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Relatos Ardientes

El fin de semana que me contrataron treinta hombres

Era un lunes cualquiera y yo hacía lo de siempre: agendar las citas de la semana desde el sofá de mi departamento, con buena música de fondo, la computadora sobre las piernas y una copa de vino tinto al alcance de la mano. Ese piso me daba paz, y la paz era un lujo que en mi oficio no abundaba.

Entre las solicitudes habituales apareció una con un nombre que reconocí de inmediato, alguien que salía en los noticieros más de lo que le convenía. Sonreí sola. Cuando la élite te busca, es porque te ganaste un lugar que muy pocas alcanzan.

El mensaje era directo y generoso. Querían una mujer para un fin de semana entero, treinta hombres, una celebración privada por una victoria política. Una casa frente al mar, en la costa. Ellos pagaban los vuelos, la estadía, la comida, el transporte y todo lo que hiciera falta.

¿Quién diría que no a una escapada a la playa, todo pagado, haciendo justo lo que más me gusta?

Acepté esa misma tarde. Salí a comprar lencería nueva, varios conjuntos que apenas cubrían lo necesario, y un par de tacones —unos de plataforma, otros de aguja, tan altos como me encantan—. Quería estar a la altura, aunque fuera solo por los primeros minutos.

***

La semana pasó entre clientes y expectativa. El viernes por la tarde un auto de alta gama me recogió en la puerta. Adoro esos detalles, la manera en que el cuero huele a dinero. Llegué al aeropuerto envuelta en emoción, ya con un pequeño juguete puesto, lista para lo que viniera.

En la sala de embarque hacía frío y se notaba mi falta de ropa interior bajo un vestido de seda casi transparente. Me gusta caminar por el mundo provocando lo que las demás callan. El vuelo fue corto. Una hora después aterrizábamos cerca de la costa, y un segundo auto me llevó hasta una casa enorme con el océano de fondo.

En la entrada me esperaba todo un equipo de servicio. Me mostraron mi habitación, me di una ducha larga y me arreglé sin prisa: maquillaje cargado, el cabello suelto cayendo sobre los hombros. Cuando me miré al espejo, supe que la noche acababa de empezar.

***

Lo primero fue una cena. Conversé con varios de aquellos hombres, todos elegantes, todos con esa seguridad que da el poder. No había otras mujeres a la vista, y por un momento pensé que el plan sería distinto a lo que imaginaba. Una punzada de nervios me recorrió la espalda.

Entonces, después del postre, aparecieron varias chicas en lencería diminuta para servir las bebidas. Entendí que las habían contratado como anfitrionas. Lo que todavía no sabía era cuál iba a ser mi papel exacto en todo aquello.

No tardé en averiguarlo. Algunos hombres comenzaron a sentar a las chicas sobre sus piernas. Otros, más impacientes, dejaron caer las manos por donde quisieron. Se escuchaban risas, susurros, alguna palmada amortiguada por la música. Las prendas empezaron a quedar olvidadas sobre el respaldo de las sillas.

Yo seguía en mi sitio, entre dos hombres. Uno de ellos era el político de la solicitud; lo llamaré Damián. Sin decir una palabra, posó la mano sobre mi muslo y sus dedos empezaron a trepar despacio, midiéndome. Yo me hice la distraída, mirando la escena que se desplegaba alrededor.

El otro, su mano derecha —digamos que se llamaba Tobías—, no tardó en sumarse. Mientras Damián exploraba entre mis piernas, Tobías recorría mi escote con una calma que era casi peor que la urgencia. Dos manos a la vez, dos ritmos distintos, y yo respirando cada vez más hondo.

—Sabíamos que serías la indicada —murmuró Damián contra mi oído.

—Para eso me pagaron —contesté, y sentí cómo se le escapaba media sonrisa.

***

Lo que vino después no lo esperaba. Un hombre joven, de los que no había visto antes, me sujetó el cabello por detrás y me deslizó fuera de la silla con un tirón firme. Damián y Tobías rieron por lo bajo. Yo dejé escapar un quejido, más de sorpresa que de dolor, mientras el desconocido me guiaba hacia el centro del salón.

Sentí la alfombra áspera bajo las rodillas y vi cómo uno de mis tacones quedaba abandonado en el camino. El hombre me alzó por los hombros y, con un gesto, me indicó que subiera a la mesa larga del comedor, ahora despejada. Obedecí. Me quedé sentada en el borde, las piernas cruzadas, esperando.

—Baila para nosotros —dijo, y su voz no admitía un no.

Asentí. Me puse de pie sobre la madera y empecé a moverme como una bailarina en un escenario que solo me pertenecía a mí. Recorrí mi propio cuerpo con las manos, subí y bajé al ritmo de la música, y poco a poco el vestido y la última prenda terminaron en el suelo. Treinta pares de ojos siguieron cada movimiento.

Damián levantó dos dedos para llamarme. Me arrodillé y avancé hacia él por la mesa, contoneándome con una lentitud calculada. Lo que siguió fue intenso, directo, sin un solo gesto de pudor de mi parte. A él le gustaba lo descarado, y descarada soy desde antes de cobrar por serlo. Cuando terminó, se limitó a decir, con la voz ronca:

—Vales cada centavo.

