abajo, lo cabalgaba con la espalda arqueada, los ojos entornados, dejándose caer entera en cada movimiento. De vez en cuando las dos se buscaban por encima de su cuerpo, se besaban, se reían bajo, y él quedaba debajo de ellas como el centro de un juego que apenas alcanzaba a entender. Cada vez que creía recuperar el aliento, una de las dos volvía a robárselo.

***

Después de un rato cambiaron de posición. Salma se sentó en una de las butacas frente a él, cruzó las piernas y lo llamó con un solo dedo, atrayéndolo hacia ella como a un perro bien entrenado.

Damián se giró y avanzó a gatas por la alfombra. Llegó a su entrepierna y empezó a lamerla desde abajo, recorriendo todo ese pedazo de carne que se le había vuelto una obsesión, una adicción dulce y bendita que ya no le daba ni pizca de vergüenza. Salma le hundió los dedos en el pelo y suspiró, satisfecha.

Fue entonces cuando sintió a Renata moverse detrás de él.

—Quieto ahí —dijo ella, con voz baja—. No te muevas.

Damián notó una rodilla apoyarse en la alfombra junto a su muslo. Notó las manos firmes de Renata sujetándole las caderas. Notó, un segundo después, una saliva tibia cayendo donde nunca había sentido nada parecido. Quiso girarse, pero Salma lo tenía agarrado por la nuca, manteniéndole la boca llena, sin escapatoria posible.

No me atrevería. No podría. No con esto.

Sí se atrevió. O mejor dicho, lo atrevieron.

***

Renata entró despacio, con una paciencia que contradecía su mirada de fuego. Primero solo la presión, después el ardor, después algo que Damián no supo distinguir si era dolor o lo contrario. Soltó un quejido ahogado contra la piel de Salma, más por la sorpresa que por otra cosa, y se quedó muy quieto, con los puños apretados sobre la alfombra y todo el cuerpo en tensión.

—Respira —le ordenó Renata desde atrás—. Suelta. Déjate.

Él obedeció. Aflojó los hombros, soltó el aire que llevaba reteniendo, y algo dentro de él cedió junto con la respiración. La presión se transformó. El ardor se volvió calor, el calor se volvió una corriente que le subía por la espalda y le erizaba la nuca. Renata empezó a moverse con un ritmo lento y profundo, hundiéndose hasta el fondo en cada embestida.

—Mira cómo lo disfrutas —murmuró Salma desde arriba, sosteniéndole la cabeza, marcándole el compás con sus propias caderas—. Eras mío. Esta noche también eres de ella.

Damián no podía responder. Tenía la boca ocupada, el cuerpo partido entre dos placeres opuestos, dar y recibir al mismo tiempo, y la mente completamente en blanco. Nunca había imaginado que ceder pudiera sentirse así, que entregar el control fuera su propia clase de poder.

***

Renata no hablaba. Estaba concentrada, los ojos cerrados, solo se le escapaba algún bufido cuando aceleraba. Damián aprendió a leer su ritmo: cuando las embestidas se volvían más cortas y rápidas, ella estaba cerca. Y cuando lo notó, cuando supo que ella estaba al borde, una urgencia propia lo desbordó a él también.

Llevó la mano a su propia erección y empezó a tocarse al compás que Renata le imprimía, como si los tres fueran un solo mecanismo coordinado. No aguantó mucho. El placer le estalló desde dentro, una descarga que le recorrió entero, y se derramó sobre la alfombra con un gemido que ni intentó contener.

Renata lo siguió segundos después. Se aferró a sus caderas con las dos manos, se hundió con dos embestidas finales, hondas y certeras, y se quedó allí, temblando, con la respiración rota por el esfuerzo y el placer. Damián sintió cada latido de ella, cada espasmo, hasta que poco a poco el cuerpo de Renata se relajó sobre el suyo.

***

Salma había contemplado toda la escena desde la butaca, todavía con la copa de vino en la mano, como quien admira una obra de arte. Su obra de arte. Bajó por fin, le levantó la cara a Damián tomándolo del mentón y se masturbó frente a él, despacio primero, frenética después, con los ojos clavados en los suyos y una expresión de vicio puro que él no le había visto nunca, ni en sus tardes más intensas.

—Quédate quieto —le dijo—. Quiero verte.

Acabó sobre su rostro, marcándolo, reclamándolo, sin apartar la mirada ni un instante. Y Damián, en lugar de avergonzarse como habría hecho semanas atrás, cerró los ojos y se dejó, agradecido, vencido, completamente suyo.

***

En el silencio denso que siguió, los tres se quedaron quietos un momento, escuchando sus propias respiraciones acompasarse. Después llegaron las sonrisas, primero la de Renata, después la de Salma, por último la de él. Se besaron los tres, sin orden ni jerarquía, compartiendo el sabor de la noche.

—Bienvenido al club —dijo Renata, dándole un mordisco suave en el hombro—. Ya no hay vuelta atrás.

Damián se rio bajo, todavía aturdido, con el corazón latiéndole en los oídos. No había vuelta atrás, era cierto, y por primera vez la idea no le dio miedo. Había descubierto que rendirse podía ser su forma más honesta de desear.

Se incorporaron entre risas flojas, con las piernas todavía temblorosas, y cruzaron el salón camino a la ducha. Damián caminaba en medio de las dos, sintiendo que algo en él había cambiado de forma permanente, que una puerta más se había abierto y que nunca volvería a cerrarse del todo.

Y mientras el agua caliente empezaba a correr y las manos de ambas volvían a buscarlo, supo que aquello no era un final. Apenas estaban empezando. A esa noche le siguieron muchas otras, cada una más lejos que la anterior. Pero eso, como suele decirse, ya es otra historia.

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