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Relatos Ardientes

Mi mujer y mi amigo se ven cada jueves en el hotel

Lo supe mucho antes de que ninguno de los dos se atreviera a decirlo en voz alta. Sabía que me mentían, sabía que habían cruzado una línea que entre los cuatro habíamos pintado con cuidado. Darío, mi mejor amigo, y Lucía, mi esposa, habían empezado nuestro intercambio como un juego controlado, y en algún punto el juego se les había desbordado de las manos.

Al principio fueron escarceos. Una mirada que duraba un segundo de más, un roce en la cocina cuando creían que nadie miraba, mensajes que borraban antes de guardar el teléfono. Carolina, la mujer de Darío, y yo dábamos por terminada cada sesión y volvíamos a casa como si nada. Pero ellos dos no habían terminado. Habían empezado algo aparte, paralelo, que ya no nos incluía.

Cada jueves, sin falta, se encontraban en el mismo hotel. Lo hacían de manera descarada, sabiendo que no tenían permiso, sabiendo que estaban rompiendo las reglas que tanto habíamos negociado, y precisamente por eso seguían haciéndolo. Lo prohibido tenía un sabor que lo permitido nunca tuvo.

Sus primeras citas habían sido casi accidentales. Un café que se alargó, una excusa de trabajo, las ganas contenidas durante semanas que un día simplemente no pudieron aguantar más. Lo resolvieron a las apuradas, en un hotel céntrico y discreto, sin tiempo ni cuidado, presos de un apetito que los sorprendió a ambos. Lo que iba a ser una sola vez se convirtió en dos, y luego en un calendario.

Cuando aquel primer hotel les quedó chico para lo que querían hacer, cambiaron de escenario. Buscaron uno de esos sitios pensados para parejas que no quieren ser vistas, con entrada de coches y check in sin bajar del vehículo. Un refugio explícito de infieles donde nadie pregunta y nadie recuerda. Necesitaban espacio para esa otra vida que habían empezado a mis espaldas, ganas de explayarse, de jugar a ser amantes de verdad, de soltar ese lado oscuro que todos llevamos guardado.

Lucía preparaba el jueves con una anticipación que no sabía disimular. Cada semana inventaba una excusa nueva, siempre torpe, siempre fácil de desmontar: una compañera que la necesitaba, un trámite que se alargaba, un café que se convertía en cena. Yo asentía. Participaba de ese juego con mi silencio y mi complicidad, y para mi propia sorpresa, me excitaba. Quizás por eso miraba hacia otro lado. Quizás por eso nunca pregunté demasiado.

Lo curioso es que entre nosotros el sexo no había bajado. Al contrario. Lucía estaba feliz, encendida, nerviosa como una adolescente que cuenta los días para una cita. Se sentía deseada por dos hombres a la vez, y esa certeza la volvía generosa conmigo. Sabía que yo sabía, y que desoír mis pedidos podía romper el frágil equilibrio que sostenía toda la situación, así que jamás me negaba nada. Y mis pedidos, debo confesarlo, se volvían cada vez más perversos a medida que conocía su doble vida.

***

Empecé a notar los detalles. Renovaba su lencería con una frecuencia que antes no tenía. Aparecían conjuntos nuevos en el cajón: tangas mínimas, sujetadores de encaje, un body negro que nunca le había visto, medias con liguero, tacones altísimos que con suerte aguantaba diez minutos de pie. Una tarde, husmeando donde no debía, encontré cosas que no compartíamos: pezoneras, un antifaz, un par de juguetes que jamás habíamos usado juntos.

Se preparaba la noche anterior o esa misma mañana. Se depilaba con esmero, dejaba todo listo, dedicaba al ritual un tiempo que conmigo había dejado de dedicar. Las mañanas de jueves la veía distinta, expectante, como si el día entero fuera la antesala de otra cosa. Y aun así, si yo me acercaba, nunca me rechazaba. Sabía que ese era su seguro, su manera de mantener la balanza en equilibrio.

Una de esas mañanas, mientras se vestía frente al espejo, la observé desde la cama.

—¿Otra reunión hoy? —pregunté, sin sarcasmo, casi con ternura.

—Sí —respondió ella, sosteniéndome la mirada en el reflejo—. Puede que se me haga tarde.

Sé exactamente a dónde vas.

—No te preocupes —dije—. Tómate tu tiempo.

Ella sonrió. No fue una sonrisa de culpa. Fue la sonrisa de quien sabe que el otro lo sabe todo y aun así le abre la puerta.

***

Con el tiempo me fui enterando de cómo eran esos encuentros, porque ella misma terminó contándomelos. Lo hacía con un detalle que la encendía de nuevo al recordarlo, y a mí me encendía escucharla.

Llegaban por separado, cada uno en su coche. Darío reservaba con anticipación y aparcaba justo debajo de la habitación, para subir sin cruzarse con nadie. A Lucía le gustaba llegar primero. Le daba tiempo de prepararse, de ponerse la lencería elegida para esa semana, de montar el escenario de lo que fuera a pasar. Quería que Darío la encontrara lista desde el umbral.

