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Relatos Ardientes

El laberinto donde mi pareja me presentó a su amante

El dogging me rondaba la cabeza desde hacía años, mucho antes de conocer a Lucía. Era una de esas curiosidades que uno guarda en un cajón y solo abre cuando la noche, el aburrimiento o el final de una relación lo empujan a hacer algo distinto. A mí me empujaron las tres cosas a la vez.

Mi matrimonio se estaba apagando sin ruido, como una vela olvidada. Una madrugada de verano cogí el coche sin saber muy bien adónde iba, y terminé en los pinares de Almenara, una zona apartada a las afueras de la ciudad de la que solo había oído rumores. Aparqué junto a otros tres coches con los faros apagados y las ventanillas empañadas.

Lo que vi al bajar se me quedó grabado para siempre. Una mujer arrodillada en el centro de un círculo de cuatro hombres, pasando de uno a otro, complaciéndolos por turnos bajo la luz amarilla de una farola lejana. Nadie hablaba. Solo se oía el roce de la ropa y alguna respiración entrecortada.

Me uní al círculo casi sin pensarlo, atraído por una corriente que no sabía nombrar. Pero en cuanto aquella desconocida me probó, se levantó, me cogió de la mano y me llevó al asiento trasero de un sedán. Su marido y los otros tres nos miraron desde fuera mientras la hacía mía, dándose placer a sí mismos al ritmo de lo que veían. Sacié una curiosidad de años en una sola noche, y me marché de allí sintiéndome, por primera vez en mucho tiempo, despierto.

***

De aquello hacía ya bastante. Ahora estaba con Lucía, y con ella todo era distinto. No escondíamos nada. La primera vez que le conté mi historial, mi cabeza llena de morbos guardados, no se asustó ni se rió. Escuchó con los ojos brillantes, mordiéndose el labio, y cuando llegué a la parte de los pinares se quedó callada un buen rato.

—¿Y nunca lo has vuelto a hacer? —me preguntó al fin.

—No. No con la persona adecuada.

Se guardó esa frase como quien guarda un as en la manga. Y un viernes, al volver del trabajo, me lo soltó con una sonrisa que conocía bien, esa que solo le aparecía cuando tramaba algo.

—¿Qué te parece si vamos de compras mañana por la tarde?

—Vale. ¿Y esa cara?

—Tengo una sorpresa para ti. Van a ser unas compras con final feliz.

No quiso contarme nada más. Solo que iríamos al centro comercial que hay en mitad de un polígono industrial, a las afueras. Era un sitio al que íbamos cada dos por tres, así que no me extrañó. Pasamos la tarde entre tiendas, probándonos ropa que no íbamos a comprar, tomando algo en la terraza. Una tarde de agosto pegajosa de calor, en la que el aire acondicionado del centro era el único refugio.

Sobre las diez de la noche, cuando ya pensaba en cenar, a Lucía le vibró el móvil. Leyó el mensaje, sonrió para sí y se guardó el teléfono.

—Venga, nos vamos. Coge el coche y conduce. Yo te guío.

—¿Quién era?

—Ahora lo verás. Conduce y calla.

Lo dijo mientras subía al coche, me comía la boca y deslizaba la mano por encima del pantalón. Arranqué sin saber adónde iba. Lo único seguro era que esa noche iba a disfrutar.

—Sin salir del polígono, tira hacia la última calle —me indicó.

Obedecí. Las naves cerradas pasaban a los lados, oscuras, con sus carteles apagados y sus muelles de carga vacíos. Al final de la calle, donde el asfalto se rendía ante un descampado, había algo que no esperaba: una extensión de setos altos, recortados con esmero, formando paredes verdes que se perdían en la penumbra. Un laberinto, plantado allí no sé por qué ni por quién, en mitad de la nada industrial.

Paré el coche. Antes de que pudiera salir, Lucía me detuvo con una mano en el muslo.

—Espera, que primero vamos a calentar motores.

Me desabrochó el pantalón, bajó la ropa interior y se inclinó sobre mí. Lo que siguió me tensó entero contra el respaldo. No tenía prisa. Subía y bajaba despacio, mirándome de reojo, disfrutando del poder que tenía sobre mí en ese momento. Apreté el volante con las dos manos.

