Mi vecino descubrió a la mujer que escondo en casa
Llevaba más de seis años viviendo en una casa común y corriente, al fondo de un fraccionamiento cerrado. La suerte me había dado algo que valoraba más que cualquier lujo: no tenía vecinos pegados a los costados. Esa privacidad era lo que me permitía sacar a Lorena, la mujer que llevo dentro y que solo existe cuando estoy a solas.
La fortuna se acabó pronto. Una familia invitó a unos conocidos a mudarse al fraccionamiento, y la casa que eligieron fue justo la de al lado. Era una pareja joven con dos hijos pequeños. Él tenía un aire varonil que costaba ignorar. Ella cargaba unas caderas y un trasero que yo no admiraba: envidiaba. Sentir que todos los hombres te miran al pasar era, justamente, lo que yo soñaba con vivir alguna vez.
Trabajo por mi cuenta desde casa, así que puedo pasar días enteros sin pisar la calle. Estoy casado, pero soy Lorena a escondidas, en los huecos que me deja la rutina. Con mi falda corta, mis tacones y mi peluca, me dedico a las tareas de la casa y por fin me siento como debería sentirme.
Una tarde, después de lavar, empezó a llover sin aviso. Yo estaba vestida de Lorena y, por la costumbre de saberme sola, salí corriendo al patio a recoger la ropa. Fue entonces cuando lo escuché: la ventana del vecino cerrándose de un golpe seco. Me espanté, solté las prendas en el suelo y me metí a la casa con el corazón a mil.
Me quedé temblando, preguntándome si me habría visto él, su esposa o alguno de los niños. Me cambié de ropa por si acaso y seguí con mi día como pude.
Pasaron varias semanas sin que ocurriera nada, así que terminé olvidando el susto. Cuando soy Lorena suelo darme placer con un juguete que escondo en el cajón, montándolo mientras pongo videos en los que el hombre le habla sucio a la mujer. Con los audífonos puestos, imagino que esa mujer soy yo y le respondo entre gemidos.
Tengo que confesar que soy escandalosa. Me excita imaginarme dominada, humillada, usada. En mis fantasías repito siempre las mismas frases: «me encanta tu verga», «quiero ser tu perra», «cógete a tu puta», «lléname la boca». Las digo entre gemidos que, según me han dicho alguna vez, suenan deliciosos para un oído masculino.
***
Una tarde, justo después de un orgasmo que me hizo gritar «¡hazme tu puta!» con todas mis fuerzas, estaba tumbada en la cama, todavía con el juguete dentro, recuperando el aliento. Sonó el timbre. Me incorporé de golpe, me puse una playera y me asomé por la ventana de arriba. Era el vecino nuevo, con quien apenas había cruzado un saludo de cortesía.
—Préstame algo de herramienta —dijo desde abajo.
—Sí, ya bajo —respondí.
Me cambié a toda prisa y dejé la ropa de Lorena tirada sobre la cama. Al abrir la puerta, él me miró con una media sonrisa.
—Creo que te agarré ocupada.
No noté de inmediato que había usado el femenino. Le dije que no hacía nada importante y le pregunté qué herramienta necesitaba.
—¿Estás con alguien? —preguntó antes de contestar.
—No, estoy solo.
Se rió bajito, me miró de arriba abajo y soltó la palabra como un latigazo:
—Eres una puta.
Lo dijo con un tono tan despectivo, tan humillante, que me quedé sin habla. La cara me ardió y supe que me había puesto roja como un tomate. Él no agregó nada más.
—Luego te traigo tus herramientas —dijo, ya caminando lejos de mi puerta.
***
Al día siguiente tocaba lavar otra vez. No tenía ánimo de ser Lorena, así que salí al patio vestido normal. Mientras tendía, una voz gritó desde la misma ventana que se había cerrado aquella tarde de lluvia:
—¡Puta!
Volteé por instinto. Crucé la mirada con él, se rió y cerró la ventana. Me sentí extraño. Por un lado me hervía la rabia; por el otro, una excitación que no podía negar. Y confirmé algo: él sabía. No estaba seguro de si me había escuchado gemir, si me había visto vestida de mujer o ambas cosas. Pero algo sabía.
Días después salí al súper y, al cruzar la reja del fraccionamiento, nos encontramos de frente.
—Buenas tardes —dije con educación.
—Puta —escuché que respondió.
No me detuve ni contesté. Seguí mi camino con la mirada en el suelo.
La siguiente vez que coincidimos yo iba a la ferretería. Se plantó frente a mí y, en voz baja pero cargada de desprecio, repitió:
—Puta.
