Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El juego de las tres puertas en aquel camping

Ilustración del relato erótico: El juego de las tres puertas en aquel camping

Volvimos a la toalla con el sol ya cayendo de costado sobre la arena. Noelia caminaba delante de mí, todavía con la sonrisa de quien acaba de salir del bosque, y Bruna abrió los ojos al escuchar nuestros pasos.

—¿Os habéis escapado a follar? —preguntó, incorporándose sobre los codos.

—Mira tú misma —dijo Noelia, y se llevó dos dedos a la boca después de pasarlos entre sus piernas.

El gesto fue lento, calculado, hecho para que yo lo viera. Y lo vi. Sentí cómo el cuerpo me respondía otra vez, apenas un rato después de haberme vaciado dentro de ella entre los pinos.

—Qué desvergonzada —intervino Selene, entrando en un papel que claramente le gustaba—. Le has sacado todo a nuestro invitado. Vas a tener que pagarlo. De rodillas.

Noelia obedeció sin discutir. Selene se sentó al borde de la toalla, deslizó una mano entre los muslos de su amiga y le habló con una calma que pesaba más que cualquier grito.

—Aprieta. Quiero verlo salir.

Había algo hipnótico en la manera en que Noelia cumplía cada orden. Selene recogió en la palma lo que su amiga le entregaba y se la acercó a la boca.

—Límpiala. Hasta el final.

Yo me había sentado junto a Bruna, que seguía la escena como una espectadora atenta mientras su mano subía por mi muslo sin ninguna prisa. Me rozaba apenas, midiendo mi reacción, disfrutando de tenerme tenso a su lado.

—Al agua —dijo Selene de pronto, levantándose—. Llevamos todos un calentón que no nos deja pensar.

***

El mar estaba frío y nos quedamos quietos un instante, acostumbrándonos. La conversación bajó de revoluciones. Fue ahí, con el agua por la cintura, donde entendí en qué clase de fin de semana me había metido.

—¿Te ha follado sin condón? —le preguntó Selene a Noelia.

—Claro. Imagino que con él nadie usa.

—Nadie —confirmó Bruna a mi lado—. Es de confianza.

Selene se giró hacia mí y me explicó lo que las tres daban por sabido.

—Entre nosotras tenemos un pacto. Compartimos algunos amantes, los de siempre, y dentro de ese círculo no hay preservativos. A los fijos les pedimos análisis, nosotras nos los hacemos cada seis meses. Es un círculo cerrado y limpio. Así disfrutamos sin pensar en nada más.

—Entonces ya formo parte de él —dije.

—Acabas de entrar —sonrió Noelia—. Bienvenido.

Nos tumbamos al sol un rato largo. Marcos y Hugo aparecieron una hora después, con cervezas frías y la cara de quienes habían estado caminando por la zona alta de la playa.

—¿Qué tal, chicas? —Marcos fue directo a besar a su mujer.

—Mejor que bien —dijo Selene con sorna—. Tu Noelia se ha estrenado con el invitado, ahí, en el bosque.

—¿Sin mí delante? —Marcos lo dijo riendo, y la besó otra vez, más despacio—. Eres una caja de sorpresas. Por eso te quiero.

Nadie se incomodó. Marcos disfrutaba viéndola disfrutar, y ella lo sabía. Lo llevaban con una naturalidad que a mí, recién llegado, todavía me costaba seguir.

—¿Y tú? —le picó Hugo a Selene—. ¿Aún no te lo has llevado?

—Ahora mismo —respondió ella, y me tendió la mano.

***

El bungaló estaba entre los pinos, fresco y en penumbra. Selene cerró la puerta y dejó de hacer comedia. Estuvimos más de media hora: en la cama, contra la pared, apoyados en la encimera de la cocina. Ella se corría con una intensidad que no fingía, mojada hasta el punto de delatar cuánto lo necesitaba.

Yo no terminé. No me dejó.

—Guárdalo —me dijo al oído, con la respiración entrecortada—. Para mi hermana.

Volvimos a la playa cuando ya anochecía. Cenamos en un chiringuito al otro extremo de la cala, una cena tranquila que nos calmó a todos, y después regresamos al camping. Las chicas fueron al bar a por unas botellas mientras nosotros dejábamos las cosas.