Unas luces aparecieron al fondo de la calle.

—Tranquilo —dijo sin soltarme del todo, ahora moviendo la mano—. Seguramente sea nuestro acompañante.

Un coche se detuvo a unos metros del nuestro. De él bajó una pareja. Él rondaría los cuarenta, alto, seguro de sí mismo. Ella llevaba un vestido corto que no dejaba nada a la imaginación. Sin mirarnos siquiera, con la mano de él apoyada en la cadera de ella, echaron a andar hacia la entrada del laberinto y se perdieron entre los setos.

Salimos del coche y los seguimos. El aire olía a tierra seca y a hoja de boj. Caminamos varios minutos entre los pasillos verdes, girando a ciegas, hasta que el laberinto se abrió en una pequeña plaza central. En el medio había un banco de piedra. Y en el banco, la pareja que nos precedía: él de pie, ella sentada, complaciéndolo con la cabeza moviéndose despacio.

Nos acercamos. Lucía me soltó la mano y fue directa hacia el desconocido. Se besaron como si llevaran tiempo deseándolo, y la mano de él bajó sin disimulo hasta su cintura, hasta más abajo. Cuando se separaron, ella sonreía.

—Hola, Andrés —dijo Lucía.

—Hola, preciosa. Te presento a Bruna. Sabe todo lo nuestro y se moría por conocerte.

La chica del banco levantó la cabeza un momento.

—Hola, Lucía.

Me acerqué entonces y le tendí la mano a aquel hombre, sin saber muy bien por qué me salía ser tan formal en mitad de aquello.

—Soy Diego, la pareja de Lucía.

—Encantado, Diego —respondió, apretándome la mano con firmeza—. Así que tú eres el nuevo. Yo soy Andrés.

Había algo en cómo dijo «el nuevo» que me dejó pensando. Pero no tuve mucho tiempo para darle vueltas. Lucía se puso en cuclillas frente a mí, me liberó del pantalón y empezó a complacerme con ganas, intensa, húmeda, mirándome desde abajo. Mientras tanto, Andrés se había arrodillado entre las piernas de Bruna, que se retorcía en el banco. Por los sonidos que ella hacía, supe que sabía lo que se traía entre manos. Se dejó ir entre gemidos cortos, agarrándose al borde de piedra.

Andrés se incorporó y terminó de quitarse la ropa de cintura para abajo. Yo hice lo mismo. Él no era mucho más grande que yo, pero sí más ancho, con un aspecto que imponía. Lucía lo notó, claro, y se acercó a él para probarlo, recorriéndolo con la lengua, regalándole atención sin descuidarme a mí.

—Qué bien lo haces —murmuró Andrés, con una mano en la nuca de ella—. Casi se me había olvidado.

Me quedé helado un segundo. Casi se me había olvidado. Ya se conocían. Y no de pasada.

Lejos de poner celos donde debía haberlos, aquello me encendió más. Me acerqué, y Lucía nos cogió a los dos a la vez, pasando de uno a otro, alternándonos con una sonrisa traviesa entre los labios. Bruna, recostada en el banco, se acariciaba sin perder detalle, mirándonos como quien mira un espectáculo que pagaría por ver.

Cuando nos tuvo al borde, Lucía paró. Se levantó, se deshizo de la ropa que le quedaba y se inclinó sobre el respaldo del banco, ofreciéndose con una mirada que no le había visto nunca.

—Cariño, ocúpate tú de Bruna. Yo quiero sentir a Andrés.

—Ahora mismo —dije, con la voz más ronca de lo que esperaba.

—Ven aquí, Diego —me llamó Bruna desde el banco, abriéndose a mí—. Te estoy esperando.

Andrés no dijo nada. Se colocó detrás de Lucía, la sujetó por las caderas y empezó a empujar despacio. La cara de ella se descompuso en una mueca a medio camino entre el dolor y el placer.

—Vas a partirme en dos —jadeó, agarrándose al banco.

—¿Me habías echado de menos? —le respondió él, sin detenerse hasta tenerla del todo.

Me quedé embobado mirándolos, hasta que una mano me devolvió a la realidad.

—Eh. Que nosotros también hemos venido a divertirnos.

