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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la cocina mientras él dormía

Renata abrió los ojos con la primera luz y palpó el lado vacío de la cama. Damián ya se había levantado. No le extrañó: la casa de la sierra siempre lo despertaba temprano, con sus ventanas grandes y el olor a pino que entraba por todas partes. Se incorporó despacio, todavía pesada de sueño, y se echó encima una bata de seda que apenas le cubría el cuerpo.

Era una mujer de curvas generosas, de piel muy blanca y caderas anchas. Sus tetas, grandes y firmes, se movían bajo la tela cada vez que respiraba, con los pezones marcándose ya duros a través de la seda. Sabía el efecto que tenían sobre los hombres y, esa mañana de fin de semana entre amigos, lo sabía mejor que nunca.

Bajó descalza la escalera de madera. La fiesta de la noche anterior había dejado copas a medias sobre la mesa y un silencio raro flotando en el aire. Bruno estaba solo en el salón, hundido en el sofá, con la mirada perdida en la ventana.

—¿Tan temprano y ya despierto? —preguntó ella, acercándose.

Bruno levantó la cabeza. Tenía los ojos cansados, la mandíbula tensa.

—No pude dormir —dijo—. Lo de anoche con Daniela me dejó mal. Discutimos por una tontería y ella se fue a la otra habitación.

Renata se sentó a su lado y le puso una mano en el hombro. Era un hombre grande, de espalda ancha y piel pálida, de esos que ocupan todo el espacio donde están.

—Daniela es impulsiva —dijo con voz suave—, pero te quiere. Mañana ni se acuerda de esto.

Al inclinarse hacia él, la bata se le abrió un poco y su teta rozó el brazo de Bruno. Fue un instante, apenas el calor de su piel a través de la seda, pero los dos lo sintieron. Bruno giró la cara hacia ella y algo en su mirada cambió de golpe.

—No deberías hacer eso —murmuró él.

—No estoy haciendo nada —respondió Renata, y no se apartó.

Aunque sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

La mano de Bruno subió hasta la abertura de la bata, vacilante, pidiendo permiso sin palabras. Renata no lo detuvo. Dejó que los dedos de él recorrieran el borde de la tela, que la apartaran centímetro a centímetro, hasta que la seda resbaló de sus hombros y cayó sobre el sofá.

Bruno la miró como si nunca hubiera visto a una mujer. Tenía las tetas colgando pesadas, blancas, con los pezones rosados y erectos apuntándolo. Se inclinó y cerró la boca sobre uno de ellos, primero con cuidado, después con un hambre que la hizo arquear la espalda. Lo chupaba entero, se lo metía en la boca hasta hacer ruido, mordisqueaba el pezón y tiraba de él con los dientes hasta arrancarle un gemido. Renata enredó los dedos en su pelo y lo sostuvo ahí, contra ella, escuchando su propia respiración volverse más corta.

—Despacio —pidió, sin convicción—. Nos van a oír.

—No me importa —contestó Bruno contra su piel—. Que oigan cómo te chupo las tetas, zorra.

Ella sintió el coño empaparse de golpe con la palabra. Bruno pasó de una teta a la otra, dejándolas brillantes de saliva, mientras una mano bajaba por el vientre hasta abrirle los muslos. Le metió dos dedos en el coño sin aviso, y encontró un charco caliente esperándolo.

—Estás chorreando —murmuró él, asombrado—. Estás chorreando por mí.

—Bájame la boca ahí —le pidió ella, sin reconocer su propia voz.

Él fue bajando. Dejó un rastro tibio por su vientre, se detuvo en el ombligo, siguió más abajo. Le separó los muslos con las dos manos, abriéndole el coño de par en par, y se quedó un segundo mirándoselo, rosado y goteando, antes de enterrar la cara. Cuando su lengua llegó entre sus piernas, Renata se mordió el dorso de la mano para no hacer ruido. La lengua de Bruno se movía sin prisa, con una paciencia que la desarmaba: le lamía los labios, le chupaba el clítoris con los labios cerrados, le hundía la lengua adentro y volvía a subir a hacerle círculos lentos que la volvían loca. Ella separó más los muslos sin pensarlo, ofreciéndose, agarrándose el propio coño con dos dedos para tenérselo bien abierto.