Agaché la cabeza e intenté rodearlo. Me tomó del brazo, de esa forma en que sujetan a las mujeres en las historias de acoso, y me jaló de vuelta hacia él.
—Así me gustas. Agachada, sumisa. —Su voz bajó aún más—. Cuando digo puta, te estoy hablando a ti. Mírame.
Levanté apenas los ojos, sin alzar la cabeza, hasta encontrarme con su mirada profunda y dominante.
—Eso —dijo soltándome el brazo—. Luego te regreso tu herramienta.
Y empezó a alejarse.
—Quédatela —alcancé a gritarle por la distancia.
Se detuvo en seco. Se dio la vuelta y caminó hacia mí con tanta determinación que pensé que me iba a pegar. Acercó su cara a la mía.
—Te la voy a regresar. Y punto.
Cada quien siguió su rumbo. Yo me fui temblando, humillado, con el cuerpo encendido sin entender bien por qué.
***
Como en todo fraccionamiento, existe un grupo de mensajes donde los vecinos coordinan asuntos comunes. Conseguir mi número no fue ningún reto para él. Así que no me sorprendió encontrarme con un mensaje suyo un jueves por la tarde.
«Puta —obvio que no iba a empezar de otra forma—. Mañana, cuando te quedes sola, voy a regresarte tu herramienta. Quiero que me invites una cerveza. Necesito platicar contigo. Voy a las nueve en punto y quiero ver a la puta que vi desde la ventana hace unas semanas. Es una orden».
No respondí. Pero dejé el visto bien marcado.
Sentí que explotaba por dentro. Ese hombre ya conocía mi rutina, sabía exactamente cuándo me quedaba solo. Y confirmaba lo que yo temía: me había visto desde la ventana aquel día de lluvia. Siempre fue él. Por eso me llamaba así.
Esa noche apenas dormí. A la mañana siguiente, en cuanto me quedé solo, me sobraban un par de horas para las nueve. Pensé en enfrentarlo, en pedirle por favor que me dejara en paz. Me reí de mí mismo. ¿Pedirle un favor? ¿A quién engaño? Mi actitud frente a él era pura sumisión, y rogarle solo lo confirmaría.
No tomo, así que no tenía cerveza en casa. Tuve que salir a comprar un paquete de seis. No sabía cuál le gustaba, así que agarré el primero que vi y pensé: le estoy comprando cerveza al hombre que me dice puta. La sola idea me humilló y me encendió a partes iguales.
Sin darme cuenta, ya estaba frente al espejo maquillándome. Falda, tanga, tacones, blusa. Bajé a la sala cerca de las nueve menos cuarto, temblando de los nervios. Me veía bien, o eso creía: una falda que apenas me tapaba las nalgas, tacones altísimos que me ponían de puntillas, peluca negra y lacia, y un perfume femenino que tomé prestado.
Fueron los quince minutos más largos de mi vida. Una parte de mí rezaba para que no apareciera. Pero al sonar las nueve escuché su puerta cerrarse. Mis ventanas tienen una película que deja entrar la luz sin que se vea hacia adentro, aunque desde dentro yo veo todo afuera. Lo vi caminar hacia mi puerta. Antes de doblar, se detuvo y revisó los alrededores. Quiere privacidad, pensé, y eso me dio un raro alivio.
Al comprobar que no venía nadie, giró y clavó la mirada en mi ventana. Él lo sabía. Sabía que yo lo estaba observando y no dejaba de mirar el cristal como si pudiera verme a través de él. Sin una sola palabra entendí qué quería. Con el cuerpo entero temblando, abrí la puerta. Escuché sus pasos rápidos y se metió en mi casa, cerrando tras de sí.
Me quedé ahí parado, vestido de mujer, con la mirada en el suelo. ¿Qué estoy haciendo? No debí vestirme así. Pero ya era tarde. Él se giró y me recorrió con los ojos.
—Sabía que eras una puta —dijo—. Y me alegra que seas obediente. Eso facilita las cosas.
¿Las cosas? ¿Qué cosas? ¿O soy tan ingenua que no quiero entender lo que es obvio?
Dejó la herramienta en el suelo y se sentó en el sillón con las piernas abiertas.
—Mírame, puta.
Lo había dicho muchas veces, pero vestida de Lorena se sentía completamente distinto. Frente a él me sentía mujer de verdad. Sostener su mirada me costó, pero lo hice.
—Date una vuelta.
Con todo lo femenina que pude y las piernas temblando, giré despacio. Nunca había hecho algo así: un hombre mirándome con deseo mientras yo lucía como una chica. La excitación me subía sin freno, aunque, curiosamente, mi sexo seguía dormido. Lo agradecí. En el papel de Lorena no quería sentirme hombre. Quería ser ella.