—Podemos meternos en el jacuzzi —propuso Selene cuando volvieron.

El jacuzzi era de estilo árabe, grande, decorado con azulejos y faroles colgando de un emparrado. Bruna se sentó a un lado y Noelia al otro, conmigo en medio. Enfrente quedaron Hugo, Selene y Marcos.

Apenas se encendieron las burbujas, dos manos se apoyaron en mis muslos al mismo tiempo. Subieron sin tardar, buscando el mismo punto, y al encontrarse se detuvieron. Bruna y Noelia giraron la cabeza, se miraron, y entonces se besaron delante de mí mientras me acariciaban a cuatro manos.

Yo tenía las mías ocupadas entre sus piernas, una a cada lado. Enfrente, en la penumbra del agua, se adivinaba lo mismo: las manos de Selene perdidas entre Hugo y Marcos, la respiración de los tres cada vez más densa. Nadie hablaba. Solo el zumbido del motor y el chapoteo.

—Vámonos dentro —dijo Selene cuando el ambiente ya era insostenible—. Tengo una idea.

***

De vuelta en el bungaló, Hugo y yo preparamos las copas mientras ellas cuchicheaban en el sofá. Cuando repartimos los tragos, Selene tomó la palabra, como siempre.

—Se me acaba de ocurrir un juego. Hay tres habitaciones. Vamos a escribir vuestros nombres en papeles, los hacemos bolitas, y cada una saca uno. Cada pareja se encierra diez minutos. Cuando suene la alarma, vosotros salís y cambiáis de habitación, en orden. La que consiga que su hombre se corra, gana.

—¿Y qué se gana? —preguntó Hugo, divertido, con la copa en alto.

—A los tres. Una hora entera, ella sola con los tres.

Las tres se rieron entre dientes, midiéndose, presumiendo de lo rápido que harían terminar a cualquiera. Yo apunté mi nombre en un papelito, lo doblé y lo eché al montón.

Noelia sacó la primera.

—Hugo. Conmigo —dijo, tendiéndole la mano al marido de su amiga.

Bruna fue la siguiente.

—Marcos. Empiezas tú.

Ya sabíamos lo que tocaba, pero Selene hizo su pequeña actuación de todos modos. Desdobló el último papel, me miró y me llamó con el dedo.

—Tú. Ven. —Dejó el teléfono sobre la mesa con la cuenta atrás corriendo—. En marcha.

Cada pareja desapareció por su puerta.

***

El encuentro con Selene fue intenso, pero ella no hizo ni el más mínimo esfuerzo por que yo terminara. Al contrario. Cuando la alarma estaba a punto de sonar, me agarró del mentón y me sostuvo la mirada.

—Córrete con mi hermana. Que gane ella.

—Lo intentaré.

—No lo intentes. Hazlo. —Y mientras lo decía bajó una mano y me apretó hasta que dolió. Ahí estaba otra vez la mujer que mandaba.

Sonó la alarma. Los tres nos cruzamos en el salón, en silencio, y rotamos una puerta a la derecha. Me tocaba Bruna. Y tenía que terminar ahí, costara lo que costara.

Bruna se empleó a fondo desde el primer segundo. Me hizo la mejor felación de todo el fin de semana, sin prisa y con las manos coordinadas, hasta que se puso de rodillas en la cama, de espaldas, y se abrió ella misma.

—Vamos. Lléname.

Tomé el control del momento y entré hasta el fondo de una sola vez. Un quejido largo salió de su garganta.

—Dios, me encanta así. Rómpeme.

Algo muy antiguo se encendió en mi cabeza al oírla. Dejé de pensar. Mis caderas marcaron un ritmo cada vez más profundo, y un calor me trepó desde el vientre hasta el pecho. Ella lo notó antes que yo, se contrajo a mi alrededor y empezó a correrse justo cuando yo no pude aguantar más. Terminé entre gemidos, vaciándome del todo, con la mente en blanco.

Todavía intentaba recuperar el aliento cuando sonó la alarma. Bruna me arrastró de la mano al salón y gritó:

—He ganado. Ya podéis salir.

