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Relatos Ardientes

La última pelea de mi amigo acabó en nuestra cama

Mi amigo Andrés me llamó tres meses antes para contármelo casi a gritos: lo habían invitado a una velada benéfica en Burgos donde, una vez más, se despedía del cuadrilátero. Llevaba toda una vida sobre la lona, primero en boxeo y después en kick boxing, y juntos habíamos compartido infinidad de sudores, derrotas amargas y unas cuantas noches de celebración. Llegó a pelear dos veces por el título nacional de los medios. Ahora los guantes iban, por fin, a colgarse de un clavo.

Mi pareja y yo no lo dudamos ni un segundo. Cogimos el coche y nos plantamos allí para acompañarlo. Dos horas antes del combate ya lo estábamos abrazando después de años sin vernos, poniéndonos al día a trompicones, deseándole suerte y, sobre todo, pidiéndole que se divirtiera. Quedamos en cenar juntos cuando todo terminara.

El combate transcurrió sin demasiada brillantez. Andrés lo ganó a los puntos, aunque no con la claridad que esperábamos. Un par de manos duras de su rival, mucho menos técnico pero más joven y explosivo, llegaron limpias y lo metieron en un aprieto del que solo lo salvó esa cabeza de granito que siempre tuvo.

—Estás viejo, abuelo —le solté en el vestuario, todavía con el corazón en un puño.

—Y tú más gordo —contestó riéndose, escupiendo el protector bucal.

***

Un rato más tarde estábamos en la terraza de un bar Andrés, su rival —que en realidad era casi un discípulo suyo, un chaval llamado Iván—, mi mujer y yo. Contábamos batallitas de cuando peleábamos en el kick boxing del de verdad, ese en el que un low kick parado contra la tibia te dejaba cojeando un mes entero. Hablábamos de una época que ya no existe en ningún sitio más que en nuestras cabezas.

Carla escuchaba divertida, apoyada en mi hombro, y de vez en cuando soltaba alguna pregunta que dejaba a los dos púgiles enredados en sus propias mentiras. Iván la miraba de reojo cada vez que ella se reía, y bajaba la vista enseguida, como si lo hubieran pillado en falta.

En un momento en que los dos nos acercamos a la barra a pedir, Andrés se inclinó hacia mí.

—No te ofendas, pero tu mujer está tremenda —murmuró—. El crío no le quita ojo.

Miré hacia la mesa. Iván, en efecto, se había puesto colorado y asentía sin atreverse a hablar. Y a mí, en lugar de molestarme, me cruzó la cabeza una idea de esas que tardan tres segundos en convertirse en plan.

—Si os gusta de verdad —dije, sosteniéndole la mirada a Andrés—, podríamos terminar la velada los cuatro en el hotel.

Se quedó callado un instante, evaluando si hablaba en serio. Supo que sí.

***

Lo hablé con Carla en privado, fuera, junto al coche. Al principio no lo veía nada claro: que si los conocíamos de hacía dos horas, que si uno era prácticamente un crío. Pero no era la primera vez que jugábamos a esto, y ella lo sabe tan bien como yo. Le propuse un juego sencillo. A los diez minutos le brillaban los ojos. Media hora después estábamos los cuatro entrando en nuestra habitación, con esa electricidad espesa que se siente cuando todos saben lo que va a pasar y nadie se atreve a nombrarlo.

Las reglas, esa noche, las ponía yo. Le coloqué a Carla un antifaz de tela que no dejaba pasar ni una rendija de luz. Ella se dejó hacer, dócil, con esa media sonrisa que le aparece cuando se entrega del todo. Yo haría de maestro de ceremonias, como otras veces, y los tres me obedecerían sin rechistar ni decir una palabra. Esa era la única condición: silencio absoluto. Que ella no supiera, en ningún momento, qué manos la tocaban.

—Desnúdate despacio —le dije al oído.

Y lo hizo. Sin prisa, derrochando esa seguridad suya que tantas veces me ha vuelto loco. Se fue quitando la ropa prenda a prenda, dejando al descubierto un cuerpo que los dos púgiles miraban sin disimulo, conteniendo la respiración. Cuando quedó completamente desnuda en mitad de la habitación, ciega tras el antifaz, hice una señal a los otros dos para que no se movieran de donde estaban.

Me acerqué yo primero. La besé despacio, mordiéndole el labio, y mi mano derecha bajó por su espalda hasta su culo, amasándolo sin prisa, mientras con la izquierda le acariciaba los pechos. Permanecí así varios minutos, sintiéndola estremecerse, hasta que dejé que mis dedos resbalaran entre sus piernas. Estaba empapada. Uno entró primero, luego dos, y ella separó un poco más los muslos para invitarme a llegar al fondo.

Solo entonces hice el primer gesto.

***

Iván se acercó en silencio. La tenía dura como una piedra, de buen grosor, y se la acercó a la boca a Carla con cuidado. Ella reaccionó al notarla, abrió los labios y se metió el glande, saboreándolo con la lengua mientras seguía moviendo las caderas contra mis dedos. Lo lamía despacio, sin saber a quién pertenecía, y eso —lo sé porque la conozco— la encendía todavía más.