—Así —jadeaba—. Cómemelo así, no pares, no pares…

Lo que empezó como un consuelo se había convertido en otra cosa. Renata se acariciaba las tetas mientras él la lamía, se pellizcaba los pezones y se los apretaba entre los dedos, perdida en la sensación, con la cabeza echada hacia atrás contra el respaldo del sofá. El sol entraba ahora pleno por la ventana y le caldeaba la piel. Bruno le metió dos dedos mientras seguía chupándole el clítoris, y ella sintió el primer orgasmo trepársele por las piernas, corto y agudo, un aviso de lo que iba a venir.

***

Tomás se despertó al otro lado del pasillo. Su mujer dormía profundamente, agotada por la noche larga, y él se levantó sin hacer ruido para buscar agua. Cuando entró al salón, se quedó clavado en la puerta.

Renata, completamente desnuda sobre el sofá, se entregaba a la boca de Bruno con las piernas abiertas de par en par y el coño chorreando saliva y flujo. Al sentir la presencia de alguien, ella abrió los ojos y los giró hacia Tomás. No hubo vergüenza. Hubo, en cambio, una sonrisa lenta, una mano que se deslizaba sobre su propia teta y un dedo que se llevó a la boca chupándolo despacio, una invitación sin palabras.

Tomás avanzó como si lo llamaran. Se desabrochó el pantalón, se lo bajó junto con el bóxer, y su polla saltó afuera dura y gruesa, ya goteando por la punta. Renata la vio y se relamió. Estiró la mano, la agarró por la base y, sin dejar de mirarlo a los ojos, se la metió entera en la boca de una sola vez. Tomás soltó el aire entre dientes y le puso una mano en la nuca. Ella empezó a chupársela con hambre, arriba y abajo, sacándola entera para lamerle la punta y volviendo a hundírsela hasta la garganta, hasta hacerse arcadas que le llenaban los ojos de lágrimas.

—Puta madre —susurró Tomás—, cómo la chupas, cómo la chupas…

Las manos de él buscaron sus tetas al mismo tiempo, se las agarró enteras, se las apretó, tiró de los pezones hasta que ella gimió con la polla en la boca. Por un momento la cabeza de Renata fue un torbellino: la lengua de Bruno abajo lamiéndole el coño y el culo, el sabor a semen y sal de Tomás llenándole la boca, las dos sensaciones tirando de ella hacia el mismo borde.

Un pensamiento la cruzó, breve y filoso. Damián no estaba. Su marido no era parte de aquello. Pero la culpa duró lo que dura un parpadeo, porque enseguida se imaginó la cara de él si la viera así, con una polla en la boca y una lengua en el coño, repartida entre dos hombres, y eso —saberlo capaz de disfrutar mirándola— la encendió todavía más. Se pasó la lengua por los labios llenos de saliva y volvió a tragarse la verga de Tomás hasta el fondo.

Bruno se apartó del coño, con la boca brillante, y subió a por la otra teta. Bruno y Tomás se acomodaron a sus dos pechos, uno cada uno, chupando y mordiendo como si lo hubieran ensayado. Renata les sostenía la cabeza, una en cada mano, y los gemidos empezaban a escapársele sin que pudiera frenarlos. Bajó una mano al bulto de Bruno, se la sacó del pantalón y empezó a hacérsela mientras Tomás le frotaba el coño con dos dedos.

—Sube acá —le dijo Tomás, arrastrando una silla del comedor.

La puso a cuatro patas sobre el asiento, con las tetas colgando por el borde, el culo bien parado y abierto. Se colocó detrás, se agarró la polla y le pasó la punta por los labios del coño, mojándola, restregándosela contra el clítoris antes de meterla. La penetró de una vez, entera, sin titubear, con un empuje que la hizo gritar y clavarse las uñas en el asiento.

—Tan apretado —gruñó Tomás—, cómo lo tienes de apretado, zorra…

Empezó a follársela a lo bestia, chocándole las caderas contra el culo con un ruido húmedo y seco a la vez, cada embestida hundiéndosela hasta los huevos. Bruno aprovechó para ofrecerle de nuevo su polla, dura y goteando, y ella la tomó, alternando entre la embestida que venía de atrás y el ritmo que marcaba con la boca. Chupaba con los ojos cerrados, la garganta abierta, mientras Tomás la partía por detrás.

