La clase de moto que terminó en la playa nudista
Era domingo y había quedado con Bruno y las chicas para ir al circuito de Montenegro, a un curso de perfeccionamiento. Su amigo Andrés nos esperaba allí a las once y media. Nosotros habíamos quedado a las diez, debajo de mi casa. Eran las nueve y me costaba arrancar el día, así que me metí bajo la ducha y la terminé con un buen rato de agua helada. Salí despejado, activado, y me bebí un café en la terraza para acabar de despertar.
Faltaban diez minutos para las diez cuando un rugido me hizo levantarme de la tumbona de un salto. Me asomé a la calle y vi una deportiva roja que paraba justo debajo de mí. Venía sola, así que supuse que era Daniela.
Llamaron al portero, abrí y preparé un cortado mientras subía.
—Buenos días —dijo al entrar, colgándose de mi cuello con un beso cargado de ganas.
—Buenos días —respondí cuando liberó mi boca.
—La moto me pone cachonda. Te follaría ahora mismo —insinuó, bajándose un palmo la cremallera del mono.
—Te queda increíble ese mono. Y yo también te follaría ahora mismo. Toma, tu café. Te he visto llegar desde la terraza.
Salimos fuera y nos apoyamos en la barandilla. A los dos minutos, otro rugido sacudió la calle. Llegaban Lucía y Bruno. Aparcaron junto a la moto de Daniela y picaron al portero.
—Buenos días. Yo, un cortado con hielo, por favor —pidió Lucía al salir a la terraza junto a su hermana.
—Buenos días, Bruno. ¿Preparado? —me dijo él, estrechándome la mano—. Hoy te lo vas a pasar muy bien.
—Eso espero. Estoy nervioso, no controlo la moto y eso no me gusta.
—Hoy aprendes a pilotar. Vuelves esta tarde hecho un profesional.
Si Lucía ya llamaba la atención de normal, con el mono de motera estaba de infarto. Todo curvas, muy apretada, una leona. Me dio un beso de saludo y, de paso, me apretó una nalga.
—¿Qué tal ese culito? —preguntó por lo bajo.
—Un poco resentido. Pero bien.
Terminamos el café tranquilos y fui a vestirme: vaquero negro roto, botas negras y rojas, y la cazadora a juego sobre una camiseta lisa. Cuando salí a la terraza, las chicas empezaron a silbarme.
—Vamos, que llegamos tarde y Andrés se mosquea. Es un fanático de la puntualidad —rió Bruno.
—Tranquilos, que yo todavía no sé manejar esto bien.
—Eso díselo a mi hermana, que es una loca. No sabe ir detrás de nadie —soltó Daniela.
—Me hierve la sangre cuando monto. Soy competitiva de fábrica —se excusó Lucía con sorna.
Me reí. Las dos hermanas se picaban con las motos y yo iba a quedar atrapado en medio de la batalla. Bajé al garaje, miré mi deportiva con orgullo y le di un beso en el depósito.
—Hoy subimos de nivel, nena.
***
Salimos en grupo. Las chicas arrancaron primero, dos avispas con motos casi de competición que sonaban a electrónica pura. La de Bruno y la mía eran de sonido ronco y grave. Entre los cuatro armábamos un estruendo considerable por las calles estrechas. En la autopista las hermanas empezaron a jugar entre ellas, mientras Bruno se quedaba conmigo a un ritmo más bajo. Había tramos a más de ciento ochenta, pero las motos iban tan sobradas que apenas había sensación de velocidad.
En menos de una hora llegamos a la puerta del circuito. Había gente, pero el asfalto estaba vacío. Aparcamos y entramos por una puerta peatonal. Un hombre se acercó sonriendo.
—Bruno. Llegáis tarde —dijo señalando su reloj.
—Llegamos justo a tiempo, cascarrabias —se dieron la mano y se abrazaron—. Este es Karim.
—Hola, Karim. Encantado.
—Hola, Andrés. ¿Qué tal?
Me estrechó la mano con fuerza.
—Tienes que ser muy importante para que Bruno me haga venir a trabajar un domingo.
Detrás se oyeron dos voces gritando su nombre. Las hermanas lo abrazaron y lo llenaron de besos. Se conocían demasiado bien.
—Andrés es nuestro tío —aclaró Lucía al verme la cara—. Hermano de nuestro padre.
—No te lo dijimos para que no te sintieras incómodo —añadió Daniela.
—Por eso estoy aquí un domingo, en vez de en la playa. Todo sea por mis sobrinas —resopló él—. Venga, vosotras a rodar, que tenéis el circuito una hora. Yo me quedo con Karim.
Las chicas entraron a exprimir sus máquinas mientras Andrés me daba clase. Después de un buen rato de teoría sobre cómo aprovechar una moto de gran cilindrada, me pidió dar una vuelta con la mía para tantearla. En media vuelta había cazado a sus sobrinas y, en dos curvas, las pasó a las dos. Un maestro.