Bajé la vista hacia Bruna y dejé de pensar. Me recibió entera, con una facilidad que delataba experiencia, su lengua rozándome donde nadie llega. Mientras tanto, a un palmo de nosotros, Lucía ya se deshacía en gemidos.

—Dios, qué bueno —decía ella, con los ojos en blanco—. Más fuerte.

—Te voy a dejar como a ti te gusta —le contestaba Andrés.

Me senté en el extremo del banco y tiré suavemente de Bruna hacia mí.

—Ven. Móntame, que quiero sentirte.

—Claro que sí —susurró, subiendo los pies al banco y dejándose caer sobre mí, agarrada a mi cuello.

Andrés se sentó a mi lado y Lucía adoptó la misma postura que Bruna, justo enfrente. En el mismo banco de piedra, las dos cabalgándonos a la vez, las dos buscando su propio ritmo. Bruna se movía con una precisión casi calculada. Lucía, en cambio, lo hacía con un abandono salvaje, girando las caderas, encadenando un placer tras otro sin descanso.

—Me voy a correr —avisó Bruna, y se le cumplió enseguida, estremeciéndose entera, apretándome con una fuerza que me arrancó un gemido.

Al oírla, Lucía aceleró sobre Andrés. Él aguantó lo justo antes de dejarse ir dentro de ella, mientras Lucía se quedaba quieta, exprimiéndolo hasta la última gota con una expresión de triunfo.

Bruna se desplomó sobre mi pecho, sin aliento.

—Después de algo así necesito un descanso —me dijo, riéndose contra mi cuello.

—Pues parece que Andrés también —contesté.

Lucía se bajó de su amante y miró a Bruna con descaro.

—Déjame a mi chico. Ahora lo quiero para mí.

Bruna se apartó y Lucía ocupó su sitio. Se colocó sobre mí, me guió con la mano y se sentó sin la menor resistencia.

—Fóllame tú ahora —murmuró—. Como a ti te gusta.

Un gemido se me escapó al notar ese calor tan conocido. Pero esa vez había algo distinto, una sensación que me recordó dónde estábamos y lo que acababa de pasar. Lejos de incomodarme, me hizo perder la cabeza del todo.

Andrés y Bruna eran ahora nuestro público. Ella lo acariciaba despacio, los dos recuperando el aliento mientras nos observaban sin disimulo, igual que aquellos hombres en los pinares años atrás. El círculo se cerraba de un modo que solo yo entendía.

—Como sigas así, no aguanto —le dije a Lucía, sintiendo una ola de calor subirme desde abajo.

—Pues córrete y lléname. Tú también.

Aceleró sus movimientos hasta que noté que ya no había vuelta atrás. Tuvo un último orgasmo que la hizo temblar entera, y me arrastró con ella. Lucía me mordió el cuello y se quedó quieta, derrumbada sobre mi pecho, mientras Andrés y Bruna aplaudían como si acabaran de ver el mejor de los espectáculos.

—Vaya nochecita —dijo Andrés, riéndose.

Nos quedamos los cuatro allí, exhaustos, recuperando el aliento entre risas tontas. Y fue entonces, hablando bajo aquellos setos, cuando até los cabos. Andrés había sido el amante de Lucía cuando ella aún estaba con otro. Y no era la primera vez que pisaban ese laberinto.

—Pero te juro que esta ha sido la mejor de todas —dijo Lucía, buscándome la mano—. Por ti.

Volvimos al coche caminando despacio entre los pasillos verdes, ahora ya conocidos. Antes de subir, Lucía se giró hacia mí con esa misma sonrisa del principio, la que tramaba cosas.

—No pienso arreglarme hasta que me vuelvas a llevar a casa y termines lo que has empezado. Esta noche me siento capaz de cualquier cosa.

Arranqué sin contestar, porque no hacía falta. La noche, lo sabía, no había hecho más que empezar.

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Comentarios (4)

NicoPampero

buenisimo!!! me tuvo pegado hasta el final

Estela_cba

Por favor que haya segunda parte, me quedé con muchas ganas de saber cómo terminó todo esto entre los tres

DiegoF_84

Me recordó a una fantasía que tuve hace tiempo, nunca creí que alguien lo escribiría tan bien. Gracias por compartirlo

Silvia_Mdp

Increible relato, se nota que es real

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