Le acerqué con mi mano libre la cabeza del chaval, marcándole el ritmo, hasta que vi que él apretaba los dientes para aguantar. Entonces hice la segunda señal.

Andrés se aproximó por el otro lado, también con la verga en la mano. Y lo de Andrés no era una polla normal. En el gimnasio, los más íntimos lo habían apodado «caballo loco», y no precisamente por su carácter, sino por aquello que cargaba entre las piernas, grande como pocas. La acercó a la cara de Carla, y ella, al rozarla, la agarró con la mano sin soltar la otra de su boca. Al calibrar el tamaño con los dedos se le escapó un gemido largo, de pura excitación. Nunca ha ocultado la fascinación que le provoca una polla así, sobre todo por el grosor.

Empezó a masajeársela y Andrés cerró los ojos. Ella subía y bajaba la mano, deteniéndose en ese glande enorme, chocando contra unos huevos pesados cubiertos de vello oscuro. Tenía una en cada mano y la boca ocupada, y se la veía perdida, entregada por completo al juego.

***

No aguanté más. Le abrí las piernas todo lo que pude, la incliné hacia delante y le hundí la verga de una sola embestida, hasta el fondo. La agarré por las caderas y bombeé con fuerza, apretándola contra mí, sintiéndola gemir alrededor de las dos pollas que seguía atendiendo con las manos y la boca. Duré poco. La escena entera, ella ciega y rodeada, era demasiado. Me corrí con un gruñido, vaciándome dentro de ella.

La recliné un poco más sobre el borde de la cama, salí de ella y empujé suavemente a Iván para que ocupara mi lugar.

—Fóllala duro —le susurré al oído—. No te cortes.

No se hizo de rogar. La penetró de un solo golpe y empezó a embestir con una furia que solo tiene la juventud. Andrés, mientras tanto, seguía recibiendo una mamada de las que hacen historia, y por la tensión de su mandíbula supe que estaba al límite. Yo me senté en una butaca, en la otra punta de la habitación, a disfrutar del espectáculo con una calma que no sentía por dentro.

—Me corro —masculló Iván de pronto.

Se vació dentro de ella y se dejó caer un instante sobre su espalda, jadeando. Le hice una seña para que se apartara y dejara su sitio a Andrés.

***

El cambio fue evidente para Carla, aunque no pudiera verlo. Primero le ofreció la boca, y la verga aflojada de Iván se deslizó entre sus labios. Después Andrés se colocó detrás. No fue fácil. Tuvo que ir abriéndose paso muy poco a poco, milímetro a milímetro, hasta que sus huevos chocaron contra el culo de ella y no pudo entrar más.

Carla se corrió arqueando la espalda, con un alarido que retumbó en toda la habitación. Eso terminó de encender a Andrés, que aceleró el ritmo hasta soltar una descarga que ya no había forma de contener. Cuando salió, varios hilos espesos resbalaron entre los muslos de ella, que cayó hacia delante temblando, agotada.

Pensé que con eso bastaba. Pero a Iván, mirando todo aquello, se le había vuelto a poner dura.

***

Le hice una seña para que esperara. Volteé a Carla, la puse a cuatro patas sobre la cama y tumbé a Andrés debajo, de manera que pudiera lamerle el sexo desde abajo. Después le pasé la lengua a ella por el ano, sin prisa, engrasándolo a conciencia, y le indiqué a Iván con un gesto que la penetrara por detrás.

La sodomización fue brutal. Iván la sujetaba por las caderas y embestía con todo, mientras Andrés le devoraba el coño desde abajo, recibiendo de paso los golpes en sus propios huevos cada vez que el chaval entraba a fondo. Carla aguantaba a duras penas, gimiendo entre los dos, hasta que un nuevo orgasmo, el más fuerte de la noche, la sacudió de arriba abajo. Cayó rendida con las piernas abiertas sobre Andrés, sin fuerzas ya ni para hablar.

Hice una última señal y los dos se levantaron en silencio, camino de la ducha. Yo me quedé con ella. La limpié con cuidado, recorriéndole la piel todavía caliente, y le llené el cuerpo de besos lentos hasta que su respiración volvió a la normalidad. Su cara, debajo del antifaz, era un poema de satisfacción.

Le retiré la máscara despacio. Parpadeó, buscando la luz, y me sostuvo la mirada con una sonrisa cómplice.

—¿Y bien? —le pregunté—. ¿Sabrías decirme quién hizo cada cosa?

Por su silencio, y por cómo se mordió el labio antes de contestar, supe que aquella no iba a ser la última vez.

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Comentarios (6)

FernandoCba88

Buenisimo!!! uno de los mejores que lei por aca en mucho tiempo

RossioNight

Me encanto como esta contado, la tension entre los tres personajes se siente muy real. No es facil escribir sobre este tema sin que se vuelva burdo y aca lo logran perfecto. Esperando mas relatos de este estilo!

curiosito77

jaja me recordo a algo que me paso hace años, aunque mucho menos cinematografico jajaja. Muy buen relato

Rodrigo_SCR

Por favor que haya una segunda parte, me quede con ganas de saber como siguio todo despues

LectoraMx

Y despues de eso... como quedó la amistad entre ellos? el final me dejo con mil preguntas jaja

NocheMediterranea

Excelente, muy bien narrado y con buen ritmo. Felicidades

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