—Joder, cómo controla —dije asombrado.
—Prepara pilotos para el mundial y es uno de los fundadores del circuito. Sabe lo que hace.
Conectamos los cascos por Bluetooth y me subió de paquete, narrándome cómo trazaba cada curva, cómo aprovechar los peraltes para tumbar más. Luego me dejó solo, siguiéndome desde atrás con la voz en mi oído. Di dos vueltas tímidas hasta que oí:
—Dale caña, que voy detrás. Te voy guiando.
—Voy.
Aceleré y me fui inclinando cada vez más, sin pensar, obedeciendo a esa voz como si no existiera otra cosa. Sin darme cuenta estaba rodando a un ritmo que media hora antes me habría parecido imposible.
—Muy bien. Paramos —dijo al fin.
Entramos a boxes y todos se pusieron a aplaudir. No cabía en mí de la alegría. Ya sabía manejar mi moto. Cuando me quité el casco, las dos hermanas me llenaron de besos.
—Eres un crack —dijo Daniela.
—Alumno aventajado. Sin miedo, pero con respeto. Ya tienes la base —me dio una palmada Andrés—. Os invito a un vermut en el puerto.
—Uno rápido —pidió Bruno—. Que tenemos mesa reservada para comer.
***
Bajamos al pueblo costero y tomamos algo en una terraza del puerto. Después, Andrés se despidió con dos acelerones que lo borraron del horizonte, y nosotros seguimos hacia el sur. Cruzamos un pueblo hasta el final y llegamos a la entrada de un camping. Un cartel anunciaba en la verja: «Camping naturista».
—¿Estamos en un camping nudista? —pregunté con los ojos muy abiertos.
—En la mejor playa nudista de la costa —dijo Bruno con orgullo.
—Esta noche dormimos aquí —avisó Lucía.
—Lo vamos a pasar muy bien —murmuró Daniela, agarrándome por la cintura.
Lucía reservó un bungaló de seis plazas, cerca de la piscina grande. La seguimos por un camino de tierra y aparcamos las cuatro motos a la puerta. Dentro era espacioso: tres habitaciones, un salón amplio, una pequeña terraza que daba a la piscina. Nos quitamos la ropa y salimos al sol. Lucía me miró desnudo y se relamió sin disimulo. Se acercó y, sujetándome la polla, dijo:
—Lo vamos a pasar muy, muy bien.
—Eso seguro —respondí.
Bruno salió y pilló a su mujer con mi verga en la mano.
—Te encanta su polla, ¿eh? No me extraña.
—Si tú te quedas con esa, yo me quedo con esta —Daniela había salido detrás y atrapó la verga de Bruno con una mano.
La escena era curiosa. Si empezábamos así, no quería ni imaginar cómo terminaríamos.
***
Bajamos a comer al chiringuito de la playa, donde teníamos mesa reservada. Mesas de madera, sillas de mimbre, todo muy bonito.
—¿Somos seis? —pregunté, contándonos.
—Sí. Ahora los verás. Los conoces —dijo Bruno.
Apareció la pareja que faltaba: Ricardo y Helena, un gerente del textil y su mujer. Helena desnuda era impresionante. Otra madurita con cuerpo de infarto. Últimamente vivía rodeado de mujeres maduras, exuberantes, todas con algo en común: dinero, gusto por cuidarse y la cabeza de quien ya no tiene prejuicios y hace lo que quiere cuando quiere. Los maridos, en cambio, no estaban a la altura. Bruno se mantenía en forma; Ricardo, pasado de kilos, dejaba mucho que desear.
Pedimos una paella y sangría. Yo bebí agua: con el sol y el alcohol, mala combinación. La comida desapareció a una velocidad sospechosa y las conversaciones subieron de tono enseguida. Al llegar los cafés, todos pidieron una copa. Yo preparé los gin-tonics mentalmente mientras el camarero los servía.
—Los preparas mejor tú, Karim —observó Lucía.
—Tengo experiencia —dije con media sonrisa.
—¿También eres camarero? —preguntó Helena, curiosa.
—Trabaja en el mejor club de la zona —explicó Lucía—. Es un artista.
—¿Y en qué más eres un artista? —preguntó Helena, clavándome los ojos.
Levanté la copa.
—Luego lo podrás comprobar.
—Estoy deseándolo —fue todo lo que dijo.
El alcohol hizo su trabajo. Ricardo y Bruno decidieron echarse la siesta en el bungaló, perjudicados, y me dejaron solo con las tres mujeres. Cuando nos levantamos, Helena se giró sin pudor a mirarme la entrepierna.
—Vaya. Es tan grande como me habías dicho —le comentó a Lucía.