Al terminar el giro lo encaré otra vez. Sonreía.
—¿Y mi cerveza? Perra.
Me había olvidado por completo. Corrí al refrigerador y volví con una lata. Me había llamado «perra» con el mismo tono con que me decía lo otro.
—Ábrela —ordenó.
La abrí con torpeza y se la extendí. Entonces se puso de pie, se bajó el pantalón con todo y ropa interior y se tomó la verga, ya dura, con la mano.
—Mira, puta. Esto es lo que quieres, ¿verdad?
La agitó frente a mí. Sin querer la miré y tragué saliva. No era enorme, pero estaba tan tiesa que se le marcaban las venas. Me quitó la cerveza de la mano justo cuando yo tenía la vista clavada abajo, y volvió a sentarse con las piernas abiertas, señalándose sin decir nada.
***
Entendí el mensaje. Me arrodillé. Las piernas casi me fallan, y antes de pensarlo ya estaba frente a su sexo.
—Besa mi verga.
Lo hice.
—Besa mis huevos.
Lo hice.
—Puta —dijo otra vez.
No supe qué hacer y solo lo miré. Sin que alcanzara a verlo venir, me soltó una cachetada que me sacó una lágrima.
—Responde. Ya te dije que cuando digo puta, te hablo a ti. ¡Puta!
—Mande —murmuré con la voz quebrada, a punto de llorar.
Soltó una carcajada al verme así.
—No mames, esto va a estar buenísimo.
Se terminó la cerveza de un trago y pidió otra. Fui por ella rezando para que seis fueran suficientes. Al regresar y abrirla, se me quedó viendo. Vi una gota brillando en la punta de su verga y entendí. Me arrodillé y le besé el sexo y los huevos sin que me lo ordenara.
—Eso, puta. Ya vas entendiendo cuál es tu lugar. Ahora chúpamela.
Por primera vez en mi vida metí una verga de verdad en la boca. Me llenaba por completo, no podía cerrar los labios, y su sabor era indescriptible. Pero más que el placer, lo que sentía era humillación: vestida de mujer, de rodillas, atendiendo a un hombre real, no a mis juguetes de cajón.
Su mano me presionó la nuca hasta que su pelvis me tocó la nariz. Subía y bajaba mientras lo escuchaba beberse la cerveza que yo misma le había comprado y servido. Todo voluntario. La humillación me derretía.
—Voltea, puta —dijo de pronto.
Lo había olvidado: la ventana deja ver hacia afuera. Por la calle pasaba otro vecino, ajeno por completo a lo que ocurría dentro. La idea de ser vista desde esa posición me ponía nerviosa y humillada, y él lo sabía. Por eso me hizo voltear.
De golpe se levantó, dejó caer la lata vacía y me hundió la verga en la boca, sujetándome la cabeza con las dos manos. Empezó a cogerme la boca con una fuerza brutal. Mis manos se aferraban a sus muslos intentando empujarlo para no ahogarme, pero él me jalaba más, una y otra vez, hasta el fondo de la garganta.
—Esto es lo que querías, ¿verdad? Te escuché gritar ese día. Sabía que eras tú. Seguro te estabas metiendo cosas por atrás y por eso gemías como puta.
Así que no solo me vio: también me escuchó. Qué descuidada fui. Y ahora pago las consecuencias.
***
Me la sacó de un tirón. Tosí y me limpié la baba. Me tomó del brazo, igual que aquella vez, y me hizo rodear el sillón hasta dejarme inclinada sobre el respaldo, de cara a la ventana. El repiqueteo de mis tacones me encantaba. Me empujó hacia adelante. La falda cedió y dejó mi trasero al aire. Me dio una nalgada que aún recuerdo con ardor, y un grito se me escapó sin permiso.
—Qué rico culo —dijo bajándome la tanga hasta los muslos y abriéndome las nalgas.
¿Cómo puede decir esto un hombre cuya esposa tiene un cuerpo que yo envidio?
Me metió los dedos en la boca, los sacó y, sin aviso, me hundió uno en el culo. Solté un quejido.
—Párate, puta.
Me incorporé como pude, con su dedo todavía dentro, y me paseó por la sala guiándome solo con esa fuerza, mientras mis tacones repicaban en pasos cortos y forzados. La escena perfecta para él.
Volvimos a la esquina del sillón. Me inclinó de nuevo, sacó los dedos y, sin la menor delicadeza, me empujó la verga entera hasta el fondo. No pude evitar gritar, mucho menos femenino de lo que hubiera querido. Me dolió horrible y él se rió, sujetándome las caderas para que no escapara.