Y desde el umbral empezaba todo. Tres, a veces cuatro horas de sexo continuo, sin pausas reales, sin charlas largas. La consigna entre ellos era clara y ella la repetía sin pudor: ir a coger, nada más. En esa habitación Lucía se transformaba en alguien que conmigo no terminaba de aparecer. Exigía cosas que en casa pedía a medias o callaba del todo. Probaba posturas nuevas, sexo anal, juegos que después no me confesaba enteros.

Cada jueves le pedía a Darío dos cosas concretas. La primera, que le devorara el sexo durante largos ratos, sin prisa, hasta dejarla temblando. La segunda, que se corriera sobre ella: entre los pechos, en la cara, muchas veces en la boca. Quería sentirse usada y deseada al mismo tiempo, sucia y adorada. Conmigo eso no siempre pasaba. Con él era la regla.

Darío, por su parte, le pedía una sola cosa: que no se quitara los zapatos. Era su seña, su manera de recordarse que todo aquello era un territorio prohibido, un paréntesis que no debía existir. Le gustaba encontrarla así, vestida apenas, calzada, y empezar besándola contra la pared. Lucía se derretía con los besos. Lo empujaba, lo aprisionaba, le palpaba el cuerpo por encima de la ropa y lo arrastraba hasta la cama enorme que presidía la habitación.

***

Allí cumplía su primer pedido. Él bajaba sin escapatoria, la lengua entre sus piernas, mientras ella le sujetaba la cabeza con las dos manos para que no se apartara. Gemía de un modo que, según me confesó después, ni ella misma se conocía. Un placer largo, sostenido, que la dejaba empapada y abierta antes de que él entrara.

Y entonces entraba. Despacio primero, con el deseo contenido de toda la semana, y después cada vez con más fuerza. Cambiaban de postura sin descanso: ella encima marcando el ritmo, él detrás sujetándola de las caderas, los dos de costado mirándose a los ojos. Lucía le pedía siempre lo mismo en el momento final: que la avisara antes de terminar. Quería verlo, quería recibirlo, quería sostenerle la mirada mientras él se vaciaba sobre su piel.

Después del primer asalto venía la calma. Se entrelazaban como dos amantes que roban tiempo, se acariciaban, hablaban en voz baja de lo que querían hacer a continuación. Nunca nos nombraban. Ni a Carolina ni a mí. Era como si en esas horas el resto del mundo se apagara y solo existiera la habitación, la cama y las ganas. Sabían que la ventana se cerraría pronto, que volverían a sus coches, a sus casas, a nosotros, y que tendrían que esperar siete días enteros para el próximo jueves.

Esa cuenta regresiva era parte del combustible. Lo efímero los volvía voraces. No había tiempo para el aburrimiento ni para la costumbre. Cada encuentro tenía la urgencia de un primer encuentro y la confianza de un amor viejo, y esa mezcla era exactamente lo que los tenía atrapados.

***

El día que decidí hablar con Darío, lo encontré nervioso, listo para defenderse de un reproche que nunca llegó.

—Sé lo de Lucía —le dije, sin rodeos—. Lo sé desde hace meses.

Se quedó en silencio, buscando las palabras. Yo le ahorré el trabajo.

—No vengo a pedirte que pares. Vengo a decirte que no me opongo.

Me miró sin entender del todo. Y entonces fue honesto, más honesto de lo que esperaba. Me contó lo que ya sabía y algunas cosas que no. No intentó adornarlo ni disculparse. Reconoció que se le había ido de las manos, que lo de los jueves se había vuelto necesario, que pensaba en mi mujer más de lo que debía.

Le dejé claro que aquello tenía un precio que él iba a pagar sin saberlo todavía. Porque si ellos podían jugar fuera de las reglas, yo también. Esa libertad que les estaba regalando me abría a mí la misma puerta, para hacer lo que quisiera, donde quisiera y con quien quisiera, sin pedir permiso a nadie.

Se lo conté a Carolina esa misma semana. Al principio se enfadó, claro. Le dolió enterarse de que su marido tenía una amante fija, y que esa amante era mi esposa. Pero el enfado le duró poco. En cuanto le expliqué lo que yo proponía, vi cómo el rencor se le transformaba en otra cosa, en una sonrisa lenta y peligrosa.

—Entonces nosotros tampoco vamos a pedir permiso —dijo ella, y no era una pregunta.

—Exacto. Ojo por ojo.

Carolina se acercó hasta quedar a un palmo de mí. Olía a algo dulce, y por primera vez la miré como nunca me había permitido mirarla durante todos esos años de intercambios pactados.

—¿Y cuándo empezamos? —preguntó.

Lucía y Darío tenían su jueves. Carolina y yo estábamos a punto de inventar el nuestro, una venganza dulce de la que ellos no sabrían nada todavía. Pero esa, quizás, sea una historia para otra ocasión.

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Comentarios (5)

Mateo_RD

increible, uno de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

JoseL_BA

La tension al principio esta muy bien construida. Hay segunda parte?

LucasM_VZL

Uff que morbo. La forma en que esta narrado te mete en la historia sin querer, muy logrado

Seba_Noc

brutal!!

TucumanLee

Muy bien escrito, se nota que sabe narrar. Saludos desde el norte!

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