—Lo mejor es cómo la usa —apuntó Daniela, agarrándome por la cintura.
Yo no era vergonzoso, pero noté que me subían los colores. Tres mujeres mirándome el rabo delante de todo el mundo.
***
Helena nos llevó a un rincón apartado de la playa, cerca del pinar, donde tenía dos toallas gigantes.
—Nos hemos puesto aquí. Un poco lejos. Por si tenemos alguna urgencia —dijo con una voz muy sugerente—. Vamos al agua.
—Nosotras nos quedamos —Lucía se tumbó con su hermana a tostarse al sol.
Me extrañó que no vinieran, pero lo entendí al instante: nos dejaban solos. Nada más cubrirnos el agua, Helena se colgó de mi cuello y me besó. Correspondí con ganas, llevando las manos a su culo, no tan firme como el de las hermanas pero igual de apetecible. Una de sus manos bajó directa a mi miembro bajo la superficie.
—Tenía ganas de tocarte —murmuró—. Qué barbaridad. Se te está poniendo gorda.
—Eso es lo que quiero ver —dijo, masturbándome despacio—. Así sé cuánto me vas a abrir esta noche.
—¿Quieres que te folle?
—Pues claro. Y después de la mamada que te voy a hacer, lo vas a querer todavía más.
Mis manos pasaron de su culo a sus pechos. Nos estábamos calentando demasiado rápido. A ese ritmo no llegábamos a la noche.
—Vamos a la toalla —dijo, tirando de mí hacia la arena.
Mi polla salió enorme del agua. Caminamos hasta donde las hermanas dormían al sol.
—Ven. No quiero despertarlas —susurró Helena, poniendo rumbo al pinar.
Nos metimos entre los arbustos hasta un pequeño claro. Allí, sin decir nada, se arrodilló delante de mí y se metió mi falo en la boca mientras lo trabajaba con las dos manos, un agarre suave pero firme. La combinación de su lengua y sus dedos era magistral. Le acaricié el pelo rubio, dejándome llevar.
Entonces oí un crujido cerca. Giré la cabeza y descubrí a un hombre entre los arbustos: gorra, gafas de sol, la polla en la mano, masturbándose mientras nos miraba. Helena también lo vio, pero no le dio la menor importancia. Se levantó, me dio un beso con sabor a sexo, se puso a cuatro patas en la arena y giró la cabeza.
—Fóllame. Y córrete dentro.
No lo pensé dos veces. Me arrodillé detrás de aquel culo macizo, sujeté mi verga aún húmeda de su saliva y empecé a empujar entre sus labios. Las paredes cedían a mi paso, abriéndose. A media entrada, su mano voló a mi abdomen: la señal de parar. Ya sabía dónde estaba el límite, por el momento. Salí casi del todo y volví a hundirme. Un gemido se le escapó mientras bajaba la cabeza hasta casi tocar la arena. En esa postura, con el culo apuntando arriba, la penetración era todavía más profunda.
El mirón había salido de su escondite y, sin ningún reparo, se había acercado hasta unos cinco metros de nosotros. Saberlo ahí, mirando, le añadía un voltaje extraño a todo. Los gemidos de Helena subieron de volumen, claros, sin pudor. Mi verga desaparecía casi por completo dentro de ella y su humedad aumentaba a cada embestida.
—Me corro. Uffff —avisó, girando apenas la cabeza para que la oyera.
Al terminar de decirlo, noté cómo la entrada de su sexo empezaba a apretar mi verga, exprimiéndola en oleadas. Una sensación deliciosa. Tanto que mi polla respondió hinchándose, ardiendo, hasta vaciarme en su interior con todo. Me quedé encima, las manos clavadas en la arena, todavía dentro de ella.
—Buffff. Qué orgasmo. Lucía tenía razón —jadeó—. Eres una máquina.
—Si la jefa lo dice, será verdad —respondí, recuperando el aire.
Me incorporé y la dejé un instante en esa postura de estatua. Al salir, su sexo quedó abierto, y aquello fue el detonante para que el mirón, que se había colocado detrás para verlo todo, se corriera también ante el espectáculo. Helena se levantó con mi ayuda, se volvió a colgar de mi cuello y me besó con suavidad.
—Gracias. Ha sido rápido, pero intenso. Esta noche habrá mucho más. Te voy a disfrutar de verdad cuando estemos los seis en el bungaló.
—Gracias a ti. Me ha encantado cómo se ha adaptado tu cuerpo al mío. Me ha exprimido en el momento justo.
Me cogió de la mano y volvimos a la toalla, donde las hermanas seguían dormidas, ajenas a todo. Mientras me tumbaba al sol con el corazón aún acelerado, pensé en lo que prometía la noche. Lo que había empezado como un día de motos se estaba convirtiendo en otra cosa muy distinta. Y aquello, lo sabía, apenas era el calentamiento.