La silla crujía con cada movimiento, un chirrido seco que rebotaba contra las paredes de la cocina abierta. Renata estaba más allá de cualquier pudor. Sentía las palmas de Tomás caer sobre sus nalgas —palmadas fuertes que le dejaban la piel roja—, el calor que le subía por la espalda, la polla de Bruno taponándole la boca, y en su cabeza las dos fantasías se mezclaban hasta confundirse con la imagen de Damián parado en la puerta, mirando cómo la usaban entre los dos.

—Me voy a correr —gimió con la boca llena—, me estoy corriendo…

Tomás le agarró de las caderas y aceleró, hundiéndosela más adentro, y ella se corrió con la verga de Bruno metida hasta la garganta, temblando entera, chorreándole el coño a Tomás por los muslos.

***

Y entonces el crujido de la silla despertó de verdad a Damián.

Bajó la escalera con el corazón golpeándole el pecho y se detuvo en el último escalón. La escena que tenía delante debería haberlo destrozado: su mujer, desnuda, a cuatro patas, con una polla en el coño y otra en la boca, entre dos de sus mejores amigos. Pero lo que sintió no fue rabia. Fue una oleada de deseo tan fuerte que tuvo que apoyarse en la baranda, con la polla poniéndosele dura al instante dentro del pijama.

Había fantaseado con aquello durante meses sin atreverse a decirlo en voz alta. Verla deseada por otros, verla perder el control, verla convertida en la puta que sabía que había adentro suyo, saber que después volvería a sus brazos. Ahí estaba, ocurriendo, y él no quería que parara. Se sacó la polla y empezó a hacérsela lento, mirando.

Renata lo vio y le tendió la mano sin interrumpir nada, con el semen de nadie todavía y la boca reluciente.

—¿Qué esperas, mi amor? —dijo con la voz ronca—. Ven a follarme con ellos.

Tomás, con una sonrisa cómplice, sacó la polla del coño de Renata con un ruido húmedo y se apartó, cediéndole el lugar. Damián se colocó detrás de ella, se agarró la verga y se la fue metiendo despacio, saboreando cada centímetro de ese coño caliente y ya usado, sintiendo la humedad del otro mezclada con la de ella, mientras sus amigos lo observaban. Lejos de molestarle que estuvieran ahí, le añadía un filo nuevo al placer. Era su mujer, y la estaba compartiendo, y estaba más apretada y más mojada que nunca.

—Eres una zorra preciosa —le dijo Tomás, acariciándose la polla brillante frente a su cara—, una zorra insaciable…

Y el insulto, lejos de ofenderla, la hizo estremecerse y abrir la boca para él. Se la tragó otra vez, saboreándose a sí misma en la verga de Tomás, sintiendo la mezcla de sabores en la lengua.

—La tuya, mi amor —respondió Damián contra su oído, follándosela con embestidas hondas—. Eres mía aunque te entregues a todos. Mía cuando te la chupan, mía cuando te la meten, mía cuando gimes por otros…

Renata se rió bajo, sin aliento, y se inclinó de nuevo hacia Bruno. Le tomó la polla entre los dedos, sopesándola, comparándola en silencio con la de su marido, y la diferencia misma la divertía —Bruno la tenía más gorda, Damián más larga—. Empezó a usar la boca con una destreza que arrancó a Bruno un gemido largo, chupándosela y sacándosela para lamérsela desde los huevos hasta la punta.

Cambiaron de posición con una fluidez que parecía coreografiada. Tomás se tendió de espaldas en la alfombra, con la polla dura apuntando al techo, y Renata se acomodó encima suyo, dándole la espalda. Se agarró la verga con la mano, se la puso en el coño y bajó despacio, empalándose entera con una lentitud calculada que le hizo poner los ojos en blanco. Empezó a cabalgarlo, subiendo y bajando, con las tetas libres balanceándose al ritmo. Bruno se acercó por delante, le agarró las caderas y le hundió su polla en la boca. Damián, de pie junto a ella, le ofreció la suya y ella la tomó con la mano libre, haciéndosela.

Tres pollas a la vez. Una en el coño, otra en la boca, otra en la mano. Cada parte de su cuerpo ocupada, cada nervio vibrando. Renata se sentía como el centro de algo, dueña y rehén de su propio placer. Tomás la embestía desde abajo, Bruno le follaba la boca despacio, Damián le acariciaba las tetas con la mano libre mientras ella le sacudía la verga. Soltó la polla de Bruno apenas un segundo, lo justo para hablar.