Me quedé donde estaba, de rodillas, esperando a que alguien más decidiera reclamarme.

***

Tobías se acercó entonces con un collar de cuero en la mano. Levanté la barbilla para que me lo pusiera. Tomó la correa y me paseó por todo el salón, y yo lo seguí a cuatro patas, consciente de que cada hombre que pasaba al lado dejaba una mano sobre mi piel. Algunos me acariciaban, otros solo miraban con esa hambre que no necesita tocar.

Me llevó hasta otra mesa, donde varios hombres permanecían sentados con sus copas. Tobías se inclinó hacia mí.

—Vas a quedarte debajo de esta mesa y a atender a cada uno de ellos —dijo—. No importa cuánto tardes. Tienes todo el fin de semana.

Me deslicé obediente bajo la madera. Empecé a soltar los cinturones uno por uno, mi boca en uno, mis manos en otros, repartiéndome como pude. Las rodillas me ardían después de un buen rato en esa posición, pero no me detuve hasta que el último de ellos me dio la señal de que había sido suficiente. Tobías me ayudó a salir, tendiéndome la mano como si fuera una dama bajando de un carruaje.

***

Me condujo hasta donde estaba Damián, que en ese momento se entretenía con una de las anfitrionas. Me indicó que me uniera a ellos, y entre los tres se armó una escena que llenó esa parte del salón de jadeos y risas roncas. Yo llevaba horas deseando que alguien se ocupara de mí en serio, y ese deseo empezaba a volverse impaciencia.

Tobías se colocó detrás de mí. Sentí sus dedos abrirse camino con una mezcla de brusquedad y conocimiento, arrancándome un sonido que no pude contener. La otra mujer gritaba a mi lado, perdida en lo suyo, y por un instante éramos dos cuerpos respondiendo al mismo ritmo descontrolado.

En algún momento de la noche nos llevaron a varias hasta una mesa larga y nos tendieron boca arriba, una junto a la otra. Trajeron champán helado y copas, y aquello se convirtió en un juego donde el límite era la imaginación de cada uno. Nos llenaban las copas sobre la piel, brindaban entre risas, y la bebida fría me hacía arquear la espalda cada vez.

Había hombres por todas partes. Algunos embestían con violencia, otros susurraban obscenidades al oído, alguno se reía a carcajadas de su propia suerte. El ambiente era una mezcla de perfume caro, sudor y alcohol derramado, y yo me había rendido por completo a la corriente.

***

Estaba agotada, con el cuerpo vibrando de pura sobrecarga, cuando al fin alguien decidió ocuparse de mí como yo llevaba toda la noche esperando. Un hombre se colocó detrás, sin previo aviso, y mi cuerpo se tensó del sobresalto antes de ceder al ritmo que me imponía. Sus manos me rodearon la garganta con firmeza, sin pasarse, justo en el filo donde el control se vuelve placer.

Saqué la lengua, lo miré por encima del hombro, y eso bastó para encenderlo más. Otro hombre apareció a mi lado, jugando con cada terminación nerviosa que aún me quedaba despierta. El calor me subía a la cara, debía tenerla roja, y una capa fina de sudor me cubría toda la espalda.

El de atrás no aflojaba el ritmo, duro y constante, mientras yo gritaba sin pudor en una casa donde nadie iba a escandalizarse. No quería que parara. No quería que ninguno parara. Y por la manera en que respiraban a mi alrededor, ellos tampoco.

***

Cuando salió el sol, el salón olía a todo lo que había pasado: a champán evaporado, a perfume mezclado con humo, a una noche que ningún titular de prensa contaría jamás. Las anfitrionas dormían desperdigadas por los sillones, y los hombres del poder roncaban como cualquier mortal.

Yo me quedé el resto del fin de semana disfrutando la mejor paga de mi carrera, durmiendo de día frente al mar y dejando que mi cuerpo se recuperara entre baño y baño de espuma. Comí como reina, bebí lo justo, y miré el océano desde la terraza pensando que pocas veces el trabajo y el placer se confunden tanto como aquel fin de semana.

El domingo por la noche me subieron de nuevo al auto de alta gama. Damián me dejó un sobre sobre el asiento, más grueso de lo acordado, y una nota corta: «Hasta la próxima victoria». Sonreí mirando por la ventanilla, con el mar perdiéndose a mi espalda.

Volveré cuando me llamen. Siempre vuelvo.

Besos de su escort favorita.

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Comentarios (6)

FanNocturno

increible relato, me dejo sin palabras!!! gracias por compartirlo

PatriciaVigo

Por favor contanos como siguio todo, me quede con ganas de mas

MorboElite

Que premisa tan original, nunca habia leido algo asi en esta pagina

Seba_reader

Me lo lei de un tiron sin parar. Tremendo ese comienzo, te atrapa desde la primera linea y no te suelta

CarlaM33

buenisimo!!!

Marcos_Baires

Muy bien narrado, se siente autentico. Sube mas relatos como este por favor

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