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Relatos Ardientes

La fantasía que fui a mirar y terminé viviendo

Ilustración del relato erótico: La fantasía que fui a mirar y terminé viviendo

Siempre he sido una mujer curiosa, abierta a probar cosas nuevas. También en la cama. La vida es demasiado corta y se complica demasiado fácil como para no disfrutar de lo que una tiene a mano, sea una copa de vino al final del día o un buen polvo.

Llevaba ya varios años casada y mi matrimonio atravesaba una de esas etapas que nadie cuenta en las bodas. Mi marido era un buen hombre y un padre presente, pero entre nosotros se había apagado algo que ninguno de los dos sabía volver a encender. Sentía que mis días pasaban dentro de una rutina que me apretaba el pecho. Y él no hacía nada por cambiarlo, ni con palabras ni con gestos. Me dejaba languidecer entre las mismas cuatro paredes, y eso, desde luego, no era la vida que yo había imaginado para mí.

Así que, ante su desidia, empecé a moverme sola. Habría preferido hacerlo con él, pero las cosas salieron de otra manera. Me abrí una cuenta en una de esas páginas de contactos y tuve un par de encuentros que ya os contaré otro día.

Tenía un amigo al que aquí llamaré Damián. Era un tipo estupendo, soltero, sin prejuicios, de esos que viven el sexo como quien respira. Me contaba sus historias y yo lo escuchaba con la boca abierta, no porque me escandalizaran, sino porque a mí nunca me había pasado nada parecido. Sentía una envidia limpia, sin rencor. Cuando volvía a casa después de esas charlas no podía evitar preguntarme en qué momento se me había perdido el morbo, la sensualidad, ese cosquilleo de provocar a alguien y ver cómo te sigue.

Una tarde de esas en que quedábamos a tomar café, Damián me contó que andaban organizando un regalo para una amiga suya a la que yo no conocía.

—Eso es fácil —le dije—. Averiguas qué le gusta y tienes mil opciones.

—Es que este regalo es especial —respondió, mirándome con una sonrisa torcida—. Nos lo ha pedido ella.

—Mejor todavía. Así no tenéis ni que pensar.

—Lo que nos ha pedido —siguió, bajando la voz— es que le cumplamos una fantasía que arrastra desde hace tiempo. Quiere acostarse con varios hombres a la vez. Sin saber cuántos de antemano, sin números. Quiere descubrir hasta dónde aguanta en una sola noche. Y tres amigos y yo vamos a dárselo, con todo el morbo que seamos capaces de montar.

De camino a casa solo podía pensar en dos cosas. La primera, que las hay con suerte, mujeres con fantasías que alguien se molesta en hacer realidad. La segunda, que existieran amigos dispuestos a tanto.

***

Pasaron los días y yo no me quitaba la escena de la cabeza. La imaginaba al lavar los platos, al meterme en la cama junto a un hombre que ya ni me rozaba. Hasta que no aguanté más y llamé a Damián.

—Oye —le solté de golpe—, lo que me contaste de la sorpresa para tu amiga… ¿me dejarías ir como espectadora? Ya conoces mi historia, nunca he visto nada parecido. Te prometo que no molestaría, que ni abriría la boca.

—Es que no depende solo de mí —dudó—. Están los otros tres, los que participan. No sé qué les parecerá. Ya te diré algo.

Tardó casi una semana en contestar, y esa semana la pasé inquieta, como una adolescente esperando una llamada. Cada día tenía más ganas de estar dentro de una de esas escenas que me habían contado, aunque fuera desde un rincón. Cuando por fin vi su nombre iluminarse en el móvil, se me secó la garganta.

—Marina —me dijo—, no nos hemos puesto de acuerdo del todo, pero por mayoría, tres contra uno, puedes venir. Mañana quedamos y te explico cómo va.

Al día siguiente me dio las instrucciones con la seriedad de quien organiza un operativo.

—Será en el hotel Meridiano, habitación 112, reservada a mi nombre. Tienes que llegar a las doce y media de la noche, ni un minuto antes. Para entonces ya habrá llegado nuestra amiga con uno de la pandilla, y el resto nos iremos sumando poco a poco. Y lo más importante: silencio absoluto, veas lo que veas.

Silencio absoluto. Repetí esas dos palabras todo el camino de vuelta.

***

Llegó la fecha. Un viernes de noviembre, frío y de cielo cerrado. Días antes le había avisado a mi marido de que saldría con unas amigas a tomar copas. Ni se inmutó. Me puse la braga más pequeña que tenía y un sujetador que apenas contenía mis pechos. Hay conjuntos que una mujer se pone para que los vean, para que los admiren, y aquel era uno de ellos. Mi marido lo vio y no preguntó nada. Tampoco dijo nada cuando me ajusté un suéter al cuerpo y una falda a juego.

Qué lástima, pensé mientras me pintaba los labios frente al espejo, que no se acerque, que no me arranque la ropa y me folle contra la estantería. Él se lo pierde.

A la hora exacta entré en el hotel como si fuera a la cafetería, subí por la escalera hasta el primer piso y busqué el número en las puertas. El corazón me golpeaba el cuello. Llamé con dos golpes suaves y, a los cinco segundos, me abrió un chico de poco más de veinte años, cubierto apenas por un tanga diminuto. No me dijo nada. Yo tampoco. Con un gesto me invitó a pasar y me señaló una butaca junto a la ventana, donde debía sentarme.