—Ahora sí, puta, vas a saber lo que es un hombre y cuál es tu lugar. Esta es tu nueva vida.
Entraba y salía con tanta fuerza que mi cuerpo entero se sacudía.
—¡Mira al frente, perra! ¡Mira al frente!
No podía dejar de gemir, y esta vez los gemidos no eran fingidos como cuando lo hacía sola. Eran reales, inevitables. Cuando logré mirar al frente, entendí todo.
—Ay, no.
El vecino pasaba otra vez por la calle. Él no podía ver nada, pero yo, inclinada y con un hombre cogiéndome por detrás, lo veía pasar. Me sentí frágil, indefensa, rota por dentro, y terminé llorando mientras me cogían. No tenía nada que ver con mis fantasías: el dolor y el placer eran enormes, y la humillación también. ¿De verdad era esto lo que quería?
Mis lágrimas, en lugar de detenerlo, lo encendieron más. Soltó una carcajada y aceleró.
—Ahora di todas esas cosas que te gusta decir, puta. Dilas. Grítalas, perra.
No era lo mismo decirlas ahora. Mis palabras salían ahogadas entre gemidos, pero no podía negarme. Ya era demasiado tarde. Intenté repetir las frases que hasta ese día habían sido mis favoritas, sin saber del todo lo que significaban.
—Hazme tu puta, quiero ser tu perra, métemela, me encanta tu verga, cógete a tu perra, lléname de semen.
Decirlas mientras me cogían con todo me llevó, sin remedio, a mi primer orgasmo anal de verdad. Perdí el control por completo y grité más fuerte que nunca.
—No, no, por favor, ay, me encanta, me encanta tu verga, quiero ser tu puta, hazme tu puta por favor —lo último salió entre grito y gemido, un sonido que jamás me había escuchado hacer.
Mi sexo se vació sin atreverse a endurecerse, como si le rindiera respeto al único hombre que había en la habitación.
***
Él siguió a lo suyo mientras yo me dejaba usar, desvanecida. Llegó el momento: me la sacó de un jalón, me arrodilló como pudo, me la metió en la boca y descargó todo su semen dentro.
—Trágalo, perra. Todo, o no te vuelvo a coger.
¿Eso era una amenaza? Tragué lo que pude, aunque su verga quedó con restos. Sudando, se dejó caer en el sillón y pidió otra cerveza.
—Rápido, puta. Necesito que me la limpies.
Corrí al refrigerador, estorbada por la tanga en los tobillos. Le abrí la lata, se la di y, en cuanto la tomó, me arrodillé sin que me lo ordenara y empecé a limpiarle la verga con la boca.
—Ahora eres mi puta —dijo—. Ya te marqué con mi semen. Vas a venir a lamerme los huevos, me vas a suplicar que te coja y hasta me vas a dar las gracias por este día. Ya verás.
No contestaba. ¿Qué podía decir?
—Otra cerveza —ordenó el que ya se decía mi dueño.
Me levanté y repetí mi nuevo ritual. Al volver, sin pensarlo, me arrodillé y me sorprendí besándole los huevos, justo como acababa de decirme. La humillación me recorrió otra vez. Como no recibía órdenes, seguí besando, lamiendo y acariciando en silencio.
Poco a poco se le puso dura de nuevo. Se levantó de golpe y volvió a cogerme la boca. ¿Este hombre no se cansa? Gimió y me ordenó abrir la boca: iba a llenármela otra vez. Pero agregó algo:
—No te lo tragues.
Se vino desde cerca, sin meterla del todo, y aun así nada quedó afuera. Me impresionó cuánto sacó para ser la segunda vez. Yo, de rodillas, con la boca abierta y llena, lo recibí todo. Limpió la verga en mi mejilla.
—No-te-lo-tra-gues. ¿Oíste? —repitió, lento y amenazante.
Asentí con la cabeza. Me quedé en esa posición mientras él se vestía. Fue al refrigerador, tomó una última cerveza, la abrió frente a mí, dejó escurrir un poco sobre mi cara y le dio un trago.
—Mírame —ordenó. Sonrió—. Puta, para la próxima te encierras eso en una jaula.
Y sin decir más, salió de mi casa y cerró la puerta.
No sabía qué hacer. No tenía ninguna orden. ¿Y si vuelve? Me quedé así unos minutos hasta que no aguanté y me lo tragué. Me subí al sillón y me quedé dormida, con la tanga en los tobillos, usada.
Al despertar recordé todo, sonreí y no pude evitar enviarle un mensaje con una sola palabra: «Gracias».
Su respuesta llegó enseguida:
«Seguro que la puta se tragó mi semen».