Selene fue la primera en aparecer. Abrazó a su hermana con una sonrisa de oreja a oreja.

—Enhorabuena. Sabía que ganarías tú. Y encima con él, que tiene más mérito.

***

Me puse a preparar más bebida para ganar tiempo. Necesitaba al menos media hora antes de poder volver a nada, así que a mi vaso solo le eché tónica. Los seis nos sentamos a la mesa y las tres se pusieron a planear el premio con una seriedad que daba risa: posturas, turnos, quién haría qué mientras las otras dos miraban.

El encuentro a cuatro con Bruna fue un éxito de principio a fin. Los tres nos aplicamos con ganas y la llevamos al orgasmo más veces de las que pude contar, mientras Selene y Noelia comentaban desde una esquina como dos críticas de teatro. Cuando aquello terminó, más de una hora después, cada cual se fue con quien quiso a su habitación, y la noche siguió escuchándose a través de los tabiques.

Yo me quedé con Bruna. Caímos dormidos de puro agotamiento, pero a las cuatro y media una mano me sacó del sueño.

—Me habéis dejado encendida. Quiero más.

—Pues tendrás más —dije, sujetándola por las caderas mientras ella se montaba encima.

Se deslizaba con una facilidad que delataba la noche entera. Cabalgó hasta correrse otra vez y luego se tumbó de lado, ofreciéndome la espalda, y fue ella la que marcó el ritmo, empalándose con cada movimiento. Estuvimos así un rato largo, hasta que un último orgasmo la dejó exhausta sobre la sábana. Yo no busqué terminar; la abracé y nos volvimos a dormir.

***

Nos despertaron los ruidos de la habitación de al lado, demasiados para dos personas solas. Eran las ocho y media. Bruna empezó a acariciarme de nuevo, despacio, sin abrir del todo los ojos.

—Quiero que termines escuchándolos —murmuró, acelerando la mano.

Cerré los ojos y me imaginé la escena del otro cuarto. Los gritos del orgasmo llegaban nítidos a través de la pared. No aguanté mucho. Cuando estaba a punto, Bruna bajó la boca y lo recogió todo, y después subió a besarme sin haberlo tragado. La textura era distinta, el sabor extraño y familiar a la vez. Hacía tiempo que no hacía algo así, pero con ella no dije que no.

—Me ha encantado —le dije al oído.

—A mí también. Gracias por la noche —respondió, justo antes de morderme el lóbulo de la oreja.

Los ruidos del otro lado fueron apagándose poco a poco. Salimos al salón y nos asomamos: los cuatro seguían en la cama, enredados de cualquier manera.

—Buenos días —dije.

—Buenos días —fueron respondiendo, uno a uno.

Bruna salió a la terraza y se sentó en una silla de madera, mirando los pinos. Salí detrás de ella. Nos miramos y sonreímos sin decir nada. La verdad era que me gustaba, más de lo que había previsto, y por primera vez desde que aterricé en aquella ciudad me hice una pregunta incómoda: ¿me gustaba lo suficiente como para quererla solo para mí?

No tuve respuesta. Quizá no la había. Quizá ese mundo que acababan de abrirme funcionaba precisamente porque nadie pretendía guardarse a nadie. Desayunamos los seis en el bar de las piscinas, hablando de cualquier cosa como si la noche no hubiera existido, y a media mañana cada uno cogió su camino de vuelta.

Apenas habían pasado veinticuatro horas, pero parecía una semana entera. Esta gente vivía así, intensa y exclusiva, sin pedir permiso a nadie. Mientras la carretera me devolvía a casa, supe que volvería a aquel círculo. Y que la próxima vez, quizá, sería yo quien escribiera las reglas del juego.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (4)

NocheBonaerense

Increible!!! quede pegado hasta la ultima linea, tremendo relato

GrupoFan85

Por favor una continuacion, me quede con ganas de saber como termino la noche para cada uno

Javier_GBA

La idea del cronometro le da un ritmo que te atrapa desde el primer parrafo. Muy original, no habia leido algo asi

CelinaRosario

Me hizo acordar a una salida de acampada con amigos hace años jajaja, aunque mucho menos picante que esto

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.