Sobre una cama apartada del cabecero estaba ella. Tumbada en ropa interior, con las muñecas atadas y una venda cubriéndole los ojos. Dos hombres recorrían su cuerpo con las manos, la besaban en el cuello, le mordían el hombro, le susurraban cosas que yo no alcanzaba a oír. En un momento ambos se quitaron lo poco que llevaban encima y, con unas tijeras pequeñas, cortaron la braga y el sujetador de la chica. Uno empezó a penetrarla mientras el otro le ofrecía su sexo a la boca. Estaban así cuando volvieron a llamar a la puerta.

El que tenía la boca de ella ocupada me hizo una seña para que abriera. Era Damián. Mi amigo entró sin pronunciar palabra, se desnudó con la naturalidad de quien llega a su casa y se sumó a la cama. El que la estaba follando le cedió el sitio, y así, como una rueda bien engrasada, los tres se turnaron: mientras uno la penetraba, otro le llenaba la boca y el tercero le pasaba el sexo entre los pechos o guiaba su mano para que lo acariciara.

***

Yo seguía en la butaca. Me había quitado los zapatos para estar más cómoda y tenía la sensación de mirar una película en vivo, sin pantalla de por medio. Me encantaba ver aquello, el ruido húmedo de los cuerpos, los gemidos contenidos de ella, las órdenes en voz baja. Y al mismo tiempo me mataba no poder hacer nada más que mirar.

Decidieron desatarle las manos, porque iba a necesitarlas. Y entonces llamaron por última vez. Abrí yo, como las anteriores. Entró un hombre mayor que los otros tres, callado, de mirada tranquila. En menos de lo que se cuenta ya estaba desnudo sobre la cama, y su sexo era más largo y más grueso que el de sus amigos. En aquel instante había cuatro hombres encima de una sola mujer: tres le ocupaban todos los rincones del cuerpo y el cuarto le mordisqueaba los pezones hasta hacerla arquearse.

Cómo la envidié. Quería ser yo la que estaba tumbada en esa cama, no la sombra de la butaca.

Estaba ardiendo. Notaba la ropa interior empapada y el pulso latiéndome entre las piernas. Sin pensarlo del todo, subí la falda y, con una mano entre los muslos y la otra recorriéndome los pechos, empecé a tocarme en silencio, hundida en el asiento, observando.

De pronto, el último en llegar, el mayor, se apartó de la cama y vino hacia mí. Me cogió de la mano, me levantó de la butaca y me habló muy bajo, casi rozándome la oreja.

—Me apetece follarte —dijo.

—A mí también —contesté, y mi propia voz me sonó ajena.

Casi sin darme cuenta estaba desnuda, tendida en un costado de la cama, abierta para un desconocido del que no sabía ni el nombre. Disfrutaba como hacía años que no lo hacía, sintiendo cómo entraba en mí con una fuerza pausada y segura, como una máquina que no tenía prisa.

***

Entonces noté otra mano sobre mis pechos. Era la de ella. La chica, todavía con la venda puesta, había alargado el brazo y me buscaba a tientas, acariciándome mientras a las dos nos follaban a la vez. Nunca había sentido a otra mujer tocarme así, y ahí, con su mano tibia sobre mi piel y la de aquel hombre dentro, tuve el primer orgasmo de la noche. Me mordí el labio para no romper la única regla que me habían puesto.

A partir de ese momento todo se desbordó. El que me follaba se vació dentro de mí como si llevara un siglo guardándoselo, y antes de que se retirara del todo otro de los amigos de Damián ya se me echaba encima y me la metía de una sola embestida, hasta el fondo, sin una palabra. El primero se acercó a mi cara para que mi boca le devolviera la dureza, y mientras lo hacía me susurraba lo bien que follaba, que solo quería repetir conmigo.

Damián y otro de ellos decidieron cambiar de mujer. Mi amigo se tumbó de espaldas, me colocó encima y empezó a moverme sobre él marcándome el ritmo con las manos en mis caderas. El cuarto, el único al que aún no había probado, aprovechó la postura para acomodarse detrás. Entró despacio, con cuidado, buscando el compás de Damián, y cuando los dos me tuvieron a la vez, por delante y por detrás, subiendo poco a poco la velocidad, comprendí que no era la primera vez que aquellos dos lo hacían juntos. Ahí llegó mi segundo orgasmo, largo y ciego, que me dejó temblando sobre el pecho de mi amigo.

Después de horas que no supe contar, le quitaron la venda a la chica. Nos miramos un instante, las dos despeinadas y deshechas, y nos sonreímos como cómplices de algo que nadie más entendería. Aún seguimos un rato más, sin prisa ya, y luego, igual que habíamos ido llegando uno a uno, nos fuimos marchando del hotel del mismo modo.

Llegué a casa cuando empezaba a clarear. Me metí en la cama con las piernas todavía flojas y el cuerpo zumbando.

***

Por la mañana, mi marido apenas levantó la vista del café.

—¿Lo pasasteis bien? —preguntó, distraído.

—Bueno, lo normal —respondí.

Todavía me temblaban las rodillas de haber estado con cuatro hombres en una sola noche. Pero me guardé la sonrisa, removí mi taza y me prometí, en silencio, que aquello no iba a quedar en una sola vez. Que esa noche, y no la rutina de aquella cocina, era lo que de verdad quería para mi vida.

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Comentarios (4)

Tentacion22

Que entrada tan buena... me quedé pegada desde la primera linea. Excelente!!

MikeRosario_ok

Necesito la segunda parte YA jajaja, me quede con la boca abierta

Vale_2310

Me encanto como lo narraste, se siente que viene de alguien que de verdad vivio algo parecido. Sigue subiendo!

RobertoAB

Buenisimo. Corto para mi gusto pero muy bueno

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