—Mírame —le pidió a su marido—. Quiero que me mires mientras me follan.

Y él la miraba. La miraba como nunca la había mirado en años, con una mezcla de orgullo y locura, confirmando en cada gemido de ella aquella fantasía que tanto le había costado reconocer. Le agarró la cara y le metió la polla en la boca él mismo, y ella la recibió con un gruñido de placer.

Las embestidas se volvieron más rápidas, más torpes, más urgentes. La cocina se llenaba de ruidos húmedos, de nalgas contra caderas, de bocas mamando pollas, de gemidos ahogados. Tomás se tensó primero, hundiéndosela hasta el fondo con un gruñido que le sacudió todo el cuerpo, y se corrió dentro del coño de Renata en chorros largos que ella sintió calientes contra las paredes. Damián lo siguió al instante, sujetándola por las caderas y descargando la corrida en su boca; ella se la tragó entera, sin perder una gota, lamiéndole la punta después para limpiarlo. Bruno se retiró en el último instante, se agarró la polla y terminó sobre la piel del vientre de ella, marcándola con chorros espesos que le llegaron hasta las tetas.

Renata se dejó caer entre los tres, con la respiración rota y una sonrisa de satisfacción, la corrida de Tomás escurriéndole por los muslos, la de Bruno brillando sobre el vientre. Los hombres reían bajo, exhaustos, repartidos por el suelo y el sofá.

—Cariño —dijo ella entonces, girándose hacia Damián con un brillo travieso, pasándose un dedo por el semen del vientre y llevándoselo a la boca—, todavía falta un lugar.

—¿Dónde? —preguntó él, levantando una ceja.

—Mis tetas. Nadie se ha corrido en mis tetas todavía.

Iván, que había bajado hacía rato y observaba desde el umbral sin decir palabra, con la polla ya fuera del pantalón y dura en la mano, dio un paso al frente.

—De eso puedo encargarme yo —dijo en voz baja.

Se acercó a Renata, que seguía tendida en la alfombra, espléndida y agotada, y se le puso a horcajadas sobre el pecho. Ella juntó las tetas con las dos manos, formando un canal entre ellas, y le recibió la polla ahí, entre la carne blanda y caliente. Iván empezó a follarle las tetas, con la punta asomando cerca de la boca de Renata a cada envión; ella sacaba la lengua y se la lamía cada vez que aparecía, mientras él gemía apretándole los pezones. No duró mucho. A los pocos minutos Iván se tensó y descargó sobre las tetas de ella, chorros gruesos que le cayeron por el escote y le llegaron al cuello, completando el cuadro que los otros tres habían dejado a medias.

***

Renata se levantó por fin, cubierta de semen del vientre a las tetas, divertida con el desastre que habían armado, y dejó a los cuatro hombres enredados en una charla perezosa sobre la noche, la mañana y lo que vendría. Necesitaba una ducha.

Empujó la puerta del baño y se detuvo en seco. La escena que encontró del otro lado la dejó muda un instante. Lo que vio le produjo primero un escalofrío de incomodidad; pero a medida que sus ojos se acostumbraron a la penumbra, esa incomodidad se transformó en otra cosa, en una curiosidad caliente que ya conocía bien.

Sonrió para sí misma. La puerta se cerró tras ella, dejando la escena en sombras, como un anticipo de todo lo que aquel fin de semana todavía guardaba.

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Comentarios(8)

ParejaNorte

Que buenazo!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

Lore_noche

Necesito una segunda parte ya, no puede quedar asi la historia jaja

Silvina_77

La tension del amanecer la sentis desde las primeras lineas, eso es lo que mas me gusto. Muy bien logrado

SebaMdz

Me quede pensando... ¿y el marido que dijo despues? jaja quiero saber como siguio todo

Carmela_NQN

Me encanto la forma en que lo contaste, sin apuros, dejando que la tension vaya creciendo sola. Bravo!

LectoFan92

jajaja cuando vi el titulo ya sabia que iba a pasar algo bueno xD no me defraudo para nada

RominaBaires

increible!! sigue escribiendo por favor

Esteban_Baires

Este tipo de relatos son los que hacen que valga la pena entrar al sitio. Real, picante, bien escrito. Espero que haya continuacion porque quede con ganas de saber como termina todo entre los cuatro

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